Pedro Inoue «Ya no existen observadores inocentes»

Pedro Inoue

Pedro Inoue | © Pedro Inoue

Pedro Inoue es director creativo de la revista Adbusters que utiliza el lenguaje de la comunicación de masas y la publicidad para criticar la cultura consumista. Lo que se planteó como una entrevista se ha acabo convirtiendo en una conversación de tres meses por Telegram sobre códigos, cultura y política.

Una de las cosas que demuestran que el debate sobre lo digital vs. lo analógico puede llegar a ser ridículo es que hay determinadas experiencias que siguen siendo imposibles de trasladar de un lado al otro. Es imposible capturar en un story de Instagram cómo hemos vibrado con el concierto de nuestra banda preferida. Es imposible trasladar un gran hilo de Twitter a un entorno analógico y definitivamente es imposible resumir en 1.500 palabras una conversación con Pedro Inoue, director creativo de Adbusters.

Es una persona con la que puedes mezclar, en una conversación (sin ser naíf y sin reducir un ápice de profundidad en cuánto a análisis político), temas que van del suicido de Kurt Cobain a Stranger Things, desde Trump como icono pop hasta el escritor T. J. Demos. Pedro Inoue es un libro. Pero no uno cualquiera. Uno desbordante, lleno de hipervínculos. De notas a pie de página con sus correspondientes notas sobre las notas. Un viaje a través de lo político de las prácticas culturales y de lo cultural en la política.

En mayo le propuse hacer la entrevista de la siguiente forma: yo le enviaría notas de voz de Telegram que él iría contestando de forma asincrónica. Sabía que para una persona como él, que viaja mucho, esto le facilitaría acomodar el proceso a su día a día, y al mismo tiempo a mi me permitiría un marco conversacional menos presionado que «hacer un skype de una hora». Lo que no imaginaba es que nos intercambiaríamos mensajes de voz durante tres meses hasta llegar a un punto en el que yo me viera obligado a abandonar la convención periodística de tener que llamarle «Inoue» o «Pedro Inoue» para llamarle «Pedro». Pero no hemos venido aquí a hablar de nuestra incipiente amistad. Hemos venido a hablar de La Realidad™.

This Is America | Childish Gambino
This Is America | Childish Gambino

«Han dejado de existir los observadores inocentes»

Nuestra conversación usó como punto de partida el videoclip/canción «This is America», de Childish Gambino. Pedro tiene claro que la pregunta inicial a hacerse es: ¿cómo podemos NO hablar de «This is America» de Gambino?

Da la sensación de que no importa si es bello o feo. Lo único que importa es que genera una atracción (…). Vivimos en la economía de la atención y al final lo que dicha atención y dicha atracción generan es la necesidad de participar, de discutir, de tratar de entender qué carajo nos está contando Gambino. Por lo tanto es muy interesante porque se trata del contexto y no simplemente de la estética. No es algo que tú consumes pasivamente. Está claro que los medios que estamos creando están pensados para participar, comentar, etc.

En ese sentido, hay algo interesante. La narrativa no es tan evidente. Está pensada para ser descifrada y generar esa participación:

Lo realmente genial de «This is America», de Gambino, es que no creo que tenga una trama. Se trata más de entender cómo funciona Internet y disponer en el vídeo diferentes símbolos que significan diferentes cosas para diferentes personas. Y esto es interesante porque también va de asumir que acerca de una pieza de arte no habrá una sola crítica, sino miles. Y por supuesto estas personas que participan en la obra la están continuando.

Todas las personas estamos invitadas a participar. Y para Pedro esto es la prueba de que algo ha cambiado radicalmente: «Han dejado de existir los observadores inocentes. Todos estamos involucrados en política y en el mundo jodido que nos ha tocado vivir. Y de ahí que ahora las celebrities y personas con millones de seguidores se sientan interpeladas a tomar posición y a decir qué piensan sobre cierto tipo de cosas. De repente ves a Leonardo di Caprio lanzando mensajes ecologistas que hasta ahora habían sido narrativas que eran discutidas por activistas y sectores marginales de la sociedad.»

The Handmaid’s Tale
The Handmaid’s Tale

«La ciencia ficción puede intervenir en la realidad más que la propia realidad»

No es complicado para Pedro deslizarse hacia cualquier objeto de la cultura popular que pueda servir como excusa para hablar de temas políticos. Era evidente, por tanto, que debíamos hacer un alto en el camino con The Handmaid’s Tale:

Realmente estamos cansados de estos papers académicos y científicos con narrativas muy normativas y serias. Nos pone la ficción porque la mejor crítica que se ha hecho a la administración de Trump hasta ahora ha sido The Handmaid’s Tale. Escritores como Ursula K. Le Guin o William Gibson hacían ciencia ficción basada en el mundo que estaban viviendo para a partir de ahí crear distopías o utopías. Quizás lo que debamos repensar es qué papel quieren tener los activistas en relación a la ciencia ficción o incluso cómo ser más comerciales para hacer llegar sus mensajes a otros lugares.

Un escritor que le interesa ahora mismo es T. J. Demos, un historiador y crítico cultural que teoriza sobre arte contemporáneo, cultura visual y la relación de ambos con la globalización, la política, las migraciones o la ecología. Pedro lo cita para reforzar la idea de que el movimiento feminista y el #metoo sí han conseguido conquistar espacios en la sociedad gracias a que se han popularizado y se han hecho mainstream: «Ahora todos esperamos ver en películas de Hollywood o incluso empieza a verse en las empresas cuál es la perspectiva feminista. Se han convertido en la nueva normalidad. Lo que quizás me parece interesante resaltar y que da para reflexionar es por qué no ha ocurrido lo mismo con el anticapitalismo.»

Comandanta Ramona #MujeresQueLuchan
Comandanta Ramona #MujeresQueLuchan

«Las empresas que gestionan las redes sociales no están preocupadas por el futuro de la humanidad, están preocupadas por generar más beneficios»

Al trasladar la conversación hacia cómo los sectores progresistas de la sociedad (especialmente aquellos que estuvieron involucrados en el 15M, Occupy Wall Street y otros movimientos similares, o se sintieron conmovidos por estos) no esperaban un giro que provocara la victoria de Trump, el Brexit y otros acontecimientos por el estilo, resulta inevitable hablar de redes y polarización. Pedro tiene clara la tesis: «Hoy todo se hace para sacar beneficio. Cuantos más clics, más beneficio. Las redes sociales son en parte una trampa, porque las empresas que las gestionan no están preocupadas por el futuro de la humanidad, están preocupadas por generar más beneficio. Cuando alguien está enfadado o apasionado hace más clics. Y al final el dinero que se genera va para quienes ya sabemos.»

Vivimos acelerados. Pedro llama a esto un «sistema hyper-mode» en el que quizás sería bueno fijarse en quienes aconsejan desacelerar: «En la primera intervención de la comandanta Ramona ya dijo que los zapatistas proponían explorar un tiempo lento, recuperar el verse las caras, el hablar, el hackear ese sistema acelerado en el que vivimos.» Sin embargo, esta utopía tecnocrítica no se lleva bien con la conciliación, y le recuerdo a Pedro que al final la precariedad es global y lo digital a veces es usado por aquellos que no pueden asistir a largas asambleas porque tienen que cuidar a otras personas.

Dentro de la pésima noticia que supone la polarización y estas batallas narrativas, Pedro encuentra algo singular en ella: «Creo que lo único interesante de Trump o del Brexit es que estos incidentes políticos han dibujado líneas rojas. La gente estás más politizada y hay personas movilizadas contra la supremacía blanca, contra el racismo o contra la misoginia y el machismo.» De hecho, cree que esto sitúa a la ciudadanía en un lugar en el que resulta complicado no participar: «Ya no hay más observadores inocentes. Todo es más obvio. Justo por eso me encanta la ciencia ficción: es un espacio para pensar cuál es nuestro futuro.»

Adbusters #120 | Inoue

Adbusters #120 | Inoue | © Coletivo

«La resistencia tiene que volverse más pop»

En la lucha por generar hegemonía cultural a través de la narrativa y en la pugna digital entre la derecha y la izquierda por ver quién impone sus relatos, Pedro cree que la izquierda podría explorar mucho más los formatos y las historias que emergen de la cultura popular. Entendiendo la cultura popular, claro está, como un espacio donde hay contenidos que viajan de lo mainstream a los memes activistas y viceversa.

En esta interpretación, la industria no es una máquina infalible que siempre gana y que no se deja afectar. Lo que precisamente está demostrando el feminismo es que pueden ocuparse espacios allá donde hay personas famosas, narrativas masivas, etc. Evidentemente siempre habrá contradicciones, usurpaciones o interpretaciones sesgadas; pero Pedro considera que es más contraproducente no aceptar que necesitamos hacer uso de esas narrativas para cambiar la sociedad: «Vivimos inmersos en la cultura popular. La resistencia debería volverse más pop. Si pensamos en Star Wars, hay muchas metáforas que se podrían reinterpretar para generar una narrativa activista.»

Para Pedro, este rechazo por parte de parte de la izquierda a relacionarse con lo mainstream y a tratar de mantener una pureza discursiva ha hecho mucho daño:

Yo crecí conociendo al Che Guevara porque aparecía en un anuncio de una bebida de cola. La imagen ha ganado. Ese sentido de la pureza y esa necesidad de narrarse «al margen del sistema» me parecen absurdos. Como decía Mark Fisher, el único momento en el que realmente puedes escapar del sistema y sus intentos por exprimirte para sacar beneficio es cuando estás muerto. Sinceramente creo que si se trata de denunciar a una gran compañía porque ha robado una idea, de acuerdo, seamos críticos con el mainstream. Pero cuando se trata de narrativa generada por activistas, creo que habría que abandonar la idea de la pureza y hacer lo que se puede con todo lo que tenemos a nuestro alrededor. No creo que haya otra opción.

La emotiva canción de la marcha de mujeres de Bilbao | Verne
La emotiva canción de la marcha de mujeres de Bilbao | Verne

«Quizás la próxima gran batalla deba ser el medio ambiente»

Vivimos en una contradicción permanente: lo digital y la tecnología nos preocupan porque nos espían, trafican con nuestros datos, la polarización cada vez es mayor… pero también descubrimos cada día la potencia de los memes como herramienta política para cuestionar las normas sociales, nos organizamos colectivamente en redes para luchar por lo que consideramos justo y seguimos tejiendo un mundo en común a través de la tecnología y a pesar de ella. «Vivimos en una beta permanente y creo que la clave para que vuelva a haber un cambio social es estar abierto a ello. No hay una sola batalla, hay miles.»

O millones. Pero al final somos finitos, vulnerables o interdependientes. Y sin siquiera preguntarle por ello, el propio Pedro intuye que, considerando que el feminismo va ganando, la próxima gran batalla ha de ser la del medio ambiente: «En Adbusters nos gusta permanecer preguntándonos cuál es la siguiente gran batalla. Cual es el siguiente mensaje que podemos conectar. Y yo veo conexiones entre Standing Rock y las marchas feministas del 8 de marzo. Quizás el medio ambiente es aquello que pueda conectarnos a todos. Quizás es la jodida batalla de las batallas. No lo sé, pero quizás sí.»

Adbusters es ya una leyenda en el mundo del arte y el activismo. Pero detrás de las instituciones y de las marcas lo que suele haber son personas. Pedro es claramente un ejemplo de ciudadano en el que se mezcla un activista, un artista y un investigador, un agente inquieto de la sociedad civil que ha sabido combinar ejemplarmente la reflexión con la acción, la teoría con la práctica. Y, sobre todo, una persona que tiene muy claro que no se trata de generar una narrativa que se oponga a lo mainstream y a lo popular, sino de jugar y experimentar para conseguir hackear el sistema infiltrando mensajes subversivos usando su mismo lenguaje.

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Freeport: una disección de la Internet invisible

Norman Ross prepara el esqueleto de un bebé de Brachyceratops para una exposición el 1921 | Library of the Congress

Norman Ross prepara el esqueleto de un bebé de Brachyceratops para una exposición el 1921 | Library of the Congress | Dominio Público

Rastrear datos, echar un vistazo profundo al espionaje de una empresa que espía con software, descubrir los hábitos de alguien a partir del historial de navegación, analizar la ciberguerra en medios independientes o investigar la economía de la vigilancia. La primera edición de la escuela independiente Freeport abrió sus puertas a una nueva forma de entender el mundo. Con el sugerente título «Subvertir la fábrica de los datos», propuso una inmersión en la recopilación, análisis y visualización del big data, con el objetivo de contar la realidad desde una perspectiva crítica, artística y activista.

«Caminamos como sonámbulos hacia un estado de vigilancia», dice la escritora y activista Arundhati Roy, en su libro Things That Can and Cannot Be Said (Haymarket Books). Y parece que no podemos hacer nada. ¿O sí? Redes sociales que crean perfiles con los datos de los usuarios. Aplicaciones que abren el micrófono del teléfono móvil para captar las transmisiones de fútbol emitidas desde un local público y escuchan, de paso, lo que se dice cerca. Multinacionales tecnológicas que colaboran con las agencias de inteligencia de gobiernos cediéndoles la información privada que reclaman.

En el mundo capitalista nada es gratis y, sin embargo, confiamos en que en Internet todo es regalado. Aparentemente. El mercado de los datos cotiza al alza: «Es el petróleo del siglo XXI», nos dicen desde hace tiempo. Nuestros movimientos tienen más valor que nunca, ahora que los ordenadores miden, analizan, eligen, sectorizan y categorizan cantidades ingentes de datos masivos. Datos que delatan estados de ánimos, comportamientos, hábitos domésticos o costumbres generacionales. No hay nada que se resista al potencial actual de las máquinas.

Los algoritmos –término mágico surgido al calor de los avances de los últimos años– son los «putos amos» de la era moderna. Las empresas de marketing y publicidad nos dicen los productos que necesitamos (o no) en nuestras vidas. Se trata de no detener la maquinaria del capitalismo: con modelos matemáticos se conceden o deniegan préstamos, se evalúan a trabajadores y las policías detectan los crímenes antes de producirse. ¿Pero aciertan y detienen a los verdaderos criminales? Algoritmos que redirigen votos electorales, monitorizan la salud, seleccionan a los profesores más válidos de una escuela e, incluso, ayudan a los jueces a condenar (supuestamente) a los acusados culpables. ¿Nunca se equivocan?

La investigadora Cathy O’Neil, en su libro Armas de destrucción matemática (Ed. Capitán Swing), alerta de que hoy modelos matemáticos mal diseñados microgestionan la economía, desde la publicidad hasta las cárceles. «Son opacos, nadie los cuestiona, no dan ningún tipo de explicación y operan a tal escala que clasifican, tratan y optimizan la vida de millones de personas».

Cinco días para despertar y reaccionar

La opacidad provoca desigualdades: perversiones de los tiempos modernos. Las tecnologías que nos hacen evolucionar como sociedades nos hacen involucionar éticamente. Las multinacionales, propietarias del mundo digital (y analógico, ya de paso) eluden pagar impuestos en los países europeos donde se instalan teniendo beneficios millonarios. Queja conocida pero sobrante porque no se hace nada al respecto. El poder es tan inmenso que pasa por encima de las leyes y reglamentaciones establecidas. Los que saben rastrear, comprender y percibir la magnitud de los datos lo controlan todo. Corremos el riesgo de convertirnos en producto, vendedores de nuestra privacidad a cambio de unas monedas. ¿Hay alguien preocupado por esta vigilancia masiva?

Del 24 al 29 de junio, una veintena de participantes formaron parte de la primera edición de la escuela independiente Freeport, con la colaboración del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), dentro del marco del proyecto europeo The New Networked Normal. «La intención es crear conciencia, poner herramientas muy técnicas en manos de personas que no son ingenieros, ni activistas políticos pero que cualquier ciudadano debería controlar», explica Bani Brusadin, director de Freeport y del Festival de arte no convencional The Influencers. «Y en especial, de los artistas menos convencionales, para expandir su intervención», añade.

Freeport 2018 | Foto: Paul O’Neil

Freeport 2018 | Foto: Paul O’Neil

El tracking define la posibilidad de cuantificar detalles del comportamiento en entornos conectados, descubre la parte invisible de Internet. Si los investigadores privados hacen ingeniería inversa con el fin de averiguar cómo pasó un crimen, el cyber tracking forensic serían las técnicas para entender los procesos de centralización que vivimos desde las plataformas digitales. «Hoy Facebook, Amazon o Google dominan los datos mundiales», dice Brusadin.

Las sesiones de Freeport están dirigidas por el investigador Vladan Joler y su equipo, formado por Olivia Solis y Andrej Petrovski del Share Lab. El Share Lab es un laboratorio de investigación con sede en Serbia, del que forman parte artistas, activistas, abogados, diseñadores y tecnólogos. Su objetivo es explorar las interacciones entre tecnología y sociedad. «Investigamos las amenazas a la privacidad, a la neutralidad de las redes y la democracia», explica Joler. En Freeport plantea cuestiones críticas sobre el funcionamiento de la web y el trackeo de cada movimiento, por pequeño que sea.

Los participantes estudian la recopilación, análisis y visualización de grandes volúmenes de datos procedentes de filtraciones o de repositorios públicos. ¿Cómo? Mapeando a diferentes proveedores de Internet para entender cómo están conectados, en qué lugares se concentran y en qué partes del mundo ejercen su poder. Aplicando técnicas similares a las utilizadas por la Agencia de Seguridad Nacional estadounidense (NSA) para supervisar las acciones de compañías globales como Hacking Team, que crea software espía. Analizando los movimientos de un periodista a partir de su historial de navegación. O estudiando las patentes de Facebook y Google para detectar qué hacen con los datos personales. «Exploramos diferentes metodologías para reconocer las infraestructuras invisibles y la vigilancia capitalista», explica Joler. Y continúa: «Queremos enseñar cómo actúan los que recolectan los datos, los que comercian y trafican con ello».

Anatomía tecnológica y cartografía radical

Vladan Joler y la investigadora Joana Moll presentaron la conferencia inaugural de Freeport, titulada «Exploitation Forensics: anatomía de un sistema de inteligencia artificial». El anfiteatro anatómico de la Real Academia de Medicina de Cataluña, situado en la calle Hospital de Barcelona, sirvió para inquietar al personal asistente mientras se explicaban las implicaciones sociales, los negocios, la opacidad y la destrucción del medio ambiente de todas las compañías que intervienen en la fabricación, duración y destrucción de un solo teléfono móvil.

«Un iPhone tiene más de 10 mil piezas diferentes, que son encajadas por más de 300 personas y en más de 700 territorios diferentes», explica Moll, experta en la huella ambiental que deja la tecnología. «La producción actual sería imposible sin el transporte marítimo que la ha convertido en una industria global». Moll explica que en Bayan Obo (China) se halla la mayor mina de «minerales raros», que hacen posible que los dispositivos sean tan eficientes, menos pesados y más pequeños. «Pero estos minerales se están acabando y son imprescindibles para producir energías renovables».

No es casualidad que el fabricante mundial más importante de aparatos electrónicos, tales como iPhone, iPod o iPads, sea Foxconn, también chino. Joana Moll se lamenta de que conociendo los efectos devastadores de la obsolescencia programada para el medio ambiente no se haga nada. «Pero es lógico: va en contra de la lógica capitalista más depredadora. Es el modelo de negocio de los gigantes tecnológicos. Los datos son una parte intrínseca de todo el sistema financiero actual. Da mucho miedo».

Freeport se dirige a artistas, diseñadores, tecnólogos, hacktivistas, narradores visuales, escritores o estudiantes de cualquier disciplina. Como Pablo de Soto, de profesión arquitecto pero también activista. Fue fundador del Indymedia Estrecho en 2003, y con 35 años ha librado mil batallas humanitarias en las fronteras de Palestina, Egipto, Gibraltar o Fukushima. Su especialidad es la «cartografía radical», una corriente social surgida para denunciar políticas públicas inspirada en el movimiento Bureau d’Études. «Share Lab realiza una pedagogía bestial del funcionamiento de la cibervigilancia. Da explicaciones y herramientas para entender cómo continuar», relata. «Me interesa la gobernanza algorítmica, entender las capas digitales que mueven nuestra vida, actualizar la cartografía activista en el contexto actual dominado por plataformas como Facebook o Google».

Maria Pipla estudió periodismo y humanidades pero quería conocer más en profundidad los mecanismos del mundo digital. «Me apunté para combinar la investigación artística con el conocimiento tecnológico», explica esta joven catalana de 24 años. «Es muy importante reivindicar la materialidad de Internet, la política de venta de información, ¿dónde se guardan los datos? Los discursos hegemónicos son que la nube es muy segura, pero contaminan porque en realidad no es así». La holandesa Eva Von Boxtel tiene 20 años, estudia diseño interactivo y llega a Freeport por el planteamiento sobre el funcionamiento invisible de la web. «Los debates planteados hacen pensar, como el de las infraestructuras de Internet y los países que controlan las conexiones. Hablamos de Corea del Norte y de Irán».

The Influencers 2017. Vladan Joler
The Influencers 2017. Vladan Joler

¿Deberíamos preocuparnos?

Ante este seguimiento minucioso de multinacionales y gobiernos, ¿deberíamos estar asustados? «No se trata de ponerse paranoicos», dice Bani Brusadin. «Esta megamáquina la hemos creado entre todos». Según el director de Freeport, deberíamos remontarnos a la crisis de las puntocom, a principios de siglo XXI, para entender cómo hemos llegado hasta aquí. «Era necesario que la publicidad fuera viable para pagar a los profesionales que ofrecían contenidos o que la utilizaban con fines comerciales. Estaba claro que en Internet nadie pagaría nada. Finalmente el tracking ha resultado muy eficaz para conocer el interés de las personas y vender productos. Con la entrada de los móviles se tiene la infraestructura perfecta también para la vigilancia política».

Para Vladan Joler se trata de tener curiosidad por saber, «para progresar como sociedad, y entender cómo funcionan estos mecanismos y por dónde pasan». Pero en un mundo cada vez más complejo e invisible, con la opacidad que impera a nuestro alrededor, ¿cómo se puede satisfacer esta curiosidad? «No es una tarea que nadie pueda realizar solo. Se deben unir grupos de personas, con los mismos intereses y la capacidad de desentrañar esta complejidad», responde el investigador de Share Lab.

La investigadora Joana Moll investiga ahora sobre la cesión de datos personales de las plataformas de citas a ciegas, como Tinder. «No tenemos ningún control de lo que está pasando. Cada vez que te haces un perfil en un sitio, estás conectado a más de 1.500 otras plataformas». Mirando las políticas de privacidad de estas redes sociales ha deducido que la compartición de información es masiva, sin consentimiento explícito. «Y seguramente habrá muchas más a las que yo no he llegado». Para Moll, deberíamos tener más gobernanza sobre nuestras infraestructuras y sociedades, a partir de concienciar a comunidades pequeñas, tales como Güifi.net, que se organizan para proveer de wifi buena parte del territorio catalán.

«Tras el caso Cambridge Analytica, de conocerse los mecanismos oscuros que han afectado a las elecciones estadounidenses o el Brexit británico, queda mucho por hacer. El peligro del big data es que afecta a la formación de los gobiernos. De ahí toda la preocupación por la privacidad», concluye Pablo de Soto. Él tiene esperanzas en medidas públicas como las del consistorio de Barcelona que promueve la soberanía de los datos de los ciudadanos a la hora de firmar contratos con multinacionales o compañías de servicio.

«Los jóvenes vemos Internet como una maravilla, todo el día conectados a Instagram o Facebook pero en realidad nadie sabe qué pasa a ciencia cierta», dice la holandesa Eva van Boxtel. Ella critica la inoperancia de Europa sobre todo tras conocerse casos como el de Cambridge Analytica. «Es bastante obvio que el gobierno chino controla a sus ciudadanos a través de Internet pero… ¿acaso nuestros gobiernos no nos trackean igualmente?».

Y Maria Pipla se cuestiona por qué hay que vivir en un mundo donde sea casi una obligación generar en tiempo real datos personales. «Dentro de poco nos van a convencer con discursos neoliberales de los beneficios de vender nuestros datos a multinacionales. La cuantificación de la vida personal irá a más, y de los patrones vitales. ¿Es necesario? ¿Qué implica todo ello?». Dos preguntas que, solo de intentar responderlas, deberían provocarnos una curiosidad irresistible por los conocimientos del mundo tecnológico por el que transitamos.

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Teoría general de la basura

Parque temático abandonado | Matt Gribbon

Parque temático abandonado | Matt Gribbon | CC. 0

De cómo el autor supo hacia dónde realmente se dirigía el Ángel de la Historia. Una exploración que ya esbozaba en su última novela, Trilogía de la guerra, que versa sobre cómo, en un medioambiente social que ha traspasado la posmodernidad, los artistas y pensadores reciclan los residuos que la sociedad desecha para confeccionar sus obras. Publicamos, por cortesía de Galaxia Gutenberg, un adelanto de Teoría general de la basura, un libro que saldrá a la luz en octubre de 2018.

En 1920 Paul Klee pinta la acuarela Angelus Novus.

Angelus Novus. Paul Klee, 1920

Angelus Novus. Paul Klee, 1920 | Wikidata | Dominio Público

Poco tiempo después, Walter Benjamin, en uno de sus recurrentes paseos urbanos, ve una copia del cuadro, la compra, cada noche lo mira con detenimiento y en una de esas observaciones cree ver en ese ángel al Ángel de la Historia y, por añadidura, la alegoría del momento histórico en el que en aquellas fechas se hallaba inmerso Occidente: el progreso como horizonte último. Tal idea, como sabemos, Benjamin la dejó así escrita:

Hay un cuadro de Klee que se titula Angelus novus. Se ve en él a un ángel, al parecer en el momento de alejarse de algo sobre lo cual clava la mirada. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas extendidas.

El Ángel de la Historia también debe tener ese aspecto.

Su rostro está vuelto hacia el pasado. Tal pasado es para nosotros una simple cadena de acontecimientos, pero él ve ahí una catástrofe única que arroja a sus pies ruinas tras ruinas, amontonándolas sin cesar. El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer todo lo destruido. Pero un huracán sopla desde el paraíso y se arremolina en sus alas, y es tan fuerte que el ángel ya no puede plegarlas. Este huracán le arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al cual vuelve las espaldas mientras el cúmulo de ruinas crece ante él hasta el cielo. Este huracán es lo que nosotros llamamos progreso.

De modo que el Ángel de la Historia mira hacia el pasado –hacia las ruinas del pasado que van amontonándose ante sus ojos–, pero al mismo tiempo es desplazado –de espaldas– por el huracán que lo impulsa hacia un futuro del cual no puede escapar, un futuro que no es otro que la encarnación del progreso.

Este párrafo, que durante un siglo ha sido objeto de toda clase de interpretaciones y reutilizaciones, le da a la Historia –la Historia con mayúsculas– un valor sentimentalmente ambiguo: es pesimista desde el punto y hora en que el progreso, por muy esperanzador que nos parezca, no se halla exento de la contemplación de lo que, destruido, vamos dejando atrás. Y resulta optimista por cuanto viene a decirnos que, aunque sea de espaldas, avanzamos hacia un futuro de prometedores hallazgos.

Pero cualquiera que tenga conocimientos de aerodinámica sabrá que si el viento –el huracán en el texto de Benjamin– impacta de cara sobre las alas de un pájaro, éste será elevado y desplazado en la dirección opuesta a aquella en la sopla el viento, es decir, exactamente la contraria a la que postula Benjamin.

Ángel de la Historia

Ángel de la Historia | © Agustín Fernández Mallo

Como se ve, el Ángel de la Historia no solo mira hacia el pasado (zona de pasado) sino que también se dirige directamente al pasado. Esa fuerza, técnicamente llamada empuje, lo lleva hacia el lugar en el que, por lo tanto, se hallan las ruinas, en ningún caso el futuro o el progreso. Lo cual implica que, tarde o temprano, el Ángel colisionará contra las ruinas y, si del Ángel de la Historia estamos hablando, acontecerá el consecuente fin de la Historia. ¿O quizá no?

Como no sé si esto habrá quedado claro, intentaré explicarlo de otro modo, con un símil de carácter teatral o cinematográfico que separo en tres partes.

  1. Cuando en una película, en una teleserie, incluso en un reality show de primera generación los actores beben whisky, en realidad beben té, y cuando beben ginebra en realidad beben agua, o cuando comen un plato de sopa, en realidad no comen nada. Y el espectador lo sabe. Esto, dependiendo de cada situación en concreto, rebaja el nivel de realidad e incrementa el de simulación de esa realidad. A finales del siglo xx a eso, en términos generales, se le llamó posmodernismo.
  2. La segunda posibilidad es la misma que la primera, pero de signo contrario: los actores, cuando beben té lo que en verdad están bebiendo es whisky, cuando beben agua lo que en verdad están bebiendo es ginebra, cuando beben Coca-cola lo que en realidad están bebiendo es un cubalibre, cuando comen alimentos bio en realidad comen productos elaborados con grasas trans, etc. Y en este caso el espectador no lo sabe (o solo los muy informados lo saben). Esta inversión respecto al primer caso resulta ser la puerta a lo que podemos llamar simulación negativa, propia de una época que se dio en llamar modernidad, y que como su nombre indica es anterior a la posmoderna.

Demoremos, de momento, la exposición de la tercera posibilidad.

Lo que diferencia estas dos posturas, como sabemos, es una actitud, que es estética y política. La posmodernista genera sus ruinas históricas a través de simulaciones embellecidas, preparadas ad hoc y sobretematizadas; pensemos por ejemplo en parques temáticos como Port Aventura y Disneyland, o en realidades paralelas como Las Vegas, que «simulan» beber whisky cuando lo que de verdad beben es té, y ejemplificadas en la figura de la mascota o la «mascotización del mundo». La segunda, la de la modernidad, genera sus ruinas a través de la construcción de la épica de héroe, mediante simulaciones que juegan con lo abyecto, con una pose que busca llegar a un supuesto fondo en el que se ocultan todas esas «verdades» que bajo el prisma de una moral tradicional no son más que material de mal gusto o de deshecho –pensemos en las peregrinaciones de turistas a Auschwitz, que simulan beber té cuando lo que se están tragando es whisky, o, sin ir más lejos, pensemos en el uso que se le da símbolos como el Guernica de Picasso–. Dicho de otra manera: la finalidad del posmodernismo fue jugar con la moral tradicional a través de una ironía que pone en juego lo verdadero/falso –apela pues al juego y a la seducción–. Por el contrario, la modernidad trató de embellecer la basura que, por definición, la moral tradicional desprecia u oculta, y para ello se valió de subculturas que apelaban a valores de carácter esencialista: la fidelidad, la nobleza, lo «auténtico» o la verdad.

Ambas actitudes, a través de sus respectivas y antagónicas simulaciones, edificaron y reverenciaron sus propias ruinas. ¿Son estas ruinas las que, según Benjamin, observaría hoy el Ángel de la Historia mientras se aleja de ellas?

Escala 1:1

La tercera posibilidad, la que faltaba por abordar, es la que aquí nos interesa. Se trata de lo que podemos llamar escala 1:1, y es una muy especial clase de simulación, en apariencia estéril, que podría describirse así: cuando los actores beben whisky realmente están bebiendo whisky, cuando beben té realmente están bebiendo té, cuando beben agua realmente están bebiendo agua, y así con todo. Eso, en apariencia, es simple y llanamente lo factual, el acontecer a secas, la frase o texto que, por ello, carece de autor y de adjetivaciones. No faltará quien afirme que este caso es simple y llanamente la Realidad o la verdad. Pero no; es lo real, es lo que de real hay en la realidad, es decir, el conflicto implícito a toda imagen, a toda enunciación, a todo texto, y ese conflicto hoy solo puede generarse a través de esta especial clase de simulación, la escala 1:1. La capacidad para generar realidad no redundante procede en este caso de la legítima duda y estupor que le sobreviene al espectador: «Si cuando beben agua en realidad beben agua y cuando beben ginebra en realidad beben ginebra, ¿por qué se me presenta todo ello en modo de película, de teatro, de representación?» Aparece pues, gracias a esta duda radical, un agujero, una distorsión en la realidad, una anomalía que dinamita el orden de las cosas y abre la posibilidad de discursos no normativos; a ese conflicto es lo que llamo «Lo Real». Dicho de otro modo, entre las dos simulaciones de la realidad que habíamos utilizado –la modernista y la posmodernista– aparece otra simulación instalada en la frontera, en el equilibrio inestable que media entre ambas, en lo que hasta ahora había sido desechado por ser un mero escombro, por resultar aparentemente inane, pero que, sin embargo, exhaustas ya las representaciones conocidas, resulta ser la puerta a explorar.

Así, abordamos una nueva lectura del texto de Benjamin, para decir que el Ángel de la Historia va de cabeza a los escombros del pasado, a aquello que las otras simulaciones ocultaban: la escala 1:1, la cual, en su utópica pretensión de alcanzar Lo Real, genera no obstante la mejor aproximación a la narración de nuestro presente, pues lo problematiza. Dicho de otro modo, no hacía falta apelar a una representación de la realidad –ni modernista ni posmodernista- para que esta representación existiese: se da, no puede no darse; incluso en las más realistas pretensiones, la representación aparece.

El texto de Benjamin nos decía: «El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer todo lo destruido», para a continuación decirnos que no podía. Bien, postulamos que ya puede, va directo hacia tales muertos. En contra de lo que pensábamos, el Ángel de la Historia no busca hoy edificar un futuro, ni llorar un pasado, sino, antes que nada, trabajar la escala 1:1 de las ruinas dejadas por las antiguas representaciones. Esos, y no otros, son los cimientos sobre los que, en mi opinión, han de edificarse las narrativas hoy: lo que en algún otro lugar he llamado realismo complejo, que es realista pues se cimienta en lo real, en la escala 1:1, y es complejo pues ese tejido contemporáneo ya no puede estar estructurado en modo jerárquico o arbóreo, ni tan siquiera rizomático, sino en modo red. Y no me estoy refiriendo a la red Internet sino a los millares de redes analógicas, digitales, o mezcla de ambas, en las cuales estamos embebidos.

Visualización de un análisis de red social. Martin Grandjean, 2014

Visualización de un análisis de red social. Martin Grandjean, 2014 | Wikimedia Commons | CC-BY-SA 3.0

Como se verá más adelante, se trata de intentar sacar las cosas y sus representaciones de la «cárcel del lenguaje» a la que supuestamente las había arrojado la filosofía continental, y concebir la realidad narrativa como un sistema que ni es únicamente una pieza física objetiva y con vida independiente del ser humano (al estilo del realismo ingenuo de algunos positivistas radicales como Sokal, o de otros positivistas moderados como Graham Harman), ni tampoco es solo una construcción del lenguaje (al estilo de Wittgenstein o Derrida), ni tampoco es solo una construcción sociopolítica (al estilo de Bourdieu), sino que se trata de una complejidad en la que todos esos campos se concitan, y cada objeto, cada narrativa o acontecimiento es en sí mismo una red compleja. Autores como Bruno Latour o Manuel de Landa serán más próximos a nuestras páginas.

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¿El fin de la confianza?

Lie to Me | Rosy

Lie to Me | Rosy | CC BY-ND 2.0

Malas políticas laborales, evasión de impuestos, impacto sobre el transporte y la vivienda, uso indebido de datos personales… Actuaciones como las del caso Facebook y Cambridge Analytica les están minando la credibilidad, cosa que, por el momento, no se ha traducido en pérdidas irreparables. Una mayor responsabilidad social corporativa y un uso consciente de estos servicios podrían forzar cambios de calado en el sector.

Es tan evidente que suena a tópico: la democracia liberal y las instituciones tradicionales se encuentran en crisis en casi todo el mundo. Lo confirma el barómetro sobre la confianza de Edelman, que en su edición de 2018 revela que la ciudadanía de 28 países sitúa en 48 sobre 100 la confianza que siente hacia sus instituciones. El estudio de la multinacional estadounidense incluye valoraciones sobre gobiernos, ONGs, prensa y también empresas. No obstante, una observación detallada del análisis revela que los resultados son ambivalentes entre categorías, y las compañías tecnológicas gozan del apoyo del 75% de la población, por encima de sectores como el educativo (70%) o el sanitario (63%).

Como ha señalado repetidamente el investigador Evgeny Morozov –el «aguafiestas» del sector tecnológico, en palabras de Brian Eno–, las empresas de la economía digital son una «industria teflón»: como en las buenas sartenes, todo lo que se les echa encima resbala sin mancharlas. Sin embargo, algunas señales apuntan a un posible desgaste en su reputación, que puede rastrearse en las noticias recientes: huelga en Amazon España, batalla de algunos ayuntamientos contra Airbnb, precarización de los riders, demandas de mayor regulación…

A estos síntomas de descontento con algunas empresas, se suma el temor por el rumbo general que está tomando la innovación. Según el barómetro de Edelman, personas de todo el mundo observan con recelo los avances en inteligencia artificial, los vehículos autónomos y la automatización del empleo; así como el manejo que las compañías hacen de los datos personales. Si bien eso no impide que mantengan un amplio margen de simpatía, los responsables del estudio advierten que puede perderse de manera vertiginosa, ya que se han experimentado caídas en la confianza entre el «público informado» de en torno al 20% en Estados Unidos y Francia, por ejemplo. Todo ello sin contar aún con el efecto que puede tener un escándalo reciente: el caso de Facebook y Cambridge Analytica.

Datos, mentiras y manipulación

«Hubo un clara filtración de datos personales y se ha roto la confianza de los consumidores.» En estos términos se dirigía el senador estadounidense Chuck Grassley a Mark Zuckerberg durante su comentada comparecencia ante el Congreso de Estados Unidos. Se refería a la filtración publicada en marzo de 2018 por The Guardian, que relataba cómo la consultora británica Cambridge Analytica había obtenido de forma ilícita la información de 50 millones de usuarios de Facebook en Estados Unidos. Con ella realizó perfiles psicológicos a los que impactó con contenidos creados específicamente para decantar su voto en favor de Donald Trump. De este modo, y en una sola revelación, el caso reunía tres de los temores de moda: noticias falsas, manipulación de procesos electorales y, claro está, pérdida de privacidad. Vayamos por partes.

Cambridge Analytica whistleblower: 'We spent $1m harvesting millions of Facebook profiles' | The Guardian
Cambridge Analytica whistleblower: 'We spent $1m harvesting millions of Facebook profiles' | The Guardian

Las noticias falsas no son un fenómeno de Internet. Gran parte de la propaganda del siglo xx no es otra cosa que el uso sistemático de la manipulación mediática con intereses políticos. Sin embargo, el término ha cobrado relevancia desde finales de 2016, cuando Donald Trump y otros líderes mundiales lo introdujeron en sus discursos para desmentir las críticas y socavar la credibilidad de la prensa no afín. ¿Qué lugar ocupa Facebook en las noticias falsas, si solo se trata de una plataforma de distribución? Como ya han explicado Sandra Álvaro y Àlex Hinojo en este blog, en el panorama mediático actual la diferencia entre cabeceras periodísticas tradicionales, redes sociales y publicaciones partidistas es cada vez más difusa. Solo en España, un 60% de las personas usa las redes sociales para informarse, y un 48% de ellas lo hace a través de Facebook en particular. Esto provoca que las fuentes se confundan y convierte a los canales sociales en medios de comunicación en los que no hay filtro periodístico y todas las informaciones parecen igual de confiables, más cuando las comparten amigos y familiares.

Facebook ha sido acusada explícitamente de no hacer lo suficiente para limitar esta confusión, ya que podría moderar noticias falsas o que incitan al odio, del mismo modo que se aplica en censurar cualquier rastro de sexualidad. Uno de los casos más criticados de esta falta de acción ha sido el de Myanmar, donde se ha culpado a la red social de jugar un papel clave en la propagación del odio hacia los rohingya, una minoría étnica que está sufriendo una oleada de violencia que ha obligado a unas 700.000 personas a huir de sus casas. Esa misma falta de control es la que también habría facilitado la injerencia rusa en las elecciones de Estados Unidos, ya que, según la Comunidad de Inteligencia de ese país, Rusia llevó a cabo una campaña de influencia en favor de Trump mediante –entre otras cosas– la difusión de noticias falsas en redes sociales.

La paradoja de la privacidad

Al cóctel de noticias falsas y manipulación electoral se suma la confirmación de un tercer temor: que los datos personales en los que se basa gran parte de la economía digital pueden usarse para fines desconocidos o que no se comparten. Se trata de una confirmación, porque las revelaciones de Edward Snowden de 2013 ya pusieron de manifiesto que la información de los usuarios de Apple, Google, Facebook, Microsoft, Yahoo y YouTube había sido recopilada de manera masiva en el pasado, en aquella ocasión por el propio gobierno de los Estados Unidos.

Pero más allá de las oleadas de indignación que suelen suceder a este tipo de revelaciones, ni Facebook ni otras tecnológicas parecen encontrarse en apuros, al menos no a causa de esta pérdida de reputación. Es necesario reflexionar sobre por qué los usuarios no dejan de usar estas plataformas, incluso cuando se oponen a muchas de sus políticas y prácticas. En el ámbito concreto de la intimidad, este fenómeno se ha llamado «la paradoja de la privacidad»: aunque la ciudadanía demanda una mayor protección de su información personal, sigue usando herramientas que viven de ella. Las explicaciones para esta contradicción son diversas, pero apuntan a que la gente está dispuesta a ceder conscientemente ciertos datos si gracias a ello obtiene otro tipo de beneficios a corto plazo; no solo en forma de bienes y servicios, sino también de acceso al conocimiento, libertad de expresión, reconocimiento social, construcción de relaciones interpersonales, etc.

2018 Edelman Trust Barometer | Edelman
2018 Edelman Trust Barometer | Edelman

Un buen ejemplo de esta paradoja se encuentra en otra encuesta de Edelman, ésta de 2016, sobre confianza y tecnologías predictivas. En lo respectivo a la banca, la mayoría de personas señaló entonces que no aprobaría que sus datos se usasen para establecer patrones para calcular automáticamente quién puede acceder a una hipoteca y quién no. Sin embargo, estaban dispuestas a que se empleasen para mejorar la gestión de sus cuentas y el asesoramiento que reciben. Extrapolando este doble baremo a otros ámbitos de la economía digital, parece comprensible que la gente desconfíe de algunas empresas, o incluso del rumbo de la innovación en su conjunto, pero que no por ello quiera renunciar al beneficio que obtiene de su consumo a corto plazo. A ello hay que sumarle cierta tendencia a los monopolios naturales en el sector, así como el efecto red, el fenómeno por el cual el valor de un producto o servicio aumenta cuando más individuos lo usan. Por todo ello, abandonar las plataformas que agrupan a la mayor parte de los consumidores de un mercado implica, en la práctica, asumir el coste de aislarse también de sus beneficios, sean económicos o sociales.

Alterar la tendencia

Decía Bill Gates que la mayoría de las personas sobrestima lo que puede conseguir en un año y subestima lo que es capaz de hacer en diez. Aunque las grandes empresas tecnológicas parezcan inmunes a la desconfianza popular, es probable que se haya iniciado una tendencia que puede forzar cambios en el sector. En primer lugar porque la soberanía de estas compañías amenaza ya la de los propios estados, que empiezan a ponerles límites a través de legislación e impuestos. Como respuesta, muchas de estas organizaciones inician campañas publicitarias y de lobby para mantener sus beneficios, por lo que la ciudadanía deberá medir hasta qué punto apoya o rechaza las propuestas de sus legisladores para cambiar la situación. Buen ejemplo de ello es la disputa que Airbnb mantiene con el Ayuntamiento de Barcelona y que, más allá de la polémica, puede convertirse en un ejemplo de nuevas vías de colaboración público-privada para corregir los efectos no deseados de esta y otras grandes corporaciones en más ciudades del mundo.

Por otro lado, hacer un uso consciente, crítico e informado de estos servicios es el único modo de forzar a las propias empresas tecnológicas a tener en cuenta estas demandas. No hay que olvidar que la confianza entre sectores es la base de gran parte del modelo de negocio de la economía colaborativa y de otras innovaciones como blockchain, por lo que estas compañías no deberían sentirse cómodas ante un descenso de credibilidad continuado. Del mismo modo que existe un mercado para aquellas organizaciones que ponen en valor su responsabilidad social o con el medio ambiente, las tecnológicas que respeten la soberanía de los datos de los usuarios y las condiciones laborales de su plantilla, o que tengan en cuenta su impacto en el entorno, podrían obtener también rédito económico. En el campo del periodismo, por ejemplo, el número de personas que pagan por medios en línea ha aumentado en muchos países, y ya es una estrategia significativa en España, donde un 11% de los consumidores de noticias paga a cambio de información independiente y de calidad. Del mismo modo, ya se habla de modelos pay for privacy como una oportunidad para servicios que garanticen la protección de los datos de sus usuarios. Compañías como AT&T, Comcast o la propia Facebook ya han testeado estos modelos o han mostrado la intención de hacerlo en el futuro.

Cultivar la confianza es difícil. Es un capital social intangible que se consigue con tiempo y esfuerzo. Las grandes empresas tecnológicas han sido responsables de mejoras y avances sociales que hoy se dan por sentadas, pero que han sido fruto de sus impulsos continuados en favor de la innovación. Que sean capaces de mantener su credibilidad depende de hacia dónde orienten sus pasos en el medio plazo y del nivel de exigencia de los usuarios, que, cada vez más, parecen juzgar los avances tecnológicos teniendo en cuenta su impacto social.

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La magia del propósito en la colaboración

En el corazón de las organizaciones, éste nos permite decir “chao, jefes” y darle la bienvenida a los liderazgos más horizontales. Las organizaciones que apuestan por un cambio de esquema y comienzan a navegar en las aguas de la colaboración, a menudo se centran en la definición de metas inspiradoras o de objetivos concretos, fundamentando su avance con los distintos desafíos que este

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#TeatroRed: Tecnología social para facilitar relaciones

Actividades lúdicas como el teatro pueden transformar a un grupo de personas en una red de conversaciones comunes. Las relaciones humanas son un intangible. No pueden medirse en un informe financiero, pero son una de las claves más importantes para la sostenibilidad de una organización. Sin su gente, las empresas e instituciones sin fines de lucro no pueden funcionar. Desde esta

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Estar grillado

Cosecha de patatas de principios del s. XX

Cosecha de patatas de principios del s. XX | Wikipedia | CC BY-SA 3.0

¿Cómo se escribe lo que comemos? ¿Cómo nos tragamos los textos? ¿Los libros alimentan? ¿La cocina es ciencia? ¿Y la literatura? ¿O son atajos? ¿Y hacia dónde? ¿Qué nos cuenta de nuestra sociedad lo que comemos y la forma en la que lo hacemos? ¿Cuál es la verdadera historia de la patata, y por qué podríamos decir que es más alucinante que la odisea de Ulises? Exprimir jugo antropológico, ficcional, textual de nuestros hábitos gastronómicos. Rebañar la relación que tenemos con la comida: hasta los tuétanos, con la pantalla por mantel.

¿Hay una primera vez, un origen, una sola explicación, el porqué de las cosas? ¿O son solo las ganas, la ignorancia que desplegamos, el estrago de todo quererlo contar? Las preguntas exigen una respuesta, y el puente que predeterminan es demasiado estrecho: el mundo pasa por debajo de él, raudo, inescrutable y fresco, y merece la pena mojarse en él, empaparse de él, bebérselo, sacar grillos, sacar branquias.

*

Dicen que todo empezó en el altiplano de los Andes. ¿Hubo un descubridor, unas únicas manos que escarbaron la tierra, o ya se las encontraron desenterradas por mor de una torrentada? ¿Fueron un cúmulo de experiencias sumadas y olvidadas que sedimentaron a lo largo de los siglos? Se ve que primero fue la dulce, y que la otra era incomible –pequeña y retorcida como unos dedos artríticos– y tuvieron que cruzarla y cruzarla hasta que pudieron zampársela. Y que también la secaban y hacían una pasta para conservarla hasta diez años. Que un gran imperio la utilizó para desplegar su poder por el continente. Que había de mil variedades.

Todo se nos escabulle: ¿quién sabe con certeza lo que pasó hace 10.000 años?
¿Quién se acuerda de lo que cenó el miércoles pasado?
¿Tortilla de patatas?
¿Crema de zanahoria?
Nadie se acuerda de la primera vez.
¿Quién sabe cuando mordió su primera patata?
¿Por qué son naranja las zanahorias?
No es importante. ¿No?
¿Qué es lo importante?
¿Un príncipe? ¿Un nombre? ¿Un color?[1] ¿Una guerra?

Estar grillado

Estar grillado | © nomdenoia, 2018

La principal información que da una pregunta es sobre quien la formula: qué le interesa, desde dónde la hace, qué sabe, cómo es. Toda pregunta prefigura la respuesta o, mejor, la limitación de la respuesta. Es una clase de molde para la respuesta: las preguntas humanas dan respuestas humanas, al servicio del conocimiento restringido de la mente humana. Al conocimiento, al total, al que supera al hombre, no se puede acceder mediante las preguntas que hacemos –que más que nada lo que hacen es acotarlo. La pregunta nos sirve a nosotros como espuela, pero no puede ser un método, son las muletas de la curiosidad cuando no vuela, un principio, nunca debe ser lo que determina nuestra búsqueda –una verdadera búsqueda descubre lo que no sabe que descubrirá, y debe permitírselo: si encuentras lo que querías encontrar, ¿por qué lo buscas? ¿qué te aporta? Si el objetivo es corroborase, vamos mal. Una pregunta directa no abre nada, no es ninguna llave: es, más bien, simplemente, el negativo de una cerradura. Y no queremos saber cómo se cierra una puerta, sino qué hay más allá de ella. Lo que se nos escapa. En cambio, interrogarse no es dirigirse, a ciegas, hacia una respuesta, hacia la cerradura, sino sobrevolar el territorio de nuestro conocimiento, topografiarlo, ampliar el campo de batalla. Multiplicarlo. Hacerlo fértil: engendrar más preguntas, no respuestas. Una red tupida de preguntas que midan palmo a palmo, soltada sobre la inmensidad de lo que no está estructurado para ser entendido. Jugar con ello, vivirlo, embelesarse, aprender a no imponer el significado. Interrogarse es hacer preguntas-pájaro, que hacen de grumete por el cielo de nuestro pensamiento y atisban tierras ignotas, cumbres rascanubes y fulgores espléndidos, inauditos. Incomprensibles. Desconocidos. Topes de cordura, disoluciones de razón, pensamiento sobrevolado, sobrepasado.

Estar grillado

Estar grillado | © nomdenoia, 2018

No sé cómo nos conocimos, con Edu. Creo que fue cuando tocábamos con los Sirles, una época caótica y desdibujada, seguramente durante alguna noche de verano en Sant Feliu de Guíxols, de aquellas en las que terminas en el mar, en pelotas bajo las estrellas. Quedamos a las siete y media en el templo. Tiene dos entradas: por la plaza y por el callejón de detrás. Me lo encuentro en la barra de mármol, charlando con Josep, que le está contando que un día, con un socio suyo, se encerraron en la cocina para hacer las patatas bravas perfectas. Método científico: distintas variedades de papas, medida de la temperatura del aceite y del tiempo, dobles y triples cocciones, etcétera. No nos cuenta el secreto y nos recomienda los pulpitos, que son una auténtica golosina, tiernos y sabrosos. Entre botellines, pido a Edu si se acuerda de la primera vez que comió patata. Pone una de esas caras tan suyas, tan expresivas, con la carcajada emboscada a punto de asaltarte desde cada rincón de la oreja, los ojos o la nariz. Me dice que no pero que se imagina que debía ser chafadita, en forma de puré, como tantas criaturas. Yo le pongo al día de mi investigación patatera, llena de anécdotas alucinantes como la del edicto de Federico el Grande[2] o la historia de este cartel.[3] Él me dice que lo que le flipa de la patata es que sea infinita. Supongo que se refiere a su capacidad de grillarse y grillarse, de no depender de la semilla para continuar el ciclo. De germinar y injertarse por aquí, por allí, por todos lados. De desperdigarse. De salir de si misma y hacerse otra. En una cena, hace días, alguien sacó una bengalas para celebrar el encuentro y un par de comensales se hicieron algunas quemaduras leves. Estábamos en el Priorat. Un escritor amigo les dijo que cogieran una patata y se la restregaran por la quemadura, que eso les aliviaría el escozor y les curaría. Funcionó. ¿Por qué tenemos que perpetuar la segmentación de los saberes? ¿A quién beneficia la distinción entre teoría y praxis, entre manual y ensayo, entre narrativa y no-ficción? ¿Por qué no practicar una literatura sin compuertas y plantar patatas en las notas al pie?

*

Turín, 1889. Un señor fustiga a su caballo sin piedad. El filósofo Friedrich Nietzsche tiene un ataque, se abraza al animal y cae al suelo llorando. Grillado, ya no recuperará la cordura. Muere once años más tarde. En 2011, el genial cineasta húngaro Béla Tarr se pregunta qué pasó con aquel caballo y con su amo –y su hija– en una granja aislada en medio de la nada. Esta interrogación se convierte en un film que no responde, que grilla apocalipsis: A torinói ló (El caballo de Turín). Yo no me acuerdo de cuándo comí patatas por primera vez, pero jamás me podré quitar de la cabeza esta película, el viento incesante, la oscuridad creciente, la supervivencia diaria y, al cabo de seis días, el fin del mundo, cuando, finalmente, ya no pueden hervir las patatas que comían cada noche con las manos, padre e hija, cara a cara, en silencio, como en una comunión pagana.


[1] Los cítricos tienen veinte millones de años y vienen de Asia. En el año cero, en la India la naranja es conocida como naranga, en sánscrito. En su viaje hacia el oeste, esta fruta es asimilada por los árabes, que la introducen en la península Ibérica con el nombre de nāranj, y los franceses de la edad media le llamaran orange a partir del árabe y del italiano arancia. Desde entonces el nombre de la fruta pasa a ser, también, el nombre del color. Willem el Taciturno, noble de la familia Nassau, nace en Alemania el 1533. A los once años muere su primo René de Châlon, príncipe de Orange (un condado del sur de Francia), y él hereda sus títulos y pasa a ser el príncipe Willem van Oranje-Nassau. Terminará capitaneando la revuelta neerlandesa contra la monarquía española que desencadenará la Guerra de los Ochenta Años y que el 1648 culminará con la independencia de las Provincias Unidas de los Países Bajos. En aquella época, los holandeses eran grandes cultivadores de zanahorias, y en honor a la casa que les había dado la independencia empezaron a cultivar masivamente una especie muy rara de zanahoria que tenía una gran cantidad de betacaroteno, un pigmento clasificado como hidrocarburo terpenoide, del color del nombre de la dinastía de Willem. O sea, que la fruta –la naranja– dio nombre al color, y los holandeses terminaron dando este color al tipo de zanahoria que era más común en todas partes. Como la que rallaste ayer en tu ensalada.

[2] Cuando los europeos descubren la patata en América, a principios del siglo xvi, no les causa sensación, para nada, más bien al contrario: la parte verde es venenosa, es de la peligrosa familia de las solanáceas, no sale mencionada en la Biblia y tampoco tiene muy buena pinta. Así que, cuando llega a Sevilla, se conrea en el patio del Hospital de la Sangre, en el año 1570, para alimentar a los pobres que viven allí: si se mueren, nadie hará aspavientos. Contra todo pronóstico, su alto valor nutricional (proteínas, minerales y vitaminas, fáciles de digerir) los ayuda a recuperarse. Felipe II ve que ahí hay un filón y manda algunas al Papa, que tiene un embajador enfermo en los Países Bajos y se las hace llegar. Allí caen en manos del botánico Carolus Clusius –el introductor de la tulipa–, que las planta en Viena, Frankfurt y Leiden. El chiflado de Federico el Grande será uno de los primeros en entender que la patata puede fortalecer a los soldados y a la población en general, pues es un alimento nutritivo que crece en todos lados en condiciones adversas y no depende de las inclemencias que devastan cosechas. Para vencer las reticencias de los payeses, Federico usará dos vías: la sutil y la categórica. Manda plantar un campo de patatas real en un lugar de paso y pone guardas para que lo vigilen. Eso maravilla a los payeses, que empiezan a interesarse por el tema. Encima, da instrucciones a los guardas para que se duerman de noche y no vigilen con mucho esmero. La gente no tarda en hacerse con las codiciadas patatas y plantarlas ellos mismos. La vía categórica llega el 1756 con el Kartoffelbefehl, el edicto de la patata, que obliga a todo el mundo a plantarla. Del rechazo pasaron, rápidamente, a la devoción. Antoine-Augustine Parmentier aplicará ese mismo método en Francia –donde la patata estaba prohibida por el parlamento desde 1748 porque decían que causaba lepra–, plantando patatas en el jardín del palacio de las Tullerías para despertar el interés por el tubérculo maldito, pero como no puede remacharlo con un edicto, usará otras armas para ponerla de moda: convencerá a María Antonieta para que lleve un ramo de flores de patatera y organizará grandes comilonas, con celebridades como Benjamin Franklin, en las que todos los platos estarán hechos a base de patata cocinada de distintas maneras. Finalmente, en 1785, año de malas cosechas, los franceses aceptarán con gusto la patata para evitar el hambre. Exactamente lo contrario pasará el año 1845 en Irlanda: allí harán monocultivo de la variedad «Irish Lumper», y cuando llegue la plaga americana –la Phytophtora infestans, un hongo que causa el mildiu de la patata y se la carga en un santiamén–, en cuatro años el país perderá dos millones de personas, uno de muertos y el otro de exiliados.

[3]

HALT AMIKÄFER! 1950

Halt Amikäfer! 1950 | © Deutsches Historisches Museum

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Charla: La Innovación Pendiente (Corriente, Argentina).

Tras una conferencia magistral, tuve la oportunidad de participar de un estimulante intercambio académico con la comunidad universitaria de Corrientes, Argentina. Pudimos discutir algunos temas vinculados al libro “Innovación Pendiente“, pero lo más interesante fue la posibilidad de analizar desde una perspectiva crítica las propuestas de ese trabajo a la luz de los desafíos que plantea al mundo de la educación superior. Aquí la video conferencia que fue transmitida por streaming.