Agroecología: una visión holística del sistema alimentario

Cosecha en Irlanda, c. 1897

Cosecha en Irlanda, c. 1897 | Robert French, National Library of Ireland | Dominio público

El sistema alimentario industrial rompe ciclos biológicos y redes sociales cercanas, y nos separa de una parte importante de nuestra cultura agraria y alimentaria. No tiene en cuenta las necesidades de los demás componentes que permiten que los cultivos crezcan, y por eso empobrece, homogeneiza y contamina los cultivos, con las subsecuentes consecuencias para nuestra dieta. Para la agroecología, en cambio, existe una interdependencia de todos los elementos, humanos y no humanos, que forman el ecosistema alimentario: la cultura de la tierra, de nuestras semillas y de los alimentos.

Si hay algo que hace humanas a las personas eso es la cultura. La palabra cultura viene del latín cultura, y este a su vez de cultus, «cultivo, cultivado». En definitiva, nuestras primeras formas de cultura fueron los cultivos. Cultivar la tierra es cultivarnos a nosotros mismos, y es el principio, la primera semilla, de las diferentes culturas que cohabitan en este planeta. La ciencia agroecológica es la ciencia que busca recoger y entender la cultura de la tierra, la cultura de nuestras semillas y la cultura de nuestros alimentos, desde una visión holística y de interdependencia de los seres humanos y los no humanos que habitamos el planeta Tierra.

Como objetivo principal, la agroecología busca cultivar la tierra para alimentar a las personas y ofrecer aquellos alimentos que el propio agroecosistema, con sus características de suelo y clima, y en su relación milenaria con las personas agricultoras, puede producir en el momento que toca. Y son ese qué (alimento), ese cómo (formas de cultivar), ese cuándo (la temporada) y ese por quién (hombres y mujeres) los que a lo largo de los años han ido conformando nuestra cultura agraria y alimentaria. Así, por ejemplo, ¿qué sería de la cultura catalana sin la cocina y dieta mediterráneas? Claramente nos faltaría algo. Las personas que habitamos en Cataluña, en pleno mar Mediterráneo, estamos orgullosas de tener una cultura alimentaria reconocida por la UNESCO como patrimonio inmaterial: la dieta mediterránea.

Y la agroecología nos recuerda precisamente esto, que dicha dieta ha sido conformada a lo largo de los siglos por la interacción de las personas cultivadoras de alimentos con los agroecosistemas mediterráneos característicos de nuestro territorio y las personas que cocinan dichos alimentos con los productos de sus tierras. Ellas y ellos, a su vez, son los creadores de los paisajes cultivados que conocemos y a los que nos sentimos arraigados, paisajes que conforman nuestro patrimonio agrario y que han sido, también, protagonistas de múltiples poemas y canciones: campos de almendros, campos de olivos, terrazas de cultivo, muros de piedra. Cultura que compartimos con otros pueblos a lo largo del mar Mediterráneo, como Francia, Egipto o Palestina. De nuevo, la cultura cultiva y recoge culturas, solidaridad e intercambios (de conocimientos, de semillas).

La dieta mediterránea se basa en el consumo de verduras, legumbres, frutas, pescado, y de aceite de oliva como grasa esencial | Dominio público

La dieta mediterránea se basa en el consumo de verduras, legumbres, frutas, pescado, y de aceite de oliva como grasa esencial | Dominio público

La agroecología, desde esa dimensión holística, nos insiste además en que todo, absolutamente todo en el acto (o arte) de cultivar, recoger, transformar o preparar alimentos está relacionado. Existe una interdependencia de todos los elementos que componen ese agroecosistema alimentario, ya sean humanos o no humanos. Esa interdependencia y esa visión holística son, sin embargo, las que rompe el sistema alimentario industrial, haciéndonos ver simplemente el producto final aislado de todo lo demás, ya sea este producto una semilla híbrida en manos de las personas agricultoras, o una tostada de pan con aceite y tomate en manos de la persona que está a punto de comérsela. Pero ni las semillas ni las tostadas son productos que surgen de la nada. Son elementos que interaccionan con otros elementos del sistema, humanos y no humanos, y, sin esa interacción, no serían lo que son o, probablemente, ni siquiera existirían.

Así, por ejemplo, las semillas campesinas son fruto de la coevolución entre personas y plantas, generando lo que conocemos como uno de los activos más importantes en la actualidad, el conocimiento tradicional. Las mujeres campesinas han ido seleccionando dichas semillas, a lo largo de la historia, buscando aquellas características que mejor se ajustaban a sus necesidades y su territorio. Las semillas se han intercambiado con diferentes personas, hombres y mujeres, generando nuevas semillas con nuevas características.

Solo en Cataluña existen en los bancos de germoplasma unos cuatro mil registros de hortalizas diferentes, y sin embargo se comercializan únicamente unos cientos. Esas semillas se cultivaban, y de ellas nacían alimentos que llenaban nuestros platos con comidas que asimismo son fruto del intercambio de conocimientos y experiencias, normalmente también entre mujeres. La simple tostada es un alimento elaborado, fruto de la interacción de personas que cultivan trigo, olivos y tomates, con sus tierras, y con gentes que muelen el trigo o extraen el aceite de la aceituna. Pero el sistema alimentario industrial rompe ciclos biológicos, rompe redes sociales cercanas y, sobre todo, nos separa de una parte importante de nuestra cultura, la cultura agraria y alimentaria. Es decir, de forma artificial, la agricultura industrial rompe las interdependencias que nos unen al territorio y con otros humanos. Y vemos que las semillas, los intercambios y las recetas son ahora elementos para el rescate.

El Banco Mundial de Semillas de Svalbard es una enorme despensa subterránea de semillas de miles de plantas de cultivo de todo | Landbruks- og matdepartementet | CC BY-ND

El Banco Mundial de Semillas de Svalbard es una enorme despensa subterránea de semillas de miles de plantas de cultivo de todo | Landbruks- og matdepartementet | CC BY-ND

Así, por ejemplo, en un sistema industrial, las semillas híbridas (variedades de alto rendimiento) pertenecen a un paquete tecnológico que se puede exportar a cualquier rincón del planeta en el que existan buenas condiciones para el cultivo (las mejores tierras). Están sujetas a las leyes de propiedad intelectual, con lo que de ser un bien común pasan a ser un bien privado y ya no se pueden intercambiar. Solo aquellos «afortunados» que puedan permitirse (o endeudarse) para comprar los paquetes tecnológicos pueden cultivar. Considero estas leyes de propiedad intelectual surgidas en los años sesenta como uno de los primeros ataques a la cultura, a su privatización. El conocimiento tradicional, por contra, es open access y creative commons. Pero, además, estas semillas híbridas existen para tan solo unas pocas especies. Por lo que, de las siete mil especies de cultivo que a lo largo de la historia han servido para alimentar a la humanidad, en la actualidad nuestra dieta se basa fundamentalmente en cuatro: patata, arroz, maíz y trigo, que nos abastecen en más del cincuenta por ciento de nuestra alimentación a nivel mundial.

Con los procesos de industrialización e urbanización de nuestras sociedades nuestras dietas se van haciendo cada vez más pobres, homogéneas y artificiales, es decir, menos saludables, en un proceso conocido como la «transición nutricional», caracterizada por un alto consumo de grasas saturadas y azúcares a través de alimentos procesados y productos de origen animal. Una dieta que genera personas enfermas (solo en Cataluña uno de cada tres niños sufre de sobrepeso y está, por lo tanto, en riesgo de padecer enfermedades como la diabetes tipo II o enfermedades coronarias cuando sean personas adultas) y cuyos costes sanitarios son externalizados y pagaremos todas y todos. Asimismo, como el objetivo último de la agricultura industrial es producir y producir (no alimentar de manera sana y nutritiva a las personas), no tiene en cuenta las necesidades de los demás componentes que hacen posible que los cultivos crezcan, es decir, los organismos que habitan el suelo, o la calidad de las aguas del territorio. De esta forma empobrece los ecosistemas sobre los que deben crecer los cultivos, a la par que los contamina y también los homogeneiza.

Esto supone otra externalización de costes y otro ataque a nuestras culturas. Por ello, desde la agroecología tenemos otra forma de mirar el mundo. Nuestra filosofía no es la de producir con la máxima eficiencia, sino la de producir alimentos sanos y nutritivos que respeten el medio ambiente y cuiden de las personas que los producen y de las que los consumen. La agroecología tiene como objetivo la reproducción del agroecosistema, es decir, la reproducción de la vida, y por ello pone en el centro las semillas, la salud de las personas y el cuidado del medio ambiente, entre otros, que son los activos de la reproducción. Para ello, desde la ciencia agroecológica, se introduce el pensamiento holístico y la visión de sistemas en un encaje perfecto entre diferentes disciplinas científicas (desde la sociología hasta la historia o la agronomía, pasando por la nutrición y la ecología) y el conocimiento de las personas agricultoras, transformadoras o preparadoras de alimentos, con el fin último de diseñar sistemas agroalimentarios sostenibles.

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