El Sentido Cuántico II: Paradojas

Un perro saltando por un anillo de fuego

Un perro saltando por un anillo de fuego, Queensland | George Jackman, State Library of Queensland | Dominio público

La segunda entrega de esta serie sobre física cuántica analiza y ejemplifica las paradojas surgidas de un choque con la intuición o con el orden establecido y que derivaron en una crisis de fundamentos. Algunas de estas paradojas, como la de la estabilidad de los átomos o la de la catástrofe ultravioleta, están basadas en errores de la intuición, en asunciones demasiado generosas sobre nuestros objetos de estudio. Después están aquellas, como el experimento de la doble rendija, cuya resolución está relacionada con una nueva definición, una reconsideración sobre la naturaleza de los objetos. Finalmente, como en el gato de Schrödinger, una vez adoptado el nuevo sistema es recomendable prepararnos para algunas sorpresas más sobre cómo entendemos el mundo.

Las paradojas son emocionantes. Son una espiral en la que se ha de entrar solo. No puede compartirse su encanto con otra persona. Son un desafío directo, íntimo, intransferible. Cuando algo necesita toda nuestra atención y nadie puede ayudarnos, es casi seguro que estemos frente a un círculo vicioso o a una paradoja. También podría ser que estuviéramos ante el laberinto del Minotauro o la destrucción de Medusa, que, si bien no son paradojas, comparten con ellas al menos una característica: la solución siempre implica un cambio profundo en el sistema, una revolución, un rey caído, un mundo entendido o explicado de manera radicalmente nueva. Una paradoja es una espiral sin fin, y por eso para salir de ella hay que salir del mundo y crear uno nuevo. Cuando llega una paradoja, después de un rato recreándonos ingrávidos en su dulce sinsentido, nos frotamos las manos porque anuncia un nuevo orden y una perspectiva distinta, una referencia a estrenar, un sistema bien definido que nos ayuda y nos saca de la corriente. Una paradoja anuncia un orden nuevo. Y como orden nuevo, puede que implique cosas para las que no estamos en absoluto preparados…

El nuevo orden en los números

Una de las paradojas matemáticas más famosas es la paradoja de Cantor (Georg Cantor, padre de la teoría de conjuntos, la descubrió en 1899), que comienza proponiendo llamar C al conjunto de todos los conjuntos. Por ahora nada amenaza la calma. Un conjunto es algo que todos entendemos intuitivamente, y el conjunto de todos los conjuntos parece un objeto inofensivo. Ahora viene la pregunta que tras un rato de reflexión nos pone el casco y el escudo, la capa, las sandalias de tiras, borra todo el mundo alrededor y nos deja frente a ella con todo el peso de la responsabilidad sobre los hombros: ¿Cuál es el tamaño de C? Bien, como C contiene todos los conjuntos, es el conjunto más grande posible. En concreto C se contiene a sí mismo, lo cual no es un problema para la lógica, y también contiene todos los conjuntos que pueden formarse con elementos de C, ¡lo cual sí es un problema, porque el conjunto de los subconjuntos de cualquier conjunto es siempre mayor que él! Los Beatles son cuatro, pero el conjunto de subconjuntos formados con elementos de los Beatles es mayor que cuatro: John con Paul, Paul con Ringo, Ringo con George, George con John y Paul… así hasta sesenta y cuatro conjuntos musicales posibles ­no todos igual de prometedores que el original, es cierto. Luego ¡C es más grande que sí mismo y C también es más pequeño que sí mismo! ¡No se puede imaginar nada más paradójico! Ser más grande que uno mismo ya es lo suficientemente extraordinario para entrar en el mundo de los objetos imposibles, como para encima ¡ser a la vez más grande y más pequeño que uno mismo! O quizá más dramático: ¡ser a la vez más grande y más pequeño que otra cosa es lo suficientemente extraordinario para entrar en el mundo de los objetos imposibles, como para que encima esa cosa sea uno mismo! Bueno, ¡suficiente recreo ingrávido! Vamos a la solución que implicará un cambio de perspectiva, un nuevo orden, un rey caído que da paso a otro rey: solucionamos la paradoja declarando que C, el conjunto de todos los conjuntos, no existe.

The Beatles. Nueva York, 1964

The Beatles. Nueva York, 1964 | Library of Congress | Domini públic

La verdad es que como cambio radical parece un poco decepcionante. ¿Qué rey cae si decimos que no existe el conjunto de todos los conjuntos? ¿Qué giro en la perspectiva? ¿Qué orden novedoso? Pero solo es decepcionante a primera vista. La revolución que aguarda tras la paradoja de Cantor consiste en adquirir la capacidad (nueva) de prohibir la existencia de ciertos conjuntos. Que un conjunto tenga buena apariencia, que su construcción sea intuitiva deja de ser un criterio para aceptar su existencia. Esta capacidad de emitir certificados de validez para conjuntos (avalada por la proliferación de paradojas y antinomias en varios campos matemáticos) derivó en la formalización y la axiomatización del mismísimo razonamiento matemático, que hasta el momento solo existía para formalizar otras cosas. Lo que a su vez produjo una crisis de fundamentos y como consecuencia una serie de problemas de apariencia circular de los que desgraciadamente no podemos salir. Una vez axiomatizado el sistema formal creado para hablar de un mundo con propiedad y evitar contradicciones, estos axiomas son incapaces de producir o revisar todas las verdades de ese mundo. En resumen: una paradoja provocó una revolución que derivó en la demostración sin ambigüedades de que el alcance del conocimiento matemático no es tan grande como creíamos. Es decir, que la capacidad para formalizar e inspeccionar la verdad en el mundo de los números tiene un límite. Sea como sea de fuerte un sistema validador de sentencias, si queremos que no albergue pozos que nos lleven a contradicciones, siempre existirá una proposición verdadera que escape de su competencia.

La intención del párrafo anterior es demostrar (1) que algunos tipos de paradojas están basados en errores de la intuición, en asunciones demasiado generosas sobre nuestros objetos de estudio; (2) que su resolución está relacionada con una nueva definición, una reconsideración sobre la naturaleza de tales objetos, y (3) que una vez adoptado el nuevo sistema, es recomendable que nos preparemos para algunas sorpresas más. Por último, el párrafo anterior sirve como preparación para las paradojas de la física cuántica, que también nacieron de un choque con la intuición o con el orden establecido y derivaron en una crisis de fundamentos. Solo que esta vez la crisis no se declaró en el mundo que ordena los números –objetos más o menos abstractos según la posición filosófica de cada cual–, sino en el mundo que ordena las cosas que tocamos y las cosas que somos.

El nuevo orden en los átomos

En la historia de la física cuántica existen tres tipos de paradojas: las que desafían a la física clásica; las que desafían a la intuición y al sentido común, y las que desafían a la misma física cuántica.

Las primeras evidencian que la física clásica falla en algunas predicciones; las segundas evidencian que las intuiciones nacidas de nuestro contacto con el mundo fallan en algunas predicciones, y las terceras (construidas para testear la consistencia de la nueva teoría) no sabemos aun bien qué evidencian, pero con esos términos auguramos que la tierra temblará.

Las primeras se resuelven con un cambio de teoría; las segundas se resuelven con un giro copernicano en ciertas preconcepciones sobre los objetos físicos y sus propiedades; las terceras insisto en que no sabemos bien cómo tratarlas, ya que el giro copernicano que nos acaba de ofrecer un nuevo orden de cosas libre de atentados contra la intuición nos deja con que ese nuevo orden de cosas impone restricciones importantes sobre el límite de lo que podemos llegar a conocer.

Ejemplos de paradojas de tipo 1 o «choque de realidad»

Un ejemplo del primer tipo de paradojas es la estabilidad de los átomos. En efecto, la física clásica no es capaz de explicar cómo es posible que los átomos sean estables. Es decir, no es capaz de explicar que todas las cosas estemos aquí. La física clásica describe los átomos como un sistema de núcleos positivos y electrones girando alrededor. Pero según la misma física, cualquier carga en movimiento emite energía (un ejemplo es una antena de radio). Por lo tanto, un electrón moviéndose alrededor de un átomo debería perder su energía y caer al núcleo. Como eso no es lo que se observa, la predicción de la física clásica falla en ese punto y se impone una nueva teoría. La nueva teoría propone, como solución a la paradoja, que los electrones no giran alrededor del núcleo, sino que se encuentran en algún lugar cercano al núcleo en ciertos estados estables de energía, sin que estén determinadas exactamente su posición y su velocidad en cada momento. Así se evita describir el electrón de un átomo como «una carga que se mueve a velocidad definida y a cierta distancia del núcleo» y se le describe como lo que se deduce de la observación siguiente: «una carga que se encuentra cerca del núcleo y que no pierde energía». «Dónde está» o «qué velocidad tiene», con todo lo que tienen de intuitivo, pierden importancia como descripción primordial del electrón. Por el contrario, el «estado estable de energía», como concepto físico, no es en absoluto intuitivo, pero es necesario para satisfacer la observación. Esta solución ad hoc, que emborrona los conceptos de posición y velocidad, derivará entre otras cosas en las relaciones de incertidumbre de Heisenberg. El producto de las incertidumbres de la posición y la velocidad de un objeto cuántico es siempre superior a cierto número, la constante cuántica de Planck: no se pueden saber con precisión infinita la posición y la velocidad de una partícula simultáneamente. Pero, de nuevo, la intención de estos cambios fue poder explicar una observación incontestable: la estabilidad de los átomos.

La constante de Planck y el origen de la mecánica cuántica | Space Time | PBS Digital Studios
La constante de Planck y el origen de la mecánica cuántica | Space Time | PBS Digital Studios

Otro ejemplo de paradoja del primer tipo es la catástrofe ultravioleta. Según la física clásica, todo cuerpo en equilibrio térmico con su entorno absorbe o emite energía en forma de radiación electromagnética, de manera que a cada modo de vibración le toca una cierta cantidad de energía. Es como si tuviera que sonar una cierta cantidad de música en cada nota. Es el principio de equipartición de la energía, según el cual a cada modo le toca una energía igual a k·T (constante de Boltzman multiplicada por la temperatura). Pero entonces, ¿cómo es que no irradiamos una cantidad infinita de energía? En concreto, ¿cómo es que no somos fuentes de luz, de rayos ultravioleta, de rayos X? Para solucionar la paradoja, la nueva física impuso que la energía irradiada en cada frecuencia no podía ser arbitrariamente pequeña, sino que venía dada en paquetitos mínimos, que llamaron quanta (quantum, en singular), de tamaño proporcional a su frecuencia (de nuevo la proporcionalidad es la constante de Planck). Cuando el cuanto de energía mínima para un modo es mayor que k·T (la energía que le correspondería emitir al cuerpo en ese modo), no puede existir emisión en esa frecuencia. El término quantum es el origen del nombre que tomó la nueva teoría cuando estuvo consolidada: la física cuántica. Posteriormente, al cuanto de energía electromagnética se le llamó fotón.

Si lo que hay que aceptar para explicar el mundo es que los valores de la energía están cuantizados y que las propiedades (posición, velocidad) de las partículas cuánticas no están determinadas al mismo tiempo, parece un buen trato. El mundo parece un lugar un poco más raro, pero, al fin y al cabo, entendible.

Ejemplos de paradojas de tipo 2 o «choque contra la intuición»

Sin embargo, de este trato surgen las paradojas del segundo tipo, que son las que, una vez aceptados los términos de la nueva teoría, presentan situaciones que chocan con el sentido común. La resolución de estas paradojas sí necesita un giro copernicano.

Un ejemplo es el experimento de la doble rendija. Si aceptamos que la luz, la radiación electromagnética visible, está cuantizada y formada por una serie de «paquetes indivisibles» llamados fotones, ¿cómo podemos explicar las franjas de interferencia que observamos cuando la hacemos pasar por una doble rendija abierta en una pared? Si la luz es una onda, entendemos bien la interferencia; observamos fenómenos similares en el agua. Pero si aceptamos que la luz está formada por fotones individuales, tenemos que concluir que el fenómeno de la interferencia ocurre a nivel individual, y que un mismo fotón pasa por las dos rendijas al mismo tiempo e interfiere consigo mismo para dar lugar a ese patrón de franjas característico. Esta paradoja se puede resolver con el siguiente giro copernicano: hay que distinguir entre el estado del fotón (la información que lo describe) y la lista de sus propiedades observables. Arriba ya lo hemos apuntado, pero ahora tenemos que aceptarlo con todas sus consecuencias. Es un giro copernicano porque en física clásica la información que contiene un objeto coincide con la lista de sus propiedades observables. Pero en física cuántica, es posible que el estado del fotón esté perfectamente determinado y aun así la propiedad observable «qué camino ha tomado el fotón» no emerja hasta después de llevar a cabo un experimento para averiguarlo. Si un fotón puede encontrarse en el camino 1, y también puede encontrarse el camino 2, entonces también es posible para él estar en un estado de superposición de los dos caminos. Mientras no hagamos un experimento para determinar el camino que ha tomado, el fotón «tomará los dos caminos a la vez», e interferirá consigo mismo. En el momento en que colocamos un detector en las rendijas para saber por cuál ha pasado, el fotón «decide» uno de los dos caminos y la interferencia se destruye.

El experimento de la doble rendija explicado por Jim Al-Khalili | The Royal Institution
El experimento de la doble rendija explicado por Jim Al-Khalili | The Royal Institution

La superposición (o el entrelazamiento, del que hablaremos en próximas entregas) es un fenómeno que desafía la intuición construida mediante el contacto con el mundo macroscópico, pero podemos llegar a plantear un giro copernicano para construirnos una intuición nueva. El giro nos invita a no concentrar la tarea de la física en la descripción de los objetos (átomos, electrones, fotones…) y sus propiedades. En su lugar, plantea que las unidades fundamentales del mundo son los bits de información contenida en esos objetos, y que la tarea de la física cuántica es determinar cuáles son las reglas para acceder, copiar y transmitir esa información.

Ejemplos de paradojas de tipo 3 o «prueba de estrés de la teoría»

Una vez adoptada la revolución copernicana, aparece el tercer tipo de paradojas, las diseñadas para testear el cambio de paradigma que propone la cuántica. Una de ellas es la paradoja de Einstein-Podolsky-Rosen, de la que nos ocuparemos en el futuro, ya que la solución es aceptable dentro del sistema, y además nos obligaría a hablar de entrelazamiento –y ya bastante enredado tenemos esto.

En este contexto, es más interesante la paradoja «prueba de estrés» del gato de Schrödinger. Es interesante porque no está claro cómo vamos a salir de ella, ni si vamos a salir de ella. La paradoja de Schrödinger es un órdago a la grande a la doble rendija. Aceptemos que un fotón pueda pasar por dos sitios a la vez. Hemos dicho que solucionamos la paradoja proponiendo que, antes de la medida, las propiedades (por qué rendija ha pasado el fotón) no están determinadas. Y que solo emergen cuando ponemos un detector. Pero, pregunta Schrödinger, ¿qué característica privilegiada tiene el detector para hacer que el fotón decida su camino? ¿Y si no miramos el detector? ¿Y si el camino que toma el fotón está de alguna manera conectado con una propiedad de otro objeto –digamos un gato– que no tiene sentido que pueda tener dos valores a la vez –digamos estar vivo y muerto–? Si el camino 1 provoca la emisión de un veneno y el camino 2 no, y encerramos todo el experimento en una caja en la que metemos un gato, la superposición del fotón mantenida por el hecho de que no miramos por qué camino va se contagia a la del gato. El problema que evidencia la paradoja, el problema de la medida, es que no sabemos en qué momento, en virtud de qué, un fotón o cualquier otra partícula cuántica «decide» abandonar su superposición y decantarse por una de las posibilidades. ¿Cómo separamos un sistema cuántico del aparato que lo mide? ¿Cuál es el límite entre lo clásico y lo cuántico?

El gato de Schrödinger | Chad Orzel | TED-Ed
El gato de Schrödinger | Chad Orzel | TED-Ed

Esta pregunta no está resuelta, no está claro que sea una paradoja resoluble más que una demostración de que no podemos describir el mundo de manera definitiva. No hay un límite evidente para el tamaño máximo de un «gato de Schrödinger».

Pero he aquí la buena noticia. ¡No hay un límite evidente para el tamaño máximo de un «gato de Schrödinger»! ¡Eso implica que objetos cada vez más grandes pueden estar en superposición cuántica! ¡Nada fundamental lo impide! Afinemos bien nuestros tornillos, y preparémonos entonces para dar la bienvenida a gatos de Schrödinger en forma de ordenadores cuánticos, medidores más allá de los límites de la precisión, métodos de mensajería 100% seguros… ¡objetos macroscópicos gozando de las características cuánticas de las partículas pequeñísimas!

«On the banks of the Rhine, a beautiful castle had been standing for centuries. In the cellar of the castle, an intricate network of webbing had been constructed by industrious spiders who lived there. One day a strong wind sprang up and destroyed the web. Frantically, the spiders worked to repair the damage. They thought it was their webbing that was holding up the castle.»

Morris Kline, Mathematics. The Loss of Certainty (1980)

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El sentido cuántico

«Strange Children» de Margaret Barr. 1955

«Strange Children» de Margaret Barr (ballet). 1955 | State Library of New South Wales | Sin restricciones conocidas de derechos de autor

La física cuántica supone un cambio de paradigma, puesto que pone en jaque las teorías que hasta entonces daban sentido a nuestra comprensión del Universo, el espacio, el tiempo y la materia, haciendo entrar en escena el azar y la preobservación. El revés ha sido de dimensiones «astronómicas» y a los científicos les queda ardua tarea de calcular, demostrar, comprender y explicar todo otra vez. ¿Qué mejor actitud para afrontarlo que el humor? El humor se basa en la humildad y la capacidad de demostrar que estamos al límite, y es en el límite donde trabajan los científicos. Con este artículo iniciamos una serie sobre física cuántica y su influencia en nuestra comprensión de lo que definimos como «realidad».

K. Chesterton consideraba la literatura del absurdo como uno de esos elementos primitivos que aparecen de vez en cuando en el mundo para renovarlo, haciendo que podamos sentirnos no solo «herederos de todas las épocas», sino también «ancestros de antigüedad primordial». Y como muestra comparó la originalidad de El Dong y la nariz luminosa de Edward Lear con la del primer barco o el primer arado. Si además la hemos de contar dentro de las grandes, necesitamos mostrar que la literatura del absurdo viene equipada con su propia visión admisible del mundo. «La Ilíada solo es grande porque toda vida es una lucha, La Odisea lo es porque toda vida es un viaje, el Libro de Job porque toda vida es un enigma». Si Alicia en el País de las Maravillas tiene que ser una de las grandes, «el mundo no debe ser solo un lugar trágico, romántico o misterioso, debe ser también un lugar absurdo».

Aceptar que el mundo es un lugar absurdo necesita cierta dosis de humildad. Por suerte tenemos muy buenas razones para ser humildes. La humildad ha sido a menudo identificada como la esencia de buena parte del sentido del humor. En una entrevista sobre el origen del humor, el filósofo del arte Noël Carroll agradeció a la evolución el habernos distinguido con la capacidad de encontrar agradable el reconocer fallos en nuestro sistema cognitivo. Aprendemos mediante la generalización de hechos particulares, extrayendo normas de observaciones sistemáticas y mediante ensayo y error. Y funciona más o menos bien la mayoría de las veces, pero por fuerza acaba produciendo errores. Y evidenciar fallos en las normas nos parece gracioso. Nuestra «fragilidad cognitiva» es para nosotros un objeto de amable burla. No nos deprimimos al equivocarnos, si lo hiciéramos no habríamos llegado hasta aquí como especie.

«Alicia en el país de las maravillas». Ilustración de John Tenniel, 1865

«Alicia en el país de las maravillas». Ilustración de John Tenniel, 1865 | Wikimedia Commons | Dominio público

El sentido del humor se basa en la humildad, en la capacidad de reconocer que estamos al límite, que lo que nuestra cabeza dice del mundo choca o bien con nuestra cabeza o bien con el mundo. Y en ese límite es en el que vive el científico, o cualquiera que se asome al mundo y se pregunte cómo funciona. El sentido del humor se revela como un sentido extra para entender el mundo cuando nos presenta un aspecto nuevo. Especialmente a partir del siglo XX, testigo de la aparición de varios elementos primitivos que renovaron el mundo radicalmente, entre ellos la física cuántica, buscar la risa es una manera de aproximarse a la verdad, mejor dicho, a la siguiente explicación disponible.

Entonces, ¿es el sentido del humor la única vía para conocer el mundo? Ya me he atrevido bastante haciendo esta pregunta, así que no llegaré tan lejos como para intentar contestarla, pero puedo al menos sugerir una prueba a favor. En mi humilde opinión, ya que estamos insistiendo en el término, nadie ha descrito mejor la creciente sospecha de que nunca llegaremos a entender el mundo (o alternativamente, la máxima perplejidad que experimentamos al considerar por qué razón tendríamos que llegar a entenderlo) como Douglas Adams cuando escribió que «hay una teoría que dice que si alguna vez alguien descubriera exactamente qué es el Universo y por qué está aquí, este desaparecería instantáneamente y sería reemplazado por algo aún más raro e inexplicable.»

Para sentarse a escuchar lo que la física cuántica dice sobre el mundo se necesita este tipo de sentido del humor basado en una humildad que nos ha de permitir cuestionar buena parte de todo aquello que consideramos inamovible: cada cosa que pasa tiene una causa; la habitación que me rodea permanece igual si cierro los ojos. La física cuántica cuestiona esas intuiciones al considerar el mundo como un conjunto enorme de posibilidades que se vuelven hechos solo después de la observación. Y el mecanismo que dicta cuál de todas esas posibilidades se convertirá en hecho es el azar. En esa parte del mundo que permanece ajena a la observación cabe información a salvo de la pericia del mejor espía, quien declinará cualquier intento de enterarse de nuestros secretos, consciente de que si lo hace el azar le dará las mismas posibilidades de dar con el mensaje que hemos escondido que con una sección del Quijote o una absurda receta de caracoles con tofu. Lo que entra en esa parte del mundo no necesariamente conserva su forma, aunque estrictamente no haya sufrido ningún proceso de cambio. Emerge, sin más, convertido en otra cosa. En esa parte del mundo preobservación caben también ordenadores que operan simultáneamente en más estados que átomos hay en el universo. Es una parte del mundo sobredimensionada, que no se preocupa por guardar la etiqueta más elemental y que permite a cualquier habitante estar en varios sitios distintos haciendo varias cosas distintas al mismo tiempo.

«A través del espejo y lo que Alicia encontró allí». Ilustración de John Tenniel, 1871

«A través del espejo y lo que Alicia encontró allí». Ilustración de John Tenniel, 1871 | Wikimedia Commons | Dominio público

Chesterton podría encontrar en las paradojas de la física cuántica la visión del mundo admisible para demostrar que el absurdo es una de las grandes tendencias de la literatura, al invitarnos a cuestionar la rigidez de las convicciones adquiridas en el rutinario trato con los objetos de nuestro tamaño. ¿Por qué habría de respetar la física cuántica, que explica el mundo microscópico, las intuiciones creadas por nuestra experiencia macroscópica? Los personajes con bigotes cambiantes de Edward Lear son grandes porque el mundo es intrínsecamente aleatorio. A través del espejo es grande porque allí donde no llega la luz ni el ojo está el mundo de las posibilidades, donde la misma oca nada a la vez en mil estanques diferentes y Tweedledee y Tweedledum pueden jugar a piedra, papel y tijera coincidiendo en cada tirada, aunque estén incomunicados en rincones opuestos del Universo.

Alguien podría objetar que, al fin y al cabo, el mundo de las posibilidades que se hacen realidad al azar es solo una propuesta teórica, que no es una visión del mundo y que tendríamos que luchar para encontrar una teoría científica que respetara el sentido común. Y a eso se dedicaron grandes esfuerzos durante buena parte del siglo XX, hasta que en 1964 John Stewart Bell encontró la manera de demostrar que el azar es en efecto una visión admisible del mundo (gracias a eso, la encriptación y la computación cuánticas que describimos arriba son tecnologías reales). El teorema de Bell, que en realidad es un metateorema, permite demostrar que el mundo es fundamentalmente aleatorio y que las propiedades de las cosas no están definidas hasta que alguien o algo interviene para descubrirlas. Es un teorema que funciona de manera fascinante, que tendremos tiempo de analizar en profundidad, y que se inscribe dentro de la serie de desengaños de las grandes revoluciones científicas.

Después de Copérnico ya no nos podemos considerar el centro del Universo, ni después de Hutton el origen del tiempo. Darwin nos despojó de un puesto privilegiado entre las especies y, hablando de «fragilidad cognitiva», Gödel encontró la falla de San Andrés en los fundamentos de la lógica, nuestra gran creación intelectual. Bell entra en la lista de desmitificadores del género humano demostrando que nuestro sentido común es inútil como guía para entender el mundo.

Afilemos, entonces, nuestro sentido cuántico para acceder a la siguiente explicación disponible, asistidos en este trance por la cosmovisión del absurdo. Después de cada desengaño hemos sido capaces de reivindicarnos. Evolucionamos de nuevo porque somos capaces de reírnos de ello. Sigamos pues, guiados por la ciencia, en busca de la siguiente broma.

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Espectadores con gafas 3D, 1980-1995

Espectadores con gafas 3D, 1980-1995 | Burns Library, Boston College | CC BY-NC-ND 2.0

La multipelícula se emitía cada jueves a las cuatro de la tarde. Ese jueves un fallo en el registro en línea había permitido la entrada a un grupo demasiado numeroso de restauradores de papel de Hollowbridge, que estaban allí más por refugiarse del intenso calor que por lo que se anunciaba como el mayor éxito del cine autogenerado. La proyección, creada mediante un algoritmo diseñador de historias y personajes controlado por las emociones del público, satisfacía de media al 75% de la audiencia –veinte puntos por encima de los logros del cine convencional– para orgullo del primer equipo de programadores que había conseguido interpretar con sentido único las lecturas de multitud de sensores de movimiento, pulso y sudoración acoplados a las butacas. El aire acondicionado se encargaba de templar las respuestas de la sala en caso de que una excesiva disparidad en el registro de emociones mantuviera al algoritmo en un bucle de situaciones posibles sin optar por un giro argumental decisivo. A las cinco de la tarde, y sin contar con la ayuda de un aire acondicionado dedicado en exclusiva a combatir las altas temperaturas, el algoritmo tuvo que enfrentarse en solitario a la tarea de elegir el camino al desenlace, lo que consiguió, y con una eficiencia sin precedentes, gracias a la tan extraordinaria como inesperada homogeneidad de los espectadores de ese día. Los pocos que no pertenecían al grupo de Hollowbridge comenzaron a abandonar la sala pasadas las seis y media, pero el sistema parecía haber dado con la trama perfecta para todos los demás, que no encontraron razón para levantarse de sus asientos. Y allí siguen, insensibles a las imágenes que les llevaron a la gloria y que se suceden ahora tan monótonas como ellos, en perfecto estado gracias a un aire acondicionado forzado a operar a dieciocho grados bajo cero. Los familiares de las víctimas han solicitado ser satisfechos así por los perjuicios de la pérdida.

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Espectadores con gafas 3D, 1980-1995

Espectadores con gafas 3D, 1980-1995 | Burns Library, Boston College | CC BY-NC-ND 2.0

La multipelícula se emitía cada jueves a las cuatro de la tarde. Ese jueves un fallo en el registro en línea había permitido la entrada a un grupo demasiado numeroso de restauradores de papel de Hollowbridge, que estaban allí más por refugiarse del intenso calor que por lo que se anunciaba como el mayor éxito del cine autogenerado. La proyección, creada mediante un algoritmo diseñador de historias y personajes controlado por las emociones del público, satisfacía de media al 75% de la audiencia –veinte puntos por encima de los logros del cine convencional– para orgullo del primer equipo de programadores que había conseguido interpretar con sentido único las lecturas de multitud de sensores de movimiento, pulso y sudoración acoplados a las butacas. El aire acondicionado se encargaba de templar las respuestas de la sala en caso de que una excesiva disparidad en el registro de emociones mantuviera al algoritmo en un bucle de situaciones posibles sin optar por un giro argumental decisivo. A las cinco de la tarde, y sin contar con la ayuda de un aire acondicionado dedicado en exclusiva a combatir las altas temperaturas, el algoritmo tuvo que enfrentarse en solitario a la tarea de elegir el camino al desenlace, lo que consiguió, y con una eficiencia sin precedentes, gracias a la tan extraordinaria como inesperada homogeneidad de los espectadores de ese día. Los pocos que no pertenecían al grupo de Hollowbridge comenzaron a abandonar la sala pasadas las seis y media, pero el sistema parecía haber dado con la trama perfecta para todos los demás, que no encontraron razón para levantarse de sus asientos. Y allí siguen, insensibles a las imágenes que les llevaron a la gloria y que se suceden ahora tan monótonas como ellos, en perfecto estado gracias a un aire acondicionado forzado a operar a dieciocho grados bajo cero. Los familiares de las víctimas han solicitado ser satisfechos así por los perjuicios de la pérdida.

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