El sentido cuántico

«Strange Children» de Margaret Barr. 1955

«Strange Children» de Margaret Barr (ballet). 1955 | State Library of New South Wales | Sin restricciones conocidas de derechos de autor

La física cuántica supone un cambio de paradigma, puesto que pone en jaque las teorías que hasta entonces daban sentido a nuestra comprensión del Universo, el espacio, el tiempo y la materia, haciendo entrar en escena el azar y la preobservación. El revés ha sido de dimensiones «astronómicas» y a los científicos les queda ardua tarea de calcular, demostrar, comprender y explicar todo otra vez. ¿Qué mejor actitud para afrontarlo que el humor? El humor se basa en la humildad y la capacidad de demostrar que estamos al límite, y es en el límite donde trabajan los científicos. Con este artículo iniciamos una serie sobre física cuántica y su influencia en nuestra comprensión de lo que definimos como «realidad».

K. Chesterton consideraba la literatura del absurdo como uno de esos elementos primitivos que aparecen de vez en cuando en el mundo para renovarlo, haciendo que podamos sentirnos no solo «herederos de todas las épocas», sino también «ancestros de antigüedad primordial». Y como muestra comparó la originalidad de El Dong y la nariz luminosa de Edward Lear con la del primer barco o el primer arado. Si además la hemos de contar dentro de las grandes, necesitamos mostrar que la literatura del absurdo viene equipada con su propia visión admisible del mundo. «La Ilíada solo es grande porque toda vida es una lucha, La Odisea lo es porque toda vida es un viaje, el Libro de Job porque toda vida es un enigma». Si Alicia en el País de las Maravillas tiene que ser una de las grandes, «el mundo no debe ser solo un lugar trágico, romántico o misterioso, debe ser también un lugar absurdo».

Aceptar que el mundo es un lugar absurdo necesita cierta dosis de humildad. Por suerte tenemos muy buenas razones para ser humildes. La humildad ha sido a menudo identificada como la esencia de buena parte del sentido del humor. En una entrevista sobre el origen del humor, el filósofo del arte Noël Carroll agradeció a la evolución el habernos distinguido con la capacidad de encontrar agradable el reconocer fallos en nuestro sistema cognitivo. Aprendemos mediante la generalización de hechos particulares, extrayendo normas de observaciones sistemáticas y mediante ensayo y error. Y funciona más o menos bien la mayoría de las veces, pero por fuerza acaba produciendo errores. Y evidenciar fallos en las normas nos parece gracioso. Nuestra «fragilidad cognitiva» es para nosotros un objeto de amable burla. No nos deprimimos al equivocarnos, si lo hiciéramos no habríamos llegado hasta aquí como especie.

«Alicia en el país de las maravillas». Ilustración de John Tenniel, 1865

«Alicia en el país de las maravillas». Ilustración de John Tenniel, 1865 | Wikimedia Commons | Dominio público

El sentido del humor se basa en la humildad, en la capacidad de reconocer que estamos al límite, que lo que nuestra cabeza dice del mundo choca o bien con nuestra cabeza o bien con el mundo. Y en ese límite es en el que vive el científico, o cualquiera que se asome al mundo y se pregunte cómo funciona. El sentido del humor se revela como un sentido extra para entender el mundo cuando nos presenta un aspecto nuevo. Especialmente a partir del siglo XX, testigo de la aparición de varios elementos primitivos que renovaron el mundo radicalmente, entre ellos la física cuántica, buscar la risa es una manera de aproximarse a la verdad, mejor dicho, a la siguiente explicación disponible.

Entonces, ¿es el sentido del humor la única vía para conocer el mundo? Ya me he atrevido bastante haciendo esta pregunta, así que no llegaré tan lejos como para intentar contestarla, pero puedo al menos sugerir una prueba a favor. En mi humilde opinión, ya que estamos insistiendo en el término, nadie ha descrito mejor la creciente sospecha de que nunca llegaremos a entender el mundo (o alternativamente, la máxima perplejidad que experimentamos al considerar por qué razón tendríamos que llegar a entenderlo) como Douglas Adams cuando escribió que «hay una teoría que dice que si alguna vez alguien descubriera exactamente qué es el Universo y por qué está aquí, este desaparecería instantáneamente y sería reemplazado por algo aún más raro e inexplicable.»

Para sentarse a escuchar lo que la física cuántica dice sobre el mundo se necesita este tipo de sentido del humor basado en una humildad que nos ha de permitir cuestionar buena parte de todo aquello que consideramos inamovible: cada cosa que pasa tiene una causa; la habitación que me rodea permanece igual si cierro los ojos. La física cuántica cuestiona esas intuiciones al considerar el mundo como un conjunto enorme de posibilidades que se vuelven hechos solo después de la observación. Y el mecanismo que dicta cuál de todas esas posibilidades se convertirá en hecho es el azar. En esa parte del mundo que permanece ajena a la observación cabe información a salvo de la pericia del mejor espía, quien declinará cualquier intento de enterarse de nuestros secretos, consciente de que si lo hace el azar le dará las mismas posibilidades de dar con el mensaje que hemos escondido que con una sección del Quijote o una absurda receta de caracoles con tofu. Lo que entra en esa parte del mundo no necesariamente conserva su forma, aunque estrictamente no haya sufrido ningún proceso de cambio. Emerge, sin más, convertido en otra cosa. En esa parte del mundo preobservación caben también ordenadores que operan simultáneamente en más estados que átomos hay en el universo. Es una parte del mundo sobredimensionada, que no se preocupa por guardar la etiqueta más elemental y que permite a cualquier habitante estar en varios sitios distintos haciendo varias cosas distintas al mismo tiempo.

«A través del espejo y lo que Alicia encontró allí». Ilustración de John Tenniel, 1871

«A través del espejo y lo que Alicia encontró allí». Ilustración de John Tenniel, 1871 | Wikimedia Commons | Dominio público

Chesterton podría encontrar en las paradojas de la física cuántica la visión del mundo admisible para demostrar que el absurdo es una de las grandes tendencias de la literatura, al invitarnos a cuestionar la rigidez de las convicciones adquiridas en el rutinario trato con los objetos de nuestro tamaño. ¿Por qué habría de respetar la física cuántica, que explica el mundo microscópico, las intuiciones creadas por nuestra experiencia macroscópica? Los personajes con bigotes cambiantes de Edward Lear son grandes porque el mundo es intrínsecamente aleatorio. A través del espejo es grande porque allí donde no llega la luz ni el ojo está el mundo de las posibilidades, donde la misma oca nada a la vez en mil estanques diferentes y Tweedledee y Tweedledum pueden jugar a piedra, papel y tijera coincidiendo en cada tirada, aunque estén incomunicados en rincones opuestos del Universo.

Alguien podría objetar que, al fin y al cabo, el mundo de las posibilidades que se hacen realidad al azar es solo una propuesta teórica, que no es una visión del mundo y que tendríamos que luchar para encontrar una teoría científica que respetara el sentido común. Y a eso se dedicaron grandes esfuerzos durante buena parte del siglo XX, hasta que en 1964 John Stewart Bell encontró la manera de demostrar que el azar es en efecto una visión admisible del mundo (gracias a eso, la encriptación y la computación cuánticas que describimos arriba son tecnologías reales). El teorema de Bell, que en realidad es un metateorema, permite demostrar que el mundo es fundamentalmente aleatorio y que las propiedades de las cosas no están definidas hasta que alguien o algo interviene para descubrirlas. Es un teorema que funciona de manera fascinante, que tendremos tiempo de analizar en profundidad, y que se inscribe dentro de la serie de desengaños de las grandes revoluciones científicas.

Después de Copérnico ya no nos podemos considerar el centro del Universo, ni después de Hutton el origen del tiempo. Darwin nos despojó de un puesto privilegiado entre las especies y, hablando de «fragilidad cognitiva», Gödel encontró la falla de San Andrés en los fundamentos de la lógica, nuestra gran creación intelectual. Bell entra en la lista de desmitificadores del género humano demostrando que nuestro sentido común es inútil como guía para entender el mundo.

Afilemos, entonces, nuestro sentido cuántico para acceder a la siguiente explicación disponible, asistidos en este trance por la cosmovisión del absurdo. Después de cada desengaño hemos sido capaces de reivindicarnos. Evolucionamos de nuevo porque somos capaces de reírnos de ello. Sigamos pues, guiados por la ciencia, en busca de la siguiente broma.

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Espectadores con gafas 3D, 1980-1995

Espectadores con gafas 3D, 1980-1995 | Burns Library, Boston College | CC BY-NC-ND 2.0

La multipelícula se emitía cada jueves a las cuatro de la tarde. Ese jueves un fallo en el registro en línea había permitido la entrada a un grupo demasiado numeroso de restauradores de papel de Hollowbridge, que estaban allí más por refugiarse del intenso calor que por lo que se anunciaba como el mayor éxito del cine autogenerado. La proyección, creada mediante un algoritmo diseñador de historias y personajes controlado por las emociones del público, satisfacía de media al 75% de la audiencia –veinte puntos por encima de los logros del cine convencional– para orgullo del primer equipo de programadores que había conseguido interpretar con sentido único las lecturas de multitud de sensores de movimiento, pulso y sudoración acoplados a las butacas. El aire acondicionado se encargaba de templar las respuestas de la sala en caso de que una excesiva disparidad en el registro de emociones mantuviera al algoritmo en un bucle de situaciones posibles sin optar por un giro argumental decisivo. A las cinco de la tarde, y sin contar con la ayuda de un aire acondicionado dedicado en exclusiva a combatir las altas temperaturas, el algoritmo tuvo que enfrentarse en solitario a la tarea de elegir el camino al desenlace, lo que consiguió, y con una eficiencia sin precedentes, gracias a la tan extraordinaria como inesperada homogeneidad de los espectadores de ese día. Los pocos que no pertenecían al grupo de Hollowbridge comenzaron a abandonar la sala pasadas las seis y media, pero el sistema parecía haber dado con la trama perfecta para todos los demás, que no encontraron razón para levantarse de sus asientos. Y allí siguen, insensibles a las imágenes que les llevaron a la gloria y que se suceden ahora tan monótonas como ellos, en perfecto estado gracias a un aire acondicionado forzado a operar a dieciocho grados bajo cero. Los familiares de las víctimas han solicitado ser satisfechos así por los perjuicios de la pérdida.

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Espectadores con gafas 3D, 1980-1995 | Burns Library, Boston College | CC BY-NC-ND 2.0

La multipelícula se emitía cada jueves a las cuatro de la tarde. Ese jueves un fallo en el registro en línea había permitido la entrada a un grupo demasiado numeroso de restauradores de papel de Hollowbridge, que estaban allí más por refugiarse del intenso calor que por lo que se anunciaba como el mayor éxito del cine autogenerado. La proyección, creada mediante un algoritmo diseñador de historias y personajes controlado por las emociones del público, satisfacía de media al 75% de la audiencia –veinte puntos por encima de los logros del cine convencional– para orgullo del primer equipo de programadores que había conseguido interpretar con sentido único las lecturas de multitud de sensores de movimiento, pulso y sudoración acoplados a las butacas. El aire acondicionado se encargaba de templar las respuestas de la sala en caso de que una excesiva disparidad en el registro de emociones mantuviera al algoritmo en un bucle de situaciones posibles sin optar por un giro argumental decisivo. A las cinco de la tarde, y sin contar con la ayuda de un aire acondicionado dedicado en exclusiva a combatir las altas temperaturas, el algoritmo tuvo que enfrentarse en solitario a la tarea de elegir el camino al desenlace, lo que consiguió, y con una eficiencia sin precedentes, gracias a la tan extraordinaria como inesperada homogeneidad de los espectadores de ese día. Los pocos que no pertenecían al grupo de Hollowbridge comenzaron a abandonar la sala pasadas las seis y media, pero el sistema parecía haber dado con la trama perfecta para todos los demás, que no encontraron razón para levantarse de sus asientos. Y allí siguen, insensibles a las imágenes que les llevaron a la gloria y que se suceden ahora tan monótonas como ellos, en perfecto estado gracias a un aire acondicionado forzado a operar a dieciocho grados bajo cero. Los familiares de las víctimas han solicitado ser satisfechos así por los perjuicios de la pérdida.

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