Memes y política rara

El príncipe Wannes I hace su entrada en el Carnaval. Bergen, 1963

El príncipe Wannes I hace su entrada en el Carnaval. Bergen, 1963 | Nationaal Archief | Dominio público

En ese espacio indeterminado entre la política y lo político, es decir, entre los malestares de la sociedad y los asuntos de la política, es donde se cuecen los memes. Los memes, generalmente una imagen con un pequeño texto gracioso, un gif animado o una foto manipulada, han pasado de ser un fenómeno de internet a convertirse en un elemento omnipresente de nuestro imaginario digital y mediático. Así, vemos la creación de un debate paralelo que recoge los acontecimientos de actualidad y que está renovando la esfera pública, permitiendo conversaciones cívicas más activas.

La relación entre los memes y la política no es cosa menor; dicho de otra manera, es cosa mayor. Para entender su relevancia, antes es necesario que nos detengamos a reflexionar sobre una realidad de suma importancia: la tensión que surge entre la política y lo político. Esto, que podría parecer un mero entretenimiento lingüístico, un juego de palabras, no lo es. Con Chantal Mouffe y su libro En torno a lo político[1] hemos aprendido que «la política» y «lo político» son dos conceptos muy diferentes que implican esferas de acción y juegos de poder muy diferentes. La política es una tecnología muy bien articulada. Votos, urnas, campañas, micrófonos, parlamentos, elecciones, informes, estadísticas, instituciones, trajes, atriles, etc. se aglutinan para producir el ámbito de la política. Es la normalización de los debates políticos. La política tiene mecanismos de validación, de reconocimiento y de exclusión. Normas e instituciones públicas. En cambio lo político es un poco más salvaje. Lo político es todo aquello que nos afecta, las tensiones y antagonismos que cruzan nuestras vidas. Preocupaciones, malestares, anhelos que cruzan el campo social y determinan nuestras vidas. Lo político es la materia bruta de la política. Son las tensiones que va recogiendo la política para encauzarlas en debates, espacios, normativas y lenguajes. Lo político tiene que ver con cuerpos; la política, con palabras.

Podemos aventurar que una democracia no se encuentra muy bien de salud cuando la correa de transmisión que vincula la política con lo político deja de funcionar. Cuando está rota. Cuando las tensiones y los antagonismos que cruzan el cuerpo de las personas no llegan a los oídos de los estamentos políticos. Cuando el malestar no se recoge o simplemente se ignora. Cuando los asuntos de lo político no se asumen desde la política. Saber transformar estos malestares, los antagonismos, en preocupaciones o en temas para la política es una de las tareas más complejas para lo político. Saber elevar lo que podrían parecer problemáticas particulares a un problema que afecta al conjunto de la sociedad. No hay un método o fórmula única para traducir lo político a asuntos para la política. ¿Cuántas mujeres han de ser asesinadas al año para convertir el fenómeno de la violencia machista en una preocupación real para la política?¿Cuántos turistas han de orinar en la calle para que el turismo se transforme en un asunto a tratar?¿Cuál es el número exacto de parados que hace que el fenómeno del paro se vuelva una preocupación para la política? En el siguiente artículo nos vamos a detener a explorar ese espacio liminar que emerge entre la política y lo político. Entre los malestares y los asuntos de la política. Entre los movimientos sociales y los partidos políticos. Entre el anhelo y la institución. Es en este espacio indeterminado en el que se cuecen los memes.

Barcelona, 1976

Barcelona, 1976 | Del libro “Pintades: De Puig Antic al Referéndum”. La Gaia Ciencia, Barcelona 1977 | © Col·lectiu Foto-FAD (1974-1977)

Los espacios de mediación o mecanismos de traducción de lo político en asuntos para la política son variados y no siempre funcionan. Históricamente diferentes dispositivos han cumplido esa función: grupos de presión, acumulaciones de firmas, acciones de desobediencia civil, manifestaciones, acciones poéticas, lazos en la solapa, ocupaciones de espacios de representación, etc. Todos ellos constituyen estrategias y dispositivos que pueden contribuir a transformar las formas de antagonismo y de malestar que cruzan lo político en asuntos para la política. Lamentablemente, no siempre funcionan. Tensionar la política no es fácil. Germán Labrador, en su libro Culpables por la literatura, nos cuenta que durante la transición, cuando la democracia del Estado español se estaba fraguando, no estaba muy claro cuáles eran los mecanismos para elevar las preocupaciones sociales y así convertirlas en asuntos para la política. Por ello, las paredes y muros asumieron un papel importante en este ejercicio de mediación. Eran los lugares en los que el malestar individual podía transformarse en un asunto público. Según el autor, «las pintadas fueron un lugar de representación de la ciudadanía emergente».[2] «OTAN no, bases fuera», «Llibertat, amnistia, Estatut d’autonomia», «Menos rey, más cultura», «Pisos sí, chabolas no», «Los partidos políticos son los condones de la libertad».[3] Así, el grafiti se podía entender como «cauce de expresión de una opinión ciudadana directa, que ha sido excluida en el desarrollo de los acontecimientos políticos que van a conducir en primavera a la primeras elecciones democráticas».[4] Cuando los canales que vinculan lo político y la política no están claros, se inventan. Cuando están saturados, se desbordan.

No se equivoca Mariano Rajoy cuando afirma que «quien me ha impedido cumplir mi programa electoral es la realidad». Lo político a veces logra condicionar la política. En la actualidad vemos cómo se ha ido produciendo todo un conjunto de nuevos espacios, mecanismos o movimientos sociales que exploran nuevas tácticas y métodos para conseguir este fin. La PAH y los escraches, las campañas de troleo digital contra la aplicación de la Ley Sinde orquestadas por la antigua EXGAE, la aparición de numerosos sindicatos sociales que se hacen visibles en las redes sociales, las acciones de los «movimientos de liberación gráfica» que acompañaron a la primera ola de movimientos municipalistas, etc. Todos ellos han contribuido a tensar la agenda de la política. A acercar las preocupaciones de los agentes sociales a una clase política cuando no voluntariamente despistada, sorda a la ciudadanía.

Una de las características de todos estos procesos es que han venido acompañados de unos extraños objetos digitales llamados «memes de internet». Los memes, generalmente una imagen con un pequeño texto gracioso, un gif animado o una foto manipulada, pasaron de ser un fenómeno de internet a convertirse en un elemento omnipresente de nuestro imaginario digital y mediático. Todo debate o expresión de lo político ha venido acompañado por una multitud de pequeños memes que se van acumulando cual enjambre en torno a asuntos de relevancia. Así, vemos la creación de un debate paralelo que recoge los acontecimientos de actualidad o los malestares sociales que los espacios tradicionales ―medios de comunicación, noticieros, etc.― no han sabido recoger. Es en este sentido que los autores Ryan M. Milner o Limor Shifman defienden que se está renovando la esfera pública, recogiendo de esta manera el concepto elaborado por Jürgen Habermas. Milner suscribe que «si muchas personas pueden acceder a Reddit o Tumblr y participar en conversaciones políticas desde diferentes perspectivas, la democracia sale beneficiada».[5] En este contexto el autor sitúa el fenómeno de los memes, que define como elementos que conforman una suerte de esfera pública expandida que va desde foros y redes sociales a grupos de WhatsApp o pósters que aparecen en la oficina. Milner verifica su hipótesis analizando el papel de los memes en la constitución de un fenómeno como Occupy Wall Street (OWS). En sus propias palabras, «la evaluación de la relación entre los memes y OWS nos puede ayudar a validar la idea de que los medios participativos amplían la esfera pública permitiendo conversaciones cívicas más activas».[6] De esta manera se valora que aparezcan lugares en los que debatir la actualidad política con nuevos instrumentos y lenguajes, como pueden ser los memes. Lo político se desborda a través de memes que, por acumulación, acaban llegando a los oídos de la política.

Occupy Wall Street | Know Your Meme

Conversar a partir de imágenes permite que las perspectivas de los debates se amplíen y nuevos agentes participen de las conversaciones. Las imágenes circulan con más agilidad y son decodificadas con mayor facilidad que los textos o panfletos políticos. Es más fácil producir una imagen que incorpore una opinión o punto de vista que redactar un texto resumiendo tu posicionamiento político. Es por ello que los memes se vuelven preponderantes en las batallas políticas contemporáneas. El elemento humorístico ayuda al meme a circular con mayor facilidad. Como sostienen desde Metahaven, «el chiste tiene la capacidad de resistir y darle la vuelta a los marcos de referencia impuestos por el statu quo (…). El chiste tiene el poder de alterar las cosas, un poder más grande del que le solemos otorgar. En la red los chistes puede crecer de escala de forma rápida y llegar a cientos, miles o millones de personas en pocos minutos».[7] De esta manera contribuyen a facilitar el acceso a debates en torno a política; el humor abre la puerta a discusiones de mayor calado. Shifman también hace hincapié en cómo los memes facilitan la participación política; en sus propias palabras, «crear memes es una forma accesible, barata y divertida de hacer públicas las opiniones políticas de cada cual».[8] Es en este sentido que considera que los memes favorecen el empoderamiento ciudadano y contribuyen a crear esferas de participación en las que agentes que hasta ahora habían estado excluidos de ciertos debates pueden encontrar una voz. Desde aquí suscribo esta idea: los memes han permitido encontrar una forma de expresión estética para preocupaciones políticas.

En la actualidad se producen batallas de memes,[9] es decir, debates entre multitud de agentes que hacen uso de los memes para producir opinión pública. Las opiniones se construyen en base a imágenes que tendrán una mayor o menor acogida y por ende circulación dependiendo de lo ingeniosas o graciosas que sean. Si un meme funciona bien, saltará de plataforma pasando de foros «especializados» a redes sociales o dispositivos como teléfonos móviles. Su capacidad de saltar de una plataforma a otra definirá su área de influencia. Hay memes que no salen del foro inicial, otros circulan por Twitter, Facebook, WhatsApp o Tumblr, llegando hasta televisiones o medios de comunicación más tradicionales, desfilando frente a su audiencia creciente y contribuyendo así a establecer puntos de vista. No es infrecuente que las redacciones de programas televisivos incluso tengan en nómina a personas para crear memes, adoptando de esta manera tanto las formas como las estéticas de denuncia surgidas en la esfera digital.

Los memes no producen instituciones ni estructuras políticas, ni articulan una visión clara de un asunto de actualidad. En cambio sobrevuelan las conversaciones privadas y las elevan a debates públicos. El humor que los caracteriza ayuda a que los miembros de comunidades disgregadas se reconozcan y detecten a sus pares. Los memes no instituyen, pero sí desbordan los canales habituales que unen lo político a la política. Dan voz a quien no está acostumbrado a hablar haciendo uso de los códigos políticos tradicionales. Se presentan como una esfera de política rara. Permiten que el trol que todos llevamos dentro se exprese. Lanzan «zascas» a diestro y siniestro. Nos hacen sentirnos menos solos, nos recuerdan que el humor es una arma política. Saturan nuestros grupos de WhatsApp y nos permiten reconocer al cuñado que se esconde entre nuestros amigos. Los memes, como los catalanes, hacen cosas. Nos recuerdan que a veces hacer política es incordiar, y eso a los memes se les da fenomenal. Los memes nos cuelan goles cuando no los vemos venir. Nos recuerdan que fuera de los cauces de pensamiento oficial hay un flujo de idiotez colectiva del que pueden salir memes maravillosos, crueles, reaccionarios, graciosos, faltones o soeces que, a veces, nos van a hacer cambiar de opinión. En ocasiones simplemente nos van a ayudar a hacer más llevadera la actualidad, cosa que en los tiempos que corren no está nada mal, y lo sabes.


[1] C. Mouffe (2007). En torno a lo político. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.[2] G. Labrador (2017). Culpables por la literatura. Madrid: Akal, p. 512.

[3] Para más pintadas, se puede revisar la exposición «De mur a mur».

[4] G. Labrador (2017). Culpables por la literatura. Madrid: Akal, p. 432.

[5] R. M. Milner (2013). «Pop Polyvocality: Internet Memes, Public Participation, and the Occupy Wall Street Movement». En: International Journal of Communication, 7 (2013), p. 2361. (La traducción es nuestra.)

[6] R. M. Milner (2013). «Pop Polyvocality: Internet Memes, Public Participation, and the Occupy Wall Street Movement». En: International Journal of Communication, 7 (2013), p. 2361. (La traducción es nuestra.)

[7] Metahaven (2014). Can Jokes Bring Down Governments? Amsterdam: Strelka Press, versión ePub. (La traducción es nuestra.)

[8] L. Shifman (2014). Memes in digital culture. Cambridge: The MIT Press, p. 123. (La traducción es nuestra.)

[9] Adbusters (2012). Meme Wars: The Creative Destruction of Neoclassical Economics. Londres: Penguin Books.

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