Democracia aumentada

Mujeres enseñando a otras mujeres cómo votar, 1935

Mujeres enseñando a otras mujeres cómo votar, 1935 | Kheel Center | CC BY

Las nuevas herramientas, como los macrodatos, los algoritmos o la inteligencia artificial, podrían ayudarnos a resolver problemas sociales y a repensar el modelo de democracia. Se podrían evitar casos de mala praxis y de corrupción, optimizaríamos la inversión pública e incluso podríamos delegar el voto en agentes virtuales, a los que entre naríamos a partir de nuestras preferencias. Hablamos de ello con los investigadores del MIT Medialab Luis Pastor (grupo de Ciencia de la Ciudad) y César Hidalgo (grupo de Aprendizaje Colectivo).

En 2015, Hamburgo quería postularse para acoger unos Juegos Olímpicos. Así que contactó con el Laboratorio de Ciencia de la Ciudad del Media Lab, un centro de innovación del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) pionero en el mundo, para que estos les ayudaran a pensar y diseñar cómo debía ser la villa olímpica futura y hacerse con la candidatura.

Pero entonces todo cambió. Y, de la noche a la mañana, el encargo al que tuvieron que hacer frente los investigadores del Media Lab fue otro. A esta ciudad alemana empezaron a llegar decenas de miles de refugiados sirios. El alcalde quería seguir optando a ser sede de las Olimpiadas, pero ¿cómo? ¿Qué podía hacer con los refugiados? ¿Dónde podía colocarlos? Y, sobre todo, ¿cómo podía hacerlo de forma eficiente para que se integraran en el ecosistema metropolitano y no se crearan guetos?

«Es fue el reto que nos planteó el alcalde de Hamburgo y que tuvimos que resolver en tan solos dos meses: cómo ubicar a más de 70.000 refugiados en una ciudad de cerca de dos millones de habitantes», cuenta el arquitecto madrileño Luis Pastor, científico investigador del grupo de Ciencia de la Ciudad. «El alcalde, además, quería que se generara debate público, que se realizara un proceso participativo para decidir con los habitantes de Hamburgo dónde colocar a esos refugiados, de abajo a arriba», añade.

Los científicos del MIT Media Lab contactaron con HafenCity University Hamburg y junto a ellos usaron algoritmos, inteligencia artificial e inteligencia humana para resolver el problema. Usaron datos demográficos de los refugiados, y también datos de la ciudad como la normativa urbanística de cada zona; el número de colegios, hospitales y ambulatorios; las normas legales de cada zona; la diversidad cultural, económica y social, etc. Y desarrollaron una herramienta de interacción humano-ordenador, llamada CityScope, para fomentar la participación de los ciudadanos y la toma de decisiones.

How MIT Builds Cities Using Lego and Augmented Reality | WIRED
How MIT Builds Cities Using Lego and Augmented Reality | WIRED

«Lo primero que hicimos fue tratar de entender cómo la gente estaba usando la ciudad, y a partir de esa comprensión generamos modelos de simulación para proponer e intentar responder “qué pasaría si”. Por ejemplo, qué pasaría si de repente el transporte público de la ciudad tuviera que asumir a 10.000 personas más», señala Alonso, en el espacio que su grupo de investigación tiene en el imponente y futurista edificio de cristal del Media Lab, repleto de maquetas reales de ciudades en las que se proyectan, en tiempo real, datos de sus ciudadanos, del tráfico, del tiempo, etc. Depende. En función de cada proyecto.

Entonces, los investigadores llevaron a cabo un proceso de participación ciudadana en el que sentaba a representantes de diferentes sectores de la sociedad, «de la extrema derecha a la extrema izquierda», para que debatieran y escogieran dónde colocar a aquellos inmigrantes. «Se trataba de talleres en los que, usando los datos de los que disponíamos, esas mesas en las que participaba toda la sociedad debían decidir dónde colocar a los inmigrantes», apunta Alonso.

El proyecto, que bautizaron como FindingPlaces, fue un éxito rotundo. Permitió que unos 400 hamburgueses identificaran 160 ubicaciones de consenso para llevar a esas personas recién llegadas. Como remacha Alonso:

Comprobamos que las mesas participadas nos decían lo mismo que nos decía el algoritmo, y hoy en día hay más de 10.000 refugiados que ya han encontrado hogar en la ciudad y alrededor de ellos se está generando un ecosistema económico que funciona. Los ciudadanos de Hamburgo están viendo resultados. Y el proyecto, además, propició una interacción constructiva y colaborativa, generó conciencia social acerca de los refugiados y un sentimiento de empoderamiento en los participantes.

FindingPlaces es un ejemplo de cómo nuevas herramientas como los macrodatos, los algoritmos o la inteligencia artificial pueden ayudarnos a resolver problemas sociales y a repensar, en definitiva, el modelo de sociedad y de democracia que tenemos.

Finding Places | MIT Media Lab
Finding Places | MIT Media Lab

«La democracia se puede actualizar o mejorar usando tecnología y nuevas ideas, estoy convencido de ello», asegura en este sentido el físico chileno César Hidalgo, al frente del grupo Aprendizaje Colectivo, también del MIT Media Lab. «En el futuro, podremos automatizar varias de las labores de los gobiernos. Los políticos serán aumentados por algoritmos que trabajarán con equipos de personas especialistas para ser verdaderos sirvientes del pueblo», añade, cuando menos polémico.

En el grupo de Hidalgo, en el que trabajan físicos, ingenieros computacionales, psicólogos, economistas, geógrafos y diseñadores, tratan de diseccionar cómo aprenden los países, las organizaciones, los equipos y las regiones, y cómo usar ese conocimiento para mejorar la sociedad. Ahora Hidalgo anda embarcado en un nuevo y ambicioso proyecto de lo que él llama «democracia aumentada».

«Tenemos un sistema político que es imperfecto, que ha funcionado más o menos igual durante los últimos doscientos años. Y es mejorable», argumenta este físico, para quien lo primero que tiene que cambiar es sobre qué hablamos: abandonar el quién como foco del debate y pasar a pensar en el cómo. «Disponemos de herramientas que nos permiten que el ciudadano se empodere, fomentar su participación. Se evitarían muchos casos de corrupción o proyectos mal pensados o innecesarios.»

La idea de la democracia aumentada surgió hace apenas un año, cuando Hidalgo estaba en Chile presentando otro proyecto. En una reunión con periodistas de un diario digital, comenzaron a hablar de la relación, antiquísima, entre democracia y periodismo. En teoría, dice Hidalgo, los diarios escriben historias en las que describen el comportamiento de los políticos para que la gente pueda tomar mejores decisiones sobre qué líderes o partidos apoyar. El problema es que es realmente complicado no quedarse en la punta del iceberg.

«La inteligencia artificial puede ayudarnos a generar información contrafactual», lanza el chileno. Y se explica: imagínense que se pudieran tomar todas las leyes que está votando el parlamento, el congreso, y hacer que toda la sociedad también las votara. Eso permitiría comparar a los representantes políticos con sus votantes.

El problema es que hacer que la población participe en cada votación de ley resultaría extremadamente caro y complicado. De hecho, en el marco del Estado español hay algunos proyectos que están intentando empujar implementaciones de democracia directa, como decide.madrid.es.

¿Qué es el espacio de propuestas ciudadanas? | decide.madrid.es
¿Qué es el espacio de propuestas ciudadanas? | decide.madrid.es

Pero, ¿y si pudiéramos delegar nuestro voto? «Con un agente virtual, como un avatar, podríamos. Se trata de un algoritmo que aprende de ti, de tus preferencias, que tú entrenas, que se nutre de tus datos y predice tu elección», espeta Hidalgo. Y, de la misma forma que nuestro pensamiento evoluciona, el algoritmo evoluciona con él. Con nosotros.

Volviendo al ejemplo del diario, los medios de comunicación podrían disponer de una plataforma en la que los usuarios se podrían registrar, entrenar a su avatar para que éste pudiera realizar predicciones. El diario podría comparar en cada caso qué votó el congreso o un determinado político y qué la población. «El cuarto poder puede usar la inteligencia artificial como una manera de alcanzar un índice más elevado de participación y de dar una información contrafactual», asegura el chileno.

Imagínense que pudieran participar en decidir cómo se distribuye el presupuesto estatal, local, autonómico, dedicado a inversión pública. Imagínense que pudieran participar, puntuando las cosas que más les importan, como educación, transporte, recreación en los distintos barrios, etc. Disponer de esas valoraciones, por ejemplo, le daría al gobierno un patrón preciso de cuáles son las prioridades de la población. «Es una información muy valiosa para los tecnócratas del gobierno que tratan de diseñar cómo optimizar la inversión pública.»

Pensar que en el futuro puede que dejemos la toma de decisiones en manos de un mini-yo virtual que prediga ante cada situación qué es lo que nosotros elegiríamos resulta controvertido para muchos. Hidalgo, ante este planteamiento, como Alonso, insiste en que los algoritmos que tendremos en el futuro –tanto los que harán la compra en el súper por nosotros como los que dirán a nuestros candidatos políticos qué opinamos sobre tal o cual– no decidirán por nosotros. Nos ayudarán en la medida que determinemos. «Son una herramienta, como una bicicleta, que no va sola. Eres tú quien decide hacia dónde quieres ir, la bici simplemente te ayuda a llegar más rápido», asegura.

Pero, y los ciudadanos, ¿tenemos ganas de decidir continuamente, en una era en la que tenemos acceso a una cantidad ingente de información y en la que se nos pide todo el tiempo que hagamos elecciones?

Los algoritmos van a ser una auténtica revolución que nos va a ayudar a ser capaces de sobrellevar el exceso de información. Tienen que ser herramientas creadas por los ciudadanos, que funcionen en un sistema abierto y distribuido. Tu avatar puede correr en una instancia privada en tu ordenador o en la nube, y solo tiene acceso a una información concreta tuya. Es un sistema al que tú haces una pregunta y él da una respuesta.

Y esos algoritmos serán auditables de forma continua, a través de su comportamiento y también del código.

Está claro que es una revolución y que lo que pretendemos es empezar a explorar las aristas de la tecnología. Quizás aún queden sesenta u ochenta años para que esté madura. Seguramente cuando mi hija de cuatro años tenga mi edad, esta idea de aplicar la inteligencia artificial a la democracia le parecerá obvia. Ella ya tendrá una educación sobre lo que son los algoritmos, sobre cómo se comportan los datos, muy distinta a la de las generaciones actuales. Estamos diseñando esto para los usuarios del futuro. Es una transformación lenta, una revolución, para los ciudadanos futuros, a los que tenemos que dejar unas instituciones mejores de las que nos hemos encontrado.

El ágora estará en las plazas de los pueblos, sí, pero también, y sobre todo, en la nube.

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Las máquinas ya saben cómo aterrorizar a los humanos

Ernest Thesiger y Colin Clive en «La novia de Frankenstein» dirigida por James Whale, 1935

Ernest Thesiger y Colin Clive en La novia de Frankenstein dirigida por James Whale, 1935 | Sin restricciones conocidas de derechos de autor

Shelley es la primera inteligencia artificial escritora de terror. El proyecto trata de explorar la manera como humanos y máquinas pueden colaborar, los obstáculos de esa relación y sobretodo averiguar si la inteligencia artificial es capaz de provocar emociones primarias en los humanos. Hablamos de ello con Manuel Cebrián, científico del MIT Medialab, que nos habla del aprendizaje profundo y nos explica el proceso por el cual enseñaron a Shelley a escribir historias de terror.

1816 fue el año sin verano. El clima enloqueció por completo. Heladas y sequías arruinaron las cosechas y expandieron el hambre en Norteamérica y Europa, mientras que en Asia el monzón provocaba inundaciones. El calor no llegaba y la nieve seguía cayendo, aún en junio, lo que hizo que un grupo de cinco amigos ingleses se vieran obligados a pasar sus vacaciones confinados en una mansión cerca del lago Lemán, en Suiza. Se trataba de Lord Byron, el poeta; el médico John Polidori; Percy Shelley, poeta; su esposa, Mary Shelley, la escritora, y la hermanastra de esta, Claire Clairmont.

Aburridos, se retaron a escribir una historia de terror, lo más espeluznante posible. En aquella competición Lord Byron escribió su poema «Oscuridad», narrado por el último ser humano en la Tierra, y Polidori ideó un cuento de vampiros que tiempo después inspiraría a Bram Stoker para crear al célebre conde Drácula. Y Mary Shelley gestó a Frankenstein, aunque le llevaría otros catorce meses acabar la novela.

¿Quién podría haber sabido que 2017 volvería a ser otro año sin verano y que Byron, Shelley y Polidori volverían a encontrarse confinados, aunque esta vez en Twitter, donde escribirían nuevas historias de terror?

«Shelley es la primera inteligencia artificial escritora de terror. Es capaz de escribir relatos que dan miedo, sola o en colaboración con humanos usuarios de Twitter y con otros dos robots a los que ha insuflado vida, Lord Byron y Polidori», explica Manuel Cebrián, científico del grupo Scalable Cooperation, en el Medialab del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), en Cambridge (EEUU).

Para ello, Shelley se basa en una capacidad de la inteligencia artificial, llamada aprendizaje profundo, por la que puede aprender por sí misma a partir de grandes cantidades de datos imitando el funcionamiento de las redes neuronales del cerebro.

El algoritmo analiza la información y extrae aquella que es relevante para la tarea que va a realizar, así como patrones a partir de los cuales podrá, por ejemplo, diagnosticar enfermedades, en el caso de aplicaciones biomédicas; descubrir nuevos exoplanetas, como recientemente anunciaron la Nasa y Google, o escribir nuevas y originales historias de miedo desde cero, como Shelley.

Para su debut como escritora de terror, esta androide tuitera se preparó «leyendo» una ingente cantidad de literatura de terror, desde clásicos, como Edgar Allan Poe o H. P. Lovecraft, hasta autores modernos, como Stephen King. También devoró los canales de terror de Reddit –un agregador de noticias–. Entonces procesó todo lo que había leído, cientos de miles de relatos de terror, extrajo patrones y comenzó a generar historias espeluznantes.

Para saber cuáles de ellas cumplían mejor su objetivo, que era dar miedo a quien las leyera, sobre todo al comienzo Shelley se basaba en el feedback de la gente: los «me gusta» y retuiteos que tuviera cada nuevo relato que comenzaba.

Así, cada cierto tiempo el algoritmo envía o bien un tuit o bien un breve hilo con el que inicia una nueva historia que cualquiera puede seguir y responder simplemente contestando cualquiera de los mensajes que acaben con la etiqueta #yourturn (‘tu turno’). Shelley, sin embargo, no contesta a todos los mensajes que recibe, sino solo a aquellos con mayor potencial narrativo, capaces de generar un hilo largo.

«Es capaz de aprender qué hilos narrativos funcionan mejor para el terror. Y puede generar escenas de miedo que no se parecen a nada existente. Ha creado un tipo de terror completamente nuevo», afirma entusiasmado Cebrián, que remacha: «Ahora ya no necesita ni a los humanos. Junto a Polidori y Lord Byron los tres robots ya son capaces de escribir y de ir mejorándose ellos mismos.»

Por el momento, no obstante, y para alivio de los escritores de terror de carne y huesos, los relatos que son capaces de generar los tres robots tienen a lo sumo cinco párrafos de largo.

Shelley tampoco responde a comentarios racistas, sexistas, con insultos o incoherentes. Y haberlos, los ha habido y hay. «Había gente que se dedicaba a “trolear” el proyecto y a intentar que Shelley dijera cosas que no tenía que decir. Las ganas de destruir son innatas en el ser humano, igual que las ganas de crear. El mal siempre está a la vuelta de la esquina», apunta Cebrián, que se confiesa un fan del género de terror.

El proyecto Shelley se estrenó el pasado Halloween, en 2017, y forma parte de una trilogía con la que Cebrián, junto a los investigadores Pinar Yanardag e Iyad Rahwan, también del grupo Scalable Cooperation de Medialab (MIT), pretende explorar de qué manera cooperan humanos y máquinas, qué obstáculos hay en esa relación y, sobre todo, si la inteligencia artificial es capaz de provocar en los humanos emociones primarias como el miedo usando estrategias de cooperación.

«Crear una emoción visceral como el miedo sigue siendo uno de los pilares de la creatividad humana. El desafío es especialmente importante en un momento en que nos preguntamos cuáles son los límites de la inteligencia artificial», dicen los tres investigadores en la web del proyecto.

«En los últimos años se habla mucho de que la inteligencia artificial es una amenaza para los seres humanos. Queremos explorar hasta qué punto es así y adelantarnos a un posible mal uso de esa tecnología. Si alguien quisiera utilizar la inteligencia artificial para infundir miedo en la sociedad, propagar ideas con el fin de atemorizar, ¿podría? La respuesta es sí, pero con matices», considera Cebrián.

El primer experimento en este sentido lo lanzaron en 2016, cuando, también por Halloween, crearon Nightmare Machine, un robot capaz de generar caras y escenarios fantasmagóricos. Como Shelley, esta máquina de los horrores se basa en el aprendizaje profundo. Los investigadores primero entrenaron al sistema alimentándolo con caras de celebrities, como Brad Pitt; paisajes y monumentos, como la Torre Eiffel, y un corpus de imágenes supuestamente de miedo, como zombis, ciudades embrujadas o repletas de residuos tóxicos.

El castell de Neuschawnstein, transformat amb Nightmare Machine

El castillo de Neuschawnstein, transformado con Nightmare Machine

El algoritmo iba mezclando en distintos grados los dos tipos de imágenes y enseñándole el resultado a humanos, que votaban a través de la web del proyecto qué imagen les resultaba más espeluznante. (El zombi Brad Pitt es muy popular.)

Así, al final, el sistema tenía miles de caras generadas digitalmente, y gracias a la votación de más de dos millones de personas pudo clasificar y escoger cuáles eran las que daban más miedo. Resulta interesante que el algoritmo también aprendió qué asustaba más en cada país, y qué asustaba más a los hombres y qué a las mujeres. «Hay culturas en las que la IA no es capaz de aprender qué asusta, como en las culturas asiáticas, donde no funcionaba bien la máquina de las pesadillas porque tienen una visión del terror que no tienen que ver con la nuestra», apunta Cebrián.

Para comprobar la efectividad real de esta máquina de las pesadillas, hicieron un experimento en el que midieron mediante un test psicométrico los niveles de ansiedad de las personas que participaban y comprobaron que las diez caras o escenarios que más asustaban eran también aquellas que más ansiedad provocaban en los voluntarios. «La IA era capaz de detectar las emociones extremas de las personas y de provocarlas», destaca Cebrián, que añade: «Entonces, si alguien quisiera utilizar imágenes manipuladas para asustar a la población, ¿podría? La respuesta es sí.»

La máquina de las pesadillas no es el primero intento de usar la IA para causar miedo. El superordenador de IBM Watson ayudó a crear el tráiler del film de ciencia ficción Morgan (2016). Para ello, el algoritmo analizó cientos de tráileres de películas de terror y luego procesó todo el largometraje para identificar las mejores escenas de miedo. Al final, aisló diez momentos, unos seis minutos de vídeo, que fue lo que montó un editor humano para crear una historia coherente. La IA llevó a cabo el proyecto en apenas veinticuatro horas, cuando por lo general la producción de los tráileres de las películas acostumbra a tardar entre diez días y un mes.

Ahora está a punto de estrenarse la tercera y última parte de esta trilogía de la que forman parte Shelley y Nightmare Machine. Será el próximo 1 de abril, cuando en muchos países se celebre el April Fool’s Day, una especie de Santos Inocentes. «Cerraremos la trilogía con Norman, en honor a Norman Bates, una IA que será capaz de asustarnos de manera más psicológica», apunta Cebrián.

Por el momento, parece que las máquinas son capaces de asustarnos. ¿Qué harán con eso quienes las manejan, en una época en la que miles de bots circulan por las redes sociales propagando noticias falsas e imágenes manipuladas, capaces de todo tipo de reacciones instantáneas? Y lo que quizás es más importante, ¿qué haremos con eso nosotros, la sociedad?

«Gracias a este tipo de experimentos ahora podemos detectar, por ejemplo, cuándo se ha creado una de estas entidades en internet, los famosos bots, entender mejor cómo funcionan y cuáles son sus límites», apunta Cebrián. «A veces hay que hacer cosas malas para ver el límite de hacer el mal.»

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Laura F. Tenenbaum: «Hay que encontrar una forma de conectar con la naturaleza cada día»

Laura Faye Tenenbaum | Ilustración de José Antonio Soria | CC-BY

Laura Faye Tenenbaum | Ilustración de José Antonio Soria | CC-BY

Laura F. Tenenbaum es una científica que se confiesa totalmente enamorada del planeta Tierra, de las pequeñas cosas. No hay forma de hablarle de migrar a lejanos exoplanetas, como sugiere el astrofísico Stephen Hawking. Tenenbaum le explica al gran público la ciencia de nuestro planeta, del cambio climático y de sus efectos a través de las emociones. Su objetivo es implicar a la gente desde un punto de vista optimista y dinámico. Tenenbaum es miembro del Equipo de Comunicación sobre Ciencias de la Tierra del Laboratorio de Propulsión a Reacción de la NASA, en el que crea contenido para la página web sobre el cambio climático Global Climate Change: Vital Signs of the Planet y para el blog Earth Right Now. Este año, Tenenbaum ha formado parte del jurado de la segunda edición del Premio Internacional a la Innovación Cultural convocado por el CCCB, que precisamente tenía el cambio climático como tema.

«¡Hola! ¡Buenas tardes a todos!». Segura de sí misma, con un gran sentido del humor y con las fantásticas fotografías de Groenlandia que hizo hace unos meses, Laura F. Tenenbaum, una innovadora en Comunicación Científica de la NASA, dejó boquiabierto al público del CCCB el día que se anunció el Premio Internacional a la Innovación Cultural. Desde el principio de su charla. Como suele pasar cuando da conferencias en colegios, universidades o museos, incluso en charlas TED. Y, sobre todo, en sus textos.

Hay dos tipos de personas. Por un lado están las que permanecen egoístamente en la absoluta ignorancia y piensan: «La la la, el mundo gira a mi alrededor». Y luego hay un grupo de gente que está muerta de miedo. En un ataque de pánico total. Ninguna de las dos formas de vida me parece útil, ni la ignorante ni la aterrorizada. Efectivamente, todos contribuimos al cambio climático. ¿Es realmente así?

Si tuviera algún problema de salud, decidiría ir al hospital, y allí solo tienen plástico de usar y tirar. Los hospitales son muy poco ecológicos, pero iría de todas formas, utilizaría la medicina moderna. Y ahora mismo, mientras hacemos esta entrevista, estamos bebiendo agua en botellas de plástico. Estar vivo significa estar usando algo. El altruismo absoluto no existe. Cada uno lo hace lo mejor que puede, pero en definitiva la sociedad tiene que implementar grandes cambios. Como colectivo, tenemos que salir adelante con una legislación y una política mejores, entre otras cosas, para conseguir esos cambios. Las energías renovables, por ejemplo, tienen mucho más sentido desde un punto de vista económico, así que ya estamos avanzando.

En España no, aquí paga más impuestos la energía renovable que los combustibles fósiles.

La vieja guardia, sea quien sea, va a luchar y a tratar de resistir, por supuesto. Pero hay muchísimas cosas en marcha: las grandes empresas en Estados Unidos —Google, Facebook, los gigantes corporativos— ya solo utilizan energía renovable. Los estados se comprometerán a hacerlo, ya lo están promoviendo. Y pasará lo mismo en otros países. Así que al final acabará ocurriendo.

Si todos nos pasamos a un modelo sostenible, ¿es posible frenar los efectos del cambio climático?

Una de las cosas que ocurre en California, e imagino que aquí también porque son climas muy parecidos, son las grandes sequías. A mucha gente le gusta decir que son una consecuencia del cambio climático, pero es complicado, porque la sequía—y tú me dirás si aquí se da el caso— también es una consecuencia de nuestro despilfarro de agua. Muchísima gente se muda a California, muchísima gente utiliza cada vez más agua; hay campos de golf enormes, campos con muchísimo césped. Así que, en parte, es una mala interpretación de la ciencia decir que la sequía la causa únicamente el cambio climático. El deshielo en Groenlandia sí que es consecuencia del cambio climático. Y cuando el hielo se derrite, provoca una subida del nivel del mar. Por ese motivo Venecia se está hundiendo, igual que Bangladesh y que Florida, en Estados Unidos. Algunas zonas corren peligro. Incluso Lower Manhattan, que es carísimo.

Pero incluso si dejáramos de quemar combustibles fósiles hoy mismo y ni una sola persona los usara nunca más, hay varias razones por las que no podemos librarnos de la subida del nivel del mar. El agua almacena el calor y ya hemos calentado los océanos. Ese calor va a permanecer ahí, y las cosas calientes se expanden. Así que, hagamos lo que hagamos, de la subida del nivel del mar no hay escapatoria.

En el mejor de los casos, quizá perdamos Tuvalu, las Maldivas o Bangladesh. De todos ellos ya emigran refugiados climáticos. En Florida ya hay inundaciones. Las predicciones científicas apuntan a que nos esperan mayores tormentas y situaciones meteorológicas extremas. ¿Quieres que te dé la explicación científica?

Por favor.

La Tierra es alucinante. Laura, que trabaja en la NASA, dice que es el mejor planeta.

¡Lo es!

Una de las mejores cosas de la Tierra es el agua, que da estabilidad. De modo que la Tierra tiene un clima muy estable, aunque ha cambiado en otras épocas. Una de las causas de las enormes fluctuaciones climáticas del pasado, por ejemplo, fue que Norteamérica y Sudamérica no estaban unidas. Hace unos sesenta millones de años, un istmo las unió y eso tuvo repercusiones drásticas en las corrientes oceánicas. Es decir, que hubo fluctuación y más tarde se estabilizó.

Ahora vivimos un nuevo tipo de fluctuaciones, fenómenos meteorológicos extremos: mayores tormentas, inundaciones y sequías. Así es como la Tierra intenta ajustarse a la nueva situación mientras atraviesa esta fluctuación. Finalmente, dentro de cientos o miles de años, encontrará un nuevo equilibrio. Esta situación la hemos causado nosotros y estaremos anclados a ella durante miles de años, porque el océano es lento.

Stephen Hawking dice que tenemos que encontrar otro planeta urgentemente, porque este…

¡No estoy nada de acuerdo! Ese comentario es tan de tío… (ahora estoy siendo sexista). Trabajo para la NASA, donde obviamente hay mucha gente que quiere irse a otro planeta. Siempre les digo: «¡No!». No me convence eso de dejar el sitio que te encanta hecho un desastre y buscar otro. No, no, no. De ninguna manera. Además, eso de ir en busca de otro planeta me suena a la típica aventura de macho explorador.

Te dedicas a la comunicación. ¿Cómo podemos comunicar algo que se ha comunicado tanto de una forma nueva, que conciencie a la gente sobre el problema sin sonar sensacionalista?

Creo que no hay una fórmula comunicativa que funcione para todos los casos. Yo uso las emociones. ¡También el sentido del humor, a veces!

Laura Faye Tenenbaum | © CCCB, 2017. Autor: Miquel Taverna

Laura Faye Tenenbaum | © CCCB, 2017. Autor: Miquel Taverna

¿Puedes poner un ejemplo?

La mayoría de las veces me inspiran pequeñas cosas, detalles. Hace poco estaba en Groenlandia y me di la vuelta —la historia va de eso, de darse la vuelta—. Estaba muy al norte, a unos 85º de latitud al norte, y allí el sol nunca sube mucho, siempre está bajo. Así que me di la vuelta, el sol reflejó en el hielo y me entró en los ojos. De repente, entendí el efecto albedo de otra forma. El efecto albedo es lo que hace que el blanco sea más reflectante que el negro. Esa es la razón por la que en las zonas calurosas es más común vestir de blanco, y también explica que cuando caminas descalzo no quieras pisar el asfalto.

En Groenlandia esto es crucial, porque el blanco refleja el sol y cuando el hielo se derrite hace que el océano, que antes era muy oscuro, se vuelva azul. Yo sabía la explicación científica, pero de todas formas, cuando estuve allí a finales de abril, el día duraba catorce horas. Me preguntaba: «¿Por qué no se derrite el hielo?». El sol salía mucho tiempo y luego se ponía alrededor de las nueve y media. Así que conté la historia de lo que sentí al darme la vuelta en ese momento y que me diera en los ojos el reflejo del sol, esa sensación de quedarse petrificada. Lo describí.

¿Te llegan las impresiones del público?

Claro. Hay que escuchar al público.

¿Pero cómo?

Bueno, es algo que se percibe. A veces me siento en el escritorio y pienso, ¿cuál es el ambiente? ¿Cómo me siento? En los primeros dos o tres párrafos improviso sobre lo que está pasando, sobre mis sentimientos en ese momento o sobre la energía del espacio en el que estoy, porque no soy tan distinta a los demás. Es como si hubiera un humor colectivo. Con los primeros dos o tres párrafos tanteo el ambiente y a partir de ahí avanzo. A menudo mis textos empiezan con frases sobre el público —sobre lo que pueden sentir— y tratan de entablar una relación y de sentir a la gente, incluso de manera remota, si no está presente en la sala.

Una cosa de la que me he dado cuenta al hablar con los jóvenes es que les interesa mucho el vídeo. Les interesa mucho el humor, quieren algo que enganche. Así que trato de conseguirlo. ¿Hay alguna forma de hacer que mi mensaje sobre el cambio climático enganche? Al mismo tiempo, el contenido científico tiene que ser preciso, no hay alternativa. De lo contrario, sería contraproducente.

¿Cuál de tus textos ha sido más leído y comentado?

El más comentado fue uno acerca de la solución. La gente siempre pregunta cuál es la solución y yo siempre respondo que se pueden hacer tres cosas: puedes responsabilizarte de todo lo que haces. Es obvio que una persona no puede salvar el mundo, pero sí que puede hacer algo, todos podemos contribuir.

En segundo lugar, puedes unirte a los demás —lo cual es muy valioso—. Eso incluye votar con tus dólares o con tus euros, o votar, o apuntarte a asociaciones ecologistas o medioambientales en cualquier sitio, porque los números son poderosos. ¡Nos hace falta! Tenemos mucha más fuerza cuando nos agrupamos, porque es imposible que una persona tenga todas las respuestas. Yo aprenderé de ti, tú aprenderás de mí y además todos nos habremos comprometido a tomar decisiones y podremos actuar juntos. Creo que eso empodera.

Por último, otra cosa que puedes hacer es dedicar un momento cada día a construir una relación con la naturaleza. Creo que, en definitiva, si la gente consume en exceso es porque hay un vacío, quizá cierta soledad. Cuando conectamos con la naturaleza y construimos una relación auténtica con ella, llenamos ese vacío y, además, es menos probable que queramos hacer cosas que dañen el medio ambiente. Es importante conectar con la naturaleza cada día.

Eso es muy difícil si vives en una ciudad, ¿no?

Hay hierbajos que crecen entre las grietas de la acera.

No hace falta ir a un parque nacional, entonces.

También puedes. Yo visito el Parque Nacional de las Montañas Rocosas unas tres veces al año, pero hay que hacer algo a diario. Hay que encontrar una forma de conectar con la naturaleza cada día.

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Lucy Wood: «El arte puede impactarnos celularmente mucho más que los simples datos»

Lucy Wood | Ilustración de José Antonio Soria | CC-BY

Lucy Wood | Ilustración de José Antonio Soria | CC-BY

El cambio climático está sucediendo a un ritmo al que ni el planeta ni las especies que vivimos en él nos sabemos adaptar. El mensaje que nos llega desde los medios es escalofriante. Lucy Wood, que tiene más de diez años de experiencia en programas públicos relativos al cambio climático, la alimentación y las migraciones, lo sabe muy bien. Wood fue la directora de la organización benéfica internacional Cape Farewell, dedicada al arte medioambiental. En 2015, fue la responsable de la delegación británica del festival global ArtCop21. Ahora organiza un nuevo gran festival en Reino Unido llamado The Season.

Miércoles, nueve y media de la mañana, Londres. La productora creativa Lucy Wood coge un tren hacia Barcelona para formar parte del jurado del Premio Internacional a la Innovación Cultural creado por el CCCB. Su decisión de viajar en tren no tiene nada que ver con que no haya vuelos o con que el aeropuerto esté en huelga de controladores aéreos. Como ecologista, Wood es completamente coherente en su compromiso con el cambio hacia la sostenibilidad y con la lucha por un futuro de integración social y bajas emisiones de carbono.

No tiene coche ni se plantea comprarse uno. Cree en el cambio ecológico y está convencida de que la verdadera revolución empieza cuando la gente cobra conciencia de los alimentos que come, la ropa que lleva, la energía que consume y demás decisiones.

Así que has venido desde Londres hasta Barcelona en tren.

Ya no viajo en avión si no es absolutamente necesario. Tengo razones de sobra: para empezar, que no lo disfruto. Me encanta viajar en tren y por mar. Me gusta mucho el movimiento slow travel. Y, siguiendo con los vuelos, como ecologista debo decir que no son un práctica sostenible. Además, no me gusta como experiencia de viaje. Cuando te subes a un avión, es como si te metieran en una bolsa y te agitaran. Un rato después llegas a tu destino, pero sin ninguna apreciación real del recorrido que has realizado, más allá de que ha sido un poco incómodo, difícil y estresante.

¿Qué me dices de tu ropa, o incluso tus gafas? ¿También las has comprado desde una mentalidad ecologista?

Uno de los proyectos finalistas del Premio Internacional a la Innovación Cultural es fascinante. Se llama Upcycling de Barri. Plantea la idea de que puedas coger cualquier desecho plástico, hacerlo trocitos y fabricarte unas nuevas gafas con una impresora 3D.

Para ser sincera, no he investigado sobre gafas sostenibles. Estoy segura de que es un sector que necesita desarrollo. Me interesan mucho las industrias creativas, eso sí, y el concepto de alteración creativa: fabricar productos que solo haga falta comprar una vez. Obviamente, la cultura de usar y tirar, basada en compras continuas y un consumo obsesivo, representa un enorme problema. De hecho, lo interesante del proyecto de upcycling o supra-reciclaje en el barrio es que podrías objetar: «Bueno, pero siguen formando parte de la cultura del plástico, cogen desechos y hacen más». Sin embargo, lo interesante es que la filosofía detrás de la fabricación de un objeto (darte cuenta del esfuerzo, el tiempo y el cariño que implica) es lo que te hará replantearte las cosas la próxima vez que tengas el impulso de ir a comprar algo sin pensarlo dos veces. Las gafas sostenibles son un sector que tengo que investigar.

La semana previa a esta entrevista, los titulares de prensa decían: «Trump se retira del Acuerdo Climático de París», «El físico y climatólogo James Hanson advierte que la temperatura global subirá dos grados más», «La Antártida se vuelve más verde». No eran muy buenas noticias para el planeta.

Las cosas cambian a una velocidad aterradora. Una parte de mí se siente como Sarah Connor en las películas de Terminator, cuando se pone a gritar pero nadie la escucha y llega el apocalipsis. Desde luego, varios estudios indican que los especialistas en el cambio climático —los climatólogos, o la gente que se dedica al compromiso público con el clima— suelen tener índices más altos de ansiedad y depresión. Aunque volvemos al dilema del huevo y la gallina, porque quizá ya era gente inteligente, reflexiva e introspectiva. En cualquier caso, lo que hay que hacer es darle la vuelta a la situación. Efectivamente, muchísimas especies están condenadas a la extinción (todavía no ha pasado, pero no queda más remedio que aceptar que algunas se extinguirán). Sin embargo, todo esto es una oportunidad. No solo para cambiar nuestras fuentes de energía, sino para pensar cómo nos definimos a nosotros mismos, cómo vivimos, trabajamos, compramos, viajamos, etcétera.

Haciendo lo invisible visible: arte y ciencia para implicar al público en el cambio climático. Conferencia de Lucy Wood

Todavía hay mucha gente que niega el cambio climático.

Mucha gente hace referencia a un dibujo que se ha publicado en varios sitios. Se ve a un señor en un escenario —es una pequeña viñeta cómica— ensalzando los beneficios que tendría combatir el cambio climático. Habría comunidades más sanas, la gente estaría más en forma, trabajaríamos menos, consumiríamos menos, pasaríamos más tiempo con nuestros amigos y familiares… y entonces alguien en el público le replica: «¿Pero qué pasa si el cambio climático es una gran farsa y mejoramos las cosas para nada?». Tenemos que recordar que lo que estamos intentando cambiar son muchas cosas sobre nuestro estilo de vida que de todas formas no nos hacen felices.

El cambio climático está ocurriendo a un ritmo al que el planeta y nuestra especie no son capaces de adaptarse. Es cierto que el cambio climático ha ocurrido con anterioridad, pero a lo largo de millones de años. Ahora está sucediendo en cuestión de siglos.

Puedes deprimirte y cruzarte de brazos, pero lo fantástico es que ya hay un montón de iniciativas geniales y prometedoras en marcha. Una de ellas puede tener que ver con replantearnos nuestra forma de trabajar: estamos intentando trabajar mejor, no más. Cada vez hay más gente que trabaja desde casa y pasa más tiempo con la familia. Se están produciendo cambios. Las cooperativas locales y los huertos urbanos están creciendo. La gente se está volviendo a juntar para coser o para intercambiar ropa. Hay muchas novedades que son positivas para las comunidades, con independencia de lo medioambiental. Aun con todo, diría que la inmensa mayoría del público general no está reflexionando o hablando sobre el cambio climático.

Y eso es lo que pretende cambiar The Season.

The Season es un proyecto que hemos organizado con Julie’s Bicycle, Artsadmin —una organización londinense fantástica— y el Battersea Arts Centre, que es un espacio pionero de arte y teatro en el sur de Londres. Hay un think tank nacional llamado What Next en el que los profesionales de la industria cultural se reúnen para afrontar problemas importantes. Pueden ser problemas educativos, de contaminación o de crímenes con armas de fuego, pero hay un subgrupo específico dedicado al cambio climático. Y tuvimos la idea de que las industrias culturales y creativas empezaran a hablar, todas juntas, sobre el cambio climático. Tenemos que incorporarlo a nuestra lingua franca. Tenemos que incorporarlo a nuestra cultura y a nuestra lengua diarias. Y para eso hace falta un giro cultural.

Pensemos en cómo se hablaba de la comunidad LGTBQ hace cuarenta años, por ejemplo, o incluso hace veinte o treinta años, cuando yo era una niña. Probablemente parecerían impensables logros como que el Mardi Gras y los desfiles del Orgullo Gay se pudieran hacer tan masivos como lo son hoy, o que figuras públicas salieran del armario y fueran aceptadas, o que se legalizara el matrimonio homosexual.

Pero el cambio es posible.

¡Por supuesto! El problema con el cambio climático es que hay mucho nihilismo y desesperación. La gente no puede imaginarse el cambio, y si no ves el cambio nunca se hará realidad. Por eso es importante trabajar con científicos y artistas, porque los artistas son brillantes proponiendo hipótesis y visualizando nuevas formas de entender el mundo. Una de esas nuevas formas es imaginar un mundo que ha dejado atrás el carbono. Eso supondría un cambio en muchos ámbitos.

Así que The Season, que se llama “the Season for Change: Inspiring Creative Actions on Climate Change”, busca que durante esta temporada, que va de junio a diciembre del año que viene, cada una de las grandes organizaciones culturales de Reino Unido encargue una obra que de algún modo trate sobre el clima. El objetivo es crear tanto revuelo sobre el cambio climático que sea imposible continuar ignorándolo y que empiece a ser discutido por las calles, en el bar o en la piscina, que todo el mundo esté hablando del tema.

¿Crees que la forma en que los medios informan sobre el cambio climático puede provocar que la gente se desvincule del problema?

El lenguaje de la catástrofe, el nihilismo y la desesperación es muy problemático y no contribuye en absoluto a la causa. En cambio, cuando lo reduces a cuestiones más abarcables para una persona, cuando formulas ideas más fáciles de digerir (como la de decidir qué comes cada día, cómo vas al trabajo o qué aire respiras) conviertes el problema en algo más manejable, algo sobre lo que cada uno tiene agencia de cambio. Eso puede implicar a la gente.

No se trata de decir: «No hagas eso». Lo importante son las cosas simples, como explicar las ventajas de ir en bicicleta y por qué te hará sentir más sano, tener mejor aspecto y vivir más. ¡Ir en bici te permite comer lo que quieras sin engordar! Hay que darle la vuelta a las cosas. No somos perfectos; nunca lo seremos, eso está claro. Somos humanos y tenemos muchos fallos, pero las pequeñas decisiones son clave, algo tan sencillo como cambiarse a la energía renovable. Trump, con esa retórica demencial y estúpida de «Make America fucking Great Again», dice: «Haremos que vuelva la industria del carbón». Lo que no entiende, aunque es la pura realidad, es que las energías renovables ya están dando suministro a cuatro veces más gente de la que podría abastecer la industria del carbón.

Traduzco de la viñeta, que tiene más sentido y es más graciosa. Creo que es mejor que ser fieles a la paráfrasis que hace Wood.

Lucy Wood | © CCCB, 2017. Autor: Miquel Taverna

Lucy Wood | © CCCB, 2017. Autor: Miquel Taverna

Y no producen muertes, como la industria del carbón.

Exacto. Es importante recordar que la idea de Trump ni siquiera es de sentido común. Es un problema ideológico que tiene un determinado sector de la población. Las energías renovables, por su misma naturaleza, son intrínsecamente socialistas. Todos tenemos acceso a ellas, aquí y ahora. Con la tecnología adecuada, puedes desconectarte de la red eléctrica. No tienes que formar parte de los gigantes corporativos del carbón, el petróleo o el gas. Y eso aterroriza a quienes manejan el statu quo. Eso supone un problema para nuestro sistema económico actual, un problema para los petrodólares. El acceso al petróleo es lo que provoca la inmensa mayoría de las guerras, al menos en las últimas décadas. Imagínate la sociedad que la energía renovable haría posible. Sin duda sería mejor. Quizá no sería una utopía, porque la utopía no existe, pero podría ser una sociedad un poco más agradable.

¿Cómo podemos contribuir desde las artes a concienciar a la gente de todo esto para que hagan el cambio?

Puedes disponer de toda la información del mundo y leer todas las estadísticas que quieras, pero los estudios han demostrado una y otra vez que los datos no movilizan a la gente de la misma forma que el buen arte. Por arte entiendo muchas cosas, desde la arquitectura hasta el diseño de tu coche. Todo es arte, todo está diseñado. Eso puede influir en el comportamiento. Y lo que es más importante: las artes pueden cambiar nuestra actitud y nuestro compromiso porque nos impactan a un nivel visceral, más humano, algo que los datos no consiguen.

No puedes darle a alguien un papel con un montón de estadísticas y datos y esperar que sea suficiente. Ahí es donde entran en juego las artes. El buen arte puede impactarnos celularmente mucho más que los simples datos.

Así que, en primer lugar, el arte nos impacta. ¿Qué más puede hacer?

No puede ser solo lamento, rechinamiento de dientes o pesimismo operático sobre lo fatal que va todo. También tiene que presentar soluciones relacionadas con lo que cada uno puede contribuir. Esa es la inclusividad del arte, decir: «No estamos señalando este problema para que el gobierno tenga que hacer algo. Te estamos invitando a formar parte de un movimiento». El movimiento ecologista en Reino Unido ha adoptado una cita que, para mí, lo define perfectamente: «No estamos defendiendo la naturaleza, somos la naturaleza defendiéndose a sí misma».

Sin embargo, la idea que prevalece es la de cultura frente a naturaleza.

Simone de Beauvoir escribió en profundidad sobre el tema en El segundo sexo, sobre cómo asociamos al hombre con la cultura y a la mujer con la naturaleza, porque las mujeres formamos parte de ella, mientras que por algún motivo los hombres no. Sin hacerlo una cuestión feminista —el cambio climático en muchos aspectos es una cuestión feminista, pero creo que eso es otro tema— se trata de que nos demos cuenta de que todos somos la naturaleza. Por eso soy reticente a la idea de hacer santuarios. No deberíamos crear pequeños compartimentos y decir: «Ya está, hecho, asunto resuelto».

Tenemos que tener presente cada aspecto del medio ambiente siempre, y eso supone un cambio de paradigma radical. Hay gente que piensa: «Bueno, yo reciclo, así que ya está». Por desgracia, con eso no basta. De hecho, leer las estadísticas sobre reciclaje es un poco deprimente, porque los residuos se envían a China y el carbono que se produce con ello neutraliza el impacto.

Me gustaría hablarte de Invisible Dust, que es donde trabajo ahora.

Adelante.

Invisible Dust existe para hacer visible lo invisible. Encargamos arte de primera categoría. Juntamos a artistas y a científicos en residencias para que creen obras de arte excelentes, que impliquen al público en asuntos vitales relativos al cambio climático y a problemas medioambientales más amplios.

En ese marco, por ejemplo, encargamos una obra increíble titulada The Human Sensor, en la que un grupo de performers y bailarines usan tecnología ponible, unas máscaras muy bonitas que se iluminan en función del nivel de contaminación del aire que respira quien la lleva puesta. Este equipo de unos doce bailarines viajará por el centro de Manchester y Londres y se podrá ver, sobre todo en los semáforos, cómo las máscaras empiezan a brillar cuando ellos inhalan y exhalan. Es un ejemplo de tecnología de vanguardia aplicada a un diseño y un sentido artístico brillantes. Actualmente soy su productora.

Además, en colaboración con un cineasta estoy desarrollando un proyecto que me entusiasma para examinar la salud de los océanos en la costa norte de Escocia.

¿Es un proyecto comunitario?

Sí, se llama Shore y será una película producida colectivamente con cientos de residentes de las islas en la costa noroeste de Escocia. Habrá una parte de grabación subacuática, pero en esencia se trata de preguntarle a la gente: «¿Qué significa para ti el mar?». La industria pesquera ha tenido un impacto descomunal. La mayoría de los barcos pesqueros en la zona son internacionales. Dragan el fondo del mar y destruyen todo a su paso, la fauna marítima se ha sobreexplotado gravemente. Los residentes de las zonas costeras van a supermercado a comprar gambas que probablemente se pescaron a 500 metros, se enviaron a pelar a China y luego se volvieron a transportar a Escocia para la venta. Nuestra desconexión con la industria alimentaria es una locura.

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Lucy Wood: «El arte puede impactarnos celularmente mucho más que los simples datos»

Lucy Wood | Ilustración de José Antonio Soria | CC-BY

Lucy Wood | Ilustración de José Antonio Soria | CC-BY

El cambio climático está sucediendo a un ritmo al que ni el planeta ni las especies que vivimos en él nos sabemos adaptar. El mensaje que nos llega desde los medios es escalofriante. Lucy Wood, que tiene más de diez años de experiencia en programas públicos relativos al cambio climático, la alimentación y las migraciones, lo sabe muy bien. Wood fue la directora de la organización benéfica internacional Cape Farewell, dedicada al arte medioambiental. En 2015, fue la responsable de la delegación británica del festival global ArtCop21. Ahora organiza un nuevo gran festival en Reino Unido llamado The Season.

Miércoles, nueve y media de la mañana, Londres. La productora creativa Lucy Wood coge un tren hacia Barcelona para formar parte del jurado del Premio Internacional a la Innovación Cultural creado por el CCCB. Su decisión de viajar en tren no tiene nada que ver con que no haya vuelos o con que el aeropuerto esté en huelga de controladores aéreos. Como ecologista, Wood es completamente coherente en su compromiso con el cambio hacia la sostenibilidad y con la lucha por un futuro de integración social y bajas emisiones de carbono.

No tiene coche ni se plantea comprarse uno. Cree en el cambio ecológico y está convencida de que la verdadera revolución empieza cuando la gente cobra conciencia de los alimentos que come, la ropa que lleva, la energía que consume y demás decisiones.

Así que has venido desde Londres hasta Barcelona en tren.

Ya no viajo en avión si no es absolutamente necesario. Tengo razones de sobra: para empezar, que no lo disfruto. Me encanta viajar en tren y por mar. Me gusta mucho el movimiento slow travel. Y, siguiendo con los vuelos, como ecologista debo decir que no son un práctica sostenible. Además, no me gusta como experiencia de viaje. Cuando te subes a un avión, es como si te metieran en una bolsa y te agitaran. Un rato después llegas a tu destino, pero sin ninguna apreciación real del recorrido que has realizado, más allá de que ha sido un poco incómodo, difícil y estresante.

¿Qué me dices de tu ropa, o incluso tus gafas? ¿También las has comprado desde una mentalidad ecologista?

Uno de los proyectos finalistas del Premio Internacional a la Innovación Cultural es fascinante. Se llama Upcycling de Barri. Plantea la idea de que puedas coger cualquier desecho plástico, hacerlo trocitos y fabricarte unas nuevas gafas con una impresora 3D.

Para ser sincera, no he investigado sobre gafas sostenibles. Estoy segura de que es un sector que necesita desarrollo. Me interesan mucho las industrias creativas, eso sí, y el concepto de alteración creativa: fabricar productos que solo haga falta comprar una vez. Obviamente, la cultura de usar y tirar, basada en compras continuas y un consumo obsesivo, representa un enorme problema. De hecho, lo interesante del proyecto de upcycling o supra-reciclaje en el barrio es que podrías objetar: «Bueno, pero siguen formando parte de la cultura del plástico, cogen desechos y hacen más». Sin embargo, lo interesante es que la filosofía detrás de la fabricación de un objeto (darte cuenta del esfuerzo, el tiempo y el cariño que implica) es lo que te hará replantearte las cosas la próxima vez que tengas el impulso de ir a comprar algo sin pensarlo dos veces. Las gafas sostenibles son un sector que tengo que investigar.

La semana previa a esta entrevista, los titulares de prensa decían: «Trump se retira del Acuerdo Climático de París», «El físico y climatólogo James Hanson advierte que la temperatura global subirá dos grados más», «La Antártida se vuelve más verde». No eran muy buenas noticias para el planeta.

Las cosas cambian a una velocidad aterradora. Una parte de mí se siente como Sarah Connor en las películas de Terminator, cuando se pone a gritar pero nadie la escucha y llega el apocalipsis. Desde luego, varios estudios indican que los especialistas en el cambio climático —los climatólogos, o la gente que se dedica al compromiso público con el clima— suelen tener índices más altos de ansiedad y depresión. Aunque volvemos al dilema del huevo y la gallina, porque quizá ya era gente inteligente, reflexiva e introspectiva. En cualquier caso, lo que hay que hacer es darle la vuelta a la situación. Efectivamente, muchísimas especies están condenadas a la extinción (todavía no ha pasado, pero no queda más remedio que aceptar que algunas se extinguirán). Sin embargo, todo esto es una oportunidad. No solo para cambiar nuestras fuentes de energía, sino para pensar cómo nos definimos a nosotros mismos, cómo vivimos, trabajamos, compramos, viajamos, etcétera.

Haciendo lo invisible visible: arte y ciencia para implicar al público en el cambio climático. Conferencia de Lucy Wood

Todavía hay mucha gente que niega el cambio climático.

Mucha gente hace referencia a un dibujo que se ha publicado en varios sitios. Se ve a un señor en un escenario —es una pequeña viñeta cómica— ensalzando los beneficios que tendría combatir el cambio climático. Habría comunidades más sanas, la gente estaría más en forma, trabajaríamos menos, consumiríamos menos, pasaríamos más tiempo con nuestros amigos y familiares… y entonces alguien en el público le replica: «¿Pero qué pasa si el cambio climático es una gran farsa y mejoramos las cosas para nada?». Tenemos que recordar que lo que estamos intentando cambiar son muchas cosas sobre nuestro estilo de vida que de todas formas no nos hacen felices.

El cambio climático está ocurriendo a un ritmo al que el planeta y nuestra especie no son capaces de adaptarse. Es cierto que el cambio climático ha ocurrido con anterioridad, pero a lo largo de millones de años. Ahora está sucediendo en cuestión de siglos.

Puedes deprimirte y cruzarte de brazos, pero lo fantástico es que ya hay un montón de iniciativas geniales y prometedoras en marcha. Una de ellas puede tener que ver con replantearnos nuestra forma de trabajar: estamos intentando trabajar mejor, no más. Cada vez hay más gente que trabaja desde casa y pasa más tiempo con la familia. Se están produciendo cambios. Las cooperativas locales y los huertos urbanos están creciendo. La gente se está volviendo a juntar para coser o para intercambiar ropa. Hay muchas novedades que son positivas para las comunidades, con independencia de lo medioambiental. Aun con todo, diría que la inmensa mayoría del público general no está reflexionando o hablando sobre el cambio climático.

Y eso es lo que pretende cambiar The Season.

The Season es un proyecto que hemos organizado con Julie’s Bicycle, Artsadmin —una organización londinense fantástica— y el Battersea Arts Centre, que es un espacio pionero de arte y teatro en el sur de Londres. Hay un think tank nacional llamado What Next en el que los profesionales de la industria cultural se reúnen para afrontar problemas importantes. Pueden ser problemas educativos, de contaminación o de crímenes con armas de fuego, pero hay un subgrupo específico dedicado al cambio climático. Y tuvimos la idea de que las industrias culturales y creativas empezaran a hablar, todas juntas, sobre el cambio climático. Tenemos que incorporarlo a nuestra lingua franca. Tenemos que incorporarlo a nuestra cultura y a nuestra lengua diarias. Y para eso hace falta un giro cultural.

Pensemos en cómo se hablaba de la comunidad LGTBQ hace cuarenta años, por ejemplo, o incluso hace veinte o treinta años, cuando yo era una niña. Probablemente parecerían impensables logros como que el Mardi Gras y los desfiles del Orgullo Gay se pudieran hacer tan masivos como lo son hoy, o que figuras públicas salieran del armario y fueran aceptadas, o que se legalizara el matrimonio homosexual.

Pero el cambio es posible.

¡Por supuesto! El problema con el cambio climático es que hay mucho nihilismo y desesperación. La gente no puede imaginarse el cambio, y si no ves el cambio nunca se hará realidad. Por eso es importante trabajar con científicos y artistas, porque los artistas son brillantes proponiendo hipótesis y visualizando nuevas formas de entender el mundo. Una de esas nuevas formas es imaginar un mundo que ha dejado atrás el carbono. Eso supondría un cambio en muchos ámbitos.

Así que The Season, que se llama “the Season for Change: Inspiring Creative Actions on Climate Change”, busca que durante esta temporada, que va de junio a diciembre del año que viene, cada una de las grandes organizaciones culturales de Reino Unido encargue una obra que de algún modo trate sobre el clima. El objetivo es crear tanto revuelo sobre el cambio climático que sea imposible continuar ignorándolo y que empiece a ser discutido por las calles, en el bar o en la piscina, que todo el mundo esté hablando del tema.

¿Crees que la forma en que los medios informan sobre el cambio climático puede provocar que la gente se desvincule del problema?

El lenguaje de la catástrofe, el nihilismo y la desesperación es muy problemático y no contribuye en absoluto a la causa. En cambio, cuando lo reduces a cuestiones más abarcables para una persona, cuando formulas ideas más fáciles de digerir (como la de decidir qué comes cada día, cómo vas al trabajo o qué aire respiras) conviertes el problema en algo más manejable, algo sobre lo que cada uno tiene agencia de cambio. Eso puede implicar a la gente.

No se trata de decir: «No hagas eso». Lo importante son las cosas simples, como explicar las ventajas de ir en bicicleta y por qué te hará sentir más sano, tener mejor aspecto y vivir más. ¡Ir en bici te permite comer lo que quieras sin engordar! Hay que darle la vuelta a las cosas. No somos perfectos; nunca lo seremos, eso está claro. Somos humanos y tenemos muchos fallos, pero las pequeñas decisiones son clave, algo tan sencillo como cambiarse a la energía renovable. Trump, con esa retórica demencial y estúpida de «Make America fucking Great Again», dice: «Haremos que vuelva la industria del carbón». Lo que no entiende, aunque es la pura realidad, es que las energías renovables ya están dando suministro a cuatro veces más gente de la que podría abastecer la industria del carbón.

Traduzco de la viñeta, que tiene más sentido y es más graciosa. Creo que es mejor que ser fieles a la paráfrasis que hace Wood.

Lucy Wood | © CCCB, 2017. Autor: Miquel Taverna

Lucy Wood | © CCCB, 2017. Autor: Miquel Taverna

Y no producen muertes, como la industria del carbón.

Exacto. Es importante recordar que la idea de Trump ni siquiera es de sentido común. Es un problema ideológico que tiene un determinado sector de la población. Las energías renovables, por su misma naturaleza, son intrínsecamente socialistas. Todos tenemos acceso a ellas, aquí y ahora. Con la tecnología adecuada, puedes desconectarte de la red eléctrica. No tienes que formar parte de los gigantes corporativos del carbón, el petróleo o el gas. Y eso aterroriza a quienes manejan el statu quo. Eso supone un problema para nuestro sistema económico actual, un problema para los petrodólares. El acceso al petróleo es lo que provoca la inmensa mayoría de las guerras, al menos en las últimas décadas. Imagínate la sociedad que la energía renovable haría posible. Sin duda sería mejor. Quizá no sería una utopía, porque la utopía no existe, pero podría ser una sociedad un poco más agradable.

¿Cómo podemos contribuir desde las artes a concienciar a la gente de todo esto para que hagan el cambio?

Puedes disponer de toda la información del mundo y leer todas las estadísticas que quieras, pero los estudios han demostrado una y otra vez que los datos no movilizan a la gente de la misma forma que el buen arte. Por arte entiendo muchas cosas, desde la arquitectura hasta el diseño de tu coche. Todo es arte, todo está diseñado. Eso puede influir en el comportamiento. Y lo que es más importante: las artes pueden cambiar nuestra actitud y nuestro compromiso porque nos impactan a un nivel visceral, más humano, algo que los datos no consiguen.

No puedes darle a alguien un papel con un montón de estadísticas y datos y esperar que sea suficiente. Ahí es donde entran en juego las artes. El buen arte puede impactarnos celularmente mucho más que los simples datos.

Así que, en primer lugar, el arte nos impacta. ¿Qué más puede hacer?

No puede ser solo lamento, rechinamiento de dientes o pesimismo operático sobre lo fatal que va todo. También tiene que presentar soluciones relacionadas con lo que cada uno puede contribuir. Esa es la inclusividad del arte, decir: «No estamos señalando este problema para que el gobierno tenga que hacer algo. Te estamos invitando a formar parte de un movimiento». El movimiento ecologista en Reino Unido ha adoptado una cita que, para mí, lo define perfectamente: «No estamos defendiendo la naturaleza, somos la naturaleza defendiéndose a sí misma».

Sin embargo, la idea que prevalece es la de cultura frente a naturaleza.

Simone de Beauvoir escribió en profundidad sobre el tema en El segundo sexo, sobre cómo asociamos al hombre con la cultura y a la mujer con la naturaleza, porque las mujeres formamos parte de ella, mientras que por algún motivo los hombres no. Sin hacerlo una cuestión feminista —el cambio climático en muchos aspectos es una cuestión feminista, pero creo que eso es otro tema— se trata de que nos demos cuenta de que todos somos la naturaleza. Por eso soy reticente a la idea de hacer santuarios. No deberíamos crear pequeños compartimentos y decir: «Ya está, hecho, asunto resuelto».

Tenemos que tener presente cada aspecto del medio ambiente siempre, y eso supone un cambio de paradigma radical. Hay gente que piensa: «Bueno, yo reciclo, así que ya está». Por desgracia, con eso no basta. De hecho, leer las estadísticas sobre reciclaje es un poco deprimente, porque los residuos se envían a China y el carbono que se produce con ello neutraliza el impacto.

Me gustaría hablarte de Invisible Dust, que es donde trabajo ahora.

Adelante.

Invisible Dust existe para hacer visible lo invisible. Encargamos arte de primera categoría. Juntamos a artistas y a científicos en residencias para que creen obras de arte excelentes, que impliquen al público en asuntos vitales relativos al cambio climático y a problemas medioambientales más amplios.

En ese marco, por ejemplo, encargamos una obra increíble titulada The Human Sensor, en la que un grupo de performers y bailarines usan tecnología ponible, unas máscaras muy bonitas que se iluminan en función del nivel de contaminación del aire que respira quien la lleva puesta. Este equipo de unos doce bailarines viajará por el centro de Manchester y Londres y se podrá ver, sobre todo en los semáforos, cómo las máscaras empiezan a brillar cuando ellos inhalan y exhalan. Es un ejemplo de tecnología de vanguardia aplicada a un diseño y un sentido artístico brillantes. Actualmente soy su productora.

Además, en colaboración con un cineasta estoy desarrollando un proyecto que me entusiasma para examinar la salud de los océanos en la costa norte de Escocia.

¿Es un proyecto comunitario?

Sí, se llama Shore y será una película producida colectivamente con cientos de residentes de las islas en la costa noroeste de Escocia. Habrá una parte de grabación subacuática, pero en esencia se trata de preguntarle a la gente: «¿Qué significa para ti el mar?». La industria pesquera ha tenido un impacto descomunal. La mayoría de los barcos pesqueros en la zona son internacionales. Dragan el fondo del mar y destruyen todo a su paso, la fauna marítima se ha sobreexplotado gravemente. Los residentes de las zonas costeras van a supermercado a comprar gambas que probablemente se pescaron a 500 metros, se enviaron a pelar a China y luego se volvieron a transportar a Escocia para la venta. Nuestra desconexión con la industria alimentaria es una locura.

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Laura Pando: «Las instituciones culturales deben ser un lugar seguro para debatir sobre el cambio climático»

Laura Pando. Ilustración de José Antonio Soria, CC-BY

Laura Pando | Ilustración de José Antonio Soria | CC-BY.

La cultura, el consumo cultural, también deja una huella de carbono. Laura Pando lo sabe bien, desde hace una década se dedica a calcular esa huella y a hallar maneras de rebajarla. Comenzó haciéndolo como directora de sostenibilidad en Festival Republic, y ahora sigue en Julie’s Bicycle, una entidad londinense sin ánimo de lucro que trabaja con instituciones culturales para conseguir sostenibilidad ambiental. En Julie’s Bicycle Pando se ocupa, entre otros, del Programa Ambiental del Consejo de las Artes, y trabaja codo con codo con organismos culturales, como el National Theatre, para ayudarlos a mejorar su repercusión ambiental.

Publicamos la primera de las entrevistas a cada una de las miembros del jurado en la segunda edición del Premio Internacional de Innovación Cultural, convocado por el CCCB, y que en esta ocasión tenía como tema central, justamente, el cambio climático.

Comencemos por algo que parece evidente, o no tanto. Visitar una exposición en un museo, asistir a un concierto o una obra de teatro tiene un impacto ecológico.

Por supuesto. Antes de Julie’s Bicycle, era gestora medioambiental en una empresa que se llama Festival Republic, que lleva ahora mismo unos 16 festivales, principalmente en Reino Unido, y algunos también en otros países de Europa. Mi trabajo consistía precisamente en reducir la huella de carbono de esos festivales, que se debía, entre el 60 y el 70 %, al transporte que usaba la gente para ir y volver del festival. En museos ese impacto medioambiental es probablemente menor, porque en general los museos suelen estar en núcleos urbanos donde hay sistemas de transporte público; no obstante, acogen exhibiciones, y estas suelen ser itinerantes y se mueven constantemente de un centro a otro.

¿Qué otros factores ecológicos debemos considerar cuando consumimos cultura?

La energía. Sonido, luz y vídeo, en general, de salas de conciertos, por ejemplo, consumen un montón. Y si te llevas un concierto a una plaza de toros o a un parque, necesitas, además, llevar generadores, que tienes que transportar y luego devolverlos al lugar de origen. Y normalmente, esos generadores consumen diésel, un combustible muy contaminante. Es más, lo que suele ocurrir muchas veces, también en salas de conciertos, es que se tienen generadores alternativos que están constantemente funcionando por si acaso se fuera la luz. La huella ecológica es altísima.

En los centros culturales, como el CCCB, ídem. Tienes que iluminar las exposiciones, obviamente. Y luego están los materiales que usas. Si los vas a reutilizar más adelante, la huella de carbono disminuye. Si, en cambio, los vas a usar en una exhibición solamente y después los vas a tirar, la huella es monumental.

Se pueden reciclar…

Solemos pensar que con reciclar los materiales que empleamos hay bastante, pero esa acción es también parte del problema. Y no se trata solo de los folletos informativos. También hay que tener en cuenta qué se vende en el restaurante del centro o museo, por ejemplo, si los vasos que se usan son de plástico o de papel desechables, o si, por el contrario, se ofrecen utensilios que se pueden reusar. Incluso la comida que se ofrece influye, la basura que genera el empaquetado de esa comida; cómo se separan las basuras. O el consumo de agua, por ejemplo, que es clave. Hay muchísimas cisternas de inodoro que usan una cantidad absurda de agua cada vez que se tira de la cadena. Hablamos de cosas que no parecen muy interesantes o muy relacionadas con el arte, pero todos vamos al baño varias veces al día. Y hay muchas maneras de influir y de reducir esos impactos.

Gestión cultural sostenible. Conferencia de Laura Pando en el CCCB

En Julie’s Bicycle asesoráis a empresas culturales para que, precisamente, reduzcan su impacto medioambiental.

En un inicio, nuestra intención no era esa. Empezamos ofreciendo al sector cultural una herramienta, la calculadora de la huella de carbono, que cuenta con versiones distintas que se adaptan tanto a festivales como a teatros o museos, para ofrecer resultados muy específicos de la naturaleza de cada actividad. Es una herramienta gratuita, disponible a través de nuestra web. Y fue a partir de ofrecer esa herramienta cuando empezamos con el servicio de consultoría. Nos encontrábamos que los distintos actores nos decían: «Queremos hacer más. Sí, estamos midiendo nuestros impactos, sabemos la huella de carbono, estamos reduciéndolos porque hemos hecho A, B, C. Pero, ¿y ahora qué?».

¿Quién viene a veros?

Ahora estamos con una institución que se llama Somerset House, que es una de las principales instituciones culturales no solamente de Londres, sino también de Inglaterra. También trabajamos con National Theatre, con Royal Albert Hall, con muchas instituciones muy importantes.

¿Por qué quieren reducir su huella de carbono?

No hay una respuesta única. Supongo que, para empezar, por ética personal y profesional, sobre todo en el caso de organizaciones que se nutren mucho de financiación pública, que conlleva una responsabilidad social. También por reputación, porque no hacer nada cada vez más entraña un riesgo; al menos ahora mismo en el Reino Unido, es así: al que no hace nada se le mira mal. Y esa reputación influye sobre dónde tienes los fondos de pensiones, con qué banco trabajas o quiénes son tus patrocinadores. En este sentido, el sector cultural se ha unido para colaborar y eso ha sido el motor que ha propiciado este cambio.

¿Cómo?

Tienen claro que no es un tema de competencias de audiencias, sino que unir esfuerzos para reducir el impacto medioambiental que tienen es algo que beneficia a todos. Además se generan oportunidades de patrocinio.

¿En qué sentido?

El patrocinio tradicional era «Yo tengo esta empresa y quiero, con tu buen nombre, mejorar el mío. Te doy dinero y tú me pones mi nombre y quedamos todos de lujo». Eso está pasando a la historia, porque hay opciones de patrocinio donde el valor es mayor. «Tú me das el dinero y te meto en este grupo de colaboración y te presento a estas personas y creamos y programamos juntos eventos. O incluso yo te presento a mis audiencias. Si yo tengo fe plena en que esta energía es 100 % renovable, tú me reduces el precio de la factura y yo me aseguro de presentarte a todos mis potenciales clientes». No hay obligación, es una especie de publicidad basada en que ambas partes coinciden en ciertos valores y en cierta dirección de visión.

Laura Pando | © CCCB, 2017. Autor: Miquel Taverna

Laura Pando | © CCCB, 2017. Autor: Miquel Taverna

La conciencia medioambiental de las instituciones y empresas, ¿cala en los usuarios?

Creo y confío en que sí. Un buen ejemplo es el festival Shambala, que se ha convertido como en el ethos de la ética. Empezó casi como una fiesta entre amigos, fue creciendo y ahora mueve a unas diez mil personas. En un momento dado, los organizadores empezaron a plantearse el impacto ecológico que tenía el festival y tomaron medidas muy arriesgadas pero interesantísimas. Para empezar usan energías 100 % renovables, no tienen absolutamente nada de huella de carbono en el tema de electricidad y eso es impresionante, muy difícil de conseguir en un festival que tiene lugar fuera de un entorno urbano.

Durante el festival, han eliminado todos los plásticos, no venden botellas de agua, sino una botella que se puede rellenar en cualquiera de los muchos grifos que hay repartidos por el espacio.

Pero ahí pierden negocio.

Hay empresas que se arriesgan y dicen «voy a ganar un poquito menos aquí, pero yo creo que lo que estoy haciendo socialmente tiene un valor que va mucho más allá de lo que yo me hubiera metido en el bolsillo por haber vendido esas botellas de agua». Hacen el cálculo y no es solamente un cálculo económico en contra de unos presupuestos, es un cálculo que tiene en cuenta también la repercusión social. El año pasado hicieron una cosa muy interesante. ¿Te la cuento?

Adelante.

Quitaron de los puestos de comida toda la carne y el pescado. Y la gente se volvió loca. Por Internet, en las redes sociales, la gente entró en cólera. Estaban tocando algo muy personal que es la dieta, la comida, algo que la gente considera como una libertad de elección, poder elegir lo que come y lo que no come.

No todo el mundo es vegano.

Aquella acción generó un debate intenso e interesante. El festival programó charlas alrededor de cómo se produce la carne, cómo son las granjas, cómo tratan a los animales. Además, seleccionaron muy cuidadosamente quién venía a hacer la comida, para que la gente disfrutara de la experiencia culinaria. El éxito fue increíble: el 40 % de los asistentes salió de allí diciendo que se iba a replantear su dieta.

Pero este tipo de debates, ¿le corresponden a entidades culturales que no se dedican a ello?

Existe un informe llamado «Perceptions matter», algo así como “la percepción importa”, que se realizó en el Reino Unido. Los resultados muestran que el sector cultural es el único sector del que la mayoría de personas piensa que tiene la obligación moral de retratar y de representar valores a favor de las causas sociales. Eso indica claramente que hay una expectativa social respecto a este tipo de instituciones, de las que se espera que reflejen un poco los valores más humanos y lo que nos hace un poco mejores con respecto a nosotros mismos. Las instituciones culturales tienen que proporcionar un lugar seguro donde poder tener esa conversación tan difícil como es el cambio climático.

¿Qué quiere decir un lugar seguro?

Quiere decir que lo presentas de una manera que no es polarizada y que permites a la gente expresarse con libertad, sin miedo a ser juzgados; donde la gente se puede entender; donde tú puedes ser vegana y yo puedo ser super carnívora y podemos tener una conversación y ni tú me juzgas a mí ni yo a ti, porque está moderado en un espacio como puede ser una obra de teatro, por ejemplo, que trata de la producción cárnica. Y tú y yo salimos del teatro y acabamos de ver una obra que nos ha dejado la mente llena de ideas, y lo comentamos, mientras yo me como mi filete y tú te comes tu trocito de lechuga. Y esta conversación nos la llevamos a casa, y de casa te lo llevas al trabajo.

A la gente, en general, no le suele gustar que la aleccionen. ¿Funcionan las obras de teatro sobre cambio climático para remover consciencias y provocar esa conversación?

Las obras medioambientales que han tenido una resonancia muy grande no han ni mencionado el cambio climático ni me han dicho lo que tengo que hacer o lo que no tengo que hacer. Pero sí han tocado una fibra dentro de mí. Ésta es la belleza del arte y de la cultura, y su verdadero poder, que no es formalizada y estandarizada y te la pueden meter a cuchara. De ninguna manera. No tiene intereses políticos, sino un hambre voraz de inventar un futuro mejor para la humanidad.

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