Lucy Wood: «El arte puede impactarnos celularmente mucho más que los simples datos»

Lucy Wood | Ilustración de José Antonio Soria | CC-BY

Lucy Wood | Ilustración de José Antonio Soria | CC-BY

El cambio climático está sucediendo a un ritmo al que ni el planeta ni las especies que vivimos en él nos sabemos adaptar. El mensaje que nos llega desde los medios es escalofriante. Lucy Wood, que tiene más de diez años de experiencia en programas públicos relativos al cambio climático, la alimentación y las migraciones, lo sabe muy bien. Wood fue la directora de la organización benéfica internacional Cape Farewell, dedicada al arte medioambiental. En 2015, fue la responsable de la delegación británica del festival global ArtCop21. Ahora organiza un nuevo gran festival en Reino Unido llamado The Season.

Miércoles, nueve y media de la mañana, Londres. La productora creativa Lucy Wood coge un tren hacia Barcelona para formar parte del jurado del Premio Internacional a la Innovación Cultural creado por el CCCB. Su decisión de viajar en tren no tiene nada que ver con que no haya vuelos o con que el aeropuerto esté en huelga de controladores aéreos. Como ecologista, Wood es completamente coherente en su compromiso con el cambio hacia la sostenibilidad y con la lucha por un futuro de integración social y bajas emisiones de carbono.

No tiene coche ni se plantea comprarse uno. Cree en el cambio ecológico y está convencida de que la verdadera revolución empieza cuando la gente cobra conciencia de los alimentos que come, la ropa que lleva, la energía que consume y demás decisiones.

Así que has venido desde Londres hasta Barcelona en tren.

Ya no viajo en avión si no es absolutamente necesario. Tengo razones de sobra: para empezar, que no lo disfruto. Me encanta viajar en tren y por mar. Me gusta mucho el movimiento slow travel. Y, siguiendo con los vuelos, como ecologista debo decir que no son un práctica sostenible. Además, no me gusta como experiencia de viaje. Cuando te subes a un avión, es como si te metieran en una bolsa y te agitaran. Un rato después llegas a tu destino, pero sin ninguna apreciación real del recorrido que has realizado, más allá de que ha sido un poco incómodo, difícil y estresante.

¿Qué me dices de tu ropa, o incluso tus gafas? ¿También las has comprado desde una mentalidad ecologista?

Uno de los proyectos finalistas del Premio Internacional a la Innovación Cultural es fascinante. Se llama Upcycling de Barri. Plantea la idea de que puedas coger cualquier desecho plástico, hacerlo trocitos y fabricarte unas nuevas gafas con una impresora 3D.

Para ser sincera, no he investigado sobre gafas sostenibles. Estoy segura de que es un sector que necesita desarrollo. Me interesan mucho las industrias creativas, eso sí, y el concepto de alteración creativa: fabricar productos que solo haga falta comprar una vez. Obviamente, la cultura de usar y tirar, basada en compras continuas y un consumo obsesivo, representa un enorme problema. De hecho, lo interesante del proyecto de upcycling o supra-reciclaje en el barrio es que podrías objetar: «Bueno, pero siguen formando parte de la cultura del plástico, cogen desechos y hacen más». Sin embargo, lo interesante es que la filosofía detrás de la fabricación de un objeto (darte cuenta del esfuerzo, el tiempo y el cariño que implica) es lo que te hará replantearte las cosas la próxima vez que tengas el impulso de ir a comprar algo sin pensarlo dos veces. Las gafas sostenibles son un sector que tengo que investigar.

La semana previa a esta entrevista, los titulares de prensa decían: «Trump se retira del Acuerdo Climático de París», «El físico y climatólogo James Hanson advierte que la temperatura global subirá dos grados más», «La Antártida se vuelve más verde». No eran muy buenas noticias para el planeta.

Las cosas cambian a una velocidad aterradora. Una parte de mí se siente como Sarah Connor en las películas de Terminator, cuando se pone a gritar pero nadie la escucha y llega el apocalipsis. Desde luego, varios estudios indican que los especialistas en el cambio climático —los climatólogos, o la gente que se dedica al compromiso público con el clima— suelen tener índices más altos de ansiedad y depresión. Aunque volvemos al dilema del huevo y la gallina, porque quizá ya era gente inteligente, reflexiva e introspectiva. En cualquier caso, lo que hay que hacer es darle la vuelta a la situación. Efectivamente, muchísimas especies están condenadas a la extinción (todavía no ha pasado, pero no queda más remedio que aceptar que algunas se extinguirán). Sin embargo, todo esto es una oportunidad. No solo para cambiar nuestras fuentes de energía, sino para pensar cómo nos definimos a nosotros mismos, cómo vivimos, trabajamos, compramos, viajamos, etcétera.

Haciendo lo invisible visible: arte y ciencia para implicar al público en el cambio climático. Conferencia de Lucy Wood

Todavía hay mucha gente que niega el cambio climático.

Mucha gente hace referencia a un dibujo que se ha publicado en varios sitios. Se ve a un señor en un escenario —es una pequeña viñeta cómica— ensalzando los beneficios que tendría combatir el cambio climático. Habría comunidades más sanas, la gente estaría más en forma, trabajaríamos menos, consumiríamos menos, pasaríamos más tiempo con nuestros amigos y familiares… y entonces alguien en el público le replica: «¿Pero qué pasa si el cambio climático es una gran farsa y mejoramos las cosas para nada?». Tenemos que recordar que lo que estamos intentando cambiar son muchas cosas sobre nuestro estilo de vida que de todas formas no nos hacen felices.

El cambio climático está ocurriendo a un ritmo al que el planeta y nuestra especie no son capaces de adaptarse. Es cierto que el cambio climático ha ocurrido con anterioridad, pero a lo largo de millones de años. Ahora está sucediendo en cuestión de siglos.

Puedes deprimirte y cruzarte de brazos, pero lo fantástico es que ya hay un montón de iniciativas geniales y prometedoras en marcha. Una de ellas puede tener que ver con replantearnos nuestra forma de trabajar: estamos intentando trabajar mejor, no más. Cada vez hay más gente que trabaja desde casa y pasa más tiempo con la familia. Se están produciendo cambios. Las cooperativas locales y los huertos urbanos están creciendo. La gente se está volviendo a juntar para coser o para intercambiar ropa. Hay muchas novedades que son positivas para las comunidades, con independencia de lo medioambiental. Aun con todo, diría que la inmensa mayoría del público general no está reflexionando o hablando sobre el cambio climático.

Y eso es lo que pretende cambiar The Season.

The Season es un proyecto que hemos organizado con Julie’s Bicycle, Artsadmin —una organización londinense fantástica— y el Battersea Arts Centre, que es un espacio pionero de arte y teatro en el sur de Londres. Hay un think tank nacional llamado What Next en el que los profesionales de la industria cultural se reúnen para afrontar problemas importantes. Pueden ser problemas educativos, de contaminación o de crímenes con armas de fuego, pero hay un subgrupo específico dedicado al cambio climático. Y tuvimos la idea de que las industrias culturales y creativas empezaran a hablar, todas juntas, sobre el cambio climático. Tenemos que incorporarlo a nuestra lingua franca. Tenemos que incorporarlo a nuestra cultura y a nuestra lengua diarias. Y para eso hace falta un giro cultural.

Pensemos en cómo se hablaba de la comunidad LGTBQ hace cuarenta años, por ejemplo, o incluso hace veinte o treinta años, cuando yo era una niña. Probablemente parecerían impensables logros como que el Mardi Gras y los desfiles del Orgullo Gay se pudieran hacer tan masivos como lo son hoy, o que figuras públicas salieran del armario y fueran aceptadas, o que se legalizara el matrimonio homosexual.

Pero el cambio es posible.

¡Por supuesto! El problema con el cambio climático es que hay mucho nihilismo y desesperación. La gente no puede imaginarse el cambio, y si no ves el cambio nunca se hará realidad. Por eso es importante trabajar con científicos y artistas, porque los artistas son brillantes proponiendo hipótesis y visualizando nuevas formas de entender el mundo. Una de esas nuevas formas es imaginar un mundo que ha dejado atrás el carbono. Eso supondría un cambio en muchos ámbitos.

Así que The Season, que se llama “the Season for Change: Inspiring Creative Actions on Climate Change”, busca que durante esta temporada, que va de junio a diciembre del año que viene, cada una de las grandes organizaciones culturales de Reino Unido encargue una obra que de algún modo trate sobre el clima. El objetivo es crear tanto revuelo sobre el cambio climático que sea imposible continuar ignorándolo y que empiece a ser discutido por las calles, en el bar o en la piscina, que todo el mundo esté hablando del tema.

¿Crees que la forma en que los medios informan sobre el cambio climático puede provocar que la gente se desvincule del problema?

El lenguaje de la catástrofe, el nihilismo y la desesperación es muy problemático y no contribuye en absoluto a la causa. En cambio, cuando lo reduces a cuestiones más abarcables para una persona, cuando formulas ideas más fáciles de digerir (como la de decidir qué comes cada día, cómo vas al trabajo o qué aire respiras) conviertes el problema en algo más manejable, algo sobre lo que cada uno tiene agencia de cambio. Eso puede implicar a la gente.

No se trata de decir: «No hagas eso». Lo importante son las cosas simples, como explicar las ventajas de ir en bicicleta y por qué te hará sentir más sano, tener mejor aspecto y vivir más. ¡Ir en bici te permite comer lo que quieras sin engordar! Hay que darle la vuelta a las cosas. No somos perfectos; nunca lo seremos, eso está claro. Somos humanos y tenemos muchos fallos, pero las pequeñas decisiones son clave, algo tan sencillo como cambiarse a la energía renovable. Trump, con esa retórica demencial y estúpida de «Make America fucking Great Again», dice: «Haremos que vuelva la industria del carbón». Lo que no entiende, aunque es la pura realidad, es que las energías renovables ya están dando suministro a cuatro veces más gente de la que podría abastecer la industria del carbón.

Traduzco de la viñeta, que tiene más sentido y es más graciosa. Creo que es mejor que ser fieles a la paráfrasis que hace Wood.

Lucy Wood | © CCCB, 2017. Autor: Miquel Taverna

Lucy Wood | © CCCB, 2017. Autor: Miquel Taverna

Y no producen muertes, como la industria del carbón.

Exacto. Es importante recordar que la idea de Trump ni siquiera es de sentido común. Es un problema ideológico que tiene un determinado sector de la población. Las energías renovables, por su misma naturaleza, son intrínsecamente socialistas. Todos tenemos acceso a ellas, aquí y ahora. Con la tecnología adecuada, puedes desconectarte de la red eléctrica. No tienes que formar parte de los gigantes corporativos del carbón, el petróleo o el gas. Y eso aterroriza a quienes manejan el statu quo. Eso supone un problema para nuestro sistema económico actual, un problema para los petrodólares. El acceso al petróleo es lo que provoca la inmensa mayoría de las guerras, al menos en las últimas décadas. Imagínate la sociedad que la energía renovable haría posible. Sin duda sería mejor. Quizá no sería una utopía, porque la utopía no existe, pero podría ser una sociedad un poco más agradable.

¿Cómo podemos contribuir desde las artes a concienciar a la gente de todo esto para que hagan el cambio?

Puedes disponer de toda la información del mundo y leer todas las estadísticas que quieras, pero los estudios han demostrado una y otra vez que los datos no movilizan a la gente de la misma forma que el buen arte. Por arte entiendo muchas cosas, desde la arquitectura hasta el diseño de tu coche. Todo es arte, todo está diseñado. Eso puede influir en el comportamiento. Y lo que es más importante: las artes pueden cambiar nuestra actitud y nuestro compromiso porque nos impactan a un nivel visceral, más humano, algo que los datos no consiguen.

No puedes darle a alguien un papel con un montón de estadísticas y datos y esperar que sea suficiente. Ahí es donde entran en juego las artes. El buen arte puede impactarnos celularmente mucho más que los simples datos.

Así que, en primer lugar, el arte nos impacta. ¿Qué más puede hacer?

No puede ser solo lamento, rechinamiento de dientes o pesimismo operático sobre lo fatal que va todo. También tiene que presentar soluciones relacionadas con lo que cada uno puede contribuir. Esa es la inclusividad del arte, decir: «No estamos señalando este problema para que el gobierno tenga que hacer algo. Te estamos invitando a formar parte de un movimiento». El movimiento ecologista en Reino Unido ha adoptado una cita que, para mí, lo define perfectamente: «No estamos defendiendo la naturaleza, somos la naturaleza defendiéndose a sí misma».

Sin embargo, la idea que prevalece es la de cultura frente a naturaleza.

Simone de Beauvoir escribió en profundidad sobre el tema en El segundo sexo, sobre cómo asociamos al hombre con la cultura y a la mujer con la naturaleza, porque las mujeres formamos parte de ella, mientras que por algún motivo los hombres no. Sin hacerlo una cuestión feminista —el cambio climático en muchos aspectos es una cuestión feminista, pero creo que eso es otro tema— se trata de que nos demos cuenta de que todos somos la naturaleza. Por eso soy reticente a la idea de hacer santuarios. No deberíamos crear pequeños compartimentos y decir: «Ya está, hecho, asunto resuelto».

Tenemos que tener presente cada aspecto del medio ambiente siempre, y eso supone un cambio de paradigma radical. Hay gente que piensa: «Bueno, yo reciclo, así que ya está». Por desgracia, con eso no basta. De hecho, leer las estadísticas sobre reciclaje es un poco deprimente, porque los residuos se envían a China y el carbono que se produce con ello neutraliza el impacto.

Me gustaría hablarte de Invisible Dust, que es donde trabajo ahora.

Adelante.

Invisible Dust existe para hacer visible lo invisible. Encargamos arte de primera categoría. Juntamos a artistas y a científicos en residencias para que creen obras de arte excelentes, que impliquen al público en asuntos vitales relativos al cambio climático y a problemas medioambientales más amplios.

En ese marco, por ejemplo, encargamos una obra increíble titulada The Human Sensor, en la que un grupo de performers y bailarines usan tecnología ponible, unas máscaras muy bonitas que se iluminan en función del nivel de contaminación del aire que respira quien la lleva puesta. Este equipo de unos doce bailarines viajará por el centro de Manchester y Londres y se podrá ver, sobre todo en los semáforos, cómo las máscaras empiezan a brillar cuando ellos inhalan y exhalan. Es un ejemplo de tecnología de vanguardia aplicada a un diseño y un sentido artístico brillantes. Actualmente soy su productora.

Además, en colaboración con un cineasta estoy desarrollando un proyecto que me entusiasma para examinar la salud de los océanos en la costa norte de Escocia.

¿Es un proyecto comunitario?

Sí, se llama Shore y será una película producida colectivamente con cientos de residentes de las islas en la costa noroeste de Escocia. Habrá una parte de grabación subacuática, pero en esencia se trata de preguntarle a la gente: «¿Qué significa para ti el mar?». La industria pesquera ha tenido un impacto descomunal. La mayoría de los barcos pesqueros en la zona son internacionales. Dragan el fondo del mar y destruyen todo a su paso, la fauna marítima se ha sobreexplotado gravemente. Los residentes de las zonas costeras van a supermercado a comprar gambas que probablemente se pescaron a 500 metros, se enviaron a pelar a China y luego se volvieron a transportar a Escocia para la venta. Nuestra desconexión con la industria alimentaria es una locura.

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Lucy Wood: «El arte puede impactarnos celularmente mucho más que los simples datos»

Lucy Wood | Ilustración de José Antonio Soria | CC-BY

Lucy Wood | Ilustración de José Antonio Soria | CC-BY

El cambio climático está sucediendo a un ritmo al que ni el planeta ni las especies que vivimos en él nos sabemos adaptar. El mensaje que nos llega desde los medios es escalofriante. Lucy Wood, que tiene más de diez años de experiencia en programas públicos relativos al cambio climático, la alimentación y las migraciones, lo sabe muy bien. Wood fue la directora de la organización benéfica internacional Cape Farewell, dedicada al arte medioambiental. En 2015, fue la responsable de la delegación británica del festival global ArtCop21. Ahora organiza un nuevo gran festival en Reino Unido llamado The Season.

Miércoles, nueve y media de la mañana, Londres. La productora creativa Lucy Wood coge un tren hacia Barcelona para formar parte del jurado del Premio Internacional a la Innovación Cultural creado por el CCCB. Su decisión de viajar en tren no tiene nada que ver con que no haya vuelos o con que el aeropuerto esté en huelga de controladores aéreos. Como ecologista, Wood es completamente coherente en su compromiso con el cambio hacia la sostenibilidad y con la lucha por un futuro de integración social y bajas emisiones de carbono.

No tiene coche ni se plantea comprarse uno. Cree en el cambio ecológico y está convencida de que la verdadera revolución empieza cuando la gente cobra conciencia de los alimentos que come, la ropa que lleva, la energía que consume y demás decisiones.

Así que has venido desde Londres hasta Barcelona en tren.

Ya no viajo en avión si no es absolutamente necesario. Tengo razones de sobra: para empezar, que no lo disfruto. Me encanta viajar en tren y por mar. Me gusta mucho el movimiento slow travel. Y, siguiendo con los vuelos, como ecologista debo decir que no son un práctica sostenible. Además, no me gusta como experiencia de viaje. Cuando te subes a un avión, es como si te metieran en una bolsa y te agitaran. Un rato después llegas a tu destino, pero sin ninguna apreciación real del recorrido que has realizado, más allá de que ha sido un poco incómodo, difícil y estresante.

¿Qué me dices de tu ropa, o incluso tus gafas? ¿También las has comprado desde una mentalidad ecologista?

Uno de los proyectos finalistas del Premio Internacional a la Innovación Cultural es fascinante. Se llama Upcycling de Barri. Plantea la idea de que puedas coger cualquier desecho plástico, hacerlo trocitos y fabricarte unas nuevas gafas con una impresora 3D.

Para ser sincera, no he investigado sobre gafas sostenibles. Estoy segura de que es un sector que necesita desarrollo. Me interesan mucho las industrias creativas, eso sí, y el concepto de alteración creativa: fabricar productos que solo haga falta comprar una vez. Obviamente, la cultura de usar y tirar, basada en compras continuas y un consumo obsesivo, representa un enorme problema. De hecho, lo interesante del proyecto de upcycling o supra-reciclaje en el barrio es que podrías objetar: «Bueno, pero siguen formando parte de la cultura del plástico, cogen desechos y hacen más». Sin embargo, lo interesante es que la filosofía detrás de la fabricación de un objeto (darte cuenta del esfuerzo, el tiempo y el cariño que implica) es lo que te hará replantearte las cosas la próxima vez que tengas el impulso de ir a comprar algo sin pensarlo dos veces. Las gafas sostenibles son un sector que tengo que investigar.

La semana previa a esta entrevista, los titulares de prensa decían: «Trump se retira del Acuerdo Climático de París», «El físico y climatólogo James Hanson advierte que la temperatura global subirá dos grados más», «La Antártida se vuelve más verde». No eran muy buenas noticias para el planeta.

Las cosas cambian a una velocidad aterradora. Una parte de mí se siente como Sarah Connor en las películas de Terminator, cuando se pone a gritar pero nadie la escucha y llega el apocalipsis. Desde luego, varios estudios indican que los especialistas en el cambio climático —los climatólogos, o la gente que se dedica al compromiso público con el clima— suelen tener índices más altos de ansiedad y depresión. Aunque volvemos al dilema del huevo y la gallina, porque quizá ya era gente inteligente, reflexiva e introspectiva. En cualquier caso, lo que hay que hacer es darle la vuelta a la situación. Efectivamente, muchísimas especies están condenadas a la extinción (todavía no ha pasado, pero no queda más remedio que aceptar que algunas se extinguirán). Sin embargo, todo esto es una oportunidad. No solo para cambiar nuestras fuentes de energía, sino para pensar cómo nos definimos a nosotros mismos, cómo vivimos, trabajamos, compramos, viajamos, etcétera.

Haciendo lo invisible visible: arte y ciencia para implicar al público en el cambio climático. Conferencia de Lucy Wood

Todavía hay mucha gente que niega el cambio climático.

Mucha gente hace referencia a un dibujo que se ha publicado en varios sitios. Se ve a un señor en un escenario —es una pequeña viñeta cómica— ensalzando los beneficios que tendría combatir el cambio climático. Habría comunidades más sanas, la gente estaría más en forma, trabajaríamos menos, consumiríamos menos, pasaríamos más tiempo con nuestros amigos y familiares… y entonces alguien en el público le replica: «¿Pero qué pasa si el cambio climático es una gran farsa y mejoramos las cosas para nada?». Tenemos que recordar que lo que estamos intentando cambiar son muchas cosas sobre nuestro estilo de vida que de todas formas no nos hacen felices.

El cambio climático está ocurriendo a un ritmo al que el planeta y nuestra especie no son capaces de adaptarse. Es cierto que el cambio climático ha ocurrido con anterioridad, pero a lo largo de millones de años. Ahora está sucediendo en cuestión de siglos.

Puedes deprimirte y cruzarte de brazos, pero lo fantástico es que ya hay un montón de iniciativas geniales y prometedoras en marcha. Una de ellas puede tener que ver con replantearnos nuestra forma de trabajar: estamos intentando trabajar mejor, no más. Cada vez hay más gente que trabaja desde casa y pasa más tiempo con la familia. Se están produciendo cambios. Las cooperativas locales y los huertos urbanos están creciendo. La gente se está volviendo a juntar para coser o para intercambiar ropa. Hay muchas novedades que son positivas para las comunidades, con independencia de lo medioambiental. Aun con todo, diría que la inmensa mayoría del público general no está reflexionando o hablando sobre el cambio climático.

Y eso es lo que pretende cambiar The Season.

The Season es un proyecto que hemos organizado con Julie’s Bicycle, Artsadmin —una organización londinense fantástica— y el Battersea Arts Centre, que es un espacio pionero de arte y teatro en el sur de Londres. Hay un think tank nacional llamado What Next en el que los profesionales de la industria cultural se reúnen para afrontar problemas importantes. Pueden ser problemas educativos, de contaminación o de crímenes con armas de fuego, pero hay un subgrupo específico dedicado al cambio climático. Y tuvimos la idea de que las industrias culturales y creativas empezaran a hablar, todas juntas, sobre el cambio climático. Tenemos que incorporarlo a nuestra lingua franca. Tenemos que incorporarlo a nuestra cultura y a nuestra lengua diarias. Y para eso hace falta un giro cultural.

Pensemos en cómo se hablaba de la comunidad LGTBQ hace cuarenta años, por ejemplo, o incluso hace veinte o treinta años, cuando yo era una niña. Probablemente parecerían impensables logros como que el Mardi Gras y los desfiles del Orgullo Gay se pudieran hacer tan masivos como lo son hoy, o que figuras públicas salieran del armario y fueran aceptadas, o que se legalizara el matrimonio homosexual.

Pero el cambio es posible.

¡Por supuesto! El problema con el cambio climático es que hay mucho nihilismo y desesperación. La gente no puede imaginarse el cambio, y si no ves el cambio nunca se hará realidad. Por eso es importante trabajar con científicos y artistas, porque los artistas son brillantes proponiendo hipótesis y visualizando nuevas formas de entender el mundo. Una de esas nuevas formas es imaginar un mundo que ha dejado atrás el carbono. Eso supondría un cambio en muchos ámbitos.

Así que The Season, que se llama “the Season for Change: Inspiring Creative Actions on Climate Change”, busca que durante esta temporada, que va de junio a diciembre del año que viene, cada una de las grandes organizaciones culturales de Reino Unido encargue una obra que de algún modo trate sobre el clima. El objetivo es crear tanto revuelo sobre el cambio climático que sea imposible continuar ignorándolo y que empiece a ser discutido por las calles, en el bar o en la piscina, que todo el mundo esté hablando del tema.

¿Crees que la forma en que los medios informan sobre el cambio climático puede provocar que la gente se desvincule del problema?

El lenguaje de la catástrofe, el nihilismo y la desesperación es muy problemático y no contribuye en absoluto a la causa. En cambio, cuando lo reduces a cuestiones más abarcables para una persona, cuando formulas ideas más fáciles de digerir (como la de decidir qué comes cada día, cómo vas al trabajo o qué aire respiras) conviertes el problema en algo más manejable, algo sobre lo que cada uno tiene agencia de cambio. Eso puede implicar a la gente.

No se trata de decir: «No hagas eso». Lo importante son las cosas simples, como explicar las ventajas de ir en bicicleta y por qué te hará sentir más sano, tener mejor aspecto y vivir más. ¡Ir en bici te permite comer lo que quieras sin engordar! Hay que darle la vuelta a las cosas. No somos perfectos; nunca lo seremos, eso está claro. Somos humanos y tenemos muchos fallos, pero las pequeñas decisiones son clave, algo tan sencillo como cambiarse a la energía renovable. Trump, con esa retórica demencial y estúpida de «Make America fucking Great Again», dice: «Haremos que vuelva la industria del carbón». Lo que no entiende, aunque es la pura realidad, es que las energías renovables ya están dando suministro a cuatro veces más gente de la que podría abastecer la industria del carbón.

Traduzco de la viñeta, que tiene más sentido y es más graciosa. Creo que es mejor que ser fieles a la paráfrasis que hace Wood.

Lucy Wood | © CCCB, 2017. Autor: Miquel Taverna

Lucy Wood | © CCCB, 2017. Autor: Miquel Taverna

Y no producen muertes, como la industria del carbón.

Exacto. Es importante recordar que la idea de Trump ni siquiera es de sentido común. Es un problema ideológico que tiene un determinado sector de la población. Las energías renovables, por su misma naturaleza, son intrínsecamente socialistas. Todos tenemos acceso a ellas, aquí y ahora. Con la tecnología adecuada, puedes desconectarte de la red eléctrica. No tienes que formar parte de los gigantes corporativos del carbón, el petróleo o el gas. Y eso aterroriza a quienes manejan el statu quo. Eso supone un problema para nuestro sistema económico actual, un problema para los petrodólares. El acceso al petróleo es lo que provoca la inmensa mayoría de las guerras, al menos en las últimas décadas. Imagínate la sociedad que la energía renovable haría posible. Sin duda sería mejor. Quizá no sería una utopía, porque la utopía no existe, pero podría ser una sociedad un poco más agradable.

¿Cómo podemos contribuir desde las artes a concienciar a la gente de todo esto para que hagan el cambio?

Puedes disponer de toda la información del mundo y leer todas las estadísticas que quieras, pero los estudios han demostrado una y otra vez que los datos no movilizan a la gente de la misma forma que el buen arte. Por arte entiendo muchas cosas, desde la arquitectura hasta el diseño de tu coche. Todo es arte, todo está diseñado. Eso puede influir en el comportamiento. Y lo que es más importante: las artes pueden cambiar nuestra actitud y nuestro compromiso porque nos impactan a un nivel visceral, más humano, algo que los datos no consiguen.

No puedes darle a alguien un papel con un montón de estadísticas y datos y esperar que sea suficiente. Ahí es donde entran en juego las artes. El buen arte puede impactarnos celularmente mucho más que los simples datos.

Así que, en primer lugar, el arte nos impacta. ¿Qué más puede hacer?

No puede ser solo lamento, rechinamiento de dientes o pesimismo operático sobre lo fatal que va todo. También tiene que presentar soluciones relacionadas con lo que cada uno puede contribuir. Esa es la inclusividad del arte, decir: «No estamos señalando este problema para que el gobierno tenga que hacer algo. Te estamos invitando a formar parte de un movimiento». El movimiento ecologista en Reino Unido ha adoptado una cita que, para mí, lo define perfectamente: «No estamos defendiendo la naturaleza, somos la naturaleza defendiéndose a sí misma».

Sin embargo, la idea que prevalece es la de cultura frente a naturaleza.

Simone de Beauvoir escribió en profundidad sobre el tema en El segundo sexo, sobre cómo asociamos al hombre con la cultura y a la mujer con la naturaleza, porque las mujeres formamos parte de ella, mientras que por algún motivo los hombres no. Sin hacerlo una cuestión feminista —el cambio climático en muchos aspectos es una cuestión feminista, pero creo que eso es otro tema— se trata de que nos demos cuenta de que todos somos la naturaleza. Por eso soy reticente a la idea de hacer santuarios. No deberíamos crear pequeños compartimentos y decir: «Ya está, hecho, asunto resuelto».

Tenemos que tener presente cada aspecto del medio ambiente siempre, y eso supone un cambio de paradigma radical. Hay gente que piensa: «Bueno, yo reciclo, así que ya está». Por desgracia, con eso no basta. De hecho, leer las estadísticas sobre reciclaje es un poco deprimente, porque los residuos se envían a China y el carbono que se produce con ello neutraliza el impacto.

Me gustaría hablarte de Invisible Dust, que es donde trabajo ahora.

Adelante.

Invisible Dust existe para hacer visible lo invisible. Encargamos arte de primera categoría. Juntamos a artistas y a científicos en residencias para que creen obras de arte excelentes, que impliquen al público en asuntos vitales relativos al cambio climático y a problemas medioambientales más amplios.

En ese marco, por ejemplo, encargamos una obra increíble titulada The Human Sensor, en la que un grupo de performers y bailarines usan tecnología ponible, unas máscaras muy bonitas que se iluminan en función del nivel de contaminación del aire que respira quien la lleva puesta. Este equipo de unos doce bailarines viajará por el centro de Manchester y Londres y se podrá ver, sobre todo en los semáforos, cómo las máscaras empiezan a brillar cuando ellos inhalan y exhalan. Es un ejemplo de tecnología de vanguardia aplicada a un diseño y un sentido artístico brillantes. Actualmente soy su productora.

Además, en colaboración con un cineasta estoy desarrollando un proyecto que me entusiasma para examinar la salud de los océanos en la costa norte de Escocia.

¿Es un proyecto comunitario?

Sí, se llama Shore y será una película producida colectivamente con cientos de residentes de las islas en la costa noroeste de Escocia. Habrá una parte de grabación subacuática, pero en esencia se trata de preguntarle a la gente: «¿Qué significa para ti el mar?». La industria pesquera ha tenido un impacto descomunal. La mayoría de los barcos pesqueros en la zona son internacionales. Dragan el fondo del mar y destruyen todo a su paso, la fauna marítima se ha sobreexplotado gravemente. Los residentes de las zonas costeras van a supermercado a comprar gambas que probablemente se pescaron a 500 metros, se enviaron a pelar a China y luego se volvieron a transportar a Escocia para la venta. Nuestra desconexión con la industria alimentaria es una locura.

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Laura Pando: «Las instituciones culturales deben ser un lugar seguro para debatir sobre el cambio climático»

Laura Pando. Ilustración de José Antonio Soria, CC-BY

Laura Pando | Ilustración de José Antonio Soria | CC-BY.

La cultura, el consumo cultural, también deja una huella de carbono. Laura Pando lo sabe bien, desde hace una década se dedica a calcular esa huella y a hallar maneras de rebajarla. Comenzó haciéndolo como directora de sostenibilidad en Festival Republic, y ahora sigue en Julie’s Bicycle, una entidad londinense sin ánimo de lucro que trabaja con instituciones culturales para conseguir sostenibilidad ambiental. En Julie’s Bicycle Pando se ocupa, entre otros, del Programa Ambiental del Consejo de las Artes, y trabaja codo con codo con organismos culturales, como el National Theatre, para ayudarlos a mejorar su repercusión ambiental.

Publicamos la primera de las entrevistas a cada una de las miembros del jurado en la segunda edición del Premio Internacional de Innovación Cultural, convocado por el CCCB, y que en esta ocasión tenía como tema central, justamente, el cambio climático.

Comencemos por algo que parece evidente, o no tanto. Visitar una exposición en un museo, asistir a un concierto o una obra de teatro tiene un impacto ecológico.

Por supuesto. Antes de Julie’s Bicycle, era gestora medioambiental en una empresa que se llama Festival Republic, que lleva ahora mismo unos 16 festivales, principalmente en Reino Unido, y algunos también en otros países de Europa. Mi trabajo consistía precisamente en reducir la huella de carbono de esos festivales, que se debía, entre el 60 y el 70 %, al transporte que usaba la gente para ir y volver del festival. En museos ese impacto medioambiental es probablemente menor, porque en general los museos suelen estar en núcleos urbanos donde hay sistemas de transporte público; no obstante, acogen exhibiciones, y estas suelen ser itinerantes y se mueven constantemente de un centro a otro.

¿Qué otros factores ecológicos debemos considerar cuando consumimos cultura?

La energía. Sonido, luz y vídeo, en general, de salas de conciertos, por ejemplo, consumen un montón. Y si te llevas un concierto a una plaza de toros o a un parque, necesitas, además, llevar generadores, que tienes que transportar y luego devolverlos al lugar de origen. Y normalmente, esos generadores consumen diésel, un combustible muy contaminante. Es más, lo que suele ocurrir muchas veces, también en salas de conciertos, es que se tienen generadores alternativos que están constantemente funcionando por si acaso se fuera la luz. La huella ecológica es altísima.

En los centros culturales, como el CCCB, ídem. Tienes que iluminar las exposiciones, obviamente. Y luego están los materiales que usas. Si los vas a reutilizar más adelante, la huella de carbono disminuye. Si, en cambio, los vas a usar en una exhibición solamente y después los vas a tirar, la huella es monumental.

Se pueden reciclar…

Solemos pensar que con reciclar los materiales que empleamos hay bastante, pero esa acción es también parte del problema. Y no se trata solo de los folletos informativos. También hay que tener en cuenta qué se vende en el restaurante del centro o museo, por ejemplo, si los vasos que se usan son de plástico o de papel desechables, o si, por el contrario, se ofrecen utensilios que se pueden reusar. Incluso la comida que se ofrece influye, la basura que genera el empaquetado de esa comida; cómo se separan las basuras. O el consumo de agua, por ejemplo, que es clave. Hay muchísimas cisternas de inodoro que usan una cantidad absurda de agua cada vez que se tira de la cadena. Hablamos de cosas que no parecen muy interesantes o muy relacionadas con el arte, pero todos vamos al baño varias veces al día. Y hay muchas maneras de influir y de reducir esos impactos.

Gestión cultural sostenible. Conferencia de Laura Pando en el CCCB

En Julie’s Bicycle asesoráis a empresas culturales para que, precisamente, reduzcan su impacto medioambiental.

En un inicio, nuestra intención no era esa. Empezamos ofreciendo al sector cultural una herramienta, la calculadora de la huella de carbono, que cuenta con versiones distintas que se adaptan tanto a festivales como a teatros o museos, para ofrecer resultados muy específicos de la naturaleza de cada actividad. Es una herramienta gratuita, disponible a través de nuestra web. Y fue a partir de ofrecer esa herramienta cuando empezamos con el servicio de consultoría. Nos encontrábamos que los distintos actores nos decían: «Queremos hacer más. Sí, estamos midiendo nuestros impactos, sabemos la huella de carbono, estamos reduciéndolos porque hemos hecho A, B, C. Pero, ¿y ahora qué?».

¿Quién viene a veros?

Ahora estamos con una institución que se llama Somerset House, que es una de las principales instituciones culturales no solamente de Londres, sino también de Inglaterra. También trabajamos con National Theatre, con Royal Albert Hall, con muchas instituciones muy importantes.

¿Por qué quieren reducir su huella de carbono?

No hay una respuesta única. Supongo que, para empezar, por ética personal y profesional, sobre todo en el caso de organizaciones que se nutren mucho de financiación pública, que conlleva una responsabilidad social. También por reputación, porque no hacer nada cada vez más entraña un riesgo; al menos ahora mismo en el Reino Unido, es así: al que no hace nada se le mira mal. Y esa reputación influye sobre dónde tienes los fondos de pensiones, con qué banco trabajas o quiénes son tus patrocinadores. En este sentido, el sector cultural se ha unido para colaborar y eso ha sido el motor que ha propiciado este cambio.

¿Cómo?

Tienen claro que no es un tema de competencias de audiencias, sino que unir esfuerzos para reducir el impacto medioambiental que tienen es algo que beneficia a todos. Además se generan oportunidades de patrocinio.

¿En qué sentido?

El patrocinio tradicional era «Yo tengo esta empresa y quiero, con tu buen nombre, mejorar el mío. Te doy dinero y tú me pones mi nombre y quedamos todos de lujo». Eso está pasando a la historia, porque hay opciones de patrocinio donde el valor es mayor. «Tú me das el dinero y te meto en este grupo de colaboración y te presento a estas personas y creamos y programamos juntos eventos. O incluso yo te presento a mis audiencias. Si yo tengo fe plena en que esta energía es 100 % renovable, tú me reduces el precio de la factura y yo me aseguro de presentarte a todos mis potenciales clientes». No hay obligación, es una especie de publicidad basada en que ambas partes coinciden en ciertos valores y en cierta dirección de visión.

Laura Pando | © CCCB, 2017. Autor: Miquel Taverna

Laura Pando | © CCCB, 2017. Autor: Miquel Taverna

La conciencia medioambiental de las instituciones y empresas, ¿cala en los usuarios?

Creo y confío en que sí. Un buen ejemplo es el festival Shambala, que se ha convertido como en el ethos de la ética. Empezó casi como una fiesta entre amigos, fue creciendo y ahora mueve a unas diez mil personas. En un momento dado, los organizadores empezaron a plantearse el impacto ecológico que tenía el festival y tomaron medidas muy arriesgadas pero interesantísimas. Para empezar usan energías 100 % renovables, no tienen absolutamente nada de huella de carbono en el tema de electricidad y eso es impresionante, muy difícil de conseguir en un festival que tiene lugar fuera de un entorno urbano.

Durante el festival, han eliminado todos los plásticos, no venden botellas de agua, sino una botella que se puede rellenar en cualquiera de los muchos grifos que hay repartidos por el espacio.

Pero ahí pierden negocio.

Hay empresas que se arriesgan y dicen «voy a ganar un poquito menos aquí, pero yo creo que lo que estoy haciendo socialmente tiene un valor que va mucho más allá de lo que yo me hubiera metido en el bolsillo por haber vendido esas botellas de agua». Hacen el cálculo y no es solamente un cálculo económico en contra de unos presupuestos, es un cálculo que tiene en cuenta también la repercusión social. El año pasado hicieron una cosa muy interesante. ¿Te la cuento?

Adelante.

Quitaron de los puestos de comida toda la carne y el pescado. Y la gente se volvió loca. Por Internet, en las redes sociales, la gente entró en cólera. Estaban tocando algo muy personal que es la dieta, la comida, algo que la gente considera como una libertad de elección, poder elegir lo que come y lo que no come.

No todo el mundo es vegano.

Aquella acción generó un debate intenso e interesante. El festival programó charlas alrededor de cómo se produce la carne, cómo son las granjas, cómo tratan a los animales. Además, seleccionaron muy cuidadosamente quién venía a hacer la comida, para que la gente disfrutara de la experiencia culinaria. El éxito fue increíble: el 40 % de los asistentes salió de allí diciendo que se iba a replantear su dieta.

Pero este tipo de debates, ¿le corresponden a entidades culturales que no se dedican a ello?

Existe un informe llamado «Perceptions matter», algo así como “la percepción importa”, que se realizó en el Reino Unido. Los resultados muestran que el sector cultural es el único sector del que la mayoría de personas piensa que tiene la obligación moral de retratar y de representar valores a favor de las causas sociales. Eso indica claramente que hay una expectativa social respecto a este tipo de instituciones, de las que se espera que reflejen un poco los valores más humanos y lo que nos hace un poco mejores con respecto a nosotros mismos. Las instituciones culturales tienen que proporcionar un lugar seguro donde poder tener esa conversación tan difícil como es el cambio climático.

¿Qué quiere decir un lugar seguro?

Quiere decir que lo presentas de una manera que no es polarizada y que permites a la gente expresarse con libertad, sin miedo a ser juzgados; donde la gente se puede entender; donde tú puedes ser vegana y yo puedo ser super carnívora y podemos tener una conversación y ni tú me juzgas a mí ni yo a ti, porque está moderado en un espacio como puede ser una obra de teatro, por ejemplo, que trata de la producción cárnica. Y tú y yo salimos del teatro y acabamos de ver una obra que nos ha dejado la mente llena de ideas, y lo comentamos, mientras yo me como mi filete y tú te comes tu trocito de lechuga. Y esta conversación nos la llevamos a casa, y de casa te lo llevas al trabajo.

A la gente, en general, no le suele gustar que la aleccionen. ¿Funcionan las obras de teatro sobre cambio climático para remover consciencias y provocar esa conversación?

Las obras medioambientales que han tenido una resonancia muy grande no han ni mencionado el cambio climático ni me han dicho lo que tengo que hacer o lo que no tengo que hacer. Pero sí han tocado una fibra dentro de mí. Ésta es la belleza del arte y de la cultura, y su verdadero poder, que no es formalizada y estandarizada y te la pueden meter a cuchara. De ninguna manera. No tiene intereses políticos, sino un hambre voraz de inventar un futuro mejor para la humanidad.

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