Hacia una nueva ética informativa

Mujeres de un piquete en fila leyendo el diario.

Mujeres de un piquete en fila leyendo el diario. Autor y fecha desconocidos | Kheel Center | CC BY

Internet ha supuesto un cambio de escala a todos los niveles que ha afectado la forma en que accedemos, consumimos y nos relacionamos con la información. En pocos años, hemos pasado de un proceso en que la curiosidad motivaba la búsqueda hacia un sistema automatizado que nos sugiere contenidos que se supone que nos gustarán. Asimismo, se desdibujan las fronteras entre medio, canal y fuente, y todos nos creemos emisores y receptores de contenidos. Este nuevo paradigma de supuesta socialización de la información se produce en un escenario hipercentralizado en el que los algoritmos de empresas como Google, Facebook o Twitter canalizan e influyen sobre un altísimo porcentaje de la información que consumimos. ¿Cómo nos afecta todo ello? ¿Qué riesgos y beneficios potenciales tiene?

Auctoritas

Internet ha supuesto una revolución y un cambio de escala en la creación, la distribución y el acceso a la información, modificadondo el ecosistema cognitivo a nivel mundial.

Se han incrementado exponencialmente el número y la diversidad de personas con acceso a recibir y emitir información. Esto puede considerarse un hecho democratizador y positivo: el nivel cultural medio de la humanidad es mucho más alto ahora que hace cien años. Dado que el conocimiento no es un bien escaso, cuanto más se difunda mejor para todos. Cuando las bases de cualquier sociedad mejoran todo el sistema mejora.

Sin embargo, ¿cómo afecta esta masificación a la jerarquía informativa? Ahora que muchas más personas hablan, ¿cómo podemos discernir quién tiene autoridad para hablar de un tema? ¿Cómo podemos definir qué fuentes son fiables? ¿Quién determina qué voces se convierten en canónicas, es decir, cómo se definen los nuevos modelos de referencia?

En el contexto actual, el canon, tradicionalmente fijado por una élite institucional, ha muerto para dar lugar a un ecosistema de cánones en el que confluyen tantas jerarquías como identidades y motivaciones se relacionen en cada individuo o cada sociedad. Las instituciones que hasta ahora decidían cuáles debían ser los referentes en los diversos ámbitos del conocimiento han perdido poder, ahora diversificado entre nuevas voces.

Trazabilidad

En los últimos años, la sociedad ha incrementado paulatinamente su conciencia a la hora de consumir. Los ciudadanos queremos saber de dónde han salido los productos que adquirimos y esperamos que se respeten los derechos de las personas involucradas en los procesos de producción. Así han nacido iniciativas como el comercio justo, la alimentación ecológica, los fondos de inversión responsables o los medicamentos no testados en animales.

La ética ha exigido trazabilidad a los sistemas de producción. Hoy, cualquier producto del supermercado incorpora un número de lote que nos permite, en caso de incidencia, detectar su origen. En este caso, la tecnología ha servido para mejorar la calidad de los sistemas de producción y de distribución, así como del servicio al consumidor.

Pero, ¿ha pasado lo mismo en el ámbito del consumo informativo? En plena era del hipervínculo, ¿cómo es posible que nos pasemos el día hablando de noticias falsas, de fakes de Internet? ¿No debería ser posible «trazar» las piezas de información, poder validar las fuentes de donde se han extraído los datos, de modo que el consumidor tuviera la tranquilidad de que lo que lee ha pasado por varios filtros y controles de calidad y, en caso de incidencia, pudiera contactar con el productor original? ¿No era ese el rol del periodismo?

How to Spot Fake News | FactCheck.org

Canal

¿Quién tiene más fuerza hoy? ¿El productor de la información, la fuente o el canal de distribución?

Internet nació como un proyecto abierto, que permitía la comunicación descentralizada y horizontal entre dos nodos cualesquiera de la red. Actualmente, grandes corporaciones como Google o Facebook se esfuerzan por concentrar el máximo de información y usuarios y retenerlos dentro de sus entornos, y así quieren convertir la red en un conjunto de silos, cada vez más aislados entre sí.

Estas empresas quieren ser canal y fuente a la vez. Cuando buscamos información meteorológica en Google, no nos fijamos en qué agencia ha hecho la previsión (¿Meteocat o Aemet?). Los datos se nos presentan como si la fuente fuera el propio Google, mientras que la fuente real cada vez aparece más escondida. Lo mismo ocurre cuando buscamos información sobre la bolsa, el estado del tráfico o cuando leemos las noticias.

Estas plataformas nos piden atención continua y hacen todo lo posible para que cada vez consumamos más información sin tener que salir. Incluso, algunos proyectos como Instagram van un paso más allá y ya no permiten añadir enlaces vía URL.

Los medios de comunicación también se han sumado al afán centralizador. Para evitar que los lectores abandonen su web, los principales diarios ya no incluyen dentro de las noticias hipervínculos que redirijan a fuentes externas.

Hay que ser conscientes de esta situación y combatir el creciente monopolio luchando para que Internet siga siendo multicanal y multifuente, garantizando, promoviendo y defendiendo la diversidad en la red. Y también hay que hacer una reflexión sobre cuál es y cuál debe ser el rol del cuarto poder en este contexto.

Emoción y hecho cognitivo

Los medios de comunicación no solo están tendiendo a concentrar la información, sino que también han iniciado una encarnizada lucha por el clic, porque ven que sus ingresos dependen cada vez más de la publicidad de Google. Esto hace que los periodistas se esfuercen cada vez más a hacer titulares cazaclics, que apelan a la emoción en lugar de la razón y hacen irresistible el clic.

La emoción per se no es un sesgo negativo al hecho cognitivo, ya que la curiosidad siempre ha sido una fuente de conocimiento. El riesgo aparece cuando, para conseguir clics, muchos medios tradicionales están olvidando su ética y su libro de estilo y se están acercando peligrosamente a la manera de hacer de la prensa amarilla. La popularidad, el número de visitas, likes, retuits o similares han provocado una progresiva crisis de la argumentación, en favor de un incremento de contenidos emocionales, cada vez más polarizados. Los titulares han perdido neutralidad en favor del escándalo. La calidad ha bajado en favor de la redundancia.

Emojis de Facebook

Emojis de Facebook

Algoritmo y búsqueda activa

A este nuevo escenario se le suma el hecho de que hemos pasado de un entorno de «búsqueda» a un entorno de «feed» o canal de contenidos. Ahora ya no consultamos los periódicos, sino que la información nos llega a través de nuestros timelines.

Hay que ser conscientes de que estos canales, ya sean informativos o culturales, no son neutros. Hay un algoritmo detrás que filtra, ordena y nos presenta aquellas piezas de información o conocimiento que es probable que nos gusten más según nuestro historial de comportamiento.

Un algoritmo no es más que un código diseñado por una organización. Quién y cómo lo diseña y con qué fines –comerciales o políticos– es un aspecto que debería ocupar una posición destacada en el debate social. Tres o cuatro empresas a nivel mundial están decidiendo, de forma opaca, qué material consumimos en el ámbito informativo y cultural. Paulatinamente van haciendo que dejemos de buscar, atrapándonos en una «burbuja informativa» hecha a medida para nosotros, o para todas las personas que cumplen nuestro mismo patrón. Lo pudimos ver con empresas como Cambridge Analytica y las elecciones de 2016 en Estados Unidos.

Los algoritmos tienden hacia la convergencia de patrones e intentan, por defecto, simplificar nuestra complejidad. Nos interpretan y nos incluyen en un patrón determinado, lo que atenta directamente contra nuestra individualidad. Refuerzan estímulos que funcionan, y ello dificulta que nuestros gustos o intereses evolucionen.

Ante esta herramienta tan potente, tenemos la responsabilidad de mantener nuestra curiosidad activa, de salir del patrón, de ir a descubrir cosas nuevas para no acabar «enmarcados» en un perfil social determinado, por pequeño y segmentado que sea.

Del mismo modo que hace años hacíamos un esfuerzo por encontrar información sobre los temas que nos interesaban (música, libros, etc.), ahora hay que hacer un esfuerzo para escapar de ella. Solo así podremos romper y ensanchar nuestros límites y gustos. Tenemos más patrones que nunca, podemos recorrer más caminos, siempre y cuando mantengamos viva la curiosidad.

Hacia una ética informativa global

Los humanos siempre hemos necesitado filtros para acceder a la información. Profesores, libros, manuales, medios de comunicación, etc., el divulgador es una herramienta necesaria básica para poder acceder al conocimiento.

Esta tarea, hoy, es asumida cada vez más por máquinas, con los beneficios y riesgos potenciales que ello conlleva. Hay que tenerlo en cuenta y actuar en consecuencia. Por ello, es necesario que estas tecnologías sean abiertas por defecto, desarrolladas con software libre, para poder detectar y evitar sesgos económicos o cognitivos en su diseño.

En un mundo ideal, un buen algoritmo podría convertirse en un «buen divulgador». El buen divulgador traduce de arriba abajo, adaptando el discurso al nivel del receptor y respetando la fuente original. Un algoritmo podría realizar esta tarea, pero la tecnología no es neutra. Por ello, debemos incorporar la ética en la toma de decisiones técnicas.

Ahora somos más conscientes que nunca de que, como miembros de una sociedad, somos un nodo de una red, donde desempeñamos un papel. La acción es colectiva, pero nosotros, como individuos, somos responsables de ella. Hay que seguir defendiendo una Internet abierta, libre y descentralizada. Hay que luchar para que este cambio de escala, que es Internet, vaya en la dirección correcta. No podemos aceptar como única realidad los productos sesgados de grandes corporaciones. Hay que fomentar la responsabilidad individual de la elección y del descubrimiento, y la responsabilidad y el poder colectivo que tenemos como comunidad de usuarios. Hay que diferenciar entre fuente y canal, y luchar para que no haya un canal único.

Hay que proseguir con el esfuerzo para conocer el canon, pero con la libertad de salir de él. La divergencia muestra nuevas posibilidades hasta que establece nuevos paradigmas. Defendámoslos.

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África desde Occidente: una mirada sesgada

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Pixabay. CC0 Dominio público

La exposición «Making Africa» invita a reflexionar acerca de lo poco que conocemos el continente africano y cómo lo observamos históricamente desde un prisma occidental o eurocéntrico, utilizando nuestras categorías y nuestros códigos. ¿Qué sabemos de África? ¿Quién nos habla de ella? ¿Cómo y por qué lo hace? ¿Por qué no sabemos más cosas? ¿Cómo la miramos? 

Cuestionemos el mapa

Un mapa es una representación simbólica que destaca relaciones entre elementos dentro de una superficie o un espacio. Durante muchos años el mapa africano fue descrito y diseñado bajo la influencia del colonialismo europeo u occidental. Esto provocó un sesgo histórico en la forma de ver el continente, en la manera de conocer una realidad que nos ha sido presentada como muy lejana: Europa como punto de referencia que señala y define otros códigos, otras categorías, otras realidades. África como el otro, como cuota de alteridad. Como todo lo que nosotros no somos: como aquello que nos ayuda a definirnos.

Los humanos usamos divisiones contradictorias, geográficas o conceptuales, según nos convenga. Utilizamos el concepto Europa para definir el continente humanista por excelencia, posicionándonos en el centro del conocimiento, con las consecuencias que ello tiene en nuestro mapa mental respecto al resto del mundo. Por otra parte, a menudo usamos el término América cuando queremos decir Estados Unidos, y creamos el subconjunto Latinoamérica, países árabes, África negra o Países Catalanes para hablar de una serie de países o territorios con una lengua o cultura compartidas. Pero, en cambio, no usamos conceptos como «países cristianos». ¿Por qué? Otro ejemplo curioso es el uso de la palabra Mediterráneo, que ha pasado de utilizarse como centro a usarse como frontera. Considerar el Mediterráneo como cuna de civilizaciones, como un todo que une tres continentes, a emplearlo conceptualmente para definir una orilla, la de los países del sur de Europa, que se comparan con los países nórdicos, o incluso como una frontera que nos separa de otro mundo, que no es el nuestro.

Incluso empleamos conceptos asimétricos como Global North y Global South, donde casualmente Australia forma parte del norte global y China, del sur. Estos conceptos, junto con otros como países en vías de desarrollo, países emergentes o tercer mundo, solo ayudan a jerarquizar otras realidades, situándolas en otra categoría, otro nivel, otro plano, donde se hace más difícil la interacción de iguales. Son formas más o menos afortunadas de evitar decir la palabra inferior.

Dicho esto, ¿cómo y cuándo usamos el concepto África? ¿Puede considerarse África como un todo? ¿Es conveniente utilizar África como una unidad cultural, geográfica o económica? Si un sintagma es un conjunto de palabras que mantienen una relación de sentido en el momento de su pronunciación o escritura, como conjunto, África no actúa como tal. Ni como una división homogénea ni como una unidad de conocimiento. Los diversos grupos humanos habitantes presentan diferencias culturales, lingüísticas y económicas evidentes. Uno de los puntos que sí comparten buena parte de los países africanos es su herencia colonialista, como herederos o víctimas de un mismo pasado. África es un sistema dividido en elementos que se relacionan entre sí. Para analizarlo, pues, hay que estudiar estas relaciones y cómo afectan la globalidad, que adquiere un significado más allá de la suma de las partes.

Así pues, repensemos el mapa. Vamos a cuestionarlo. Si todas las palabras importantes son polisémicas, pensemos qué sentido se quiere dar cuando usamos o usan el término África.

Repensemos la historia

Como dice la activista feminista nigeriana Oyèrónkẹ́ Oyěwùmí, la época moderna se caracterizó por un número de procesos históricos que incluyen la colonización europea de África, Asia y América Latina. Este proceso evocó el desarrollo del capitalismo y la industrialización, así como la creación de estados nación, el aumento de las disparidades regionales en el sistema mundial y la estratificación de la población mundial según su raza y su género, lo que provocó una hegemonía cultural euroamericana a nivel mundial.

Ha sido Occidente quien ha definido y explicado la historia de África, su relato, y con ello ha provocado un sesgo obvio en nuestra percepción sobre el continente, que se ha centrado en la visión histórica de un continente necesitado, más que en las colaboraciones africanas a la historia de la humanidad. Queda claro que África sufre un sesgo sistémico: está subrepresentada a nivel de contenido, de participación y de perspectiva. Partimos, pues, de un apriorismo incorrecto. Tenemos que incrementar, entonces, el número de voces que hablan de y desde África, así como su contextualización dentro del discurso global. Y hay que hacerlo evitando caer en un reconocimiento de cuota, sin una aproximación paternalista, sino buscando un interlocutor válido, con una aceptación sincera del otro. Es por eso que hace tiempo que se está reclamando un proceso de descolonización del conocimiento. En 1984 el escritor nigeriano Chinua Achebe lo reclamó en una entrevista, con una frase que se incluye en la exposición: «Mientras los leones no tengan a sus propios historiadores, los relatos de caza siempre glorificarán a los cazadores».

Pero Occidente tiene unos sistemas de gestión social y del conocimiento muy definidos, y la academia solo acepta la existencia de otros grupos cuando estos se adaptan a su forma de hacer. Por desgracia, a menudo entendemos la multiculturalidad o integración como colectivos que se adaptan a nuestro canon.

Así pues, ¿cómo podemos hacer que las instituciones africanas puedan contribuir al canon global sin ser asimiladas? ¿El propio concepto de canon es aún vigente? ¿Las universidades africanas deben poder hablar de contenidos locales, pero no son válidas para hablar de ciencia? ¿Daríamos el mismo valor a una publicación científica publicada en Harvard que en la Universidad de Nairobi? ¿Cómo nos relacionamos con otras formas de conocimiento, algunas incluso sin tradición escrita? ¿Cuáles son los puntos reales que favorecen el intercambio epistemológico? Quedan, pues, muchas cuestiones por resolver.

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En la Wikipedia hay cien veces más artículos georreferenciados sobre Francia que sobre toda África. Y solo un 25% de los contenidos sobre el África subsahariana se editan desde allí.

La doble mirada

En esta línea, Oyěwùmí hace unas reflexiones muy interesantes sobre el análisis de género desde una perspectiva africana, eliminando algunos conceptos preestablecidos por el pensamiento occidental. Por ejemplo, cuestiona la propia dicotomía hombre-mujer, relacionándola con el rol central de la familia nuclear como espacio aislado dentro de la sociedad europea, donde la identidad y el rol de la mujer están predefinidos históricamente y donde la mujer lucha por la liberación. Oyěwùmí nos aporta esa necesaria doble mirada, cuando nos cuenta que nuestra realidad no es la única posible, y tampoco lo son nuestras categorías, y pone como ejemplo los diversos sistemas de organización social y familiar de varias comunidades africanas, en el que el rol histórico de las mujeres no tiene nada que ver con la realidad occidental.

Otro ejemplo, no africano pero que nos sirve para conocer el mundo islámico, es Sirin Adlbi Sibai, investigadora arabista hispanosiria que estudia los feminismos islámicos y hace de ellos una revisión, proponiendo la construcción y el desarrollo de un pensamiento islámico descolonial. Sirin Adlbi Sibai nos cuenta otra forma de ver el Islam y en particular a las mujeres, partiendo de la tesis de que el pensamiento islámico contemporáneo también ha sido influido por las formas clásicas de poder, importadas de la modernidad occidental. También denuncia la dificultad del diálogo intercultural, cuando desde Occidente asumimos las mismas categorías como universales para intentar entender otra cultura, otro sistema de valores.

En un momento de crisis identitaria, Europa necesita a África más que nunca. Estamos en un momento de reafirmación y cuestionamiento de nosotros mismos, pero estamos reforzando los códigos propios negando el resto, construyendo muros y fronteras que delimiten nuestra identidad, intentando convertir a Europa en el espacio seguro y el resto, por definición, en un espacio no seguro. Esta percepción de la propia fragilidad ha dado pie a los populismos que están en las puertas ‒o dentro‒ de varios parlamentos, con discursos identitarios en que se niega y se criminaliza al otro por ser diferente.

Podemos combatir este discurso del miedo conociendo mejor al otro. Tal y como explica Carlos Bajo en un interesante artículo en este mismo blog, Internet y las redes sociales están haciendo que miles de nuevas voces africanas reclamen su espacio de atención. Han surgido cientos de colectivos que inciden en acciones políticas y sociales para desmantelar el actual statu quo de los diversos estados africanos. Después de siglos de silenciarlos, lo menos que podemos hacer es prestar atención. Todos podemos ampliar la diversidad del número de voces que digerimos diariamente en nuestros timelines, y buscar esa necesaria doble mirada. África como espejo que nos interpela, nos define y nos cuestiona.

Bibliografía

África en la Wikipedia