El sentido cuántico III: información cuántica

Niñas saltando. Sydney, c. 1880-1923

Niñas saltando. Sydney, c. 1880-1923 | Museum of Applied Arts & Sciences | CC BY-NC-ND

La información de un sistema está inscrita en su física y la manera de acceder a esta información es en sí un proceso físico. Así pues, la teoría de la información es una vía excelente para describir tanto el mundo físico como la forma en que lo conocemos. Esto resulta crucial cuando tratamos de describir el mundo microscópico, ya que la relación entre el observador y el mundo es fundamental en física cuántica.

Cada uno de nosotros tiene una «idea bonita» preferida. La mía es la definición de número natural de Bertrand Russell: «El número tres es la colección de todos los conjuntos de tres cosas.» La belleza de esta idea se basa en que cuanto más grande es la parte del universo involucrada, con más definición, más exactamente está definido el número tres. Si metemos tres calcetines en la colección, obtendremos una mancha torpe con forma de B o de 3, y solo al ir añadiendo tres cerezas, tres tristes tigres, tres hijas de Helena, el contorno se va definiendo más y más, hasta el punto de máxima definición, que se alcanza cuando se consideran todos los posibles tríos. Esta manera de proceder tiene algo de El Aleph de Borges, en el que un punto muy bien definido, una idea muy concreta, contiene sin embargo todo el universo. Y tiene también algo de la historia perfecta, una en la que el final es el resultado de todas las acciones, de todos los personajes, de todas las escenas, los años y los paisajes que han aparecido en ella.

La idea es bonita porque rechaza la existencia del concepto abstracto de 3 –es divertido además considerar que uno de los matemáticos más brillantes del siglo XX necesitó todo el universo para poder definir algo tan sencillo como un 3. Es bonita también porque rechaza la separación entre la materia y la forma y nos invita a pensar que cualquier idea, por abstracta que sea, se construye mediante conjuntos de cosas. Y es bonita porque representa una invitación imaginaria de Bertrand Russell, el matemático que emprendió la tarea de escribir los fundamentos del razonamiento matemático, a Rolf Landauer, el físico que observó de manera no trivial que la información no es una entidad abstracta.

Information is physical

En las mismas palabras de Landauer, y como segunda «idea bonita»: «La información es física.» La información está inevitablemente inscrita en un medio físico, como los colores de un semáforo, los surcos de un disco, las ondas de radio… Rolf Landauer no se limitó a observar la relación intrínseca entre información y física sino que la enunció en forma de principio físico: «Cualquier operación que implique una pérdida de información en un sistema, por ejemplo, borrar un archivo de un ordenador o sumar 3 y 3 en la calculadora (sumar es perder información, porque obtenemos 6 pero perdemos los sumandos), aumenta la entropía (el desorden de un sistema) y disipa calor.» Deshacerse de información no sale gratis. El abandono de información del sistema debe tener alguna forma física, con consecuencias físicas, y es en forma de calor. (Parte del calor que abrasa ahora mismo mis piernas bajo el ordenador portátil obedece a este principio de Landauer. Debe ser porque, por cada palabra que escribo, borro treinta. Suena paradójico, sí, pero escribir es eliminar información continuamente.)

Un precioso experimento mental ilustra cómo la ciencia convencional tendía a considerar la información como un ente abstracto, y la ganancia de información sobre un sistema como una operación inocua. James Clerk Maxwell lo enunció a finales del siglo XIX como una manera de desafiar las leyes de la física (en concreto, la segunda ley de la termodinámica) y de sugerir que se puede mover un tren con el pensamiento. Bien, esta es una exageración, una licencia literaria, una manera tan provocadora de resumir el famoso experimento del diablillo imaginado por Maxwell que se impone describirlo en detalle. La segunda ley de la termodinámica dice que cuando el vapor de la locomotora se enfría, el tren se para. Es decir, que no se puede obtener trabajo (desplazar un tren) de un sistema en equilibrio térmico con el ambiente. Pues bien, Maxwell propuso una manera de cuestionar ese principio. Imaginó el motor de la máquina del tren parado, con el émbolo detenido entre los dos compartimentos de vapor, ambos a la misma temperatura. La temperatura es la media de las velocidades de las moléculas del gas. Algunas van muy rápido, otras van muy lentas, pero están totalmente mezcladas (desordenadas) y la velocidad media en cualquier volumen del gas es la misma y, por tanto, la temperatura del gas es uniforme. En el émbolo que separa los compartimentos, Maxwell imaginó una pequeña compuerta y un ser diminuto con la capacidad de conocer la velocidad de cada molécula, y de abrir o cerrar esa compuerta a su antojo para ordenar las moléculas: rápidas a la derecha, lentas a la izquierda. Cada vez que una molécula rápida se aproxima del compartimento izquierdo al derecho, la deja pasar. Cada vez que una molécula lenta se aproxima de derecho al izquierdo, la deja pasar. El resultado es que el compartimento derecho aumenta de temperatura, mientras el izquierdo se enfría. La consiguiente diferencia de presión entre los compartimentos sería capaz de mover el émbolo, y las ruedas del tren darían una vuelta más. En otras palabras, puede ordenarse un sistema desordenado, lo que implica que puede obtenerse trabajo de un gas en equilibrio, ¡solo con meter a un diablillo con la capacidad de conocer cosas!

La respuesta de Landauer para defender la segunda ley es que, en efecto, el diablillo de Maxwell puede ordenar las moléculas para generar trabajo a partir de su diferencia de temperatura, pero no lo hace gratuitamente. Su cerebro debe registrar la información de la velocidad de cada molécula, y luego borrarla para alojar en su lugar la de la siguiente molécula. Cada vez que hace esto, aumenta la entropía, compensando la que ha ayudado a disminuir ordenando las moléculas, y disipa calor fuera del sistema, evitando que se convierta en trabajo.

Order & Disorder: The Story of Information. Maxwells Demon
Order & Disorder: The Story of Information. Maxwells Demon

Que la información que contiene un sistema esté inscrita en su física, y que la manera de acceder a esta información sea en sí un proceso físico, implica que la teoría de la información es una excelente manera de describir tanto el mundo físico como la forma en que lo conocemos, lo cual tiene un bonus extra si se trata de describir el mundo microscópico, ya que la relación entre el observador y el mundo –la medida– es un tema fundamental en la física cuántica.

Una de las ventajas de la teoría de la información que otorga cierto sentido al mundo cuántico es que están claramente identificados el emisor, el receptor, el código y el mensaje. Además, mientras la transición de la física clásica a la física cuántica comporta algunos traumas para la intuición, la transición de la información clásica a la información cuántica suaviza los sustos antintuitivos y evidencia diversas maneras de aprovechar el paradójico comportamiento del mundo a nivel microscópico para realizar tareas que son imposibles para la física clásica. Me refiero a las tecnologías de la segunda revolución cuántica, como la computación, la comunicación, la criptografía y la metrología cuánticas.

Bits y cúbits

Las unidades básicas de la información cuántica son los llamados cúbits (quantum bits o bits cuánticos). Podemos esperar dos posibles valores al acceder a la información contenida en un cúbit. Eso es lo que tienen en común con los bits clásicos. A partir de ahí, todo son diferencias. Expliquemos entonces las diferencias entre la física clásica y la cuántica mediante las diferencias entre la información clásica y la cuántica.

Un ejemplo de bit clásico es el color de la bandera que indica si se permite el baño en una playa. Mientras desayunamos y preparamos las cestas con las toallas y las palas, el emisor, que es responsable de la seguridad de los bañistas, evalúa el estado del mar y decide poner la bandera verde, que nos permite bañarnos, o la roja, que lo prohíbe. Nosotros, los receptores, ignoramos que no podremos bañarnos hasta el momento de llegar a la playa, aunque la bandera roja ya lleve ondeando al menos una hora.

Un ejemplo de un cúbit o bit cuántico es la dirección de polarización de un fotón (asociada a la dirección de oscilación del campo eléctrico de la luz). La polarización puede ser horizontal (H) o vertical (V). El fotón como cúbit contiene información en el sentido en que, tras una medida, el receptor obtiene siempre dos respuestas complementarias: H o V. Este es el código binario del fotón, análogo al código de dos colores de bandera. Una observación sobre la que merece la pena detenerse, tanto en el caso de la bandera como en el del fotón, es que no les preguntamos «¿de qué color eres?» o «¿en qué dirección está tu polarización?» sino que les preguntamos «¿eres roja o verde?» o «¿eres H o V?».

Bandera y fotón son sistemas de comunicación análogos, pero hay una diferencia fundamental: una bandera es un objeto macroscópico, al emisor le basta escoger el color de la bandera e izarla y al receptor le basta mirarla para que la información se haya transmitido. Un fotón, sin embargo, es un objeto microscópico, y emisor y receptor, como manipuladores de información cuántica, tienen un papel más activo que sus análogos clásicos. El emisor ha de preparar el estado del fotón, y el receptor ha de hacer una medida sobre él. Preparación y medida van más allá de las tareas clásicas, e incluyen cierta libertad de elección en los procedimientos. Libertad que ofrece precisamente la naturaleza cuántica del escenario.

Libertad del emisor cuántico: la superposición

La tarea del emisor cuántico es preparar el fotón. Lo puede preparar en H, lo puede preparar en V y también puede prepararlo en cualquier combinación de estas dos direcciones: una dirección oblicua con cierta componente horizontal y cierta componente vertical. Esto es lo que llamamos una «superposición cuántica». Cuando el receptor hace una medida en la base HV, es decir, le pregunta al fotón si es H o V, obtiene H si el emisor lo ha preparado en H, y obtiene V si el emisor lo ha preparado en V. Pero si el emisor ha preparado el fotón en una superposición de H y V, en una dirección oblicua, el receptor obtendrá H con cierta probabilidad p y V con cierta probabilidad 1-p. La probabilidad p es tanto más grande cuanto más se aproxime la oblicua a la horizontal, e indica lo incómodo que está el fotón respondiendo que su dirección de polarización real está alejada de las opciones que le proponen como dos únicas posibles respuestas. Antes de la medida HV, el fotón está en una superposición de H y V. Es decir, «antes de llegar a la playa, la bandera no ondea ni en H ni en V».

Superposición cuántica | Jubobroff J.Bobroff
Superposición cuántica | Jubobroff J.Bobroff

Libertad del receptor: la medida

El receptor tiene también libertad al medir la polarización del fotón. Puede realizar una medida en la base HV, pero también puede usar cualquier otra base, cualquier otro par de ejes H’V’, perpendiculares entre sí, pero rotados respecto a HV. Los resultados posibles en ese caso serán H’ o V’, y la probabilidad de obtener H’ será distinta de la obtener H. Podemos entender HV y H’V’ como distintas propiedades del fotón: en una medida HV, se le pregunta al fotón si es H o V, en una medida H’V’, se le pregunta si es H’ o V’. Digamos que medir HV es como «mirar el color de la bandera», y medir H’V’ es como «mirar el tamaño de la bandera». Y la peculiaridad cuántica radica en que, mientras un solo vistazo nos deja saber el color y el tamaño de la bandera, el receptor cuántico no puede hacer las dos medidas a la vez.

Consecuencias de la libertad del receptor: el colapso y la destrucción

Si el receptor hace una medida en HV y el fotón responde H, el fotón se queda polarizado en H. Es decir, el estado del fotón colapsa un estado concreto. Sucesivas medidas en HV tendrán el mismo resultado H, a pesar de que antes de la primera medida existiera la probabilidad de obtener V. Esto significa que medir tiene consecuencias devastadoras para un sistema cuántico. Veamos hasta qué punto esto es así.

Si HV y H’V’ están rotados 45 grados –separación máxima entre dos sistemas de ejes perpendiculares–, las consecuencias de la elección de medida para el sistema son drásticas. En efecto, si el emisor prepara un fotón en H y el receptor mide en HV, el fotón responderá H. Si el receptor mide de nuevo este mismo fotón y esta vez le pregunta H’V’ –que equivale a preguntar a un fotón horizontal si es diagonal o antidiagonal–, el fotón estará incomodísimo respondiendo cualquiera de las dos, pero se tendrá que decidir por una de ellas al azar –recordad que H y H’ forman 45 grados y por tanto la probabilidad de H’ es igual a la de V’. Digamos que se decide por H’. Si el receptor mide una tercera vez, ahora en HV, el fotón, diagonal ahora en HV e incomodísimo otra vez, podría responder –pues respondería al azar– que está en V. ¡Pero en la primera medida HV había respondido que estaba en H!

Da la impresión de que el fotón está cambiado de opinión. Pero no es culpa del fotón, es culpa de la medida. No es posible saber simultáneamente el resultado de lo que diría el fotón si el receptor pregunta HV y lo que diría si pregunta H’V’. Porque, claro, si el receptor pregunta HV y el fotón responde H, y posteriormente el receptor pregunta H’V’, responda lo que responda el fotón, ¡no podemos asegurar que, al volverle a preguntar HV, el fotón vaya a responder H otra vez! Es «como si no pudiéramos saber el color y el tamaño de la bandera con certeza al mismo tiempo».

Lo descrito en el párrafo anterior es una muestra del principio de incertidumbre de Heisenberg, que en su formulación original limitaba la posibilidad de conocer con infinita precisión la velocidad (análoga a HV) y la posición (análoga a H’V’) de una partícula. Solo que en este contexto es más digerible, porque de alguna manera entendemos que las propiedades de las partículas cuánticas no las acompañan, como el color rojo acompaña a la bandera roja, sino que son elecciones del observador al medirlas.

What is the Heisenberg Uncertainty Principle? - Chad Orzel | TED ed
What is the Heisenberg Uncertainty Principle? - Chad Orzel | TED ed

***

En conclusión, en física cuántica, no solo el resultado de la medida no está necesariamente definido antes de que el receptor realice la medida (principio de superposición), sino que la misma la propiedad no está definida antes de que el receptor decida que es precisamente esa propiedad la que va a medir.

El emisor puede ser la misma naturaleza, y el receptor se identifica claramente con el observador, pero también el entorno de un sistema cuántico se comporta como «receptor», es decir, como «colapsador de sistemas cuánticos».

¿Para qué puede servir todo esto?

La superposición, la capacidad de un cúbit de ser un 0 y un 1 a la vez, es fundamental para la computación cuántica. Un cúbit puede calcular como si fuera un 0 y como si fuera un 1. Un ordenador esencialmente computa una función f de una cierta información, codificada en un número: dada la información codificada por ejemplo en el input 01101, de 5 bits, el ordenador computa f (01101). Si queremos computar f para n inputs –n informaciones diferentes de 5 bits cada una– tenemos que aplicar n veces la función f. Sin embargo, si conseguimos mantener la superposición de 5 cúbitstodos los posibles inputs de 5 bits con una sola aplicación de f, conseguiremos tener una superposición de todos los resultados posibles. Considerando todos sus posibles estados, obtendremos un ordenador operando simultáneamente –con una sola aplicación de f– con 2^5 inputs. Con 300 cúbits, obtendríamos un ordenador cuántico operando con 2^300 inputs, un número mayor que el número de todos los átomos del universo. De esta capacidad de mantener esta superposición y operar con ella emerge el llamado quantum parallelism. Con esta arquitectura se pueden realizar tareas de tal complejidad que para un ordenador clásico tomarían miles de millones de años –la complejidad de una tarea da una idea del tiempo de ejecución del algoritmo que la soluciona, y está relacionada con el número de operaciones necesarias para implementar ese algoritmo. Una tarea muy compleja en ese sentido es por ejemplo factorizar un número grande. El sistema RSA de encriptación en Internet se basa precisamente en la complejidad de factorizar números grandes, de modo que un ordenador cuántico de cierto tamaño amenazaría la seguridad mundial a todas las escalas. El algoritmo cuántico para factorizar rápidamente números grandes existe desde 1994 –formulado por Peter Shor–, lo único que falta es construir un ordenador cuántico lo suficientemente grande. Pero eso es solo cuestión de tiempo… La buena noticia es que la física cuántica también ofrece un método de comunicación seguro, y en este terreno ya existen incluso soluciones comerciales.

El diseño de sistemas de criptografía 100% segura se basa en la elección de bases de preparación y medida (elección de HV, H’V’, etc.). El principio de funcionamiento de la criptografía cuántica se basa en el hecho de que si el emisor codifica en la base HV y el receptor mide también en la base HV (la elección de bases de medida es el «código secreto»), cualquier intromisión de un espía con una base de medida H’V’, distinta a la compartida por emisor y receptor, será detectada, ya que, como hemos visto antes, medir en bases distintas altera el estado del fotón. El protocolo que permite a emisor y receptor crear y compartir una clave criptográfica segura siguiendo este principio fue diseñado por Charles Bennett y Giles Brassard en 1984. Se llama BB84.

Hay muchas maneras más de aprovechar las peculiaridades de los sistemas cuánticos: teleportación, medidas ultraprecisas, etc. Muchas de ellas tienen impresionantes resultados experimentales, pero tendrán que ser objeto de otra entrada.

Y final

Para añadir un trío más a la colección 3, aquí la tercera «idea bonita» de hoy, de la mano de Richard Feynman y Seth Lloyd. Como la información es física, y la física que rige el universo es la física cuántica, podemos concebir todos los eventos del universo como información siento procesada por un gigantesco ordenador cuántico, que es el universo mismo. El universo es pues un computador cuántico que se computa a sí mismo, lo que implica que ningún computador más pequeño tendría la capacidad de computar todo el universo y por tanto la mejor manera de conocer el futuro es… ¡esperar a ver qué pasa!

Las «ideas bonitas»… ¿de qué estarán hechas?

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No soy tu periferia

Una mujer trabajando con un taladro manual. Tennessee, 1943

Una mujer trabajando con un taladro manual. Tennessee, 1943 | Library of Congress | Dominio público

El afrofeminismo o feminismo negro es una corriente de pensamiento que defiende que el sexismo, la opresión de clases y el racismo están estrechamente relacionados en lo que se conoce como interseccionalidad. Coincidiendo con el inicio del curso «Afrofeminismos: Raíces, experiencias, resistencias» organizado por el Institut d’Humanitats, hablamos de los afroeuropeos, las identidades de la diáspora africana y la génesis en Europa de una matriz interseccional entre el activismo, el feminismo, lo migrado y lo racializado.

Hace unos meses, Barcelona se entusiasmaba y se descubría asombrada ante el gran número de afrodescendientes que vivía en la ciudad. Quizás entonces Barcelona descubrió otra Barcelona, negra, mestiza, racializada y contestataria que, por su dinamismo y energía, se reveló como una nueva iluminación de inequívoco activismo en relación con cuestiones de raza y género. La extrañeza de la «vieja» Barcelona versus esta nueva alteridad revelada era extraña per se, porque aquellos mestizajes y aquellas revelaciones no eran nuevos y no deberían haberlo sido para una ciudad tan pionera –en recibir a los de fuera– y tan culpable –en los procesos de trata y mercantilización de la esclavitud desde las costas africanas hasta los llamados «territorios de ultramar»– de muchas de las consecuencias de lo que hoy socialmente sucede.

En esos primeros días de octubre de 2017, la ciudad fue escenario de las convocatorias de las escritoras y activistas Chimamanda Ngozi Adichie primero y la legendaria Angela Davis casi una semana después. En petit comité y en el entorno de un curso académico de la Universidad de Lleida, Cataluña también recibió a la socióloga nigeriana Oyeronke Oyewumi, poco conocida por el mainstream español, pero esencial para entender el feminismo africano y, en especial, las estrategias de negociación de lo femenino en los momentos en que África estaba siendo víctima del secuestro de sus individuos y de la imposición de un férreo colonialismo, en este caso inglés. Sendos eventos, cercanos en el tiempo, han servido para impulsar la necesidad de articular y construir en Barcelona –aunque me atrevería a decir que en el territorio español– nuevas ingenierías sociales y alianzas que busquen formas alternativas que actúen frente y desde la migración, la marginalidad y el cambio económico en el que la sociedad nos coloca como sujetos subalternos. Las migraciones fueron tan forzadas entonces como lo son ahora y, como en su antaño colonial, Europa continúa construyendo las relaciones con la alteridad bajo las categorías sociales de raza y género.

¿Qué está pasando no solo en Barcelona, sino también en Europa, con lo que parece ser la génesis de una matriz interseccional (cuasi) orgánica entre el activismo, el feminismo, lo migrado, lo racializado y el ecofeminismo…?

Como bien apuntó la activista Angela Davis durante su última cita en Barcelona, en el CCCB, «España ya no es solo blanca». Así que, en la actualidad, personas racializadas, migrantes, los llamados «afroeuropeos» (Afropeans), otras personas de origen racializado nacidas en Europa, mujeres en su mayoría, pero también hombres y aliadxs, hemos coincidido –no sin interpelarnos sobre nuestras diferencias– en estas plataformas de matriz interseccional. Las agendas, pero también las agencias, de migrados/migrantes y de racializados nacidos en Europa se entrecruzan, se identifican y se reconocen unas a otras porque el racismo y la subalternidad, en tanto que agencias de lo occidental –o quizás de lo imperial europeo–, los/nos atraviesan transversalmente.

La revolución hoy | Angela Davis | CCCB
La revolución hoy | Angela Davis | CCCB

¿Pero qué nos separa? El viaje migratorio es el axioma de la diáspora, y es este proceso diaspórico el que, al revelarse, se vuelve rizomático. Por momentos, la comunidad racializada nacida en Europa se siente identificada como diáspora ideológica, sin desplazamiento físico de su tierra de origen. La controversia se revela cuando experimentan todas las consecuencias de la subalternidad: el nacer aquí y ser continuamente cuestionados/interrogados sobre el lugar de origen. Las preguntas y respuestas a los afroeuropeos se repiten sin que satisfagan a ninguno de sus interlocutores:

– ¿De dónde eres?
– ¡Yo nací aquí!
– Sí, pero, ¿de dónde eres de verdad? ¿De dónde dónde?

Sin embargo, hay que reconocer que frecuentemente este colectivo suele olvidarse de las experiencias del viaje, del exilio o de la migración como procesos fundacionales del sujeto diaspórico. Pero, si bien el viaje no forma parte de sus experiencias personales en primera persona, la experiencia no suele alejarse más allá de una o dos generaciones anteriores. Así que aún estamos a tiempo de recuperarla.

Lo que poco a poco se viene gestando en Barcelona es el encuentro en espacios comunes de afroeuropeos y migrantes racializados. Hay el reconocimiento de una subalternidad impuesta y de un viaje migratorio que, en el caso de los afroeuropeos y demás individuxs racializados nacidos en esta parte del mapa, empieza a ser fijado y analizado como parte de una experiencia ancestral, que si bien no ha sido experimentada directamente, sí lo ha sido en los cuerpos de sus familiares más cercanos.

Hacer las paces con lo ancestral no es fácil. Y los que hemos sido padres en la diáspora, en ocasiones creemos que alejando a nuestra progenie de lo ancestral, en tanto que social o religioso, les facilitamos su comunicación dialéctica con Europa. Si facilitar la vida significa olvidar de dónde venimos para simplificar nuestros tratos con el presente, dejemos de hacerlo, flaco favor nos estamos haciendo. Aprendamos a vivir en complejidad, porque luego se suelen pedir cuentas sobre los deberes no hechos. Aprendamos a vivir y jugar con todas nuestras identidades, con nuestras unimultiplicidades, y a conjugarlas, sin creer que traicionamos o hemos sido traicionados por el pasado –solo el olvido lo hace.

No se trata solo de las controversias entre Europa y las alteridades históricamente no reconocidas, sino de las diferencias entre estas mismas alteridades diversas entre sí en esta situación de diáspora, y que raras veces se permiten darse el tiempo para conocerse/teorizarse/compartirse y, en ese mismo devenir, discutir sobre sus diferencias. Estas experiencias de reconocer analogías y controversias entre colectivos y alteridades migrantes es algo reciente, y los colectivos de mujeres migradas son impulsores en gran parte de la base social y política de lo que está aconteciendo. Los últimos acontecimientos en relación con los CIE o las leyes de extranjería nos han politizado a todxs.

Así que, conscientes ya de esa unimultiplicidade a la que aludía la poeta-cantante brasilera Ana Carolina, acerquémonos a otras alteridades no solo desde la rabia y la deuda por la reclamación de nuestro espacio para ser. La invitación no es desde tu periferia, sino desde mi centro.

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La silicolonización del mundo

Desfile para conmemorar el 750º aniversario de Berlín. Berlín, 1987

Desfile para conmemorar el 750º aniversario de Berlín. Berlín, 1987 | Thomas Uhlemann, Bundesarchiv | CC BY-SA

Vivimos en un mundo hiperconectado que el filósofo Éric Sadin lleva tiempo analizando. En su libro La humanidad aumentada (Caja Negra Editora, 2017) Sadin postula la emergencia de una «humanidad paralela» capaz de procesar más eficazmente la gran cantidad de información que se genera, dando lugar a una gubernamentabilidad algorítmica. En su nuevo libro, Sadin analiza la cuna de las tecnologías digitales con sede en Silicon Valley y rastrea de qué forma estas buscan redefinir nuestras existencias por medio de los ecosistemas digitales. Por cortesía de Caja Negra Editora publicamos un avance del libro La silicolonización del mundo. La irresistible expansión del liberalismo digital, que verá la luz en junio de 2018.

Históricamente, la colonización suponía veleidades agresivas de dominación que apuntaban a apoderarse de los territorios por medio de la fuerza, y se topaba con resistencias feroces o bien lograba una colaboración interesada. Procedía de la imposición de un orden sobre otro orden existente, apuntando a la explotación de los recursos naturales y de las energías humanas en vistas a enriquecer a las fuerzas conquistadoras y sus países de pertenencia. No es este el caso; se trata de una voluntad endógena que estima que este esquema económico y cultural reviste, más allá de su foco de origen, un valor universal que se ha convertido en el patrón para la medida de la vitalidad económica de los países, y que, por la evidencia de su verdad, debe ser importado y activamente implementado.

Es un impulso «autocolonizador» movido por dos motores que actúan de modo conjunto. En primer lugar, a través del proselitismo de actores que, habiendo actualizado su «sistema de explotación conceptual» y tocados por la gracia, difunden por todas partes los preceptos de la «biblia siliconiana». Está en marcha un movimiento poderoso que se manifiesta en la expansión de una doxa difundida por los industriales, la mayoría de los economistas, las universidades y las grandes escuelas, las agencias de prospectiva, los think tanks y los órganos de presión de todos los órdenes, los teóricos del management o incluso las portadas de las revistas, que celebran a diestra y siniestra a los start-uppers que «rompen esquemas». Se pregona el dogma «franciscano» en las conferencias TED a golpe de eslóganes que pueden ser «compartidos» en ciento cuarenta caracteres, o en grandes misas profesionales bajo la forma de prédicas pronunciadas por «expertos sacerdotes» que confirman, con ayuda de diapositivas sintéticas y a través de «experiencias adquiridas», la verdad del evangelio siliconiano.

Pero el núcleo de ese seguidismo, además de esos «resortes naturales», es alentado por la clase política –y eso va más allá del enfrentamiento derecha/izquierda, está dentro de un consenso social-liberal mayoritariamente activo en las democracias–, convencida de que «de ahora en adelante hay que adaptarse a lo que haga Silicon Valley».[1] En la vanguardia de la silicolonización del mundo se sitúan, a igual título que los industriales, los representantes electos y los responsables de las administraciones del Estado. Sería falso decir de ellos que «estarían superados»,[2] porque en verdad proceden a la institucionalización del espíritu de Silicon Valley en el seno de entidades cada vez más numerosas y variadas del sector público.

What is La French Tech?
What is La French Tech?

En segundo lugar se produce la self-colonization de los territorios, puesto que después de mediados de la primera década del siglo XXI, la fascinación ya no quiere ser pasiva, sino que se manifiesta a través de acciones concretas, por la construcción de valleys en los cinco continentes, bajo la forma de parques industriales e «incubadoras», destinados a favorecer la creación de empresas start-up, a unir a los distintos actores y a subirse sin demora al tren de la economía de los datos. Son «valles del conocimiento» que en la mayor parte de los casos constituyen el objeto de «consorcios públicos/privados» según la nueva norma estatal-liberal de reordenación de los territorios. Estos «polos de competitividad» se benefician de subvenciones concedidas por los gobiernos o las colectividades territoriales y se encuentran a veces ornados con sellos de calidad otorgados por comités de expertos que dan testimonio de la importancia de estas nuevas causas nacionales. Es el caso de la marca La French Tech, que pretende rivalizar con la poderosa águila que es Silicon Valley, y que exhibe como logo un gallo bermellón generado aparentemente por un programa de imágenes sintéticas que dataría de los años noventa, con la mirada perdida y en una postura aceptablemente rígida y torpe. El ícono, de diseño pasado de moda y de modestia sorprendente, ¿expresa una confesión inconsciente en cuanto a la imposibilidad de rivalizar verdaderamente con el modelo original a pesar de las intenciones anunciadas? Porque el gallo nunca se va a transformar en águila y siempre va a ser esta última la que, al final de la historia, devore su carne y su alma. Es una suerte de lección parecida a una fábula de La Fontaine, pero actualizada y digna de consideración.

Francia, que en otros tiempos supo ser una de las grandes potencias coloniales y que difícilmente supo liberarse de ese pecado, se somete hoy con entusiasmo a un modelo que contribuye no solo a alterar su especificidad industrial histórica en favor del modelo siliconiano, sino incluso a desmantelar numerosos logros jurídico-políticos, entre los cuales algunos que fueron forjados por ella misma e inspiraron al mundo. Creemos en vano que cada país posee su propia identidad, que reconfigura las cosas a su modo, y probablemente esté inscrito en el proceso de colonización conceder una «tonalidad local» a la norma hegemónica. Más allá de los fenómenos de superficie, lo único que cuenta es la estructura principal, la que, en este caso, ignora las concepciones divergentes y potencialmente honestas para comprometerse con un esquema unilateral ultrajante que, con la única finalidad del beneficio, apunta a regular el curso de la vida mediante algoritmos.

Puesta de sol sobre Silicon Valley. California, 2016

Puesta de sol sobre Silicon Valley. California, 2016 | Anthonyavalos408, Wikimedia Commons | CC BY-SA

 

Conviene proceder a un análisis del «contagio de las ideas», o una «epidemiología de las representaciones», para retomar los términos de Dan Sperber.[3] Es decir, examinar ciertos micromecanismos psicológicos que, a fuerza de enredarse y mantenerse vigentes, engendran macrofenómenos sociales. Es preciso captar la parte de afecto que existe en aquello que deriva, en gran medida, de una creencia en una forma de salvación a partir de suposiciones vagas. Es la razón por la cual los gurúes de todo tipo encarnan a las nuevas stars de las conferencias profesionales, y son invitados a hacer valer sus conocimientos en el seno de un contexto singular que mezcla incertidumbre en cuanto a la viabilidad del modelo y un sentimiento de ineluctabilidad respecto de su realización futura. Ofrecen una garantía a la fe, justificando a través de la clarividencia de su «visión» la justeza de la convicción, porque lo que caracteriza la economía digital, desde el advenimiento de lo que se denominó net economy a mediados de los años noventa hasta hoy, es que nunca antes un movimiento industrial se había basado tanto en conjeturas y proyecciones azarosas, en vez de sobre realidades constatadas y resultados patentes. Son ejercicios de futurología euforizante que preceden a los hechos y que son necesarios para la legitimación de las iniciativas, contribuyendo especialmente a convertir en marginal cualquier contradiscurso escéptico.

Y en este sentido se ha cruzado también un umbral; asistimos a un alto nivel de entusiasmo emparentado con el misticismo deslumbrado de un Merlín encantador, ridículamente vestido con un traje de Superman, que nos libera de las angustias de la época. Habría que pasar, entonces, de una psicosociología[4] –como la pregonada por Gilbert Simondon, cuyo objetivo era definir los componentes psicológicos que influyen en las evoluciones técnicas más allá de su transcurso aparentemente «natural»– a una psicopatología, que es tanto el propio Silicon Valley como el «deseo de Silicon Valley». Ambos constituyen un nuevo síndrome que habría que colocar en la lista de las nuevas enfermedades mentales de nuestro tiempo: el psiliconismo. Sabemos hasta qué punto Frantz Fanon, un estudioso lúcido y metódico de la colonización y las luchas descolonizadoras, que también era psiquiatra de profesión, vinculó los fenómenos de colonización con las patologías psiquiátricas a través de las formas de desposeimiento a las que inducen. Y este análisis se hace eco de la doble forma que tiene el desposeimiento contemporáneo. Primero, el desposeimiento respecto de nuestro poder de deliberación colectiva relativa a un fenómeno que se pretende inevitable y que se impone bajo una precipitación irreflexiva y culpable. Y, en segundo lugar, el desposeimiento –más determinante todavía, aunque de otra manera– de la autonomía de nuestro juicio causada por el hecho de que el principal resorte de este modelo económico depende de la neutralización de la libre decisión y de la espontaneidad humanas.


[1] «Hay que adaptarse a lo que haga Silicon Valley», afirma Paul-François Fournier, del BPI, en Liza Kroh, «French Tech : label affaire», Libération, 5 de enero de 2016. El BPI (Banque Publique d’Investissement (‘Banco Público de Inversión’), también «Bpifrance») es un establecimiento público que destina fondos de apoyo a empresas start-up y de «La French Tech», en un presupuesto consagrado a ello que se elevaba, cuando se creó en 2012, a 600 millones de euros, y que fue incrementado en 1,4 millones de euros anuales hasta 2016.

[2] Véanse ciertos artículos u obras que afirman, de manera errada, que la clase política iría «a la zaga» del movimiento general de la «innovación» digital, o incluso que «no entendería gran cosa sobre las mutaciones tecnológicas contemporáneas». Este postulado equivocado supone, primero, que la verdad se ubica del lado de aquellos que sí habrían comprendido e integrado la naturaleza de dichas evoluciones, y oculta, luego, el vivo y reciente voluntarismo de los responsables políticos para sostener, por medio de fondos públicos, el desarrollo de la «economía del dato».

[3] Dan Sperber (1996). La Contagion des idées. Théorie naturaliste de la nature, París: Odile Jacob.

[4] Sobre la noción de «psicosociología», v. Gilbert Simondon (2017). Sobre la técnica, Buenos Aires: Cactus.

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Hacia un nuevo Atlas del diseño

Clase de construcción de aviones. Volusia County, 1942

Clase de construcción de aviones. Volusia County, 1942 | Howard R. Hollem. Library of Congress | Sin restricciones conocidas de derechos de autor

Comprender el diseño desde especialidades asentadas en el siglo XX, como el diseño gráfico, el diseño industrial o la arquitectura y sus ramificaciones, ya no es posible. La revolución digital, la reconfiguración del diseño industrial o la desaparición de la clase media han modificado y expandido lo que entendemos por diseño o lo que entendemos que está diseñado. También es necesario vincular esta relectura a los grandes debates posmodernos, como el feminismo, el postcolonialismo, el cambio climático, etc. En este nuevo escenario surge el proyecto «Atlas de diseño», un mapa de las distintas especialidades ligadas al diseño, con el propósito de incluir los cambios que no han sido reflejados por la academia o que se están dando en nuestro entorno cercano.

Hoy en día hablar de diseño es tan amplio como hablar de amor. ¿Qué es el amor?, ¿Podríamos clasificar los tipos de amor que existen? Definir esto supondría una labor ingente y poco precisa. Esta empresa requiere una revisión constante y una capacidad aditiva con mentalidad abierta. La tipología del amor se amplía cuando la sociedad experimenta un cambio de mentalidad que da pie a nuevas prácticas sociales. Al diseño le ha pasado lo mismo. El diseño como práctica social incorpora, cada vez más rápido, nuevas tipologías que nos hablan de un mundo en constante transformación. Lo que entendemos por diseño se hibrida con múltiples oficios y formas de pensamiento. Si se ha incorporado la etiqueta de «poliamor» en el imaginario colectivo, ¿podríamos hablar de «polidiseño»? Vamos a permitirnos un juego, tomemos el concepto «diseño» y apliquémoslo a la descripción de «poliamor»:

Polidiseño es un neologismo que significa tener más de una relación creativa, proyectiva, técnica y duradera de manera simultánea con varios tipos de diseño (gráfico, industrial, de moda, etc.), con el pleno consentimiento y conocimiento de todos los diseños involucrados. El diseñador que se considera a sí mismo emocionalmente capaz de tales relaciones se define como polidiseñador, a veces abreviado como «poli».

Es posible que de forma consciente o inconsciente la práctica profesional del diseño ya se parezca a esta descripción. No obstante, de forma oficial y desde un punto de vista académico y profesional, las parcelas del diseño aún están muy separadas.

Por otro lado, a finales de la segunda década del siglo XXI lo que se entiende por diseño se encuentra desbordado por sus usos y, ante todo, por sus prácticas. ¿Qué es el diseño para la gente? En el momento de responder puede abrirse un abanico infinito de posibilidades, que oscilan entre un producto gráfico, una silla, un edificio, y un postre o un programa político.

Este viejo debate cobra una nueva resonancia hoy en día, cuando lo estético y lo utilitario no sólo se combinan, sino que están subsumidos en lo comercial, y todo –no sólo los proyectos arquitectónicos y las exposiciones artísticas, sino todo, desde los jeans hasta los genes– parece considerarse diseño.[1]

En la mente de las personas el diseño navega entre algo sumamente exclusivo y algo altamente banal y cosmético.

Milton Glaser: Design and Art Are Like Sex and Love | Inc. Magazine
Milton Glaser: Design and Art Are Like Sex and Love | Inc. Magazine

De hecho, el emblemático diseñador neoyorquino Milton Glaser ha desarrollado varias definiciones para expresar lo que es el diseño; esto nos muestra la complejidad y a veces la ambigüedad del asunto:

El diseño es la intervención del flujo de los acontecimientos con el fin de provocar un efecto deseado; otra definición es la que identifica el diseño con la introducción de un componente intencional en los asuntos humanos. Una tercera definición, ciertamente elegante, es que el diseño es aquello que transforma las condiciones de existencia que las cosas tienen de partida y las convierte en otras diferentes más acordes con nuestras preferencias.[2]

Glaser cierra estas opciones subrayando que «el diseño no tiene por qué tener un componente visual y, en última instancia, cualquier acto intencional puede considerarse un acto de diseño».[3]

A partir de aquí podemos entender lo dúctil del concepto «diseño». Al mismo tiempo, la práctica profesional es capaz de generar nuevos fenómenos sin mucha reflexión humanística de fondo y exclusivamente con el fin de engordar el mercado de consumo: «A veces se tiene la impresión de que un diseñador que aspira a dos minutos de fama se siente obligado a inventar una nueva etiqueta que sirva como marca para diferenciarse del resto de las ofertas profesionales».[4] Toma forma así la hiperinflación de la práctica del diseño.

Este panorama nos genera una buena cantidad de problemas a la hora de explicar lo que es el diseño y sus tipologías en la sociedad en general y especialmente en los estudios universitarios. Los nombres de las asignaturas en los espacios docentes han sido desbordados y son insuficientes para la realidad actual. La expansión de lo que se entiende por diseño o lo que está diseñado (como si algo no lo estuviera) se nutre de vectores fundamentales ligados a los cambios sociales y productivos que se han venido dando en las últimas décadas. Necesitamos detenernos, replantear las tipologías del diseño y releerlas en la época actual. Posiblemente, de esta forma, seamos capaces de reflejar o explicar mejor la profesión del diseño en los tiempos que corren.

Algunos vectores que han transformado el diseño

Viejas y nuevas corporaciones

En la década de los noventa la llamada revolución digital, al cambiar los átomos por bits, amplió las posibilidades en el diseño de objetos materiales y los proyectó hacia nuevos escenarios de carácter virtual, e incluso algorítmicos. Dichos cambios han trastocado la idea que teníamos de diseño:

La segunda revolución industrial no se presenta como la primera, con imágenes aplastantes como laminadoras o coladas de acero, sino como los bits de un flujo de información que corre por circuitos en forma de impulsos electrónicos. Las máquinas de hierro siguen existiendo, pero obedecen a los bits sin peso.[5]

Vivimos en la era de la levedad del diseño. Como sabemos, este nuevo panorama lo ha cambiado todo y el diseño no es la excepción. Si gran parte de las matrices de publicación y divulgación del conocimiento se basan en estructuras controladas por un software, ¿deberán saber programar los diseñadores?

Estos cambios experimentados en las décadas pasadas arrojaron muchas pérdidas, descalabros y desapariciones en el corazón de las grandes industrias consolidadas ligadas a la imagen y el diseño. Pensemos por un momento en el sector de la fotografía y su salto de un sistema analógico a uno digital. Posiblemente el caso del imperio Kodak nos sirve para entender que muchas parcelas económicas se desdibujaron, dando pie a nuevas industrias. Kodak tiene hoy en día muy poca relación con la idea de hacerse un selfie, ejercicio que podemos entender como el modelo hegemónico de hacerse fotos instantáneas en la actualidad. Kodak y Polaroid configuraron este imaginario hace décadas y ahora ya no juegan en dicha liga. Naturalmente, un imperio se derrumba mientras otro nuevo, forjado entre Valles de Silicio, ve la luz y toma las riendas en el diseño de nuestra construcción social a partir de las imágenes masivas.

Es el momento de desplazarnos al norte de Europa. La corporación multinacional Ikea puede dar razón de una nueva forma de navegar por el capitalismo extremo; en este caso, se trata de una reconfiguración del diseño industrial.

Vinçon. Barcelona, 2012

Vinçon. Barcelona, 2012 | Tokyographer (Flickr) | CC BY

Esta empresa sueca ha contemplado otra forma de mostrar, vender, distribuir y diseñar muebles para el hogar. Para bien o para mal, ha trastocado el sistema de tiendas de muebles como lo teníamos entendido en las décadas pasadas. Ikea vende muebles, pero no solo eso: vende la idea de libertad de configuración del mueble, de otro tipo de distribución, e impone un nuevo modelo de tienda que ya no es un aparador que muestra miel y deseo en las mejores calles del centro de la ciudad.

Ikea es una gran bodega en las afueras de las ciudades que genera tal ilusión que el consumidor es capaz de ir cargando cajas con piezas de muebles en el metro o el bus.

Ikea reconfiguró los domingos. Montar muebles en familia es otro nuevo pasatiempo de la clase media europea. La pregunta es: ¿quién paga esas horas de montaje/mano de obra? En la ciudad de Barcelona, el otro lado de la moneda la podemos ver en el caso de Vinçon, que tras setenta y cuatro años de actividad cerró su local en el Paseo de Gracia. La emblemática tienda de diseño catalana no pudo resistir la crisis económica y el cambio de paradigma en la forma de consumir diseño para el hogar. Aquí podríamos encontrar un signo de nuestros tiempos: la desaparición de esa clase social media europea, proveniente del llamado «estado del bienestar», que consumía en este tipo de tiendas como un mecanismo aspirador y que hoy en día debe preocuparse por necesidades básicas en peligro, como la vivienda, la educación y la sanidad. ¿Qué tipo de diseñador requiere este nuevo escenario?

Nuevos vínculos sociales del diseño

Lo que pasa en la calle y su reflejo en el diseño

En otra parte del espectro, y como vector de cambio contemporáneo, tenemos un reclamo cristalino de grupos sociales alejados de la academia, como los movimientos cooperativistas y las comunidades de práctica, que entienden el diseño como un espacio compartido, de responsabilidad distribuida, y que lo consideran un escenario más para ejercer la democracia. Es ahí donde se sitúa el debate del rol político del diseño. En estos territorios se subraya la responsabilidad social del diseño en unos tiempos en los que el capitalismo extremo nos muestra su cara más oscura. ¿El diseño solo debe responder a intereses privados? ¿Podría ser el diseño un articulador social? Históricamente los diseñadores han repetido que el diseño ha mejorado el mundo en que vivimos: ¿A qué parte del mundo nos referimos? Al parecer la práctica del diseño ha estado ausente de los grandes debates postmodernos como el del feminismo, el postcolonialismo, el cambio climático, etc. Hoy en día las cosas se mueven lentamente y se comienzan a naturalizar dichos debates en los círculos menos oficiales del diseño, y gradualmente en los oficiales. No obstante, una cosa está clara: todo este debate se encuentra muy alejado de los círculos comerciales y en sus formas de producción.

Ligadas a los cambios de la práctica profesional, nos encontramos nuevas preguntas en la sociedad global. Dichos cuestionamientos son oportunidades para generar nuevas líneas de trabajo e investigación en diseño.

Entre ellos, es fundamental poner sobre la mesa el tema de la ecología y la sostenibilidad ambiental. En relación a esto, en la actualidad, al diseño se le está exigiendo una revisión en su función de agente social y en su responsabilidad ecológica. Solo basta con mirar a la industria automotriz, la reina fordista, a la que hoy en día se mira con lupa por sus efectos directos en el cambio climático. En la actualidad, el diseño de la movilidad urbana abre nuevas posibilidades a todos los niveles para proyectar mejoras en la forma en que nos movemos sin depender exclusivamente del monstruo insaciable de los hidrocarburos.

Por otro lado, la configuración política de las ciudades genera nuevos experimentos que vinculan práctica militante con comunicación gráfica. En este escenario tenemos proyectos como el MLGB (Movimiento de Liberación Gráfica de Barcelona), conectado directamente con la llamada «nueva política municipalista» en Barcelona, Madrid y otras ciudades. El MLGB es un colectivo de praxis que claramente se alinea con el proceso político llamado 15M . A su forma de trabajar la denominaron «desborde municipalista», y operaba al margen de las campañas de comunicación oficiales de los nuevos partidos políticos. «El desborde debe buscar la replicabilidad, la copia, la apropiación»,[6] un imaginario que podemos identificar desde hace décadas con la comunicación de guerrilla, la militancia de software libre y el arte de vanguardia. ¿Podríamos hablar de un diseño desbordado? ¿Existe el diseño militante comunitario? Estamos hablando de grafistas y creativos cuyo objetivo es dibujar un cambio social en las calles: «Diseñar significa, al fin y al cabo, la predisposición para cambiar la realidad sin distanciarse de ella».[7] Es posible que dichos grafistas trabajen en estudios de diseño comerciales o agencias de publicidad, pero el vínculo con las nuevas ideas políticas los lleva de igual forma a desbordar su profesión y politizarla. A fin de cuentas, con el mismo lápiz se puede dibujar el logo de Estrella Damm y un cartel anticapitalista.

Las formas y formatos con relación a la manera de divulgar y debatir el diseño también han cambiado; un buen ejemplo es la plataforma de podcast 99% Invisible, nacida en el seno del American Institute of Architects de San Francisco.

En el episodio número 264 de Mexico 68 se habla del diseño de la marca olímpica para los juegos de dicho año. Según el podcast, el trabajo fue realizado por Lance Wyman. El programa no se queda en el típico análisis de un trabajo de comunicación gráfica, sino que profundiza en la matanza de estudiantes por parte del gobierno mexicano en esas mismas fechas. La investigación nos habla de igual forma de la contragráfica del movimiento estudiantil mexicano. Con plataformas como 99% Invisible podemos ilusionarnos con un relato y una crítica del diseño que no disocia lo político, la responsabilidad social del diseño, del rol de los diseñadores en un mundo cada vez más complejo. Podemos hablar de tipografía, color, forma, función, etc., al mismo tiempo que extendemos nuestra práctica a otros ámbitos de debate sociopolítico.

Hacia tipologías del diseño cambiantes

Ante el panorama expuesto anteriormente, la institución académica rediseña con ansiedad los nombres de sus programas de grado y asignaturas, intentando tomar el pulso a dichos cambios sociales. Todo esto ocurre siempre a una velocidad inferior comparado con lo que sucede en laboratorios de experimentación ciudadana, cada vez más presentes en nuestra ecosistema creativo (hackerspaces, grupos de codiseño, fab labs, etc.). Son espacios más flexibles, experimentales y lúdicos. Pero principalmente mezclan todo tipo de personas y especialidades, no tienen los prejuicios que arrastra la academia y se actualizan constantemente.

La idea hegemónica de entender el diseño desde las especialidades asentadas en el siglo XX, como son el diseño gráfico, el diseño industrial, la arquitectura y sus ramificaciones, ha sido desbordada. «No se puede continuar restringiendo por más tiempo el concepto de diseño a las disciplinas proyectuales tales como la arquitectura, el diseño industrial y el diseño de la comunicación visual, pues en las disciplinas científicas también se diseña.»[8]  Dichas parcelas fueron asentadas por la academia y por la industria del consumo, que hoy en día ha mutado. La academia hace lo que puede y muchas veces puede hacer poco. Consideramos firmemente que en 2018 podemos hablar de que el universo del diseño se ha ampliado, a tal grado que desde hace algunos años se necesita una revisión constante de los nuevos fenómenos nacidos a raíz de dicha práctica profesional, intelectual, económica y académica.

Taller de soldadura en FIXME Hackerspace. Lausana, 2015

Taller de soldadura en FIXME Hackerspace. Lausana, 2015 | Mitch Altman | CC BY-SA

Tenemos, por otro lado, diversas tendencias que nos hablan del diseño como un grupo de sistemas o metodologías para ser integradas en campos económicos diversos, como el Design Thinking. Lo que estamos presenciando es el interés creciente de diversas áreas económicas que llevan tiempo mirando hacia las prácticas y conceptos del diseño. Se dice que este sistema está centrado en el usuario. Esto nos lleva a preguntarnos: antes del Design Thinking, ¿en qué estaba centrado el diseño?, ¿en los aguacates?

Lo que es una realidad de mercado es que la educación del diseño ya no es una labor exclusiva de las facultades de arte, diseño y similares. Hoy en día podemos mezclar la palabra diseño con cualquier cosa y seguramente encontraremos un curso dentro y fuera de la academia que cubra dicha temática: diseño de interiores, diseño crítico, eco design, diseño ciudadano, food design, etc. Posiblemente pronto encontraremos un curso que ofrezca el diseño de algoritmos de la felicidad, nunca se sabe.

Diseñemos una herramienta pedagógica

Partiendo de este escenario, el presente texto es el primer paso del proyecto «Atlas del diseño», el cual pretende crear un mapa de las diversas especialidades ligadas al diseño, con el propósito de incluir los cambios que no han sido reflejados en la academia o que se están dando en nuestro entorno cercano.

Estamos pensando en un recurso pedagógico para usar en clase, para explicar las nuevas tipologías sin olvidar las antiguas. La idea es elaborar una lista con los diferentes tipos de diseño que conviven en la actualidad y describir en qué consisten. Queremos bajar a un nivel básico de explicación que incluya unas tipologías inteligibles, con ejemplos claros. Creemos que para entender qué es el diseño podemos comenzar aclarando lo que hace y la forma en que se nombra cada especialidad. Planteamos un ejercicio muy básico que consiste en definir los nuevos roles del diseño, y abrir así un espacio de debate en las distintas esferas que participan en esta actividad.

Se pretende que la herramienta se construya con base en Internet, que sea ampliable, colaborativa y modificable, tanto como se pueda. Tomaremos los principios de la Wikipedia, una base de conocimiento colaborativo. El objetivo final es tener un recurso pedagógico que podamos usar en el aula y que facilite abordar el diseño contemporáneo a aquellos que nos dedicamos a la docencia. Nuestro interés es invitar a voces jóvenes, expertas y variadas, para poder desarrollar dicha tipología. Se trata de sumar opiniones. Desde un punto de vista político nos interesa integrar como eje el relato de personas de orígenes más allá de los países anglosajones, y más allá de las voces masculinas autorizadas. Nos interesa incluir en la lista las prácticas ligadas al diseño que asumen una responsabilidad social y no solo constituyen un modelo de prestación de servicios. Debemos incluir prácticas que vinculen el diseño con lo político.

Existen ejemplos que nos parecen una referencia relevante en este tipo de clasificaciones, como el libro Depoyable Structures (2015), de Esther Rivas Adrover, el cual presenta una tipología detallada y muy ilustrativa de las variables en el diseño de estructuras desplegables mediante el análisis exhaustivo de las diferencias materiales y conceptuales de cada una. En esta misma línea de trabajo tenemos el libro Merz to Emigre and Beyond, del director de arte, crítico y editor Steven Heller. En esta obra se hace una revisión del diseño, el arte y los movimientos políticos a través de las publicaciones del siglo XX. Asimismo, y de creación reciente, tenemos el proyecto «Gràfica obrera i anarquista», que es una iniciativa de investigación que profundiza en la riqueza visual e iconográfica del anarquismo.

A fin de cuentas, los fenómenos culturales más complejos y extendidos necesitan un ejercicio de síntesis para favorecer su divulgación. El «Atlas del diseño» es un proyecto que nace como una tarea de actualización de lo que las personas vinculadas de alguna u otra forma al diseño estamos viviendo. Pasamos por momentos de confusión, de emergencias globales y de regreso a la pregunta básica que nos ha traído a trabajar en este ámbito: ¿para qué sirve el diseño? Para abordar esta pregunta podemos comenzar enumerando lo que hace el diseño.


[1] H. Foster (2002). Diseño y Delito. Barcelona: Akal, p. 17.

[2] M. Glaser (2016). Conversaciones con Peter Mayer. Barcelona: Gustavo Gili, p. 29.

[3] M. Glaser (2016). Conversaciones con Peter Mayer. Barcelona: Gustavo Gili, p. 29.

[4] G. Bonsiepe (2012). Diseño y Crisis. Valencia: Campgràfic, p. 3.

[5] I. Calvino (2007). Seis propuestas para el próximo milenio. Madrid: Siruela, p. 24.

[6] MLGB, El libraco. Y al final ganamos las elecciones, autoeditado.

[7] G. Bonsiepe (2012). Diseño y Crisis. Valencia: Campgràfic, p. 27.

[8] G. Bonsiepe (2012). Diseño y Crisis. Valencia: Campgràfic, p. 6)

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TejeRedes por #Colombia: talleres a tablero vuelto en Nariño y un CIRCO con los amigos de Travolution (turismo comunitario)

A finales de abril viajamos hasta Colombia para participar de dos grandes actividades: fuimos a Nariño para desarrollar una serie de talleres y posteriormente a Bogotá para poner en marcha el CIRCO junto a la comunidad de Travolution ¡Te lo contamos! Talleres en Nariño Bajo el contexto de la inauguración de ColaborarIS, organización que depende directamente del Centro de Innovación Social

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Poética del lápiz, del papel y de las contradicciones

Niños dibujando en una clase de arte

Niños dibujando en una clase de arte. Canadá, 1939-1951 | Ronny Jaques, Library and Archives Canada | Dominio público

Aprendimos a leer en libros de papel y nuestros recuerdos yacen en fotos ampliadas a partir de un negativo. Actualmente vivimos en un entorno digital repleto de promesas y ventajas, y aun así parece que nuestro cerebro reclama dosis periódicas de tacto, artesanía y materia. El escritor Jorge Carrión reflexiona sobre este tránsito contradictorio entre un medio y otro: desde la firma de un libro garabateado o las lecturas repletas de anotaciones, hasta la necesidad de esbozar ideas con un bolígrafo o dibujar para observar y comprender, pasando por el móvil usado para tomar notas o fotografiar citas.

Hoy, en un avión que, a pesar de ser low cost, atraviesa el océano, leo estos versos en un librito extraordinario: «Escribo a mano con un lápiz Mongol Nº 2 mal afilado, / apoyando hojas de papel sobre mis rodillas. / Ésa es mi poética: escribir con lápiz es mi poética. / […] Lo del lápiz mal afilado es indispensable para mi poética. / Sólo así quedan marcas en las hojas de papel / una vez que las letras se borran y las palabras ya no / se entienden o han pasado de moda o cualquier otra cosa.»

Ayer, minutos antes de que empezara la conferencia que tenía que dar en Buenos Aires, una anciana se me acercó para que le dedicara su ejemplar de Librerías. Lo tenía lleno de párrafos subrayados y de esquinas de página dobladas («cada librería condensa el mundo», yo siempre pensé lo mismo, sí, señor), de tarjetas de visita y de fotografías de librerías («este folleto de Acqua Alta es de cuando estuve en Venecia, un viaje muy lindo»), de recortes de diario («mire, la nota de Clarín que habla del fallecimiento de Natu Poblet, qué tristeza») y hasta de cartas («ésta se la escribí a usted cuando terminé su libro y de pronto me quedé otra vez sola»). No es mi libro, le respondí, usted se lo ha apropiado: es totalmente suyo, le pertenece. De perfil el volumen parecía la maleta de cartón de un emigrante o los estratos geológicos de un acantilado. O un mapa impreso en 3D del rostro de la anciana.

La semana pasada, en mi casa, leí este pasaje luminoso de Una historia de las imágenes, un librazo extraordinario de David Hockney y Martin Gayford publicado por Siruela:

En una fotografía el tiempo es el mismo en cada porción de su superficie. No así en la pintura: ni siquiera es así en una pintura hecha a partir de una foto. Es una diferencia considerable. Por eso no podemos mirar una foto mucho tiempo. Al final no es más que una fracción de segundo, no vemos al sujeto en capas. El retrato que me hizo Lucian Freud requirió ciento veinte horas de posado, y todo ese tiempo lo veo en capas en el cuadro. Por eso tiene un interés infinitamente superior al de una foto.

Niños dibujando en una clase de arte. Canadá, 1939-1951

Niños dibujando en una clase de arte. Canadá, 1939-1951 | Ronny Jaques, Library and Archives Canada | Dominio público

Hace unos meses, en el AVE que une Barcelona con Madrid, leí un artículo sobre una tendencia incipiente: ya son varios los museos del mundo que prohíben hacer fotografías durante la visita; a cambio te regalan un lápiz y papel, para que dibujes las obras que más te interesen, para que en el proceso de la observación y de la reproducción, necesariamente lento, mires y pienses y digieras tanto con los ojos como con las manos.

Vivimos en entornos absolutamente digitales. Producimos, escribimos, creamos en teclados y pantallas. Pero al principio y al final del proceso creativo casi siempre hay un esquema, unas notas, un dibujo: un lápiz o un bolígrafo o un rotulador que se desliza sobre pósits o sobre hojas de papel. Como si en un extremo y en otro de lo digital siempre hubiera una fase predigital. Y como si nuestro cerebro, en un nuevo mundo que –como explica afiladamente Éric Sadin en La humanidad aumentada– ya se ha duplicado algorítmicamente, nos reclamara dosis periódicas de tacto y artesanía y materia (infusiones de coca para combatir el mal de altura).

Hace dos años y medio, tras mi última mudanza, pasé un rato hojeando el álbum de fotos de mi infancia. Aquellas imágenes envejecidas y palpables no sólo documentan mi vida o la moda o las costumbres de los años setenta y ochenta en España, también hablan de la evolución de la fotografía doméstica y de los procesos de revelado. Tal vez cada foto sea solamente un instante (un instante sin una segunda oportunidad, sin edición, sin filtros, sin anestesia), pero las páginas de cartulina, las anotaciones manuscritas en rotulador negro o en boli Bic azul, los cambios de cámara o las impresiones en brillo o en mate crean un conjunto (un libro) en el que la dimensión material del tiempo se puede reconstruir y tocar, elocuente o balbuciente, nítida o desdibujada, como en un yacimiento arqueológico. O como en un mapa impreso en 3D de mi futuro envejecimiento.

Hoy, ahora, acabo de leer este librito extraordinario, el poemario Apolo Cupisnique, de Mario Montalbetti, que han coeditado en Argentina Añosluz y Paracaídas. Y lo cierro, con versos subrayados, páginas con la esquina doblada, la entrada de un par de museos porteños y un lápiz de Ikea que probablemente también se quede ahí, para siempre secuestrado. Y en el avión low cost empiezo a escribir este texto gracias a mi teléfono móvil, porque no soy (no somos) más que un sinfín de contradicciones. La cita de Montalbetti la copio directamente del libro, pero para la de Hockney tengo que recurrir a la foto que hice de esa doble página la semana pasada. A la izquierda el texto, a la derecha el retrato que le hizo Freud. La foto del retrato. Se pueden ver, en efecto, las capas dinámicas que dejaron en la pintura las ciento veinte horas inmóviles. Con el dedo índice y el pulgar amplío sus ojos y durante un rato –en la noche que se disuelve en jet lag– nuestras miradas se encuentran en la pantalla sin estratos.

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¿Qué pasa cuando 400 personas quieren escribir un libro sobre Jóvenes, Internet e Inclusión en América Latina?

Recientemente publicamos el Libro colectivo “Jóvenes, transformación digital y formas de inclusión en América Latina” de la mano de Fundación Ceibal, Digitally Connected, el Instituto de la Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile, la Facultad de Comunicación e Información de la Universidad de la República y el GECTI de la Facultad de Derecho de la Universidad de los Andes (Colombia).

 

¿Las tecnologías digitales son plataformas de integración o exclusión en América Latina? ¿Cómo los niños y jóvenes de la región se desenvuelven en Internet? ¿Qué experiencias relevantes de integración social en espacios digitales existen en América Latina? El uso y adopción de nuevas tecnologías por niños, adolescentes y jóvenes abre oportunidades de participación e inclusión pero también ofrece nuevos retos y formas de exclusión.

 

Una región con muchas voces. La convocatoria permaneció abierta durante el 2017 y contó con la participación de casi 400 postulaciones desde 28 países. El Libro cuenta con contribuciones que van desde ensayos y reflexiones, pasando por experiencias de trabajo, hasta investigaciones y artículos académicos. Los autores cuentan con perfiles diversos: hacedores de políticas públicas, docentes, representantes de organizaciones de la sociedad civil, académicos y profesionales. Se estructura en seis temáticas e incluye 34 artículos de autores de distintas nacionalidades y perfiles (académicos, docentes, profesionales, estudiantes).  El libro, busca contribuir a la reflexión acerca de las prácticas de las nuevas geenraciones en línea. Constituye un instrumento de apoyo útil para el trabajo en el aula, de investigación y para la lectura de padres interesados en el tema.

El libro fue publicado por la editorial Penguin Random House, bajo Creative Commons Attribution 4.0.

La presentación fue el día 25 de Abril en el Centro Cultural España, y contó con la participación de los siguientes comentaristas:

La presentación del libro está disponible aquí:

Descárgalo en pdf o epub.

Fuentes: blogs.harvard.edu y fundacionceibal.edu.uy

¿Qué pasa cuando 400 personas quieren escribir un libro sobre Jóvenes, Internet e Inclusión en América Latina?

Recientemente publicamos el Libro colectivo “Jóvenes, transformación digital y formas de inclusión en América Latina” de la mano de Fundación Ceibal, Digitally Connected, el Instituto de la Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile, la Facultad de Comunicación e Información de la Universidad de la República y el GECTI de la Facultad de Derecho de la Universidad de los Andes (Colombia).

 

¿Las tecnologías digitales son plataformas de integración o exclusión en América Latina? ¿Cómo los niños y jóvenes de la región se desenvuelven en Internet? ¿Qué experiencias relevantes de integración social en espacios digitales existen en América Latina? El uso y adopción de nuevas tecnologías por niños, adolescentes y jóvenes abre oportunidades de participación e inclusión pero también ofrece nuevos retos y formas de exclusión.

 

Una región con muchas voces. La convocatoria permaneció abierta durante el 2017 y contó con la participación de casi 400 postulaciones desde 28 países. El Libro cuenta con contribuciones que van desde ensayos y reflexiones, pasando por experiencias de trabajo, hasta investigaciones y artículos académicos. Los autores cuentan con perfiles diversos: hacedores de políticas públicas, docentes, representantes de organizaciones de la sociedad civil, académicos y profesionales. Se estructura en seis temáticas e incluye 34 artículos de autores de distintas nacionalidades y perfiles (académicos, docentes, profesionales, estudiantes).  El libro, busca contribuir a la reflexión acerca de las prácticas de las nuevas geenraciones en línea. Constituye un instrumento de apoyo útil para el trabajo en el aula, de investigación y para la lectura de padres interesados en el tema.

El libro fue publicado por la editorial Penguin Random House, bajo Creative Commons Attribution 4.0.

La presentación fue el día 25 de Abril en el Centro Cultural España, y contó con la participación de los siguientes comentaristas:

La presentación del libro está disponible aquí:

Descárgalo en pdf o epub.

Fuentes: blogs.harvard.edu y fundacionceibal.edu.uy

Sesgo en bucle: alimentando la injusticia algorítmica

Loop the Loop, Coney Island, N.Y.

Loop the Loop, Coney Island, N.Y. Autor desconocido, 1905 | Library of Congress | Dominio público

El problema de usar algoritmos basados en el aprendizaje es que si estos sistemas automatizados son alimentados con ejemplos de justicia sesgada, acabaran perpetuando estos sesgos. Para los defensores acérrimos de la tecnología, esto se podría resolver con más algoritmos que detecten y eliminen los sesgos de forma automática. Pero es necesario, de un lado, tener en cuenta que la tecnología no es neutral, sino que es una herramienta en manos de los humanos, y, del otro, que el uso de un sistema sesgado para hacer un cálculo de probabilidades generará siempre un resultado también sesgado, que se aplicará al mundo y creará más desigualdades, dando lugar a un bucle bastante problemático. Es necesario, pues, que el debate sobre las decisiones que pueden sacarse de los datos considere los derechos y las libertades de los humanos.

El solucionismo tecnológico sostiene que la inmensa mayoría de los problemas sociales y políticos actuales son resultado de la ineficacia humana. Solo una buena inyección de tecnologías digitales puede resolverlos. ¿Hay altos niveles de pobreza en tal barriada de Mumbai? Démosles móviles, conexión a Internet y un protocolo de cadenas de bloques y, mágicamente, empezarán a salir emprendedores de debajo las piedras y la prosperidad volverá a la ciudad ¿La ciudadanía confía cada vez menos en la justicia porque ve diariamente cómo jueces toman decisiones sesgadas, ya sea por presiones políticas o por su condicionamiento ideológico? Hagamos jueces basados en algoritmos de aprendizaje automático y la injusticia desaparecerá de la Tierra.

Injusticia algorítmica

En un post anterior hablé ya de los problemas que puede acarrear utilizar algoritmos basados en aprendizaje automático. En síntesis, el problema es que esos sistemas automatizados, si son alimentados por ejemplos de justicia sesgada, acabarán reproduciendo y potenciando esos sesgos. Si en un país como Estados Unidos las personas de ascendencia africana tienen muchas más probabilidades de acabar en la prisión sin fianza, y entrenamos a una red neuronal con esos datos, el algoritmo acabará replicando ese tipo de sesgos.

Los defensores del solucionismo tecnológico refutan tales argumentos de la siguiente manera: los sesgos que resultan en injusticias, como que se discrimine a ciertas razas en un tribunal, no los ha hecho ninguna máquina; son resultado de la acción humana. Los algoritmos son como los cuchillos: no son ni buenos ni malos, justos o injustos. Justa o injusta es la persona que los aplica. En la peor de las situaciones, los algoritmos se limitarán a mantener la injusticia ya existente, resultado exclusivamente de acciones humanas. La solución a posibles algoritmos injustos son más algoritmos que detecten y eliminen desigualdades y sesgos de forma automática.

Casi unánimemente, los defensores del solucionismo tecnológico acaban sus declaraciones con la petición de que los dejen trabajar en paz: el público general no entiende cómo funciona la inteligencia artificial; la gente se deja llevar por la prensa sensacionalista. Solo los expertos deberían decidir cuándo aplicar tal algoritmo y cuando no.

No entraré en las implicaciones de suponer que cuestiones como la justicia queden en manos exclusivamente de ingenieros emprendedores. Aquí me gustaría mostrar que la respuesta de los solucionistas tecnológicos está básicamente equivocada.

The Era of Blind Faith in Big Data Must End - Cathy O’Neil | TED Talk
The Era of Blind Faith in Big Data Must End - Cathy O’Neil | TED Talk

La supuesta neutralidad tecnológica

Observemos primero que la supuesta neutralidad de las tecnologías es una simplificación. Cualquier tecnología está diseñada, es decir, se ha llevado a cabo con un fin. Y aunque algunos fines puedan ser neutros, la mayoría tienen una dimensión ética. Los cuchillos en abstracto no existen. Hay muchos tipos de cuchillos, y cada tipo se diseña con un fin concreto en mente. Un bisturí está diseñado para usarse en un quirófano. Evidentemente alguien puede utilizar ese bisturí para matar a otra persona, pero no se diseñó para eso. La guillotina de la Revolución Francesa fue diseñada con una misión muy específica: cortar cabezas humanas. Es posible imaginarse un uso «positivo» de la guillotina, quizás para cortar sandías por la mitad, pero claramente sería un ejercicio retórico para mostrar la supuesta neutralidad de algo que es cualquier cosa menos neutro.

Igualmente, las personas que programaron el software de Volkswagen para que pareciera que ciertos modelos de automóviles diesel contaminaban menos de lo que realmente hacían, estaban diseñando un algoritmo con el fin muy claro de engañar y estafar a la sociedad civil. La neutralidad brilla por su ausencia.

Algoritmos en un contexto sesgado

Pero la parte más problemática del argumento es suponer que introducir algoritmos de aprendizaje automático en un contexto sesgado es una acción sin consecuencias. Ese tipo de algoritmos no tienen ninguna comprensión o modelización conceptual del problema que analizan: se limitan a asignar probabilidades a un resultado a partir de un análisis estadístico de la situación actual. Una jueza o un juez pueden ser todo lo sesgados que quieran, pero están obligados a explicar las razones de su decisión. Otros juristas –y sí, también la ciudadanía– tienen derecho a analizar esas decisiones e indicar si les parecen correctas o no. El sistema legal de cualquier país democrático ofrece vías para apelar decisiones judiciales si se considera que se han aplicado leyes de forma sesgada o impropia.

How I'm fighting bias in algorithms - Joy Buolamwini | TED Talk
How I'm fighting bias in algorithms - Joy Buolamwini | TED Talk

Por el contrario, cuando un algoritmo nos indica qué nueva serie de televisión nos resultará más interesante, o informa a una entidad bancaria sobre si es una buena idea conceder un crédito a tal persona, o indica si tal otra persona fácilmente cometerá más crímenes y es mejor encarcelarla preventivamente hasta la hora del juicio, no indica las razones por las que propone ese resultado. Simplemente se basa en regularidades anteriores: a un tanto por ciento elevado de personas que vieron muchas de las series que he visto yo les ha encantado esa nueva serie, así que probablemente a mí también me gustará; más del 70% de las personas de una edad, estado civil, sueldo medio y barrio similares a los de quien está pidiendo el crédito acabaron no devolviéndolo, así que seguramente es mejor no dárselo, etc.

Este giro de procedimiento crea una nueva variable: si utilizamos un sistema sesgado para hacer un cálculo de probabilidades, la decisión final que se tome estará también sesgada. Esa decisión sesgada se aplicará al mundo real y creará nuevas desigualdades; las regularidades estadísticas de ese mundo un poco más desigual las utilizará el algoritmo como input para tomar nuevas decisiones, decisiones que se aplicarán en el mundo real, que será un poco más desigual que antes. Crearemos así un problemático bucle de retroalimentación en el que el sistema poco a poco se irá haciendo cada vez más injusto, como esa guitarra eléctrica que dejamos al lado del amplificador y va generando cada vez más ruido hasta que acaba reventándonos los tímpanos.

Debate sobre la automatización

Afortunadamente existen soluciones. Necesitamos abrir un debate público para decidir qué procesos son automatizables y cuáles no. En ese debate sin duda han de estar presentes expertos en inteligencia artificial, pero necesitamos incluir también las humanidades, los diferentes agentes sociales y el público general. Y el criterio para determinar si una decisión concreta es automatizable o no en realidad es sencillo. Solo nos tenemos que preguntar: ¿es una decisión que puede extraerse directamente de datos? Como por ejemplo, cuál es el peso máximo que puede soportar un puente. En ese caso, podemos dejar el tema en manos de ingenieras e ingenieros experimentados, que sabrán como optimizar algoritmos.

Por el contrario, si se trata de una cuestión en la que se van a apelar a razones como por ejemplo decidir si una red social está diseñada de forma que garantice el respeto a la diversidad o no, al final de la cadena de decisiones ha de haber un equipo de personas que, a pesar de sus posibles fallos, emociones y sesgos ideológicos, entiendan que muchas decisiones de la esfera ética, política y social solo pueden tomarse desde una comprensión holística de qué significa ser humano y de cuáles son los derechos y libertades básicas de la humanidad. Algo que no puede surgir simplemente de regularidades estadísticas.

Referencias

Mathbabe, el blog de Cathy O’Neil, autora de Weapons of Math destruction.

Automating Inequality, de Virginia Eubanks.

«Algorithms and Human Rights», estudio del Consejo de Europa.

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