Estuvimos en el Diplomado "Innovation Manager" en la Cámara Chileno-Alemana

Hace algunos días fuimos hasta la Cámara Chileno-Alemana de Comercio e Industria (CAMCHAL) para ser parte (a través de un par de cursos) en el Diplomado en Innovación Estratégica. Gran experiencia que compartimos con ustedes.   En el marco del exitoso Diplomado Innovation Manager 2017, organizado por la Cámara Chileno-Alemana de Comercio e Industria, fuimos invitados para desarrollar dos

Estuvimos en el Diplomado "Innovation Manager" en la Cámara Chileno-Alemana

Hace algunos días fuimos hasta la Cámara Chileno-Alemana de Comercio e Industria (CAMCHAL) para ser parte (a través de un par de cursos) en el Diplomado en Innovación Estratégica. Gran experiencia que compartimos con ustedes.   En el marco del exitoso Diplomado Innovation Manager 2017, organizado por la Cámara Chileno-Alemana de Comercio e Industria, fuimos invitados para desarrollar dos

Ciencia, emoción, ¡comunicación!

Col·loqui del professor Richard Feynman al CERN. Ginebra, 1965 | © 2014-2016 CERN

Col·loqui del professor Richard Feynman al CERN. Ginebra, 1965 | © 2014-2016 CERN

La comunicación científica, en muchos casos, se limita a la mera presentación de datos y evidencias para concienciar sobre temas como las vacunas, el cambio climático o las pseudoterapias. Sin embargo, la neurociencia y los expertos en comunicación nos recuerdan algo que figuras como Carl Sagan y Richard Feynman ya intuían: la ciencia no debe renunciar a las emociones, ni a las historias, para conectar con la sociedad y comunicar de forma más efectiva.

Según la revista TIME, la persona más influyente del siglo XX fue Albert Einstein. ¿Creen ustedes que lo consiguió solamente gracias a la física?

Para intentar hallar una respuesta, hagan ustedes el experimento: pregunten a un niño qué superhéroe le gustaría ser. Es posible que este responda: ¡ese que tiene todos los superpoderes! Una respuesta inteligente a una pregunta mal planteada, puesto que, en general, ¿por qué vemos incompatibilidades donde podrían esconderse oportunidades? Y en particular, ¿por qué no pueden ciencia y emociones ser compatibles?

Según Ignacio Morgado Bernal, director del Instituto de Neurociencias de la Universidad Autónoma de Barcelona, razón y emoción no solamente no son incompatibles, sino que van de la mano, se necesitan la una a la otra. Para Morgado, la racionalidad necesita ejecutores potentes para ser efectiva y alcanzar sus logros. Todavía más, como describe Ana Rosa Pérez Ransanz, los sentimientos de asombro, duda, curiosidad o pasión operan como poderosos motores, también en ciencia. En otras palabras, la ciencia, como actividad humana que es, necesita la emoción como combustible. Pero, y no menos importante, la ciencia necesita también de las emociones como altavoz, para hacer llegar su mensaje.

Tal vez por eso mismo, Einstein intentaba humanizar la figura del científico, montando en bicicleta, sacando la lengua, posando con aire divertido. Porque Einstein, al igual que muchos niños, no renunciaba a ningún superpoder.

Recordar esto último podría resultar de vital importancia, dado que la comunicación de la ciencia en todas sus vertientes (divulgación, comunicación institucional, periodismo científico) y a través de todos sus actores (investigadores, periodistas y comunicadores en general), probablemente resulte tan importante como la ciencia misma. Un ejemplo: ¿de qué nos serviría entender el origen de una enfermedad, y desarrollar posteriormente vacunas eficaces y seguras contra ella, si nadie conociera dicha vacuna? Todavía más, ¿de qué nos servirían esas vacunas si, incluso disponiendo de toda la información, hubiera padres que se negaran a suministrarla a sus hijos? Pues bien, esta es una situación que sucede cada día en algún lugar del mundo, en pleno siglo XXI. Por lo tanto, no resulta descabellado pensar que la comunicación de la ciencia probablemente no sea una empresa tan sencilla como uno se podría imaginar.

Penn and Teller on Vaccinations

Según expertos como Tim Requarth, podríamos mejorar la comunicación de la ciencia si no nos olvidáramos, precisamente, de lo expuesto al comienzo de este artículo: el binomio razón-emoción. Y es que, como apunta Requarth, muchos comunicadores se limitan a la mera presentación de datos, evidencias, para concienciar sobre temas tan diversos como las mencionadas vacunas, el cambio climático o las pseudoterapias. Sin embargo, la estrategia «culturizadora en ciencia», según algunos estudios, podría tener un efecto limitado e, incluso en algunos casos, contraproducente. Por poner un ejemplo: aunque el tratado sobre el cambio climático supuso un hito en la historia de las relaciones internacionales, en ocasiones se detecta una relación inversa entre información científica y preocupación sobre el cambio climático, lo que se conoce como la «paradoja climática».

En este contexto, expertos como Jim Hoggan parecen estar de acuerdo con Requarth: probablemente sea necesario conectar los datos con las emociones, y con los valores personales, para comunicar ciencia de forma efectiva. Y Hoggan apunta al tema que señalábamos anteriormente: «el problema es que sabemos mucho más sobre el cambio climático que sobre la ciencia de la comunicación científica».

Por suerte, hay personas que buscan nuevas vías, desentierran otras y buscan entender mejor la comunicación científica. De este modo, vemos como iniciativas innovadoras en forma de obras de teatro, shows televisivos o festivales científico-musicales pueden ser tanto o más efectivas a la hora de crear una consciencia y actitud positiva hacia el conocimiento científico que la mera presentación de datos. Y no es casualidad: tal y como los científicos descubrieron hace ya tiempo, las decisiones, los prejuicios y las acciones humanas están íntimamente afectados por una componente no racional, algo que los investigadores llaman el «Framing effect». Precisamente, este «efecto de encuadre» está relacionado con la actividad de nuestra amígdala y con nuestras emociones.

Pero es que, además, muchas de las iniciativas comunicativas mencionadas anteriormente comparten un elemento aglutinador de la razón, la ciencia y la emoción: las historias. Tampoco es casualidad. Tal y como han estado estudiando científicos en Estados Unidos durante los últimos años, la inmersión en un contexto narrativo hace que se activen zonas del cerebro distintas a aquellas que se estimulan al recibir información simplemente. Además, al escuchar historias, el cerebro recibe el estímulo de la oxitocina, una molécula capaz de influenciar nuestras actitudes y creencias. En pocas palabras, la comunicación de la ciencia es más efectiva cuando también es afectiva.

Alan Alda's adventures in the art of communication | Scientific American Frontiers

El actor de cine y televisión Alan Alda lo sabe bien. Y es que Alda recibió cierto día una carta en su casa. En ella se le ofrecía trabajar en la serie televisiva de divulgación científica Scientific American Frontiers. Alda se alegró mucho de la oferta, puesto que era desde hacía muchos años un ferviente lector de la revista que llevaba el mismo nombre. Sin embargo, la experiencia no salió como él esperaba, como mínimo al principio. Así que Alda invirtió algunos años en tratar de buscar respuestas y, recientemente, presentaba el libro If I Understood You, Would I Have This Look on My Face? My Adventures in the Art and Science of Relating and Communicating, con algunos de los ingredientes que pueden ayudar a crear la conexión necesaria para comunicar ciencia. Según Alda, empatía, escuchar y observar al interlocutor, ponerse en el lugar del otro y contar una historia son herramientas imprescindibles en la comunicación científica. Todo con el objetivo de evitar lo que Alda señala en su libro: «el mayor error en comunicación es pensar que esta ha tenido lugar».

El paradigma del divulgador científico que apreció y supo implementar de forma exitosa muchas de estas herramientas y sutilezas comunicativas fue Carl Sagan. En su obra, Sagan trata de ponernos a todos en el mismo bote, nuestro planeta, nuestro universo. Y todos estamos hechos de lo mismo, polvo de estrellas (frase que, por cierto, probablemente pronunció Albert Durrant Watson antes que Sagan). Esto automáticamente le permitía a Sagan hacer lo que venimos comentando desde el principio del artículo: crear un vínculo emocional con el espectador. Otro personaje que supo conectar con su público fue el premio Nobel de física Richard Feynman. Aparte de ser un científico creativo y rebelde, muy aficionado también a tocar y fotografiarse con sus bongos, Feynman era, según muchos de sus contemporáneos, un gran profesor y comunicador, tal vez uno de los mejores que haya habido nunca. Pero lo cierto es que cuando a Feynman le informaron de que debía impartir clases, no mostró mucho entusiasmo. Hasta que algo cambió. Tanto que, en palabras de David Goodstein y Gerry Neugebauer, del Instituto Tecnológico de California, «cuando Feynman impartía una clase, el aula era un teatro, el conferenciante un actor y el acto un espectáculo cautivador». Según escribía The New York Times, «Feynman se comportaba como una combinación imposible de físico teórico, artista de circo, todo movimiento corporal y efectos de sonido». ¿Qué provocó aquel cambio en Feynman? No es descarado pensar que Feynman se dio cuenta del poder que le confería ante su audiencia, ante sus estudiantes, lo que venimos comentando: el poder de contar historias. De este modo, Feynman deleitó a varias generaciones con sus historias sobre física, la belleza de una flor o sobre el nombre de las cosas.

En definitiva, las historias y el uso de las emociones en comunicación probablemente sean algo tan antiguo como la propia humanidad pero, por fortuna, hay figuras como Einstein, Requarth, Alda y Feynman, y disciplinas como la neurociencia, que nos recuerdan su valor para conectar con la sociedad. Porque donde a veces vemos incompatibilidades en realidad se esconden oportunidades. ¿Por qué renunciar a ellas? Ciencia, emoción, ¡comunicación!

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Ciencia, emoción, ¡comunicación!

Col·loqui del professor Richard Feynman al CERN. Ginebra, 1965 | © 2014-2016 CERN

Col·loqui del professor Richard Feynman al CERN. Ginebra, 1965 | © 2014-2016 CERN

La comunicación científica, en muchos casos, se limita a la mera presentación de datos y evidencias para concienciar sobre temas como las vacunas, el cambio climático o las pseudoterapias. Sin embargo, la neurociencia y los expertos en comunicación nos recuerdan algo que figuras como Carl Sagan y Richard Feynman ya intuían: la ciencia no debe renunciar a las emociones, ni a las historias, para conectar con la sociedad y comunicar de forma más efectiva.

Según la revista TIME, la persona más influyente del siglo XX fue Albert Einstein. ¿Creen ustedes que lo consiguió solamente gracias a la física?

Para intentar hallar una respuesta, hagan ustedes el experimento: pregunten a un niño qué superhéroe le gustaría ser. Es posible que este responda: ¡ese que tiene todos los superpoderes! Una respuesta inteligente a una pregunta mal planteada, puesto que, en general, ¿por qué vemos incompatibilidades donde podrían esconderse oportunidades? Y en particular, ¿por qué no pueden ciencia y emociones ser compatibles?

Según Ignacio Morgado Bernal, director del Instituto de Neurociencias de la Universidad Autónoma de Barcelona, razón y emoción no solamente no son incompatibles, sino que van de la mano, se necesitan la una a la otra. Para Morgado, la racionalidad necesita ejecutores potentes para ser efectiva y alcanzar sus logros. Todavía más, como describe Ana Rosa Pérez Ransanz, los sentimientos de asombro, duda, curiosidad o pasión operan como poderosos motores, también en ciencia. En otras palabras, la ciencia, como actividad humana que es, necesita la emoción como combustible. Pero, y no menos importante, la ciencia necesita también de las emociones como altavoz, para hacer llegar su mensaje.

Tal vez por eso mismo, Einstein intentaba humanizar la figura del científico, montando en bicicleta, sacando la lengua, posando con aire divertido. Porque Einstein, al igual que muchos niños, no renunciaba a ningún superpoder.

Recordar esto último podría resultar de vital importancia, dado que la comunicación de la ciencia en todas sus vertientes (divulgación, comunicación institucional, periodismo científico) y a través de todos sus actores (investigadores, periodistas y comunicadores en general), probablemente resulte tan importante como la ciencia misma. Un ejemplo: ¿de qué nos serviría entender el origen de una enfermedad, y desarrollar posteriormente vacunas eficaces y seguras contra ella, si nadie conociera dicha vacuna? Todavía más, ¿de qué nos servirían esas vacunas si, incluso disponiendo de toda la información, hubiera padres que se negaran a suministrarla a sus hijos? Pues bien, esta es una situación que sucede cada día en algún lugar del mundo, en pleno siglo XXI. Por lo tanto, no resulta descabellado pensar que la comunicación de la ciencia probablemente no sea una empresa tan sencilla como uno se podría imaginar.

Penn and Teller on Vaccinations

Según expertos como Tim Requarth, podríamos mejorar la comunicación de la ciencia si no nos olvidáramos, precisamente, de lo expuesto al comienzo de este artículo: el binomio razón-emoción. Y es que, como apunta Requarth, muchos comunicadores se limitan a la mera presentación de datos, evidencias, para concienciar sobre temas tan diversos como las mencionadas vacunas, el cambio climático o las pseudoterapias. Sin embargo, la estrategia «culturizadora en ciencia», según algunos estudios, podría tener un efecto limitado e, incluso en algunos casos, contraproducente. Por poner un ejemplo: aunque el tratado sobre el cambio climático supuso un hito en la historia de las relaciones internacionales, en ocasiones se detecta una relación inversa entre información científica y preocupación sobre el cambio climático, lo que se conoce como la «paradoja climática».

En este contexto, expertos como Jim Hoggan parecen estar de acuerdo con Requarth: probablemente sea necesario conectar los datos con las emociones, y con los valores personales, para comunicar ciencia de forma efectiva. Y Hoggan apunta al tema que señalábamos anteriormente: «el problema es que sabemos mucho más sobre el cambio climático que sobre la ciencia de la comunicación científica».

Por suerte, hay personas que buscan nuevas vías, desentierran otras y buscan entender mejor la comunicación científica. De este modo, vemos como iniciativas innovadoras en forma de obras de teatro, shows televisivos o festivales científico-musicales pueden ser tanto o más efectivas a la hora de crear una consciencia y actitud positiva hacia el conocimiento científico que la mera presentación de datos. Y no es casualidad: tal y como los científicos descubrieron hace ya tiempo, las decisiones, los prejuicios y las acciones humanas están íntimamente afectados por una componente no racional, algo que los investigadores llaman el «Framing effect». Precisamente, este «efecto de encuadre» está relacionado con la actividad de nuestra amígdala y con nuestras emociones.

Pero es que, además, muchas de las iniciativas comunicativas mencionadas anteriormente comparten un elemento aglutinador de la razón, la ciencia y la emoción: las historias. Tampoco es casualidad. Tal y como han estado estudiando científicos en Estados Unidos durante los últimos años, la inmersión en un contexto narrativo hace que se activen zonas del cerebro distintas a aquellas que se estimulan al recibir información simplemente. Además, al escuchar historias, el cerebro recibe el estímulo de la oxitocina, una molécula capaz de influenciar nuestras actitudes y creencias. En pocas palabras, la comunicación de la ciencia es más efectiva cuando también es afectiva.

Alan Alda's adventures in the art of communication | Scientific American Frontiers

El actor de cine y televisión Alan Alda lo sabe bien. Y es que Alda recibió cierto día una carta en su casa. En ella se le ofrecía trabajar en la serie televisiva de divulgación científica Scientific American Frontiers. Alda se alegró mucho de la oferta, puesto que era desde hacía muchos años un ferviente lector de la revista que llevaba el mismo nombre. Sin embargo, la experiencia no salió como él esperaba, como mínimo al principio. Así que Alda invirtió algunos años en tratar de buscar respuestas y, recientemente, presentaba el libro If I Understood You, Would I Have This Look on My Face? My Adventures in the Art and Science of Relating and Communicating, con algunos de los ingredientes que pueden ayudar a crear la conexión necesaria para comunicar ciencia. Según Alda, empatía, escuchar y observar al interlocutor, ponerse en el lugar del otro y contar una historia son herramientas imprescindibles en la comunicación científica. Todo con el objetivo de evitar lo que Alda señala en su libro: «el mayor error en comunicación es pensar que esta ha tenido lugar».

El paradigma del divulgador científico que apreció y supo implementar de forma exitosa muchas de estas herramientas y sutilezas comunicativas fue Carl Sagan. En su obra, Sagan trata de ponernos a todos en el mismo bote, nuestro planeta, nuestro universo. Y todos estamos hechos de lo mismo, polvo de estrellas (frase que, por cierto, probablemente pronunció Albert Durrant Watson antes que Sagan). Esto automáticamente le permitía a Sagan hacer lo que venimos comentando desde el principio del artículo: crear un vínculo emocional con el espectador. Otro personaje que supo conectar con su público fue el premio Nobel de física Richard Feynman. Aparte de ser un científico creativo y rebelde, muy aficionado también a tocar y fotografiarse con sus bongos, Feynman era, según muchos de sus contemporáneos, un gran profesor y comunicador, tal vez uno de los mejores que haya habido nunca. Pero lo cierto es que cuando a Feynman le informaron de que debía impartir clases, no mostró mucho entusiasmo. Hasta que algo cambió. Tanto que, en palabras de David Goodstein y Gerry Neugebauer, del Instituto Tecnológico de California, «cuando Feynman impartía una clase, el aula era un teatro, el conferenciante un actor y el acto un espectáculo cautivador». Según escribía The New York Times, «Feynman se comportaba como una combinación imposible de físico teórico, artista de circo, todo movimiento corporal y efectos de sonido». ¿Qué provocó aquel cambio en Feynman? No es descarado pensar que Feynman se dio cuenta del poder que le confería ante su audiencia, ante sus estudiantes, lo que venimos comentando: el poder de contar historias. De este modo, Feynman deleitó a varias generaciones con sus historias sobre física, la belleza de una flor o sobre el nombre de las cosas.

En definitiva, las historias y el uso de las emociones en comunicación probablemente sean algo tan antiguo como la propia humanidad pero, por fortuna, hay figuras como Einstein, Requarth, Alda y Feynman, y disciplinas como la neurociencia, que nos recuerdan su valor para conectar con la sociedad. Porque donde a veces vemos incompatibilidades en realidad se esconden oportunidades. ¿Por qué renunciar a ellas? Ciencia, emoción, ¡comunicación!

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Lucy Wood: «El arte puede impactarnos celularmente mucho más que los simples datos»

Lucy Wood | Ilustración de José Antonio Soria | CC-BY

Lucy Wood | Ilustración de José Antonio Soria | CC-BY

El cambio climático está sucediendo a un ritmo al que ni el planeta ni las especies que vivimos en él nos sabemos adaptar. El mensaje que nos llega desde los medios es escalofriante. Lucy Wood, que tiene más de diez años de experiencia en programas públicos relativos al cambio climático, la alimentación y las migraciones, lo sabe muy bien. Wood fue la directora de la organización benéfica internacional Cape Farewell, dedicada al arte medioambiental. En 2015, fue la responsable de la delegación británica del festival global ArtCop21. Ahora organiza un nuevo gran festival en Reino Unido llamado The Season.

Miércoles, nueve y media de la mañana, Londres. La productora creativa Lucy Wood coge un tren hacia Barcelona para formar parte del jurado del Premio Internacional a la Innovación Cultural creado por el CCCB. Su decisión de viajar en tren no tiene nada que ver con que no haya vuelos o con que el aeropuerto esté en huelga de controladores aéreos. Como ecologista, Wood es completamente coherente en su compromiso con el cambio hacia la sostenibilidad y con la lucha por un futuro de integración social y bajas emisiones de carbono.

No tiene coche ni se plantea comprarse uno. Cree en el cambio ecológico y está convencida de que la verdadera revolución empieza cuando la gente cobra conciencia de los alimentos que come, la ropa que lleva, la energía que consume y demás decisiones.

Así que has venido desde Londres hasta Barcelona en tren.

Ya no viajo en avión si no es absolutamente necesario. Tengo razones de sobra: para empezar, que no lo disfruto. Me encanta viajar en tren y por mar. Me gusta mucho el movimiento slow travel. Y, siguiendo con los vuelos, como ecologista debo decir que no son un práctica sostenible. Además, no me gusta como experiencia de viaje. Cuando te subes a un avión, es como si te metieran en una bolsa y te agitaran. Un rato después llegas a tu destino, pero sin ninguna apreciación real del recorrido que has realizado, más allá de que ha sido un poco incómodo, difícil y estresante.

¿Qué me dices de tu ropa, o incluso tus gafas? ¿También las has comprado desde una mentalidad ecologista?

Uno de los proyectos finalistas del Premio Internacional a la Innovación Cultural es fascinante. Se llama Upcycling de Barri. Plantea la idea de que puedas coger cualquier desecho plástico, hacerlo trocitos y fabricarte unas nuevas gafas con una impresora 3D.

Para ser sincera, no he investigado sobre gafas sostenibles. Estoy segura de que es un sector que necesita desarrollo. Me interesan mucho las industrias creativas, eso sí, y el concepto de alteración creativa: fabricar productos que solo haga falta comprar una vez. Obviamente, la cultura de usar y tirar, basada en compras continuas y un consumo obsesivo, representa un enorme problema. De hecho, lo interesante del proyecto de upcycling o supra-reciclaje en el barrio es que podrías objetar: «Bueno, pero siguen formando parte de la cultura del plástico, cogen desechos y hacen más». Sin embargo, lo interesante es que la filosofía detrás de la fabricación de un objeto (darte cuenta del esfuerzo, el tiempo y el cariño que implica) es lo que te hará replantearte las cosas la próxima vez que tengas el impulso de ir a comprar algo sin pensarlo dos veces. Las gafas sostenibles son un sector que tengo que investigar.

La semana previa a esta entrevista, los titulares de prensa decían: «Trump se retira del Acuerdo Climático de París», «El físico y climatólogo James Hanson advierte que la temperatura global subirá dos grados más», «La Antártida se vuelve más verde». No eran muy buenas noticias para el planeta.

Las cosas cambian a una velocidad aterradora. Una parte de mí se siente como Sarah Connor en las películas de Terminator, cuando se pone a gritar pero nadie la escucha y llega el apocalipsis. Desde luego, varios estudios indican que los especialistas en el cambio climático —los climatólogos, o la gente que se dedica al compromiso público con el clima— suelen tener índices más altos de ansiedad y depresión. Aunque volvemos al dilema del huevo y la gallina, porque quizá ya era gente inteligente, reflexiva e introspectiva. En cualquier caso, lo que hay que hacer es darle la vuelta a la situación. Efectivamente, muchísimas especies están condenadas a la extinción (todavía no ha pasado, pero no queda más remedio que aceptar que algunas se extinguirán). Sin embargo, todo esto es una oportunidad. No solo para cambiar nuestras fuentes de energía, sino para pensar cómo nos definimos a nosotros mismos, cómo vivimos, trabajamos, compramos, viajamos, etcétera.

Haciendo lo invisible visible: arte y ciencia para implicar al público en el cambio climático. Conferencia de Lucy Wood

Todavía hay mucha gente que niega el cambio climático.

Mucha gente hace referencia a un dibujo que se ha publicado en varios sitios. Se ve a un señor en un escenario —es una pequeña viñeta cómica— ensalzando los beneficios que tendría combatir el cambio climático. Habría comunidades más sanas, la gente estaría más en forma, trabajaríamos menos, consumiríamos menos, pasaríamos más tiempo con nuestros amigos y familiares… y entonces alguien en el público le replica: «¿Pero qué pasa si el cambio climático es una gran farsa y mejoramos las cosas para nada?». Tenemos que recordar que lo que estamos intentando cambiar son muchas cosas sobre nuestro estilo de vida que de todas formas no nos hacen felices.

El cambio climático está ocurriendo a un ritmo al que el planeta y nuestra especie no son capaces de adaptarse. Es cierto que el cambio climático ha ocurrido con anterioridad, pero a lo largo de millones de años. Ahora está sucediendo en cuestión de siglos.

Puedes deprimirte y cruzarte de brazos, pero lo fantástico es que ya hay un montón de iniciativas geniales y prometedoras en marcha. Una de ellas puede tener que ver con replantearnos nuestra forma de trabajar: estamos intentando trabajar mejor, no más. Cada vez hay más gente que trabaja desde casa y pasa más tiempo con la familia. Se están produciendo cambios. Las cooperativas locales y los huertos urbanos están creciendo. La gente se está volviendo a juntar para coser o para intercambiar ropa. Hay muchas novedades que son positivas para las comunidades, con independencia de lo medioambiental. Aun con todo, diría que la inmensa mayoría del público general no está reflexionando o hablando sobre el cambio climático.

Y eso es lo que pretende cambiar The Season.

The Season es un proyecto que hemos organizado con Julie’s Bicycle, Artsadmin —una organización londinense fantástica— y el Battersea Arts Centre, que es un espacio pionero de arte y teatro en el sur de Londres. Hay un think tank nacional llamado What Next en el que los profesionales de la industria cultural se reúnen para afrontar problemas importantes. Pueden ser problemas educativos, de contaminación o de crímenes con armas de fuego, pero hay un subgrupo específico dedicado al cambio climático. Y tuvimos la idea de que las industrias culturales y creativas empezaran a hablar, todas juntas, sobre el cambio climático. Tenemos que incorporarlo a nuestra lingua franca. Tenemos que incorporarlo a nuestra cultura y a nuestra lengua diarias. Y para eso hace falta un giro cultural.

Pensemos en cómo se hablaba de la comunidad LGTBQ hace cuarenta años, por ejemplo, o incluso hace veinte o treinta años, cuando yo era una niña. Probablemente parecerían impensables logros como que el Mardi Gras y los desfiles del Orgullo Gay se pudieran hacer tan masivos como lo son hoy, o que figuras públicas salieran del armario y fueran aceptadas, o que se legalizara el matrimonio homosexual.

Pero el cambio es posible.

¡Por supuesto! El problema con el cambio climático es que hay mucho nihilismo y desesperación. La gente no puede imaginarse el cambio, y si no ves el cambio nunca se hará realidad. Por eso es importante trabajar con científicos y artistas, porque los artistas son brillantes proponiendo hipótesis y visualizando nuevas formas de entender el mundo. Una de esas nuevas formas es imaginar un mundo que ha dejado atrás el carbono. Eso supondría un cambio en muchos ámbitos.

Así que The Season, que se llama “the Season for Change: Inspiring Creative Actions on Climate Change”, busca que durante esta temporada, que va de junio a diciembre del año que viene, cada una de las grandes organizaciones culturales de Reino Unido encargue una obra que de algún modo trate sobre el clima. El objetivo es crear tanto revuelo sobre el cambio climático que sea imposible continuar ignorándolo y que empiece a ser discutido por las calles, en el bar o en la piscina, que todo el mundo esté hablando del tema.

¿Crees que la forma en que los medios informan sobre el cambio climático puede provocar que la gente se desvincule del problema?

El lenguaje de la catástrofe, el nihilismo y la desesperación es muy problemático y no contribuye en absoluto a la causa. En cambio, cuando lo reduces a cuestiones más abarcables para una persona, cuando formulas ideas más fáciles de digerir (como la de decidir qué comes cada día, cómo vas al trabajo o qué aire respiras) conviertes el problema en algo más manejable, algo sobre lo que cada uno tiene agencia de cambio. Eso puede implicar a la gente.

No se trata de decir: «No hagas eso». Lo importante son las cosas simples, como explicar las ventajas de ir en bicicleta y por qué te hará sentir más sano, tener mejor aspecto y vivir más. ¡Ir en bici te permite comer lo que quieras sin engordar! Hay que darle la vuelta a las cosas. No somos perfectos; nunca lo seremos, eso está claro. Somos humanos y tenemos muchos fallos, pero las pequeñas decisiones son clave, algo tan sencillo como cambiarse a la energía renovable. Trump, con esa retórica demencial y estúpida de «Make America fucking Great Again», dice: «Haremos que vuelva la industria del carbón». Lo que no entiende, aunque es la pura realidad, es que las energías renovables ya están dando suministro a cuatro veces más gente de la que podría abastecer la industria del carbón.

Traduzco de la viñeta, que tiene más sentido y es más graciosa. Creo que es mejor que ser fieles a la paráfrasis que hace Wood.

Lucy Wood | © CCCB, 2017. Autor: Miquel Taverna

Lucy Wood | © CCCB, 2017. Autor: Miquel Taverna

Y no producen muertes, como la industria del carbón.

Exacto. Es importante recordar que la idea de Trump ni siquiera es de sentido común. Es un problema ideológico que tiene un determinado sector de la población. Las energías renovables, por su misma naturaleza, son intrínsecamente socialistas. Todos tenemos acceso a ellas, aquí y ahora. Con la tecnología adecuada, puedes desconectarte de la red eléctrica. No tienes que formar parte de los gigantes corporativos del carbón, el petróleo o el gas. Y eso aterroriza a quienes manejan el statu quo. Eso supone un problema para nuestro sistema económico actual, un problema para los petrodólares. El acceso al petróleo es lo que provoca la inmensa mayoría de las guerras, al menos en las últimas décadas. Imagínate la sociedad que la energía renovable haría posible. Sin duda sería mejor. Quizá no sería una utopía, porque la utopía no existe, pero podría ser una sociedad un poco más agradable.

¿Cómo podemos contribuir desde las artes a concienciar a la gente de todo esto para que hagan el cambio?

Puedes disponer de toda la información del mundo y leer todas las estadísticas que quieras, pero los estudios han demostrado una y otra vez que los datos no movilizan a la gente de la misma forma que el buen arte. Por arte entiendo muchas cosas, desde la arquitectura hasta el diseño de tu coche. Todo es arte, todo está diseñado. Eso puede influir en el comportamiento. Y lo que es más importante: las artes pueden cambiar nuestra actitud y nuestro compromiso porque nos impactan a un nivel visceral, más humano, algo que los datos no consiguen.

No puedes darle a alguien un papel con un montón de estadísticas y datos y esperar que sea suficiente. Ahí es donde entran en juego las artes. El buen arte puede impactarnos celularmente mucho más que los simples datos.

Así que, en primer lugar, el arte nos impacta. ¿Qué más puede hacer?

No puede ser solo lamento, rechinamiento de dientes o pesimismo operático sobre lo fatal que va todo. También tiene que presentar soluciones relacionadas con lo que cada uno puede contribuir. Esa es la inclusividad del arte, decir: «No estamos señalando este problema para que el gobierno tenga que hacer algo. Te estamos invitando a formar parte de un movimiento». El movimiento ecologista en Reino Unido ha adoptado una cita que, para mí, lo define perfectamente: «No estamos defendiendo la naturaleza, somos la naturaleza defendiéndose a sí misma».

Sin embargo, la idea que prevalece es la de cultura frente a naturaleza.

Simone de Beauvoir escribió en profundidad sobre el tema en El segundo sexo, sobre cómo asociamos al hombre con la cultura y a la mujer con la naturaleza, porque las mujeres formamos parte de ella, mientras que por algún motivo los hombres no. Sin hacerlo una cuestión feminista —el cambio climático en muchos aspectos es una cuestión feminista, pero creo que eso es otro tema— se trata de que nos demos cuenta de que todos somos la naturaleza. Por eso soy reticente a la idea de hacer santuarios. No deberíamos crear pequeños compartimentos y decir: «Ya está, hecho, asunto resuelto».

Tenemos que tener presente cada aspecto del medio ambiente siempre, y eso supone un cambio de paradigma radical. Hay gente que piensa: «Bueno, yo reciclo, así que ya está». Por desgracia, con eso no basta. De hecho, leer las estadísticas sobre reciclaje es un poco deprimente, porque los residuos se envían a China y el carbono que se produce con ello neutraliza el impacto.

Me gustaría hablarte de Invisible Dust, que es donde trabajo ahora.

Adelante.

Invisible Dust existe para hacer visible lo invisible. Encargamos arte de primera categoría. Juntamos a artistas y a científicos en residencias para que creen obras de arte excelentes, que impliquen al público en asuntos vitales relativos al cambio climático y a problemas medioambientales más amplios.

En ese marco, por ejemplo, encargamos una obra increíble titulada The Human Sensor, en la que un grupo de performers y bailarines usan tecnología ponible, unas máscaras muy bonitas que se iluminan en función del nivel de contaminación del aire que respira quien la lleva puesta. Este equipo de unos doce bailarines viajará por el centro de Manchester y Londres y se podrá ver, sobre todo en los semáforos, cómo las máscaras empiezan a brillar cuando ellos inhalan y exhalan. Es un ejemplo de tecnología de vanguardia aplicada a un diseño y un sentido artístico brillantes. Actualmente soy su productora.

Además, en colaboración con un cineasta estoy desarrollando un proyecto que me entusiasma para examinar la salud de los océanos en la costa norte de Escocia.

¿Es un proyecto comunitario?

Sí, se llama Shore y será una película producida colectivamente con cientos de residentes de las islas en la costa noroeste de Escocia. Habrá una parte de grabación subacuática, pero en esencia se trata de preguntarle a la gente: «¿Qué significa para ti el mar?». La industria pesquera ha tenido un impacto descomunal. La mayoría de los barcos pesqueros en la zona son internacionales. Dragan el fondo del mar y destruyen todo a su paso, la fauna marítima se ha sobreexplotado gravemente. Los residentes de las zonas costeras van a supermercado a comprar gambas que probablemente se pescaron a 500 metros, se enviaron a pelar a China y luego se volvieron a transportar a Escocia para la venta. Nuestra desconexión con la industria alimentaria es una locura.

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Lucy Wood: «El arte puede impactarnos celularmente mucho más que los simples datos»

Lucy Wood | Ilustración de José Antonio Soria | CC-BY

Lucy Wood | Ilustración de José Antonio Soria | CC-BY

El cambio climático está sucediendo a un ritmo al que ni el planeta ni las especies que vivimos en él nos sabemos adaptar. El mensaje que nos llega desde los medios es escalofriante. Lucy Wood, que tiene más de diez años de experiencia en programas públicos relativos al cambio climático, la alimentación y las migraciones, lo sabe muy bien. Wood fue la directora de la organización benéfica internacional Cape Farewell, dedicada al arte medioambiental. En 2015, fue la responsable de la delegación británica del festival global ArtCop21. Ahora organiza un nuevo gran festival en Reino Unido llamado The Season.

Miércoles, nueve y media de la mañana, Londres. La productora creativa Lucy Wood coge un tren hacia Barcelona para formar parte del jurado del Premio Internacional a la Innovación Cultural creado por el CCCB. Su decisión de viajar en tren no tiene nada que ver con que no haya vuelos o con que el aeropuerto esté en huelga de controladores aéreos. Como ecologista, Wood es completamente coherente en su compromiso con el cambio hacia la sostenibilidad y con la lucha por un futuro de integración social y bajas emisiones de carbono.

No tiene coche ni se plantea comprarse uno. Cree en el cambio ecológico y está convencida de que la verdadera revolución empieza cuando la gente cobra conciencia de los alimentos que come, la ropa que lleva, la energía que consume y demás decisiones.

Así que has venido desde Londres hasta Barcelona en tren.

Ya no viajo en avión si no es absolutamente necesario. Tengo razones de sobra: para empezar, que no lo disfruto. Me encanta viajar en tren y por mar. Me gusta mucho el movimiento slow travel. Y, siguiendo con los vuelos, como ecologista debo decir que no son un práctica sostenible. Además, no me gusta como experiencia de viaje. Cuando te subes a un avión, es como si te metieran en una bolsa y te agitaran. Un rato después llegas a tu destino, pero sin ninguna apreciación real del recorrido que has realizado, más allá de que ha sido un poco incómodo, difícil y estresante.

¿Qué me dices de tu ropa, o incluso tus gafas? ¿También las has comprado desde una mentalidad ecologista?

Uno de los proyectos finalistas del Premio Internacional a la Innovación Cultural es fascinante. Se llama Upcycling de Barri. Plantea la idea de que puedas coger cualquier desecho plástico, hacerlo trocitos y fabricarte unas nuevas gafas con una impresora 3D.

Para ser sincera, no he investigado sobre gafas sostenibles. Estoy segura de que es un sector que necesita desarrollo. Me interesan mucho las industrias creativas, eso sí, y el concepto de alteración creativa: fabricar productos que solo haga falta comprar una vez. Obviamente, la cultura de usar y tirar, basada en compras continuas y un consumo obsesivo, representa un enorme problema. De hecho, lo interesante del proyecto de upcycling o supra-reciclaje en el barrio es que podrías objetar: «Bueno, pero siguen formando parte de la cultura del plástico, cogen desechos y hacen más». Sin embargo, lo interesante es que la filosofía detrás de la fabricación de un objeto (darte cuenta del esfuerzo, el tiempo y el cariño que implica) es lo que te hará replantearte las cosas la próxima vez que tengas el impulso de ir a comprar algo sin pensarlo dos veces. Las gafas sostenibles son un sector que tengo que investigar.

La semana previa a esta entrevista, los titulares de prensa decían: «Trump se retira del Acuerdo Climático de París», «El físico y climatólogo James Hanson advierte que la temperatura global subirá dos grados más», «La Antártida se vuelve más verde». No eran muy buenas noticias para el planeta.

Las cosas cambian a una velocidad aterradora. Una parte de mí se siente como Sarah Connor en las películas de Terminator, cuando se pone a gritar pero nadie la escucha y llega el apocalipsis. Desde luego, varios estudios indican que los especialistas en el cambio climático —los climatólogos, o la gente que se dedica al compromiso público con el clima— suelen tener índices más altos de ansiedad y depresión. Aunque volvemos al dilema del huevo y la gallina, porque quizá ya era gente inteligente, reflexiva e introspectiva. En cualquier caso, lo que hay que hacer es darle la vuelta a la situación. Efectivamente, muchísimas especies están condenadas a la extinción (todavía no ha pasado, pero no queda más remedio que aceptar que algunas se extinguirán). Sin embargo, todo esto es una oportunidad. No solo para cambiar nuestras fuentes de energía, sino para pensar cómo nos definimos a nosotros mismos, cómo vivimos, trabajamos, compramos, viajamos, etcétera.

Haciendo lo invisible visible: arte y ciencia para implicar al público en el cambio climático. Conferencia de Lucy Wood

Todavía hay mucha gente que niega el cambio climático.

Mucha gente hace referencia a un dibujo que se ha publicado en varios sitios. Se ve a un señor en un escenario —es una pequeña viñeta cómica— ensalzando los beneficios que tendría combatir el cambio climático. Habría comunidades más sanas, la gente estaría más en forma, trabajaríamos menos, consumiríamos menos, pasaríamos más tiempo con nuestros amigos y familiares… y entonces alguien en el público le replica: «¿Pero qué pasa si el cambio climático es una gran farsa y mejoramos las cosas para nada?». Tenemos que recordar que lo que estamos intentando cambiar son muchas cosas sobre nuestro estilo de vida que de todas formas no nos hacen felices.

El cambio climático está ocurriendo a un ritmo al que el planeta y nuestra especie no son capaces de adaptarse. Es cierto que el cambio climático ha ocurrido con anterioridad, pero a lo largo de millones de años. Ahora está sucediendo en cuestión de siglos.

Puedes deprimirte y cruzarte de brazos, pero lo fantástico es que ya hay un montón de iniciativas geniales y prometedoras en marcha. Una de ellas puede tener que ver con replantearnos nuestra forma de trabajar: estamos intentando trabajar mejor, no más. Cada vez hay más gente que trabaja desde casa y pasa más tiempo con la familia. Se están produciendo cambios. Las cooperativas locales y los huertos urbanos están creciendo. La gente se está volviendo a juntar para coser o para intercambiar ropa. Hay muchas novedades que son positivas para las comunidades, con independencia de lo medioambiental. Aun con todo, diría que la inmensa mayoría del público general no está reflexionando o hablando sobre el cambio climático.

Y eso es lo que pretende cambiar The Season.

The Season es un proyecto que hemos organizado con Julie’s Bicycle, Artsadmin —una organización londinense fantástica— y el Battersea Arts Centre, que es un espacio pionero de arte y teatro en el sur de Londres. Hay un think tank nacional llamado What Next en el que los profesionales de la industria cultural se reúnen para afrontar problemas importantes. Pueden ser problemas educativos, de contaminación o de crímenes con armas de fuego, pero hay un subgrupo específico dedicado al cambio climático. Y tuvimos la idea de que las industrias culturales y creativas empezaran a hablar, todas juntas, sobre el cambio climático. Tenemos que incorporarlo a nuestra lingua franca. Tenemos que incorporarlo a nuestra cultura y a nuestra lengua diarias. Y para eso hace falta un giro cultural.

Pensemos en cómo se hablaba de la comunidad LGTBQ hace cuarenta años, por ejemplo, o incluso hace veinte o treinta años, cuando yo era una niña. Probablemente parecerían impensables logros como que el Mardi Gras y los desfiles del Orgullo Gay se pudieran hacer tan masivos como lo son hoy, o que figuras públicas salieran del armario y fueran aceptadas, o que se legalizara el matrimonio homosexual.

Pero el cambio es posible.

¡Por supuesto! El problema con el cambio climático es que hay mucho nihilismo y desesperación. La gente no puede imaginarse el cambio, y si no ves el cambio nunca se hará realidad. Por eso es importante trabajar con científicos y artistas, porque los artistas son brillantes proponiendo hipótesis y visualizando nuevas formas de entender el mundo. Una de esas nuevas formas es imaginar un mundo que ha dejado atrás el carbono. Eso supondría un cambio en muchos ámbitos.

Así que The Season, que se llama “the Season for Change: Inspiring Creative Actions on Climate Change”, busca que durante esta temporada, que va de junio a diciembre del año que viene, cada una de las grandes organizaciones culturales de Reino Unido encargue una obra que de algún modo trate sobre el clima. El objetivo es crear tanto revuelo sobre el cambio climático que sea imposible continuar ignorándolo y que empiece a ser discutido por las calles, en el bar o en la piscina, que todo el mundo esté hablando del tema.

¿Crees que la forma en que los medios informan sobre el cambio climático puede provocar que la gente se desvincule del problema?

El lenguaje de la catástrofe, el nihilismo y la desesperación es muy problemático y no contribuye en absoluto a la causa. En cambio, cuando lo reduces a cuestiones más abarcables para una persona, cuando formulas ideas más fáciles de digerir (como la de decidir qué comes cada día, cómo vas al trabajo o qué aire respiras) conviertes el problema en algo más manejable, algo sobre lo que cada uno tiene agencia de cambio. Eso puede implicar a la gente.

No se trata de decir: «No hagas eso». Lo importante son las cosas simples, como explicar las ventajas de ir en bicicleta y por qué te hará sentir más sano, tener mejor aspecto y vivir más. ¡Ir en bici te permite comer lo que quieras sin engordar! Hay que darle la vuelta a las cosas. No somos perfectos; nunca lo seremos, eso está claro. Somos humanos y tenemos muchos fallos, pero las pequeñas decisiones son clave, algo tan sencillo como cambiarse a la energía renovable. Trump, con esa retórica demencial y estúpida de «Make America fucking Great Again», dice: «Haremos que vuelva la industria del carbón». Lo que no entiende, aunque es la pura realidad, es que las energías renovables ya están dando suministro a cuatro veces más gente de la que podría abastecer la industria del carbón.

Traduzco de la viñeta, que tiene más sentido y es más graciosa. Creo que es mejor que ser fieles a la paráfrasis que hace Wood.

Lucy Wood | © CCCB, 2017. Autor: Miquel Taverna

Lucy Wood | © CCCB, 2017. Autor: Miquel Taverna

Y no producen muertes, como la industria del carbón.

Exacto. Es importante recordar que la idea de Trump ni siquiera es de sentido común. Es un problema ideológico que tiene un determinado sector de la población. Las energías renovables, por su misma naturaleza, son intrínsecamente socialistas. Todos tenemos acceso a ellas, aquí y ahora. Con la tecnología adecuada, puedes desconectarte de la red eléctrica. No tienes que formar parte de los gigantes corporativos del carbón, el petróleo o el gas. Y eso aterroriza a quienes manejan el statu quo. Eso supone un problema para nuestro sistema económico actual, un problema para los petrodólares. El acceso al petróleo es lo que provoca la inmensa mayoría de las guerras, al menos en las últimas décadas. Imagínate la sociedad que la energía renovable haría posible. Sin duda sería mejor. Quizá no sería una utopía, porque la utopía no existe, pero podría ser una sociedad un poco más agradable.

¿Cómo podemos contribuir desde las artes a concienciar a la gente de todo esto para que hagan el cambio?

Puedes disponer de toda la información del mundo y leer todas las estadísticas que quieras, pero los estudios han demostrado una y otra vez que los datos no movilizan a la gente de la misma forma que el buen arte. Por arte entiendo muchas cosas, desde la arquitectura hasta el diseño de tu coche. Todo es arte, todo está diseñado. Eso puede influir en el comportamiento. Y lo que es más importante: las artes pueden cambiar nuestra actitud y nuestro compromiso porque nos impactan a un nivel visceral, más humano, algo que los datos no consiguen.

No puedes darle a alguien un papel con un montón de estadísticas y datos y esperar que sea suficiente. Ahí es donde entran en juego las artes. El buen arte puede impactarnos celularmente mucho más que los simples datos.

Así que, en primer lugar, el arte nos impacta. ¿Qué más puede hacer?

No puede ser solo lamento, rechinamiento de dientes o pesimismo operático sobre lo fatal que va todo. También tiene que presentar soluciones relacionadas con lo que cada uno puede contribuir. Esa es la inclusividad del arte, decir: «No estamos señalando este problema para que el gobierno tenga que hacer algo. Te estamos invitando a formar parte de un movimiento». El movimiento ecologista en Reino Unido ha adoptado una cita que, para mí, lo define perfectamente: «No estamos defendiendo la naturaleza, somos la naturaleza defendiéndose a sí misma».

Sin embargo, la idea que prevalece es la de cultura frente a naturaleza.

Simone de Beauvoir escribió en profundidad sobre el tema en El segundo sexo, sobre cómo asociamos al hombre con la cultura y a la mujer con la naturaleza, porque las mujeres formamos parte de ella, mientras que por algún motivo los hombres no. Sin hacerlo una cuestión feminista —el cambio climático en muchos aspectos es una cuestión feminista, pero creo que eso es otro tema— se trata de que nos demos cuenta de que todos somos la naturaleza. Por eso soy reticente a la idea de hacer santuarios. No deberíamos crear pequeños compartimentos y decir: «Ya está, hecho, asunto resuelto».

Tenemos que tener presente cada aspecto del medio ambiente siempre, y eso supone un cambio de paradigma radical. Hay gente que piensa: «Bueno, yo reciclo, así que ya está». Por desgracia, con eso no basta. De hecho, leer las estadísticas sobre reciclaje es un poco deprimente, porque los residuos se envían a China y el carbono que se produce con ello neutraliza el impacto.

Me gustaría hablarte de Invisible Dust, que es donde trabajo ahora.

Adelante.

Invisible Dust existe para hacer visible lo invisible. Encargamos arte de primera categoría. Juntamos a artistas y a científicos en residencias para que creen obras de arte excelentes, que impliquen al público en asuntos vitales relativos al cambio climático y a problemas medioambientales más amplios.

En ese marco, por ejemplo, encargamos una obra increíble titulada The Human Sensor, en la que un grupo de performers y bailarines usan tecnología ponible, unas máscaras muy bonitas que se iluminan en función del nivel de contaminación del aire que respira quien la lleva puesta. Este equipo de unos doce bailarines viajará por el centro de Manchester y Londres y se podrá ver, sobre todo en los semáforos, cómo las máscaras empiezan a brillar cuando ellos inhalan y exhalan. Es un ejemplo de tecnología de vanguardia aplicada a un diseño y un sentido artístico brillantes. Actualmente soy su productora.

Además, en colaboración con un cineasta estoy desarrollando un proyecto que me entusiasma para examinar la salud de los océanos en la costa norte de Escocia.

¿Es un proyecto comunitario?

Sí, se llama Shore y será una película producida colectivamente con cientos de residentes de las islas en la costa noroeste de Escocia. Habrá una parte de grabación subacuática, pero en esencia se trata de preguntarle a la gente: «¿Qué significa para ti el mar?». La industria pesquera ha tenido un impacto descomunal. La mayoría de los barcos pesqueros en la zona son internacionales. Dragan el fondo del mar y destruyen todo a su paso, la fauna marítima se ha sobreexplotado gravemente. Los residentes de las zonas costeras van a supermercado a comprar gambas que probablemente se pescaron a 500 metros, se enviaron a pelar a China y luego se volvieron a transportar a Escocia para la venta. Nuestra desconexión con la industria alimentaria es una locura.

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Hackeando las organizaciones: del Eros a la colaboración

En el mes de agosto, Hans Gutierrez de DH Facilitadores (Perú) me realizó una entrevista en el marco de una fructífera colaboración que tenemos a través de nuestra participación en la Escuela DH (módulo completo de metodología tejeRedes para el tema organizaciones). La entrevista logró condensar en tres vídeos un resumen de los más importante (ver más adelante). De todas maneras, me

Hackeando las organizaciones: del Eros a la colaboración

En el mes de agosto, Hans Gutierrez de DH Facilitadores (Perú) me realizó una entrevista en el marco de una fructífera colaboración que tenemos a través de nuestra participación en la Escuela DH (módulo completo de metodología tejeRedes para el tema organizaciones). La entrevista logró condensar en tres vídeos un resumen de los más importante (ver más adelante). De todas maneras, me

Nuevos Alfabetismos y #PensamientoComputacional: Políticas Educativas en Uruguay @Plan_Ceibal

(Publicada en Portal del ‘Informe de Seguimiento de la Educación en el Mundo’ de UNESCO.)

El alfabetismo evoluciona a medida que cambian los sistemas de construcción de conocimiento en nuestra sociedad. Por tanto al evolucionar las formas en que se utilizan los distintos lenguajes, se enriquecen y complejizan los alfabetismos producto de las transformaciones en el uso de los sistemas de códigos y reglas de comunicación que empleamos.

La erradicación del analfabetismo (saber leer y escribir ) en el marco de los Objetivos de Desarrollo Sostenible busca asegurar que el 100% de los jovenes y ‘una proporción sustancial de los adultos’ alcancen la alfabetización para 2030 (Meta 4.6) y que esto se traduzca entre otros beneficios en mayores oportunidades de empleabilidad (Meta 4.4). Pero esta visión sugiere un horizonte que evoluciona hacia nuevas necesidades. Por ejemplo, reducir los niveles del analfabetismo funcional que implican habilidades de lectura más allá de un nivel básico para manejar tanto las tareas de la vida diaria como del campo laboral.

Durante la segunda mitad del siglo XX y las primeras décadas del siglo XXI hemos visto una consistente diversificación de los sistemas de símbolos utilizados en la era moderna. Como es de esperarse, ello ha ido a la par de una transformación de los alfabetismos considerados críticos para desempeñarse en la sociedad contemporánea. Toffler en su libro El shock del futuro (1970), citaba a Herbert Gerjuoy: “Los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer y escribir, sino aquellos que no sepan aprender, desaprender y reaprender”.

Langer indica que la alfabetización puede entenderse como la capacidad de leer y escribir pero también como una habilidad para crear nuevas formas de pensar. Es fundamental, agrega la autora, que los educadores comprendan esto si quieren construir puentes y facilitar transiciones entre diferentes formas de pensamiento.

El concepto de alfabetización incluye habilidades para acceder al conocimiento a través de la tecnología y la capacidad de evaluar contextos complejos. Un ejemplo paradigmático de la era pre-Internet, lo podemos encontrar en la publicación del reporte ‘Nation at Risk’ elaborado durante el gobierno de Reagan. Ahí se planteaba la necesidad de formar futuros profesionales con destrezas avanzadas en el uso de sistemas informáticos. Treinta años más tarde, si bien esta prioridad no desaparece, con la llegada de Internet surge el interés por desarrollar nuevos alfabetismos en un segmento mucho más amplio de la sociedad. A este alfabetismo se le ha denominado de diferentes formas (digital, informacional, computacional, etc.). Dependiendo del enfoque, el énfasis ha estado en la interacción con los dispositivos informáticos, en el uso estratégico de la información, en la capacidad de producir conocimientos de manera distribuida con otros, en la participación de espacios de expresión colectiva, en la administración de la huella digital y de la privacidad, o en la combinación de dos o más de estas categorías.

Durante las últimas décadas, se ha observado una creciente interdependencia entre el desarrollo de nuevos alfabetismos y la expansión de nuevas tecnologías digitales en diferentes sistemas educativos del globo. Hoy se espera que los individuos cuenten con la capacidad de desarrollar estructuras de pensamiento afines a la forma en que las tecnologías computan y procesan información.

A ello se le denomina pensamiento computacional, el cual se concibe como un complemento de otros alfabetismos mediáticos. Si bien en algunos casos se relaciona el pensamiento computacional con las ciencias de la computación e incluso con la programación, aquí lo entendemos como:

Conjunto de habilidades y conocimientos para explorar diferentes formas de resolver problemas con un enfoque analítico (que implica abstracción, descomposición, pensamiento lógico, identificación de patrones, evaluación, generalización) a través de algoritmos o representaciones de datos, que permiten diseñar sistemas, resolver problemas o comprender comportamientos humanos. Desde esta perspectiva el pensamiento computacional puede aplicarse con o sin una computadora.

Es importante hacer notar que el pensamiento computacional no excluye los alfabetismos previamente referidos, sino que se conciben como formas complementarias. Es más, es deseable avanzar hacia una mirada integral que permita desarrollar un pensamiento computacional enriquecido con habilidades de orden meta-cognitivas, por ejemplo con prácticas colaborativas de resolución de problemas (algo que Kafai, Burke y Resnick, 2014, sugieren llamar “computación participativa”).

En una encuesta aplicada a una veintena de Ministerios de Educación en Europa se identificó que un número significativo de países ya ha decidido entrar en una revisión de sus planes de estudios en miras a integrar la codificación como parte de las actividades curriculares ya sea bajo modalidad obligatoria u opcional (ver casos como Inglaterra o España).

En América Latina también se observan acciones en este campo. En Uruguay, por ejemplo, los niños de quinto y sexto año de unas 50 escuelas distribuidas en todo el país comenzarán a recibir este semestre clases de programación y de pensamiento computacional. Se trata de un plan piloto ideado por el Consejo de Educación Inicial y Primaria (CEIP) y el Plan Ceibal, con el objetivo de innovar en las prácticas educativas y potenciar el pensamiento lógico matemático, el pensamiento crítico, la creatividad, la innovación y la resolución de problemas. Los niños tendrán clases de pensamiento computacional y programación a través de videoconferencia con profesores remotos, que contarán con el apoyo del maestro del grupo en el aula. Esta política educativa busca escalarse a nivel nacional a partir del 2018. La visión es que la incorporación de pensamiento computacional pueda aplicarse a cualquier área del conocimiento, en diferentes procesos de aprendizajes para todas las edades y disciplinas. En paralelo a la experiencia uruguaya, se destacan iniciativas como las de ChilePerúArgentinaMéxico y Colombia.

Evidentemente el desafío no se agota en el diseño de nuevos programas de estudio, sino que será importante apoyar a los profesores y estudiantes en las iniciativas de codificación, en adoptar nuevos enfoques de evaluación, en realizar más actividades de sensibilización sobre la importancia de desarrollar estos nuevos alfabetismos, tanto en las diferentes etapas de la educación escolar como en otros espacios de aprendizaje y socialización.

A modo de síntesis, es fundamental comprender que nuevas formas de expresión, nuevos lenguajes y nuevos dispositivos permiten vislumbrar que la conceptualización de los alfabetismos contemporáneos habrán de seguir evolucionando. Ya no concebidos como una habilidad o competencia simple, sino que como un proceso que se aplica, se practica y se contextualiza. Estas nuevas miradas ofrecen herramientas cognitivas que brindan nuevas formas de decodificar y comprender la realidad. Es por ello que los jóvenes (y los no tanto) necesitan desarrollar multi-alfabetismos que les permitan contar con herramientas para brindar una mirada crítica y a la vez propositiva que les posibilite desenvolverse de la mejor forma posible en un mundo en plena transición.

Nuevos Alfabetismos y #PensamientoComputacional: Políticas Educativas en Uruguay @Plan_Ceibal

(Publicada en Portal del ‘Informe de Seguimiento de la Educación en el Mundo’ de UNESCO.)

El alfabetismo evoluciona a medida que cambian los sistemas de construcción de conocimiento en nuestra sociedad. Por tanto al evolucionar las formas en que se utilizan los distintos lenguajes, se enriquecen y complejizan los alfabetismos producto de las transformaciones en el uso de los sistemas de códigos y reglas de comunicación que empleamos.

La erradicación del analfabetismo (saber leer y escribir ) en el marco de los Objetivos de Desarrollo Sostenible busca asegurar que el 100% de los jovenes y ‘una proporción sustancial de los adultos’ alcancen la alfabetización para 2030 (Meta 4.6) y que esto se traduzca entre otros beneficios en mayores oportunidades de empleabilidad (Meta 4.4). Pero esta visión sugiere un horizonte que evoluciona hacia nuevas necesidades. Por ejemplo, reducir los niveles del analfabetismo funcional que implican habilidades de lectura más allá de un nivel básico para manejar tanto las tareas de la vida diaria como del campo laboral.

Durante la segunda mitad del siglo XX y las primeras décadas del siglo XXI hemos visto una consistente diversificación de los sistemas de símbolos utilizados en la era moderna. Como es de esperarse, ello ha ido a la par de una transformación de los alfabetismos considerados críticos para desempeñarse en la sociedad contemporánea. Toffler en su libro El shock del futuro (1970), citaba a Herbert Gerjuoy: “Los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer y escribir, sino aquellos que no sepan aprender, desaprender y reaprender”.

Langer indica que la alfabetización puede entenderse como la capacidad de leer y escribir pero también como una habilidad para crear nuevas formas de pensar. Es fundamental, agrega la autora, que los educadores comprendan esto si quieren construir puentes y facilitar transiciones entre diferentes formas de pensamiento.

El concepto de alfabetización incluye habilidades para acceder al conocimiento a través de la tecnología y la capacidad de evaluar contextos complejos. Un ejemplo paradigmático de la era pre-Internet, lo podemos encontrar en la publicación del reporte ‘Nation at Risk’ elaborado durante el gobierno de Reagan. Ahí se planteaba la necesidad de formar futuros profesionales con destrezas avanzadas en el uso de sistemas informáticos. Treinta años más tarde, si bien esta prioridad no desaparece, con la llegada de Internet surge el interés por desarrollar nuevos alfabetismos en un segmento mucho más amplio de la sociedad. A este alfabetismo se le ha denominado de diferentes formas (digital, informacional, computacional, etc.). Dependiendo del enfoque, el énfasis ha estado en la interacción con los dispositivos informáticos, en el uso estratégico de la información, en la capacidad de producir conocimientos de manera distribuida con otros, en la participación de espacios de expresión colectiva, en la administración de la huella digital y de la privacidad, o en la combinación de dos o más de estas categorías.

Durante las últimas décadas, se ha observado una creciente interdependencia entre el desarrollo de nuevos alfabetismos y la expansión de nuevas tecnologías digitales en diferentes sistemas educativos del globo. Hoy se espera que los individuos cuenten con la capacidad de desarrollar estructuras de pensamiento afines a la forma en que las tecnologías computan y procesan información.

A ello se le denomina pensamiento computacional, el cual se concibe como un complemento de otros alfabetismos mediáticos. Si bien en algunos casos se relaciona el pensamiento computacional con las ciencias de la computación e incluso con la programación, aquí lo entendemos como:

Conjunto de habilidades y conocimientos para explorar diferentes formas de resolver problemas con un enfoque analítico (que implica abstracción, descomposición, pensamiento lógico, identificación de patrones, evaluación, generalización) a través de algoritmos o representaciones de datos, que permiten diseñar sistemas, resolver problemas o comprender comportamientos humanos. Desde esta perspectiva el pensamiento computacional puede aplicarse con o sin una computadora.

Es importante hacer notar que el pensamiento computacional no excluye los alfabetismos previamente referidos, sino que se conciben como formas complementarias. Es más, es deseable avanzar hacia una mirada integral que permita desarrollar un pensamiento computacional enriquecido con habilidades de orden meta-cognitivas, por ejemplo con prácticas colaborativas de resolución de problemas (algo que Kafai, Burke y Resnick, 2014, sugieren llamar “computación participativa”).

En una encuesta aplicada a una veintena de Ministerios de Educación en Europa se identificó que un número significativo de países ya ha decidido entrar en una revisión de sus planes de estudios en miras a integrar la codificación como parte de las actividades curriculares ya sea bajo modalidad obligatoria u opcional (ver casos como Inglaterra o España).

En América Latina también se observan acciones en este campo. En Uruguay, por ejemplo, los niños de quinto y sexto año de unas 50 escuelas distribuidas en todo el país comenzarán a recibir este semestre clases de programación y de pensamiento computacional. Se trata de un plan piloto ideado por el Consejo de Educación Inicial y Primaria (CEIP) y el Plan Ceibal, con el objetivo de innovar en las prácticas educativas y potenciar el pensamiento lógico matemático, el pensamiento crítico, la creatividad, la innovación y la resolución de problemas. Los niños tendrán clases de pensamiento computacional y programación a través de videoconferencia con profesores remotos, que contarán con el apoyo del maestro del grupo en el aula. Esta política educativa busca escalarse a nivel nacional a partir del 2018. La visión es que la incorporación de pensamiento computacional pueda aplicarse a cualquier área del conocimiento, en diferentes procesos de aprendizajes para todas las edades y disciplinas. En paralelo a la experiencia uruguaya, se destacan iniciativas como las de ChilePerúArgentinaMéxico y Colombia.

Evidentemente el desafío no se agota en el diseño de nuevos programas de estudio, sino que será importante apoyar a los profesores y estudiantes en las iniciativas de codificación, en adoptar nuevos enfoques de evaluación, en realizar más actividades de sensibilización sobre la importancia de desarrollar estos nuevos alfabetismos, tanto en las diferentes etapas de la educación escolar como en otros espacios de aprendizaje y socialización.

A modo de síntesis, es fundamental comprender que nuevas formas de expresión, nuevos lenguajes y nuevos dispositivos permiten vislumbrar que la conceptualización de los alfabetismos contemporáneos habrán de seguir evolucionando. Ya no concebidos como una habilidad o competencia simple, sino que como un proceso que se aplica, se practica y se contextualiza. Estas nuevas miradas ofrecen herramientas cognitivas que brindan nuevas formas de decodificar y comprender la realidad. Es por ello que los jóvenes (y los no tanto) necesitan desarrollar multi-alfabetismos que les permitan contar con herramientas para brindar una mirada crítica y a la vez propositiva que les posibilite desenvolverse de la mejor forma posible en un mundo en plena transición.