Un ministerio para pensar en el Futuro

Un bebé y un perro en un velero. Sydney, c. 1910 | Samuel J. Hood, Australian National Maritime Museum | Sin restricciones conocidas de derechos de autor

Un bebé y un perro en un velero. Sydney, c. 1910 | Samuel J. Hood, Australian National Maritime Museum | Sin restricciones conocidas de derechos de autor

Ser consciente del futuro de manera ecológica significa ser consciente que hay muchas más escalas temporales (y espaciales) que los humanos tendrían que tener en cuenta y reflexionar. El Ministerio del Futuro es una iniciativa artística dentro de la exposición Después del fin del mundo para convencer a los gobiernos del mundo de que habiliten mecanismos para la política a largo plazo. El primer ministro del Futuro es encarnado por el filósofo Timothy Morton, creador de conceptos como «hiperobjeto» y «ecología oscura», y uno de los pensadores de referencia mundial preocupados por imaginar una nueva relación con el planeta. Reproducimos aquí el discurso que leyó en la inauguración de la exposición donde explica las funciones de este nuevo ministerio y reflexiona sobre los conceptos de «Fin del mundo», «Futuro», «Vida» y «Arte», entre otros.

 

Me llamo Timothy Morton y he sido nombrado Ministro del Futuro por la buena gente aquí en el CCCB.

He venido en avión desde Houston, Texas, y obviamente, aún estoy bajo los efectos del jet lag. Una parte de mi aún está en Houston. Otra parte quedó desparramada sobre el océano Atlántico. Mi alma aún no se me ajusta al cuerpo, por así decirlo. Y esta sensación es exactamente de lo que os quiero hablar hoy. Ser ecológicamente consciente significa tener sensaciones como el jet lag. Quiere decir darse cuenta que te sientes desparramado, que tu mente aún no se corresponde a las condiciones físicas actuales. Y eso explica algo profundo sobre el tiempo, algo que nuestro mundo, tan bien medido, esconde. Os contaré más al respeto en un rato. Esperad un momento.

Me gustaría daros la bienvenida a esta presentación, que tiene por título Después del fin del mundO.

¿Qué significa, el fin del mundo? Significa el fin de la idea que el ser humano es la única entidad del universo que puede definir qué es la realidad. Quiere decir que hay muchísimas entidades no-humanas en nosotros, que nos penetran, que nos permiten existir, que acechan por el horizonte listos para pulverizar, o más bien, pulverizando el escenario aparentemente estable –porque hace tiempo que dura– donde parece que actuemos. Quiere decir que lo que llamamos naturaleza ya nunca más será natural, porque no se comporta como un decorado neutral y bonito para nuestro drama humano. Una parte del escenario se nos cae encima y duele. Se está deshilachando y detrás vemos todo de cosas que no queríamos ver.

Se podría decir que el fin del mundo ya ocurrió. El calentamiento global ya ha empezado. No es lo mismo que decir que todos moriremos o que nada importa. Quiere decir que ya no podemos vivir más como si estuviéramos entre algodones, algodones reales o imaginarios. El fin del mundo ha empezado, sino no podríais sentir lo que acabo de decir sobre escenarios que se colapsan. No hagáis caso a la gente que os advierta que el fin se acerca. A su manera, quieren ayudar. No es un apocalipsis religioso y no vamos a recibir ningún premio ni seremos castigados. Más bien es como aquellas películas en las que la protagonista se da cuenta que está muerta.

Soy el Ministro del Futuro, lo que significa tres cosas.

La primera: significa que soy responsable de aquello que aún no existe. Y estos seres dependen profundamente de lo que hacemos nosotros ahora mismo. En el futuro, dos cosas serán ciertas. Serán más ciertas a medida que miréis en un futuro más lejano.

1: yo, como Timothy Morton, esta persona en concreto, cada vez seré cada vez menos relevante, menos importante.

2: cada cosita que Timothy Morton haga, cada vez será más relevante, más importante.

Salas de espera de la exposición «Después del fin del mundo» | © CCCB, 2017. Autor: Gunnar Knechtel Photography

Salas de espera de la exposición «Después del fin del mundo» | © CCCB, 2017. Autor: Gunnar Knechtel Photography

Hacer esto (mover un pequeño objeto como un vaso unos cuantos centímetros) significará algo enorme de aquí a cien mil años.

Cien mil años es el periodo de tiempo máximo del calentamiento global. Vale. Esto me lleva a la Segunda Cosa.

Ser consciente del futuro de manera ecológica significa ser consciente que hay muchas más escalas temporales (y espaciales) que los humanos tendrían que tener en cuenta y reflexionar. El calentamiento global durará hasta dentro de 100.000 años: el 7 % de los efectos del calentamiento global aún estarán sucediendo, mientras son absorbidos lentamente por rocas ígneas.

Otro periodo son 30.000 años. De aquí treinta mil años, las corrientes oceánicas habrán absorbido la mayoría de los derivados de carbono, pero en la atmosfera, aún quedarán, en suspensión, un 25%. La vida media del plutonio 239 es de 24.100 años. Estos periodos son tan grandes como la historia entera de la Humanidad, o más. Las pinturas de la cueva de Chauvet, en Francia, están datadas de hace 30.000 años.

Otro periodo temporal son 500 años. El 75% de los efectos del calentamiento global aún persistirán dentro de quinientos años. Intento imaginarme como era la vida el 1511.

Ninguna de estas escalas temporales es menos real que la otra. Y tienen alguna cosa en común. Todas estas escalas se pueden predecir, de una manera u otra. Podemos calcular, computar, extrapolar que habrá pasado de aquí muchos años, muy adelante en el futuro.

Esto es el futuro mesurable. Soy el Ministro del Futuro Mesurable. Soy responsable de los seres, humanos y no humanos, los que aún no existen, la existencia de los cuales vendrá determinada por lo que hacemos ahora, por cómo pensamos ahora. Todas nuestras decisiones están influenciadas por ellos, si lo pensáis bien. ¿Aceleraréis al doblar la esquina o reduciréis la velocidad por si acaso hay alguien o alguna cosa? El CCCB acaba de anunciar, oficialmente, que podemos preocuparnos de ello, que tendríamos que preocuparnos de ello.

Pero también soy el Ministro del Futuro Inconmensurable. ¿Qué quiere decir eso? Soy el ministro de la posibilidad del futuro. Soy el ministro de lo futurible, como dicen algunos. De la calidad futurible, de la «futuralidad», si queréis decirlo así.

Este tipo de futuro no es predecible. Este tipo de futuro es el futuro que permite que suceda el futuro predecible. En términos vitales, es la posibilidad que haya vida, de la vida tal y como la conocemos. La vida, que siempre tiene esta necesaria calidad de futuro abierto.

Este tipo de futuro, por lo que respeta nuestra implicación como humanos, tiene otro nombre.

Salas de espera de la exposición «Después del fin del mundo» | © CCCB, 2017. Autor: Gunnar Knechtel Photography

Salas de espera de la exposición «Después del fin del mundo» | © CCCB, 2017. Autor: Gunnar Knechtel Photography

La palabra para este tipo de futuro es arte. El arte es el futuro y yo soy el Ministro del Futuro. Sostengo la puerta abierta para enseñaros que hay otras posibilidades más allá de la puerta. El arte es la puerta. El arte no es solo un cuadro o una representación. El arte es acción, artesanía, creación. El arte es causa y efecto. Y el arte es el futuro. ¿Qué significa una obra de arte? ¿Qué es una obra de arte, al fin y al cabo? No lo sabemos… aún. Esta sensación de «aún no», no se va. Acompaña lo que pasa ahora, como un fantasma. Como la luna que veis por la ventana de un coche que corre: parece que te siga, que flote a tu lado. El arte deja abierta la posibilidad que las cosas sean diferentes, y si sois como yo, de verdad que os gustaría que muchas cosas fueran diferentes, al menos algunas.

Por eso estoy muy emocionado de poder ser Ministro del Futuro aquí. No soy el gobernante, soy el ministro. Apunto hacia la apertura que llamamos futuro, la mantengo abierta y os pido que esperéis mientras el arte pasa. He hecho estas salas de espera en nuestro espectáculo, porque esperar es la asignatura principal, el ingrediente básico en la era del calentamiento global. ¿Ha empezado? ¿Cuándo empezará de verdad?¿Qué va a pasar, entonces? ¿A quién? Todas estas sensaciones tiene que ver con habitar un espacio donde hay otras entidades a parte de los humanos, entidades como el huracán donde estuve hace pocas semanas, en Houston, y estas entidades tienen su propio compás, que tengo que seguir.

Aquel armatoste, que parecía una nave extraterrestre gigante, hacía días que flotaba sobre Houston. Te tenías que esperar. Era tiempo-huracán, no tu-tiempo. Esperar despierta muchos sentimientos, la mayoría poco agradables. Acostumbrarte a estos sentimientos para no hacernos daños los unos a los otros o correr por ahí como pollos sin cabeza cada vez será más importante.

Esperar implica un futuro incierto, abierto. El arte es un futuro abierto, ¿recordáis? El arte mantiene abierto este espacio de espera y así lo podemos estudiar, acostumbrarnos a él y que se nos ocurran cosas en medio de la desazón.

Así que me gustaría daros la bienvenida al futuro, que está ocurriendo ahora, como las sombras de esta sala. Y me gustaría presentaros a los artistas del espectáculo: Benjamin Grant, Natalie Jeremijenko, Charles Lim, Rimini Protokoll, Tomás Saraceno, Superflux, Unknown Fields Division (Kate Davies y Liam Young). Y a los encantadores  comisarios, Rosa Ferré y José Luis de Vicente.

Y ahora, como una sombra, callaré y dejaré que hablen los otros. Gracias.

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Entrevista (corregida): “Innovar es aprender a pensar distinto” @pagina12

Imagen: Leandro Teysseire

Disclaimer: El viernes 10.10.17 el periódico argentino Página 12 publicó una entrevista e incluyó algunas imprecisiones corrijo en esta versión actualizada de la entrevista. Mientras esperamos que la fuente original haga lo propio comparto el texto editado (en color).

En la ciudad vieja de Montevideo, Mario Benedetti ya lo había anticipado. “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron las preguntas”, escribió hace unas décadas. Ahora, del otro lado del charco, el investigador del Instituto de Internet de la Universidad de Oxford Cristóbal Cobo retoma esa idea para explicar los nuevos objetivos del Centro de Estudios Fundación Plan Ceibal, el órgano de investigación en políticas de educación, innovación y tecnología creado como institución independiente cuya creación fue impulsada desde el Plan Ceibal. Este último fue creado en 2007 para favorecer inclusión social e igualdad de oportunidades del sistema educativo uruguayo. En diálogo con PáginaI12, el director del Centro de Estudios de la Fundación Ceibal sostuvo que la tecnología no es un sinónimo de revolución en las aulas y que “la búsqueda debe estar orientada a la innovación pedagógica”, justamente el área más desfinanciada de otro programa educativo de la región, el Conectar Igualdad, que sufrió masivos despidos y reducción del stock de computadoras en los últimos dos años. Cobo, además, profundiza las nociones sobre desobediencia tecnológica y formación docente. “La sociedad del conocimiento es tremendamente generadora de marginalidad. No solamente de infraestructura y de aparatos tecnológicos, sino cognitiva y de igualdad de oportunidades”, agregó.

En el cuarto piso del Centro Cultural de la Ciencia, en el barrio porteño de Palermo, Cobo es esa figurita difícil que completa el álbum: los docentes le piden selfies, ejecutivos de empresas intentan arreglar encuentros con él e incluso, el investigador chileno debió ser el encargado de inaugurar la Semana de la Ciudadanía y la Alfabetización Digital con una charla para trescientos educadores y facilitadores pedagógicos digitales.

“Lo que vengo diciendo en las presentaciones y en mi último libro es una provocación para algunos: se puede seguir teniendo una educación conservadora aún con un montón de tecnología incorporada. Muchas de las conversaciones se centran en los aparatos y la verdad es que las cosas interesantes están por fuera de la tecnología. La innovación es, en realidad, aprender a pensar de una manera distinta”, comentó Cobo.

El Plan Ceibal fue la criatura que creó Cobo Miguel Brecher junto a otros especialistas pedagógicos y políticos del Uruguay. En el 2007, tres años antes que se firme el programa Conectar Igualdad en Argentina, el por entonces –y ahora también– presidente del país oriental, Tabaré Vázquez, entregó la primera laptop en el departamento de Florida, una de las regiones más pobres del interior. Dos años después, todos los estudiantes de primaria obtuvieron una computadora, a la vez que las escuelas, ya sean públicas o privadas, contaban con acceso a wi-fi. “Muchas de esas laptops fueron las primeras que tuvieron las familias. En Argentina seguramente haya ocurrido lo mismo. Pero hoy en día, en los sectores medios y bajos ya cuentan con teléfonos, que no sólo juegan un papel importante en la conectividad sino que ya no es factor de diferenciación social, por ejemplo, tener un Facebook”, reflexionó el director del Centro de Estudios que analiza el impacto de las políticas públicas del proyecto pedagógico.

“Ahora, el nuevo objetivo es construir de la escuela, un laboratorio”. Así sintetiza Cobo la próxima fase del Plan Ceibal. Luego de cumplir la conectividad, el proyecto educativo uruguayo se enfoca en vincular los saberes cognitivos, las tecnologías de la información y la comunicación (TIC´s) y las habilidades socioemocionales, como la creatividad, la sociabilización y la empatía. “Parece algo totalmente novedoso, pero nada que ver, son ideas que deambulaban en siglos anteriores, el tema es que nunca se le prestó mucha atención”, dijo Cobo. La nueva meta es, precisamente, lo que Cobo no observa ahora en el Plan Conectar Igualdad argentino. Lo que dice el educador chileno se asemeja al informe realizado por Ctera donde se alerta sobre el recorte del 43 por ciento del ahora Plan Nacional de Educación Digital en el presupuesto pronosticado para 2018. Y aquello se agrega a la falta de stock (en 2016 se compró la mitad de computadoras que en el año anterior) y el despido de equipos territoriales que articulaban el área de pedagogía con la tecnología. Dicho de otro modo: desfinanciamiento.

–En esta transformación del sistema educativo uruguayo, ¿cuál es el rol que deben cumplir, ahora, los docentes?

–Los maestros han sido, tradicionalmente, agentes que ayudan a llevar el conocimiento a la sociedad. Ellos traían el conocimiento experto a través de libros de textos, programas de estudio. Ahora, con la aparición de las tecnologías y, en particular, de las tecnologías digitales, existe un proceso de descentralización y de desintermediación de saberes. Están Google, Wikipedia, YouTube y muchos otros canales que generan circuitos de información que adquieren muchísima más atención. Entonces, el rol del docente entra en un proceso de transformación, que nada tiene que ver con lo tecnológico sino con la relación del conocimiento: él tiene que ayudar a discriminar el ruido de la señal, lo que es importante de lo que es basura. La metáfora podría ser la del sherpa, ellos te acompañan, te dan orientaciones, si no sigues su camino te puedes caer por un barranco, pero al final del día, la trayectoria la terminás haciendo tú.

–En su libro habla de la desobediencia tecnológica. ¿Cómo entiende ese concepto? ¿Se aplica para los más chicos?

–Absolutamente. La desobediencia tecnológica es animarse a hackear la tecnología. Y eso es lo que los chicos tienen que hacer. América Latina es un continente que, en su gran mayoría, consume tecnología creada por otros y eso te pone una situación de desventaja, porque uno consume la tecnología y otros lo crean. Es decir, alguien pone la música y los demás la bailamos, lo cual produce una dependencia total. Entonces, bueno, cómo hacemos para cambiar la relación con la tecnología, pensar de manera distinta y darle un propósito diferente. Y yo creo que esto ocurre en la actualidad, aunque el sector educativo en la región no lo estimula. En la escuela el profe tiene que cubrir un programa de estudios, evaluar ciertas asignaturas y ese sistema deja pocos espacios para la divergencia. En cambio, en los

Cristóbal Cobo inauguró en Buenos Aires la Semana de la Ciudadanía y la Alfabetización Digital.espacios extracurriculares, se da el lugar para la innovación, el pensamiento divergente y la creatividad.

Pero todavía hay un actor fundamental que no había sido nombrado durante la entrevista: el Estado. Por eso, en el final de la charla, Cobo no duda en incluirlo al indicar que “esta sociedad es tremendamente desigual, no sólo en cuestiones tecnológicas sino también en sistemas de aprendizajes y de igualdad de oportunidades. El Estado no puede ser ajeno a esa lógica”. “Por ejemplo, ahora está la inteligencia artificial. Eso implica una nueva brecha de pobreza: los que la comprenden y los que no logran entender. El Estado tiene que ayudar a regular a eso, pero, a la vez, tiene que buscar la manera de que existan otros actores jugando en la cancha”, completó.

La entrevista concluye. Y, otra vez, docentes le piden fotos al educador.

Informe: Jeremías Batagelj.

CERN: divulgación científica sin fronteras

Reconstrucción del Sincrociclotrón en el CERN. Ginebra, 1975 | © 1975-2017 CERN

Reconstrucción del Sincrociclotrón en el CERN. Ginebra, 1975 | © 1975-2017 CERN

La divulgación científica suele estar destinada al público de las propias instituciones que producen ciencia. Analizamos aquí la experiencia del nodo uruguayo de la Anilla Cultural Latinoamérica-Europa, una red de cocreación, colaboración y participación que enlaza centros culturales de América Latina y Europa con el CERN. Una relación que se inicia con visitas virtuales pero también las incluye presenciales, un caso donde Internet, el entusiasmo y la emoción reducen la distancia con las investigaciones de física de partículas de primera línea.

Tradicionalmente la divulgación científica se ha destinado al público de las propias instituciones que producen ciencia o focalizadas a captar a futuros científicos. Hace cuatro años, resultaba extraño que un centro científico tuviera una política de difusión y apertura hacia todas las personas del mundo, aprovechando el acceso vía Internet en tiempo real. Es el caso del CERN, o Centro Europeo de Investigaciones Nucleares, el principal laboratorio de física experimental fundado en 1954 por doce países europeos, que desde su fundación tuvo una política de apertura del conocimiento científico. Ubicado en Ginebra, sus investigaciones se caracterizan por la colaboración entre científicos e ingenieros a nivel global con el fin de comprender los componentes más profundos de la materia que conforma el universo. El centro tiene un circuito de colisionadores y detectores de partículas instalados a unos cien metros bajo tierra, un espacio subterráneo conocido como ATLAS Room o «la caverna».

Las visitas virtuales

En 2013, la Anilla Cultural Latinoamérica-Europa organizó una conexión con el ATLAS Room del CERN durante el programa de Kosmopolis. Fiesta de la Literatura Amplificada. Ya entonces, el nodo uruguayo de la Anilla participó en línea y manifestó al CCCB el interés de extender esas visitas al público local.

La primera visita virtual titulada «Uruguay visita el CERN» tuvo un despliegue por redes de todo el país y participaron en ella 670 personas entre niños, jóvenes y adultos. A partir de esa visita se iniciaron nexos y desarrollos posteriores. Por ejemplo, en 2015 se diseñó el ciclo en línea sobre los neutrinos. Junto al CERN participaron en directo observatorios como IceCube desde la Antártida, Auger en Mendoza o Angra Neutrino Project en Brasil, entre otros. Quienes se conectaron pudieron establecer una conexión de primer orden con los contenidos científicos, como sucedió entre una localidad norteña de Uruguay, el CERN e IceCube, donde todos pudieron dialogar en primera persona sobre los últimos avances científicos.

En 2016 invitamos a Monica Bello a presentar el programa de residencias artísticas conocido como Arts at CERN, dentro del 3.r Congreso en línea de Educación y Nuevos Medios, con 1.200 participantes de universidades iberoamericanas. Bello compartió su metodología de trabajo, que genera diálogo entre artistas y científicos que colaboran explorando lenguajes artísticos e investigación fundamental para estimular creaciones y descubrimientos. Fue un mensaje inspirador para los asistentes en línea, los cuales están habituados en sus academias a trabajar en áreas específicas sin atreverse a cruzar las fronteras entre distintas disciplinas.

Community DIY science | Shannon Dosemagen | TEDxCERN

Otro desafío interesante fue colaborar con TEDxCERN 2016, puesto que se nos propuso brindar el evento en línea una forma más global. Por ello planteamos involucrar parte de la región latinoamericana con la interpretación simultánea al español. La apertura ha marcado siempre las acciones de extensión del CERN. Con gran satisfacción, desde Montevideo coordinamos a varios actores locales y regionales que participaron activamente.

Para abrir nuevos espacios en la difusión de la física de partículas, creamos la «Red Amigos del CERN en Latinoamérica», inaugurada por Rolf Landua, director de Extensión del CERN. En 2017, hubo otra visita virtual en distintas regiones latinoamericanas con una masiva asistencia.

Estas sinergias culturales constituyen una invitación a sumarse a otras actividades futuras, abiertas a todos aquellos curiosos que quieran conocer e imaginar cómo funcionan las partículas elementales de nuestro planeta y el Universo.

Visita presencial al CERN

Posterior al anuncio del CERN sobre el Bosón de Higgs, durante el año 2014 el colisionador estuvo parado para refacción y ajuste. Ese año se intensificaron las visitas presenciales al CERN, especialmente al Experimento o Colaboración ATLAS, que, con 25 años desde su conformación dentro del laboratorio, es el principal detector de partículas.

En la recepción de Secretaría del CERN, esperaba iniciar mi visita y descender a la «caverna» del ATLAS. Un joven estudiante de doctorado anunció que sería nuestro guía. Partimos en un grupo integrado por estudiantes alemanes de física y quien suscribe, una uruguaya no científica. Salimos al exterior, cruzamos la línea del tranvía que conecta con Ginebra y bordeamos The Globe, que tiene una muestra permanente con los principales descubrimientos del CERN. Dejamos atrás el paisaje veraniego de los Alpes.

Dentro del Experimento ATLAS, el guía sintetizó básicamente sobre física de partículas y vimos la sala de controles. Nos contó cómo todas las cosas están compuestas por materia, esta por átomos, los átomos están formados por electrones que orbitan alrededor de un núcleo, el cual está constituido por partículas subatómicas llamadas protones y neutrones, también formados por partículas más pequeñas denominadas quarks. Hasta el momento se conocen seis tipos de quarks (up, down, top, bottom, strange y charm). Estos, junto con los leptones (electrones, muones, tauones, neutrinos) y los bosones (Higgs, fotón, gluón, W, Z) constituyen las denominadas partículas fundamentales de la materia visible y son las más pequeñas que se han identificado.

Ese espacio ya era conocido por mí, por dos visitas en línea pasadas. Y ahora estaba allí presencialmente. Tuve una sensación extraña, entre lo que conocía del CERN y la ansiedad de estar in situ.

Gran colisionador de hadrones. Ginebra, 2017 | © 2017 CERN

Gran colisionador de hadrones. Ginebra, 2017 | © 2017 CERN

Nos colocamos cascos de seguridad y descendimos hacia la caverna. En los pasillos de acceso, había posters acerca de los anillos interconectados que componen el colisionador, circuitos donde aceleran partículas que chocan y los detectores las receptan. El anillo más grande se llama LHC, que significa Large Hadron Collider o Gran Colisionador de Hadrones, y mide 27 km de circunferencia. Está planificada la construcción de un anillo mayor, con 100 km de circunferencia, por debajo del lago de Ginebra.

Al recorrer las enormes salas que alojan los servidores del CERN, nuestras voces disminuyeron el volumen. Seguimos con la adrenalina muy alta por corredores articulados. Una puerta se abrió y llegamos al espacio que alberga el detector. Un espontáneo silencio grupal sustituyó la presencia de esa magnífica pieza tecnológica.

Desde un balcón mirando el centro del detector me asomé y vi toda su estructura, probablemente la mayor concentración de cables del mundo estaba ahí. Comparé mi altura con el tamaño de aquella mole cilíndrica y estimé que podía repetir mi cuerpo unas veinte veces; en realidad son treinta veces. En pocos segundos mi memoria pasó por los anillos que había visto antes en los posters. Mentalmente viajé y regresé al mismo sitio: al balcón mirando el detector. Abrumada, pensé en el conocimiento acumulado para producir y mantener esa maquinaria.

De regreso en la superficie del ATLAS, nuestro guía explicó cómo funciona la calibración de imanes para que los haces puedan chocar exactamente. Entendimos la transferencia que hace el detector desde procesos analógicos hasta imágenes digitales para ser estudiadas. También mencionó una publicación, de la revista Nature, que pondera la cultura científica del CERN comparando las siglas LHC en clave de Large Human Collision o Gran Colisión Humana, donde personas de diferentes nacionalidades y culturas interactúan con un objetivo científico. Quisiera agregar otra posibilidad para las siglas LHC, como Large Human Construction o una Gran Construcción Humana, en la historia de la ciencia y la humanidad.

Finalizada la visita, no esperaba encontrar esa saciedad mental y emotiva del haber estado ahí.

Un año después, en Montevideo, preparando una videoconferencia con el artista Ignacio Iturria, él mencionaba situaciones que marcaron su percepción. Un recuerdo fue su visita al zoológico donde vio encerrado a un elefante en una jaula. Esto provocó en él exploraciones artísticas en relación a la escala. Enseguida conecté este ejemplo del tamaño de las cosas y su percepción al recuerdo vívido de la caverna. Una especie de metáfora visual: «un elefante en un anillo» emulando el circuito de colisión y su detector.

La visita a la caverna fue una antológica experiencia estética y, junto con ella, un recursivo goce de haber estado allí. Esta asimilación conceptual y emocional constituye una serendipia múltiple. Sin lugar a dudas, la fortuna encontrada fue un hecho signado para ser compartido con otros.

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¡Ya llega la 11ª Charla! "Experiencias de resistencia colectivas frente al sistema capitalista" con Carolina Vélez

En noviembre conoceremos de la mano de Carolina Vélez diversas experiencias de resistencias grupales frente a los sistemas tradicionales en los cuales estamos inmersos ¡Apúntalo en la agenda y acompáñanos!   Queridos amigos ¡Ya estamos próximos a la 11ª Charla tejeRedes de 2017! Esta vez nos visitará Carolina Vélez quien es licenciada y profesora en filosofía, egresada de la Universidad

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¡tejeRedes por Latinoamérica! Te contamos nuestros talleres en Quito y Antioquia

Durante octubre volamos hasta Sudamérica, específicamente hasta Ecuador y Colombia, para participar en dos hermosas actividades de índole colaborativa con un marco de personas muy potente en cuanto a calidad y cantidad.   Nuestra primera parada fue en Quito, Ecuador, para participar en el III Encuentro de Educación Artística, actividad organizada por ARTEDUCARTE, durante los días 20, 21 y

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Optimismo enfadado en un mundo sumergido: una conversación con Kim Stanley Robinson

Kim Stanley Robinson | Ilustración de José Antonio Soria | CC-BY

Kim Stanley Robinson | Ilustración de José Antonio Soria | CC-BY

Kim Stanley Robinson es uno de los autores de ciencia ficción más reputados y uno de los principales exponentes de la climate fiction. Su obra, situada en un futuro cercano, nos aproxima a conceptos como el antropoceno, la terraformación o el postcapitalismo. Con él analizamos la vinculación entre la crisis ecológica y la económica, poniendo el énfasis en la necesidad de una nueva economía política. También exploramos el rol del arte y la literatura a la hora de formular futuros posibles, la importancia de la imaginación para encontrar soluciones y la defensa del optimismo y el humor ante el escenario al que nos enfrentamos. Esta entrevista, realizada por José Luis de Vicente, forma parte del catálogo de la exposición Después del fin del mundo, en la que el escritor participa con un prólogo audiovisual.

Se dice que las novelas de tu Trilogía de Marte (Marte rojo, Marte verde y Marte azul, 1992-1996) son quizás el ejemplo más logrado del uso del concepto de «terraformación» en la ciencia ficción, o sea, la posibilidad de que el ser humano puede transformar un planeta entero para hacerlo habitable y reproducir condiciones semejantes a las de la Tierra. La Trilogía de Marte explora la idea de que todo proyecto de terraformación necesariamente sería no solo técnico, sino también político. Como escribe McKenzie Wark en Molecular Red: A Theory of the Anthropocene, en tu versión de Marte, «las cuestiones de la naturaleza y la cultura, la economía y la política nunca pueden ser tratadas aisladamente, ya que todos los niveles tienen que organizarse de forma conjunta».

En la Trilogía de Marte, ¿en qué consiste la terraformación entendida como proyecto político, y qué nos dice acerca de la transformación de la Tierra por la mano del ser humano?

Hace unos veinte años, empecé a leer en la literatura especializada de las ciencias planetarias que Marte era un planeta inusual. Se encontraba fuera de la zona habitable del Sol, y, dado que tenía agua y otros gases volátiles congelados que necesitamos para vivir en la Tierra, cabría la posibilidad de calentar el planeta y liberar esos gases para básicamente recrear una atmósfera, y luego introducir el patrimonio genético, las formas de vida y la biosfera de la Tierra en el contexto marciano. Esta combinación permitiría conseguir algo nuevo parecido al Alto Ártico o a Siberia, un espacio humano que sería habitable sin tener que usar trajes espaciales. De hecho, Carl Sagan fue el astrónomo que de manera muy destacada hizo hincapié en esto. Era una idea bastante de ciencia ficción, pero factible en el mundo real.

Y esa historia no se había escrito. Había sido concebida en la teoría y, de manera muy vaga, en la ciencia ficción: historias de viajes rápidos y fáciles por la galaxia en los que si te encuentras un planeta que está congelado lo calientas. Una superciencia de ingenieros cósmicos. Pero fue a raíz de la suposición de Sagan de que Marte es un lugar donde realmente es posible llevar esto a cabo con la ingeniería humana actual o de un futuro próximo cuando el planeta rojo resultó apropiado para ello. Se trata de una idea nueva en la historia, que no acaba de encajar con ninguna idea previa de la actividad humana. No consiste exactamente en crear una civilización; bueno, sí, pero también hay que crear la matriz física para esa civilización. No es como la llegada al Nuevo Mundo, cuando los europeos descubrieron las Américas y casualmente exterminaron a los habitantes autóctonos y los sustituyeron por su propia civilización, ya que en Marte no hay nadie. Bueno, desde que escribí mi libro se ha sugerido que todavía podría haber vida bacteriana; la probabilidad no es alta, pero tampoco es algo imposible.

La construcción de ese nuevo mundo sería un proyecto multigeneracional, y además, obviamente, la civilización humana que lo ocuparía sería nueva. Cultural y políticamente eso sería un avance, porque permitiría no reproducir las viejas fórmulas aplicadas a lo largo de la historia en la Tierra. Como proyecto multigeneracional, sería algo parecido a la construcción de las catedrales europeas, en que ninguna generación preveía terminar la obra. En el momento en que la obra estuviese ya a punto de completarse, la civilización que se encargaría de ella sería distinta de la que inició el proyecto.

Terraforming Mars: How to Turn the Red Planet Blue | Futurism

Toda esta idea, y la novela, era también una manera de hablar de lo que estamos haciendo en la Tierra. Era un ejercicio de modelismo, con un ejemplo miniaturizado de construcción de un mundo, de una civilización. Pero lo que el escenario de Marte me aportaba, y aporta a toda la humanidad, es la idea de que el sustrato físico del planeta también forma parte del proyecto, y tenemos suficiente poder como para influir en él. No para crearlo, no para controlarlo del todo, no para modificarlo completamente, porque es demasiado grande y no tenemos tanta capacidad de manipular los grandes sistemas implicados, ni disponemos de la cantidad de energía necesaria, pero sí tenemos suficiente como para desordenarlo todo y modificar el sistema sutilmente.

Creo que esto fue la antesala de la idea del Antropoceno. El Antropoceno es precisamente el momento geológico en el que la humanidad se convierte en factor geológico, y constituye un ejercicio de la ciencia ficción explicar que dentro de cincuenta millones de años los descendientes de la humanidad, u otra civilización alienígena, mirarán la Tierra y dirán: «Ese fue el momento en que la humanidad empezó a tener un impacto sobre las cosas equivalente al de los volcanes o los terremotos». Así pues, mi Trilogía de Marte es una historia de ciencia ficción contada en el contexto cultural contemporáneo como un modo de definir lo que estamos haciendo en este momento. Eso se proponía mi proyecto sobre Marte, y ahora el concepto de Antropoceno ha pasado a formar parte de nuestro marco mental.

Siete años después de la publicación de Marte rojo, en el año 2000, se empezó a utilizar el término Antropoceno y fue objeto de debate. Tengo curiosidad por saber qué opinas sobre la ascendencia y la centralidad que está teniendo en los últimos años, y sobre qué importancia tiene hoy en día política y socialmente como prisma para comprender el estado del mundo en el siglo xxi.

En cuanto al concepto de Antropoceno, yo creo que cuando los científicos acuñaron el término por primera vez lo que querían era intervenir políticamente. Querían decirnos que si el impacto de la humanidad sobre la Tierra es en gran parte negativo en términos ecológicos, y si consideramos que este impacto es muy significativo, hasta tal punto que hemos generado un nuevo período geológico, entonces tenemos que hacer un cambio de mentalidad en cuanto a nuestras actitudes ante lo que estamos haciendo con nuestro sustrato biofísico. Y una de las ideas que creo que el concepto de Antropoceno pone sobre la mesa es que la Tierra es nuestro cuerpo, y podemos modificarlo sutilmente, podemos tener impacto sobre él, podemos enfermar.

«Procesos que en el pasado debieron de durar tres, cuatro, cinco millones de años, o incluso más, cincuenta millones de años, están teniendo lugar en tan solo cincuenta años, es decir, un millón de veces más rápido. No hay forma de saber qué sucederá.»

Si desencadenásemos bucles de retroalimentación en el sistema biofísico —que provocasen que las temperaturas se disparasen o que la concentración de metano en la atmósfera, medida en partes por millón, llegase a niveles altísimos—, no tendríamos el poder de revertir esos bucles. Se piensa que en los inicios de la formación planetaria Venus tuvo una atmósfera similar a la de la Tierra, y que ese planeta es el resultado de una serie de bucles de retroalimentación incontrolados que generaron gases de efecto invernadero. Ahora la superficie de Venus recibe una presión noventa veces superior a la de la Tierra, y la temperatura es tan alta que el plomo llega a fundirse. Probablemente en la Tierra no llegaríamos a tales extremos, porque estamos muchísimo más lejos del Sol que Venus, pero es innegable que en el pasado ha habido épocas en que la Tierra ha sido una bola de hielo, sin una sola gota de agua fundida, y también ha habido momentos en que ha sido un planeta cubierto de selva, con toda el agua fundida, sin un ápice de hielo en todo el planeta. Y eso ha sido debido a los extremos naturales relacionados con la órbita planetaria y a bucles de retroalimentación de la atmósfera generados por procesos naturales. Sin embargo, aunque es verdad que lo que está haciendo la humanidad —que conduce a la necesidad de acuñar el término Antropoceno— nos está llevando a situaciones que ya se han producido anteriormente en nuestro planeta, nunca se habían dado a una velocidad tan extraordinaria como la actual. Procesos que en el pasado debieron de durar tres, cuatro, cinco millones de años, o incluso más, cincuenta millones de años, están teniendo lugar en tan solo cincuenta años, es decir, un millón de veces más rápido. No hay forma de saber qué sucederá.

El término Antropoceno se ha extendido rápidamente en el ámbito universitario, en contextos discursivos y de la cultura, y es objeto de análisis y debate. Todo el mundo llega a conclusiones distintas en cuanto a su significado, y se le han dado nombres alternativos como Capitaloceno, término que da a entender que no es solo la humanidad, sino el capitalismo, lo que está causando este impacto.

Me preocupa que nos hayamos tragado el concepto de Antropoceno y ya no le demos la importancia que tiene; la profunda conmoción que debería implicar ha quedado ya difuminada dentro de uno de nuestros juegos de ideas.

New York 2140 (2017), tu primera novela publicada después de la firma del Acuerdo de París, tiene lugar en un mundo que se está adaptando a los efectos catastróficos del cambio climático, pero también que trata de evolucionar más allá de nuestro actual modelo económico. En el libro, la crisis ambiental a escala planetaria y la crisis del capitalismo causada por el colapso financiero del año 2008 se presentan como dos acontecimientos entrelazados. La novela sugiere que la historia de los próximos doscientos años estará marcada por la interrelación de estas dos crisis.

En New York 2140 quería que la subida del nivel del mar fuese lo bastante considerable como para que el Bajo Manhattan se convirtiese en una Venecia, en una especie de símbolo gigantesco del cambio climático que estamos viviendo. Por eso he situado la novela en el año 2140, que es dentro de 120 años. Por motivos de plausibilidad, es necesario todo ese tiempo para que el mar suba hasta ese nivel y para que yo pudiese contar lo que quería en mi historia.

Pero la verdad es que en el presente ya nos encontramos en ese momento de cambio climático y crisis. El proyecto político sobre el que discurre mi novela debería aplicarse ya ahora, no dentro de 120 años. En el mundo real, nos encontramos con la necesidad de que nuestro sistema económico tenga en cuenta el daño causado al ecosistema y pague por él.

Tenemos que descarbonizar nuestra forma de crear energía y la forma en que nos desplazamos en este planeta. Y eso tiene que ser, si no rentable, asequible. Las personas tienen que ser remuneradas para llevar a cabo esa tarea, porque se trata de un proyecto de gran envergadura. No es un problema de dificultad tecnológica —ya disponemos de paneles solares, de coches eléctricos, más o menos hemos solventado los problemas técnicos en la fase prototípica—, sino que la cuestión es que el despliegue generalizado de estas tecnologías es un proyecto humano enorme, equiparable al esfuerzo de unir al mundo entero para luchar en la Segunda Guerra Mundial. Todo el mundo debería convenir en que, sí, esto es suficientemente importante como para que las carreras profesionales, las vidas de las personas, se dedicasen a la sustitución de las infraestructuras y a la creación de un plan físico, sostenible, de descarbonización para el resto de la civilización.

«En el mundo real, nos encontramos con la necesidad de que nuestro sistema económico tenga en cuenta el daño causado al ecosistema y pague por él.»

Pues bien, el capitalismo, tal como está montado actualmente, no funciona así, porque eso no es rentable. Al mercado no le gusta; y con mercado me refiero —y creo que es a lo que se refiere todo el mundo, aunque no lo reconozcan— al capital, al capital acumulado, y al lugar en el que este quiere colocarse a continuación. Y el lugar en el que quiere colocarse a continuación es aquel donde tenga la tasa de rentabilidad más elevada, de modo que, si invertir en viviendas de vacaciones en la costa española tiene una rentabilidad del 7 % y en cambio construir una nueva central eléctrica limpia en las altiplanicies despobladas de España tiene una tasa de rentabilidad de solo el 6 %, el capital disponible de este planeta destinará antes el dinero, la inversión y el trabajo humano a casas de vacaciones en la costa española que a centrales eléctricas. Así es como funciona, y no hay ningún control sobre eso, exceptuando a los Gobiernos de los Estados nación, que miran, cada uno de ellos, por su propia responsabilidad y su propio poder, y se sienten en competencia con los demás, de tal modo que no quieren perder ventaja diferencial. Así pues, si España ganase una cierta cantidad para su país, pero se sacrificase en beneficio del capital internacional o de otros países, perdería la batalla por tener ventaja competitiva en el sistema capitalista.

Nadie puede permitirse el lujo de ofrecerse para ser especialmente virtuoso en un sistema regido exclusivamente por las ganancias trimestrales y el valor de cotización en bolsa. Allí donde el mercado manda todos luchamos por las migas y contribuimos a que el mercado realice las mejores inversiones posibles. De modo que el dinero disponible puede moverse a cualquier lugar del planeta sin ningún tipo de penalización. El mercado puede decir: «Tanto da qué más suceda, tanto da que el planeta se vaya a pique dentro de cincuenta años y se muera el mundo entero, lo más importante es obtener ganancias trimestrales y mejor cotización en bolsa y una rentabilidad inmediata, instantánea, de nuestra inversión». Así pues, el mercado es como un gigante ciego que nos conduce hacia un acantilado para destruirnos.

Es otra manera de decir que necesitamos un poscapitalismo. En New York 2140 he contado la historia de una revolución popular y una revolución política que crea un poscapitalismo para resolver el problema ecológico, porque es la única solución posible. El mercado no tiene cerebro, ni consciencia, ni moral, ni sentido de la historia. El mercado solo se rige por una consigna, y es una mala consigna, una consigna que solo funcionaría en un mundo en el que las materias primas fuesen infinitas, lo que los ecomarxistas denominan los «cuatro recursos baratos»: alimentos baratos, energía barata, mano de obra barata y materias primas baratas.

No existe ningún lugar nuevo al que poder ir para conseguir recursos baratos; no existe ninguna manera de conseguir alimentos baratos, etcétera. Los «cuatro recursos baratos» no existen, y, sin embargo, el mercado está diseñado para no hacer nada para solucionarlo. Esta historia hay que contarla, y, en cierto modo, ya se está contando, pero también hay que darle forma, y esto es lo que me saca de quicio y termino por desesperarme.

¿Qué necesidad tiene un autor de ciencia ficción de California de reunir todo esto en una historia que todo el mundo está contando? Espero que los integrantes de la próxima generación, los que desarrollarán su propio poder intelectual y ocuparán el poder político y económico, serán los ciudadanos más productivos, al inicio de sus carreras, para cambiar esta historia de arriba abajo. No obstante, a veces me quedo atónito al ver lo inmaduros que estamos a la hora de comprender este sistema.

Has dicho que el Antropoceno no solo implica la transformación de los sistemas ecológicos y de la relación que establecemos con ellos, sino que a la vez requiere una nueva economía política. ¿Podrías desarrollar qué sería una economía política del Antropoceno?

Estamos viviendo un momento en la historia de la humanidad que es excepcional por el hecho —tal vez nuevo y sin precedentes— de que tenemos una economía global. Estamos en un período breve en el que parece que el tardocapitalismo, el capitalismo neoliberal, etcétera, gobierne el mundo, incluso se ha hablado del «fin de la historia»: la idea de que, una vez el capitalismo fuese predominante, sería el orden de cosas preferible, hasta tal punto que no desaparecería jamás. Todo el planeta estaría regido por un sistema capitalista global que seguiría en pie mil años, que no se acabaría nunca, porque ningún otro sistema podría sucederlo.

«El Antropoceno es ese momento en que la expansión capitalista ya no puede seguir creciendo y se produce un colapso del sistema biofísico —el cambio climático—, y entonces tiene lugar un colapso de la economía política.»

Es una idea un poco descabellada, porque siempre se trata de un sistema basado en el crecimiento permanente dentro de un sistema físico que tiene límites y no es infinito en cuanto al tamaño. Pero es que el crecimiento permanente no es posible. Gente como Giovanni Arrighi lo explican con su idea de que el capitalismo se ha apropiado de los recursos naturales y humanos locales, los ha arrastrado hacia usos capitalistas y entonces ha expandido sus poderes (normalmente poderes técnicos, o simplemente político-humanos) para lograr una expansión mayor. Esto se ha dado de Génova a Holanda, de Gran Bretaña a los Estados Unidos…, englobando un campo de acción cada vez mayor que ha sido arrastrado hacia la práctica, producción y acumulación de ganancias capitalistas. Y una vez has arrastrado así a todo el planeta, no hay siguiente paso. Creo que esta es otra definición de Antropoceno: el Antropoceno es ese momento en que la expansión capitalista ya no puede seguir creciendo y se produce un colapso del sistema biofísico —el cambio climático—, y entonces tiene lugar un colapso de la economía política, porque, si tienes un sistema que requiere un crecimiento, una acumulación de capital y unas ganancias permanentes, y ya no puedes mantener más ese ritmo, estalla una crisis que no puede solucionarse con la siguiente expansión.

Si el Antropoceno es una crisis, un final en el camino del capitalismo, ¿qué es el poscapitalismo? Para mí, hay una desoladora carencia de debate y teorización en torno a esta cuestión. Como escritor de ciencia ficción, como licenciado en lengua inglesa, como narrador —no como teórico ni como economista político—, busco un apoyo, busco teorías y especulaciones sobre qué sucederá a continuación y cómo funcionará, y me encuentro prácticamente con el vacío. Conocer el caso de una pequeña ciudad del norte de España, Mondragón, de 170 000 habitantes y una economía de 2 000 millones de dólares, vale la pena y es interesante, pero representa una trillonésima parte del mundo y, a pesar de todo, muy poca gente sabe que existe.

Cuando piensas en los demás poscapitalismos, te encuentras con la nada. Es lo que se conoce como aporía: la no-visión, que forma parte de la cultura humana de hoy en día. Ese es otro aspecto del Antropoceno. Está aquí, pero todavía no nos hemos dado cuenta, y no lo hemos asumido. La situación básicamente ha cambiado, y la economía política vuelve a hacer acto de presencia.

El estudio económico es el análisis cuantitativo y sistemático del propio capitalismo. No lleva a cabo un trabajo especulativo o proyectivo; tal vez debería, o sea, me encantaría que así fuese, pero no es el caso. Nos encontramos ante un momento peligroso, así como ante un signo de demencia e incapacidad cultural. Es como si padeciésemos degeneración macular y nuestra visión de la realidad estuviese nublada por una gran mancha negra justamente en la dirección en la que estamos andando.

Puede que uno de los problemas para desarrollar un modelo económico alternativo sea cómo desarrollar políticas a largo plazo en una sociedad de incentivos a corto plazo. El Acuerdo de París implica comprometerse con objetivos a largo plazo, con un escenario de cero emisiones de carbono en el año 2100, pero no tenemos manera posible de conseguir que los políticos se comprometan con estos escenarios más allá de sus necesidades a corto plazo. Durante la elaboración de la exposición «Después del fin del mundo» hemos debatido mucho sobre la idea de que todos los gobiernos deberían crear un «Ministerio del Futuro» que represente los intereses de los que aún no han nacido pero se verán directamente afectados por nuestras acciones.

Me gusta mucho la idea de un Ministerio del Futuro. Lo que sí tenemos, eso seguro, es una economía mundial, una economía capitalista global. Esto no necesariamente es malo, porque vivimos en un mismo planeta y, por lo tanto, es bueno reconocer que efectivamente es una economía global.

Si las reglas de esta economía global fuesen buenas, no podría haber agentes malos, porque, si todos los países del G20, o sea, el 95 % de la economía, se rigiesen por buenas reglas, los agentes codiciosos no tendrían adonde huir, adonde desplegar su codicia.

Aunque parezca increíble, el Acuerdo de París lo firmaron los países más relevantes, que representan el 98 % de las emisiones de CO2 del planeta, y todos acordaron un plan de acción. Si bien los objetivos que se marcaron cubren tan solo la mitad del camino que debemos recorrer, al menos dentro de unas décadas podremos estar a medio camino de la descarbonización y dispondremos de una base técnica con una huella de carbono neutral, después de la cual el concepto de base técnica con una huella de carbono negativa no es en absoluto inalcanzable. Desde luego, se puede teorizar sobre ello e incluso se puede empezar a llevar a cabo, porque muchas de las actividades con una huella de carbono negativa no son tan difíciles: la reforestación, la creación de turberas… Las tecnologías biológicas que permiten eliminar carbono de la atmósfera no son conceptualmente tan complejas ni incomprensibles para nosotros como personas.

Relato de Kim Stanley Robinson, que introduce la exposición «Después del fin del mundo» | CCCB

Que esto se lleve a cabo dependerá de las decisiones a corto plazo que se vayan tomando. En cambio, si tuviésemos un Ministerio del Futuro… O si los ministerios del Medio Ambiente fuesen suficientemente poderosos como para hablar del futuro como lo hiciesen del medio ambiente… O para hablar de los agentes no humanos del sistema, que son de los más cruciales, en cierto modo más importantes que cualquier grupo de humanos o incluso que cualquier generación de humanos…

Se ven atisbos de una solución. Esto es muy importante para cualquier persona que quiera tener esperanza o para todos aquellos que se den cuenta de que habrá humanos después de nosotros, las futuras generaciones. Es extraño, porque esas generaciones no existen ahora, pero existirán, serán nuestros descendientes e incluso llevarán nuestro ADN. Habrá versiones de nosotros, pero, como no están aquí ahora, resulta muy fácil ignorar las cuestiones que les afectarán.

De hecho, la economía capitalista descuenta esas cuestiones, en el sentido técnico de lo que en la ciencia económica se denomina tasa de descuento. Así, una tasa de descuento elevada en los cálculos económicos del valor —como las amortizaciones o pedir prestado del futuro— equivale a decir: «Para nosotros el futuro no es importante, ellos ya cuidarán de sí mismos»; y una tasa de descuento baja es como decir: «Nosotros nos responsabilizaremos del futuro, creemos que el futuro importa, que la gente que vendrá importa». La elección de la tasa de descuento es una decisión puramente ética y política; no es técnica ni científica, exceptuando, quizás, la recomendación técnica de que, si queremos que nuestros hijos sobrevivan, más vale que elijamos una tasa de descuento baja. Pero este «si» es una aseveración de tipo moral, imaginativa, y menos práctica a largo plazo.

Así pues, la idea de un Ministerio del Futuro me parece genial, o un departamento de la ONU que diga: «Nosotros hablamos en nombre de las personas que vivirán dentro de cien años», igual que en la Constitución de Ecuador hay partes que vienen a decir que el bosque tiene voz en el Parlamento. Sería fantástico. No es utópico, en el sentido de algo sumamente teórico e improbable y un poco descabellado, porque en el contexto del Acuerdo de París encaja como una de las repercusiones, una de las derivadas automáticas o corolarios, de decir: «Bueno, tenemos el Acuerdo de París, ¿cómo lo llevamos a cabo?». Es una de las cosas que sería recomendable llevar a cabo, para que se vea como algo cada vez más práctico.

Me he pasado unos quince años hablando de estos temas, y, hace diez años, cuando decía que se firmaría el Acuerdo de París, la gente decía: «¡Qué va, eso no sucederá nunca!». Como escritor de ciencia ficción utópica, ha sido un momento muy bonito.

Consideramos que la cultura y las artes pueden desempeñar el papel de dar forma a escenarios sociales que demuestren que otros mundos son posibles, y que viviremos en ellos. A tu juicio, como autor de ciencia ficción, ¿qué peso pueden tener las artes, la literatura y la ficción literaria a la hora de contribuir a formular futuros posibles? Parece que imaginar otras formas de vivir es clave para llevarlas a la práctica, para hacerlas factibles.

«Las ciencias tal vez sean la voz cultural dominante para indagar lo que sucede en el mundo y cómo funcionan las cosas, pero para llegar a las sensaciones que nos causan las cosas, al impacto emocional, lo hacemos a través de las artes.»

A lo largo de toda mi vida mi proyecto ha consistido en pensar esa literatura en particular, pero todas las artes están ahí para ofrecernos puntos de vista que nos hablen del significado de la vida humana. En un mundo sin Dios y sin ningún otro tipo de comprensión inmediata de qué hacemos en este universo, eso lo hace el arte. Para mí, la literatura crea significado y nos habla de las sensaciones que nos causan las cosas.

Las ciencias tal vez sean la voz cultural dominante para indagar lo que sucede en el mundo y cómo funcionan las cosas, así como los detalles técnicos sobre cómo y por qué funcionan; pero para llegar a las sensaciones que nos causan las cosas, al impacto emocional, que es algo crucial para la mente y para la vida humana en general, lo hacemos a través de las artes. Podría ser una especie de gestalt, que es lo que buscan las artes, la gestalt que surge de los datos.

Hoy en día, en el mundo de las artes, quizás donde esto se dé de forma más relevante sea en el giro especulativo que han experimentado campos como la arquitectura y el diseño, con el surgimiento de ámbitos como el diseño ficción y el diseño crítico especulativo, o la combinación de la arquitectura y las ficciones sobre el futuro.

Está bien que hagas hincapié en el diseño, porque el diseño es una amalgama extraña, es como un cíborg de ciencia ficción entre el arte y la ingeniería, la planificación, la construcción y la realización de cosas en el mundo real.

Lo bueno del diseño, de la arquitectura y de la ingeniería es cuando tienen ese elemento especulativo y van más allá de lo económico. Esto es lo que me fastidia de la ciencia económica: su adhesión ciega al sistema capitalista, a pesar de su carácter tan destructivo. Se dedican cantidades ingentes de energía intelectual al análisis jurídico pseudocuantitativo de un sistema ya existente que es destructivo. Pues bien, este sistema ya no sirve, porque está echando a perder la infraestructura biofísica, como he mencionado antes.

Así pues, la crítica a la ciencia económica se hace desde sus propias ciencias sociales: la antropología, la sociología, etcétera; y en los ámbitos del diseño y la arquitectura, tenemos aplicaciones utópicas de la concepción que surge de las artes, la visión gestáltica: «¡Ay, ay, que nos vamos a estrellar! Tenemos que enderezar el rumbo, tenemos que inventar una nueva forma de vivir».

¿Cuál sería esa nueva forma de vivir? Los economistas no van a reflexionar sobre ello. A menudo, los artistas no son suficientemente específicos en los detalles técnicos y físicos, y eso hace que puedan ser más novelistas de fantasía que de ciencia ficción; en las artes hay demasiadas posibilidades —y lo sé por propia experiencia— de aportar una respuesta de fantasía, la realización de un deseo. En cambio, cuando uno hace arquitectura, piensa: «Bueno, necesito diez millones de dólares, necesito ese terreno, tengo que arrastrar las vidas de quinientas personas durante diez años de su carrera para poder hacer algo bueno que las futuras generaciones puedan utilizar».

Ahora mis circunstancias profesionales me llevan a conocer a personas así y me fascina la capacidad que tienen de arrastrar a otros hacia la realidad en sí, para hacer cosas en el mundo real. De verdad que creo que mi profesión, pese a algunas dificultades, es sumamente fácil comparado con organizar la realidad, conseguir financiación para ella, llevarla a cabo y cumplir con los códigos de edificación, con las leyes; hacer todo ese esfuerzo para sacar el trabajo adelante. Ahí es donde está el talento, en las carreras inspiradas de la gente que se dedica a cosas así. En general, sobre todo en este momento de mi vida, son los jóvenes los que tomarán el mando del mundo, en el sentido más literal; los que dirán: «Vale, ahora haremos todas estas cosas, porque son sostenibles, porque son justas, porque son necesarias para que la vida humana continúe en la Tierra». Me gusta ser una inspiración para esas personas con mis historias descabelladas.

Uno de los motivos para atribuir un rol a las artes en nuestro futuro es que parece que uno de los déficits que tenemos como sociedad es el déficit de imaginación. Por ejemplo, ¿por qué crees que con el neoliberalismo parece más fácil o tentador pensar en huir del planeta y fundar colonias en Marte que en trascender nuestro modelo económico y social e inventar una forma completamente nueva de vivir en la Tierra? Uno de los personajes de Marte rojo, Arkady Bogdanov, dice: «No solo hemos de terraformar Marte, tenemos que terraformarnos nosotros mismos». ¿Cómo podemos evitar esto?

Si resulta que tienes un problema que parece irresoluble y titánico y entonces alguien viene y te da una solución que es más bien como un juguete, en lugar de ocuparte de ese problema irresoluble y titánico, puedes construir una pequeña maqueta del problema en el suelo y hacer que se desarrolle como a ti te plazca. La tentación es ir a un territorio que sea más simple, más pequeño y más apto para la acción, y por eso pensamos: «Construiremos una pequeña ciudad en Marte». Pero el caso es que eso no funciona como solución a los problemas del mundo, si bien durante un tiempo tratamos de no pensar en eso, porque hay algo atractivo en poder lograr algo en un mundo que parece todo helado.

«La gente todavía tiene el poder en sus manos. Los individuos, si fuesen solidarios entre ellos y si siguiesen un plan político, podrían provocar que los mercados financieros mundiales quebrasen y perdiesen su dominio de la economía simplemente declarándose en huelga.»

Después de la quiebra de la economía mundial en 2008, el sistema neoliberal empezó a parecer un poco más frágil y brutal, menos sólido e inamovible. Veo las cosas de un modo muy diferente. Desde la quiebra de 2008 el mundo está reaccionando de un modo muy distinto a como lo hacía antes. Había una fe ciega en el funcionamiento del capitalismo, incluso aunque no funcionase no se podía cambiar, era demasiado grande para modificarlo. Lo que yo sugiero se inspira en los economistas radicales que provienen de la economía política, de la antropología y de la política de izquierdas, que dicen que simple y llanamente se ha potenciado demasiado el sector financiero mundial y eso hace que sea extremamente frágil y esté expuesto a ser derribado. Porque depende de que todo el mundo pague sus facturas y cumpla sus contratos.

En cuanto a la posibilidad de huir de todo esto, la gente todavía tiene el poder en sus manos. Los individuos, si fuesen solidarios entre ellos y si siguiesen un plan político, podrían provocar que los mercados financieros mundiales quebrasen y perdiesen su dominio de la economía simplemente declarándose en huelga. La huelga es un concepto que todo el mundo entiende, y a la gente no le desagradaría la idea de unirse a los demás y durante dos o tres meses seguidos dejar de pagar la hipoteca o los préstamos recibidos para los estudios, y llamarlo un movimiento político. Sería interesante intentarlo. Siempre y cuando no significase ir a la cárcel, puesto que demasiadas personas estarían haciendo lo mismo y sería imposible encerrarlas a todas, podemos imaginarnos probándolo y ver qué pasa. Del mismo modo que los norteamericanos dijeron: «Pues votemos a Donald Trump y que todo se vaya al traste, a ver qué pasa, tal vez la situación mejore cuando hayamos destruido cosas».

En el Antropoceno parece que podemos encontrar todo el espectro de posicionamientos morales, empezando por los extincionistas que proponen que deberíamos empezar a despedirnos, porque la humanidad ya está abocada a su propia extinción.

La extinción humana, ¡menuda gilipollez! Los humanos buscarán en todas partes y encontrarán dónde refugiarse. Podemos imaginar desastres horribles y que la población humana se reduzca drásticamente, pero la extinción no es planteable para los humanos, y en cambio sí para los demás. Todos nuestros parientes horizontales, los otros grandes mamíferos, se encuentran en graves problemas a causa de nuestra conducta.

De hecho, este enfoque sobre la humanidad a mí me indigna: «¡Uy, tendremos problemas!». ¿Y qué? Nos merecemos tener problemas, nosotros hemos provocado los problemas. Las extinciones de los otros grandes mamíferos… Los tigres, los rinocerontes, todos los grandes mamíferos que no son animales domésticos salidos de nuestras fábricas, se encuentran en graves problemas. Así pues, los esfuerzos humanos deberían centrarse en evitar la extinción de otras especies. No merece la pena preocuparnos por la humanidad, que, pase lo que pase, no se extinguirá. Dentro de diez siglos, la humanidad hará algo, y ese algo es probable que sea más sostenible e interesante que lo que estamos haciendo ahora. La cuestión para nosotros es: «¿Cómo llegaremos hasta allí?». Porque dentro de diez siglos puede que no haya más tigres.

Para mí, este es el peligro crucial de nuestro tiempo: las extinciones. Debemos evitar las extinciones en masa. Convirtiéndonos en un planeta mestizo, haciendo todo lo que se nos ocurra para poder sobrevivir los próximos dos siglos sin extinciones. Como en mi último libro —y esto es un poco simbólico—, trasladando a los osos polares a la Antártida y creando circunstancias singulares de mestizaje durante varios siglos para que puedan sobrevivir. Esa es mi forma simbólica de decir que debemos hacer todo lo posible a este respecto.

Tradicionalmente se te ha considerado un optimista, aun siendo muy fácil gravitar hacia posiciones muy oscuras cuando se escribe sobre los temas sobre los que tú escribes. Hay una frase de Antonio Gramsci que has utilizado para plasmar tu posicionamiento: «El pesimismo del intelecto, el optimismo de la voluntad». Tu optimismo es un posicionamiento moral y político, no consiste simplemente en esperar que ocurra lo mejor. ¿Por qué crees que es necesario defender el optimismo ante este gran problema tan aterrador?

Realmente creo que es importante. Es que tenemos que empezar a hacernos a la idea de que es un problema enorme, que habrá sufrimiento y desastres. Por otro lado, el optimismo en este caso es un optimismo muy enfadado. Slavoj Žižek y otros se han referido al optimismo cruel: «¡Bah, todo irá bien!». Y critican que se ignore a los pobres, los desastres… Arguyen que los que dicen que todo irá bien son personas prósperas. Obviamente, este optimismo simplista que ellos llaman optimismo cruel hace que me pregunte si yo participo de eso. Puede que mis historias de ciencia ficción positivas participen de un optimismo cruel y realmente nos estemos abocando a un desastre muy negro, horrible; puede que participe de una falsa consciencia, de un caminar zombi que se dirige al borde del precipicio.

«Mi historia, el optimismo que yo trato de expresar, defiende que no se producirá ningún apocalipsis, sino un desastre. Pero después del desastre vendrá el próximo mundo.»

He tenido que reflexionar sobre eso y creo que hay una diferencia entre el optimismo cruel y el optimismo enfadado, que entraña el principio gramsciano del pesimismo del intelecto pero también el optimismo de la voluntad. Hay que utilizar el optimismo como un bate, para dar caña a todos los que dicen que estamos sentenciados y que mejor que nos rindamos. Y ese «mejor que nos rindamos» puede ser muy elaborado académicamente. Uno puede decir: «Mira, yo estoy más a favor de la adaptación que de la paliación, no podemos hacer nada contra el cambio climático, lo único que podemos hacer es adaptarnos a él». En otras palabras: «Continuemos con el capitalismo, continuemos con el mercado y no perdamos los papeles. Adaptémonos y optemos a una plaza docente permanente». Porque los que defienden eso acostumbran a ser académicos, y no precisamente del ámbito del diseño o de la arquitectura; en realidad, ellos no son de los que hacen cosas, suelen trabajar en campos como la filosofía o la teoría. Han salido de mis departamentos y están contando una historia que a mí no me gusta. Mi historia, el optimismo que yo trato de expresar, defiende que no se producirá ningún apocalipsis, sino un desastre. Pero después del desastre vendrá el próximo mundo.

Pero en tu versión de Nueva York situada en el año 2140 la vida sigue, hay sentido del humor, la gente aún quiere irse a vivir a Nueva York, porque continúa siendo una ciudad emocionante y viva, a pesar de que haya quedado diezmada por una catástrofe.

Dentro de ciento veinte años, todos los vivos del presente estarán muertos. Los que actuarán serán una cosecha de humanos completamente nueva, otras generaciones. Para ellos, sean cuales sean las circunstancias, serán las circunstancias naturales. Por lo tanto, como escritor de ciencia ficción, tienes que decir: «¿Dentro de ciento cincuenta años? Habrá gente que se divertirá, jóvenes que tratarán de ligar con otros jóvenes para tener sexo, y también habrá complicaciones, y gente que tratará de ganarse la vida y que se divertirá». Esto va en contra del típico «me rindo». Porque el «me rindo» puede ser el optimismo cruel. Ahí hay pesimismo cruel, y no estoy diciendo que Žižek sea necesariamente uno de ellos, pero en el mundo de la academia y de la teoría observo un cierto pesimismo cruel: «Aunque yo sea una persona próspera, aunque probablemente podré hacer de mi hijo una persona próspera, el mundo está hecho polvo y por lo tanto no es necesario que me preocupe por él, porque llegará a su fin». Hay una especie de tesis findelmundista, apocalíptica, según la cual no hace falta que cambie mis comportamientos, no hace falta ni que lo intente, porque el mundo ya está sentenciado.

Algunas de las personas más prósperas del planeta están promoviendo esta visión, con la que evidentemente estoy en desacuerdo, y creo que rehúye el imperativo moral. Tal vez el optimismo sea un poco un imperativo moral, hay que mantener el optimismo, porque, si no, no eres más que un capullo que se ha instalado en su propio mundo diciendo: «Vaya, la cosa está fatal». Es muy fácil ser cínico; es muy fácil ser pesimista. Me gusta incordiar un poco a la gente con esto.

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Optimismo enfadado en un mundo sumergido: una conversación con Kim Stanley Robinson

Kim Stanley Robinson | Ilustración de José Antonio Soria | CC-BY

Kim Stanley Robinson | Ilustración de José Antonio Soria | CC-BY

Kim Stanley Robinson es uno de los autores de ciencia ficción más reputados y uno de los principales exponentes de la climate fiction. Su obra, situada en un futuro cercano, nos aproxima a conceptos como el antropoceno, la terraformación o el postcapitalismo. Con él analizamos la vinculación entre la crisis ecológica y la económica, poniendo el énfasis en la necesidad de una nueva economía política. También exploramos el rol del arte y la literatura a la hora de formular futuros posibles, la importancia de la imaginación para encontrar soluciones y la defensa del optimismo y el humor ante el escenario al que nos enfrentamos. Esta entrevista, realizada por José Luis de Vicente, forma parte del catálogo de la exposición Después del fin del mundo, en la que el escritor participa con un prólogo audiovisual.

Se dice que las novelas de tu Trilogía de Marte (Marte rojo, Marte verde y Marte azul, 1992-1996) son quizás el ejemplo más logrado del uso del concepto de «terraformación» en la ciencia ficción, o sea, la posibilidad de que el ser humano puede transformar un planeta entero para hacerlo habitable y reproducir condiciones semejantes a las de la Tierra. La Trilogía de Marte explora la idea de que todo proyecto de terraformación necesariamente sería no solo técnico, sino también político. Como escribe McKenzie Wark en Molecular Red: A Theory of the Anthropocene, en tu versión de Marte, «las cuestiones de la naturaleza y la cultura, la economía y la política nunca pueden ser tratadas aisladamente, ya que todos los niveles tienen que organizarse de forma conjunta».

En la Trilogía de Marte, ¿en qué consiste la terraformación entendida como proyecto político, y qué nos dice acerca de la transformación de la Tierra por la mano del ser humano?

Hace unos veinte años, empecé a leer en la literatura especializada de las ciencias planetarias que Marte era un planeta inusual. Se encontraba fuera de la zona habitable del Sol, y, dado que tenía agua y otros gases volátiles congelados que necesitamos para vivir en la Tierra, cabría la posibilidad de calentar el planeta y liberar esos gases para básicamente recrear una atmósfera, y luego introducir el patrimonio genético, las formas de vida y la biosfera de la Tierra en el contexto marciano. Esta combinación permitiría conseguir algo nuevo parecido al Alto Ártico o a Siberia, un espacio humano que sería habitable sin tener que usar trajes espaciales. De hecho, Carl Sagan fue el astrónomo que de manera muy destacada hizo hincapié en esto. Era una idea bastante de ciencia ficción, pero factible en el mundo real.

Y esa historia no se había escrito. Había sido concebida en la teoría y, de manera muy vaga, en la ciencia ficción: historias de viajes rápidos y fáciles por la galaxia en los que si te encuentras un planeta que está congelado lo calientas. Una superciencia de ingenieros cósmicos. Pero fue a raíz de la suposición de Sagan de que Marte es un lugar donde realmente es posible llevar esto a cabo con la ingeniería humana actual o de un futuro próximo cuando el planeta rojo resultó apropiado para ello. Se trata de una idea nueva en la historia, que no acaba de encajar con ninguna idea previa de la actividad humana. No consiste exactamente en crear una civilización; bueno, sí, pero también hay que crear la matriz física para esa civilización. No es como la llegada al Nuevo Mundo, cuando los europeos descubrieron las Américas y casualmente exterminaron a los habitantes autóctonos y los sustituyeron por su propia civilización, ya que en Marte no hay nadie. Bueno, desde que escribí mi libro se ha sugerido que todavía podría haber vida bacteriana; la probabilidad no es alta, pero tampoco es algo imposible.

La construcción de ese nuevo mundo sería un proyecto multigeneracional, y además, obviamente, la civilización humana que lo ocuparía sería nueva. Cultural y políticamente eso sería un avance, porque permitiría no reproducir las viejas fórmulas aplicadas a lo largo de la historia en la Tierra. Como proyecto multigeneracional, sería algo parecido a la construcción de las catedrales europeas, en que ninguna generación preveía terminar la obra. En el momento en que la obra estuviese ya a punto de completarse, la civilización que se encargaría de ella sería distinta de la que inició el proyecto.

Terraforming Mars: How to Turn the Red Planet Blue | Futurism

Toda esta idea, y la novela, era también una manera de hablar de lo que estamos haciendo en la Tierra. Era un ejercicio de modelismo, con un ejemplo miniaturizado de construcción de un mundo, de una civilización. Pero lo que el escenario de Marte me aportaba, y aporta a toda la humanidad, es la idea de que el sustrato físico del planeta también forma parte del proyecto, y tenemos suficiente poder como para influir en él. No para crearlo, no para controlarlo del todo, no para modificarlo completamente, porque es demasiado grande y no tenemos tanta capacidad de manipular los grandes sistemas implicados, ni disponemos de la cantidad de energía necesaria, pero sí tenemos suficiente como para desordenarlo todo y modificar el sistema sutilmente.

Creo que esto fue la antesala de la idea del Antropoceno. El Antropoceno es precisamente el momento geológico en el que la humanidad se convierte en factor geológico, y constituye un ejercicio de la ciencia ficción explicar que dentro de cincuenta millones de años los descendientes de la humanidad, u otra civilización alienígena, mirarán la Tierra y dirán: «Ese fue el momento en que la humanidad empezó a tener un impacto sobre las cosas equivalente al de los volcanes o los terremotos». Así pues, mi Trilogía de Marte es una historia de ciencia ficción contada en el contexto cultural contemporáneo como un modo de definir lo que estamos haciendo en este momento. Eso se proponía mi proyecto sobre Marte, y ahora el concepto de Antropoceno ha pasado a formar parte de nuestro marco mental.

Siete años después de la publicación de Marte rojo, en el año 2000, se empezó a utilizar el término Antropoceno y fue objeto de debate. Tengo curiosidad por saber qué opinas sobre la ascendencia y la centralidad que está teniendo en los últimos años, y sobre qué importancia tiene hoy en día política y socialmente como prisma para comprender el estado del mundo en el siglo xxi.

En cuanto al concepto de Antropoceno, yo creo que cuando los científicos acuñaron el término por primera vez lo que querían era intervenir políticamente. Querían decirnos que si el impacto de la humanidad sobre la Tierra es en gran parte negativo en términos ecológicos, y si consideramos que este impacto es muy significativo, hasta tal punto que hemos generado un nuevo período geológico, entonces tenemos que hacer un cambio de mentalidad en cuanto a nuestras actitudes ante lo que estamos haciendo con nuestro sustrato biofísico. Y una de las ideas que creo que el concepto de Antropoceno pone sobre la mesa es que la Tierra es nuestro cuerpo, y podemos modificarlo sutilmente, podemos tener impacto sobre él, podemos enfermar.

«Procesos que en el pasado debieron de durar tres, cuatro, cinco millones de años, o incluso más, cincuenta millones de años, están teniendo lugar en tan solo cincuenta años, es decir, un millón de veces más rápido. No hay forma de saber qué sucederá.»

Si desencadenásemos bucles de retroalimentación en el sistema biofísico —que provocasen que las temperaturas se disparasen o que la concentración de metano en la atmósfera, medida en partes por millón, llegase a niveles altísimos—, no tendríamos el poder de revertir esos bucles. Se piensa que en los inicios de la formación planetaria Venus tuvo una atmósfera similar a la de la Tierra, y que ese planeta es el resultado de una serie de bucles de retroalimentación incontrolados que generaron gases de efecto invernadero. Ahora la superficie de Venus recibe una presión noventa veces superior a la de la Tierra, y la temperatura es tan alta que el plomo llega a fundirse. Probablemente en la Tierra no llegaríamos a tales extremos, porque estamos muchísimo más lejos del Sol que Venus, pero es innegable que en el pasado ha habido épocas en que la Tierra ha sido una bola de hielo, sin una sola gota de agua fundida, y también ha habido momentos en que ha sido un planeta cubierto de selva, con toda el agua fundida, sin un ápice de hielo en todo el planeta. Y eso ha sido debido a los extremos naturales relacionados con la órbita planetaria y a bucles de retroalimentación de la atmósfera generados por procesos naturales. Sin embargo, aunque es verdad que lo que está haciendo la humanidad —que conduce a la necesidad de acuñar el término Antropoceno— nos está llevando a situaciones que ya se han producido anteriormente en nuestro planeta, nunca se habían dado a una velocidad tan extraordinaria como la actual. Procesos que en el pasado debieron de durar tres, cuatro, cinco millones de años, o incluso más, cincuenta millones de años, están teniendo lugar en tan solo cincuenta años, es decir, un millón de veces más rápido. No hay forma de saber qué sucederá.

El término Antropoceno se ha extendido rápidamente en el ámbito universitario, en contextos discursivos y de la cultura, y es objeto de análisis y debate. Todo el mundo llega a conclusiones distintas en cuanto a su significado, y se le han dado nombres alternativos como Capitaloceno, término que da a entender que no es solo la humanidad, sino el capitalismo, lo que está causando este impacto.

Me preocupa que nos hayamos tragado el concepto de Antropoceno y ya no le demos la importancia que tiene; la profunda conmoción que debería implicar ha quedado ya difuminada dentro de uno de nuestros juegos de ideas.

New York 2140 (2017), tu primera novela publicada después de la firma del Acuerdo de París, tiene lugar en un mundo que se está adaptando a los efectos catastróficos del cambio climático, pero también que trata de evolucionar más allá de nuestro actual modelo económico. En el libro, la crisis ambiental a escala planetaria y la crisis del capitalismo causada por el colapso financiero del año 2008 se presentan como dos acontecimientos entrelazados. La novela sugiere que la historia de los próximos doscientos años estará marcada por la interrelación de estas dos crisis.

En New York 2140 quería que la subida del nivel del mar fuese lo bastante considerable como para que el Bajo Manhattan se convirtiese en una Venecia, en una especie de símbolo gigantesco del cambio climático que estamos viviendo. Por eso he situado la novela en el año 2140, que es dentro de 120 años. Por motivos de plausibilidad, es necesario todo ese tiempo para que el mar suba hasta ese nivel y para que yo pudiese contar lo que quería en mi historia.

Pero la verdad es que en el presente ya nos encontramos en ese momento de cambio climático y crisis. El proyecto político sobre el que discurre mi novela debería aplicarse ya ahora, no dentro de 120 años. En el mundo real, nos encontramos con la necesidad de que nuestro sistema económico tenga en cuenta el daño causado al ecosistema y pague por él.

Tenemos que descarbonizar nuestra forma de crear energía y la forma en que nos desplazamos en este planeta. Y eso tiene que ser, si no rentable, asequible. Las personas tienen que ser remuneradas para llevar a cabo esa tarea, porque se trata de un proyecto de gran envergadura. No es un problema de dificultad tecnológica —ya disponemos de paneles solares, de coches eléctricos, más o menos hemos solventado los problemas técnicos en la fase prototípica—, sino que la cuestión es que el despliegue generalizado de estas tecnologías es un proyecto humano enorme, equiparable al esfuerzo de unir al mundo entero para luchar en la Segunda Guerra Mundial. Todo el mundo debería convenir en que, sí, esto es suficientemente importante como para que las carreras profesionales, las vidas de las personas, se dedicasen a la sustitución de las infraestructuras y a la creación de un plan físico, sostenible, de descarbonización para el resto de la civilización.

«En el mundo real, nos encontramos con la necesidad de que nuestro sistema económico tenga en cuenta el daño causado al ecosistema y pague por él.»

Pues bien, el capitalismo, tal como está montado actualmente, no funciona así, porque eso no es rentable. Al mercado no le gusta; y con mercado me refiero —y creo que es a lo que se refiere todo el mundo, aunque no lo reconozcan— al capital, al capital acumulado, y al lugar en el que este quiere colocarse a continuación. Y el lugar en el que quiere colocarse a continuación es aquel donde tenga la tasa de rentabilidad más elevada, de modo que, si invertir en viviendas de vacaciones en la costa española tiene una rentabilidad del 7 % y en cambio construir una nueva central eléctrica limpia en las altiplanicies despobladas de España tiene una tasa de rentabilidad de solo el 6 %, el capital disponible de este planeta destinará antes el dinero, la inversión y el trabajo humano a casas de vacaciones en la costa española que a centrales eléctricas. Así es como funciona, y no hay ningún control sobre eso, exceptuando a los Gobiernos de los Estados nación, que miran, cada uno de ellos, por su propia responsabilidad y su propio poder, y se sienten en competencia con los demás, de tal modo que no quieren perder ventaja diferencial. Así pues, si España ganase una cierta cantidad para su país, pero se sacrificase en beneficio del capital internacional o de otros países, perdería la batalla por tener ventaja competitiva en el sistema capitalista.

Nadie puede permitirse el lujo de ofrecerse para ser especialmente virtuoso en un sistema regido exclusivamente por las ganancias trimestrales y el valor de cotización en bolsa. Allí donde el mercado manda todos luchamos por las migas y contribuimos a que el mercado realice las mejores inversiones posibles. De modo que el dinero disponible puede moverse a cualquier lugar del planeta sin ningún tipo de penalización. El mercado puede decir: «Tanto da qué más suceda, tanto da que el planeta se vaya a pique dentro de cincuenta años y se muera el mundo entero, lo más importante es obtener ganancias trimestrales y mejor cotización en bolsa y una rentabilidad inmediata, instantánea, de nuestra inversión». Así pues, el mercado es como un gigante ciego que nos conduce hacia un acantilado para destruirnos.

Es otra manera de decir que necesitamos un poscapitalismo. En New York 2140 he contado la historia de una revolución popular y una revolución política que crea un poscapitalismo para resolver el problema ecológico, porque es la única solución posible. El mercado no tiene cerebro, ni consciencia, ni moral, ni sentido de la historia. El mercado solo se rige por una consigna, y es una mala consigna, una consigna que solo funcionaría en un mundo en el que las materias primas fuesen infinitas, lo que los ecomarxistas denominan los «cuatro recursos baratos»: alimentos baratos, energía barata, mano de obra barata y materias primas baratas.

No existe ningún lugar nuevo al que poder ir para conseguir recursos baratos; no existe ninguna manera de conseguir alimentos baratos, etcétera. Los «cuatro recursos baratos» no existen, y, sin embargo, el mercado está diseñado para no hacer nada para solucionarlo. Esta historia hay que contarla, y, en cierto modo, ya se está contando, pero también hay que darle forma, y esto es lo que me saca de quicio y termino por desesperarme.

¿Qué necesidad tiene un autor de ciencia ficción de California de reunir todo esto en una historia que todo el mundo está contando? Espero que los integrantes de la próxima generación, los que desarrollarán su propio poder intelectual y ocuparán el poder político y económico, serán los ciudadanos más productivos, al inicio de sus carreras, para cambiar esta historia de arriba abajo. No obstante, a veces me quedo atónito al ver lo inmaduros que estamos a la hora de comprender este sistema.

Has dicho que el Antropoceno no solo implica la transformación de los sistemas ecológicos y de la relación que establecemos con ellos, sino que a la vez requiere una nueva economía política. ¿Podrías desarrollar qué sería una economía política del Antropoceno?

Estamos viviendo un momento en la historia de la humanidad que es excepcional por el hecho —tal vez nuevo y sin precedentes— de que tenemos una economía global. Estamos en un período breve en el que parece que el tardocapitalismo, el capitalismo neoliberal, etcétera, gobierne el mundo, incluso se ha hablado del «fin de la historia»: la idea de que, una vez el capitalismo fuese predominante, sería el orden de cosas preferible, hasta tal punto que no desaparecería jamás. Todo el planeta estaría regido por un sistema capitalista global que seguiría en pie mil años, que no se acabaría nunca, porque ningún otro sistema podría sucederlo.

«El Antropoceno es ese momento en que la expansión capitalista ya no puede seguir creciendo y se produce un colapso del sistema biofísico —el cambio climático—, y entonces tiene lugar un colapso de la economía política.»

Es una idea un poco descabellada, porque siempre se trata de un sistema basado en el crecimiento permanente dentro de un sistema físico que tiene límites y no es infinito en cuanto al tamaño. Pero es que el crecimiento permanente no es posible. Gente como Giovanni Arrighi lo explican con su idea de que el capitalismo se ha apropiado de los recursos naturales y humanos locales, los ha arrastrado hacia usos capitalistas y entonces ha expandido sus poderes (normalmente poderes técnicos, o simplemente político-humanos) para lograr una expansión mayor. Esto se ha dado de Génova a Holanda, de Gran Bretaña a los Estados Unidos…, englobando un campo de acción cada vez mayor que ha sido arrastrado hacia la práctica, producción y acumulación de ganancias capitalistas. Y una vez has arrastrado así a todo el planeta, no hay siguiente paso. Creo que esta es otra definición de Antropoceno: el Antropoceno es ese momento en que la expansión capitalista ya no puede seguir creciendo y se produce un colapso del sistema biofísico —el cambio climático—, y entonces tiene lugar un colapso de la economía política, porque, si tienes un sistema que requiere un crecimiento, una acumulación de capital y unas ganancias permanentes, y ya no puedes mantener más ese ritmo, estalla una crisis que no puede solucionarse con la siguiente expansión.

Si el Antropoceno es una crisis, un final en el camino del capitalismo, ¿qué es el poscapitalismo? Para mí, hay una desoladora carencia de debate y teorización en torno a esta cuestión. Como escritor de ciencia ficción, como licenciado en lengua inglesa, como narrador —no como teórico ni como economista político—, busco un apoyo, busco teorías y especulaciones sobre qué sucederá a continuación y cómo funcionará, y me encuentro prácticamente con el vacío. Conocer el caso de una pequeña ciudad del norte de España, Mondragón, de 170 000 habitantes y una economía de 2 000 millones de dólares, vale la pena y es interesante, pero representa una trillonésima parte del mundo y, a pesar de todo, muy poca gente sabe que existe.

Cuando piensas en los demás poscapitalismos, te encuentras con la nada. Es lo que se conoce como aporía: la no-visión, que forma parte de la cultura humana de hoy en día. Ese es otro aspecto del Antropoceno. Está aquí, pero todavía no nos hemos dado cuenta, y no lo hemos asumido. La situación básicamente ha cambiado, y la economía política vuelve a hacer acto de presencia.

El estudio económico es el análisis cuantitativo y sistemático del propio capitalismo. No lleva a cabo un trabajo especulativo o proyectivo; tal vez debería, o sea, me encantaría que así fuese, pero no es el caso. Nos encontramos ante un momento peligroso, así como ante un signo de demencia e incapacidad cultural. Es como si padeciésemos degeneración macular y nuestra visión de la realidad estuviese nublada por una gran mancha negra justamente en la dirección en la que estamos andando.

Puede que uno de los problemas para desarrollar un modelo económico alternativo sea cómo desarrollar políticas a largo plazo en una sociedad de incentivos a corto plazo. El Acuerdo de París implica comprometerse con objetivos a largo plazo, con un escenario de cero emisiones de carbono en el año 2100, pero no tenemos manera posible de conseguir que los políticos se comprometan con estos escenarios más allá de sus necesidades a corto plazo. Durante la elaboración de la exposición «Después del fin del mundo» hemos debatido mucho sobre la idea de que todos los gobiernos deberían crear un «Ministerio del Futuro» que represente los intereses de los que aún no han nacido pero se verán directamente afectados por nuestras acciones.

Me gusta mucho la idea de un Ministerio del Futuro. Lo que sí tenemos, eso seguro, es una economía mundial, una economía capitalista global. Esto no necesariamente es malo, porque vivimos en un mismo planeta y, por lo tanto, es bueno reconocer que efectivamente es una economía global.

Si las reglas de esta economía global fuesen buenas, no podría haber agentes malos, porque, si todos los países del G20, o sea, el 95 % de la economía, se rigiesen por buenas reglas, los agentes codiciosos no tendrían adonde huir, adonde desplegar su codicia.

Aunque parezca increíble, el Acuerdo de París lo firmaron los países más relevantes, que representan el 98 % de las emisiones de CO2 del planeta, y todos acordaron un plan de acción. Si bien los objetivos que se marcaron cubren tan solo la mitad del camino que debemos recorrer, al menos dentro de unas décadas podremos estar a medio camino de la descarbonización y dispondremos de una base técnica con una huella de carbono neutral, después de la cual el concepto de base técnica con una huella de carbono negativa no es en absoluto inalcanzable. Desde luego, se puede teorizar sobre ello e incluso se puede empezar a llevar a cabo, porque muchas de las actividades con una huella de carbono negativa no son tan difíciles: la reforestación, la creación de turberas… Las tecnologías biológicas que permiten eliminar carbono de la atmósfera no son conceptualmente tan complejas ni incomprensibles para nosotros como personas.

Relato de Kim Stanley Robinson, que introduce la exposición «Después del fin del mundo» | CCCB

Que esto se lleve a cabo dependerá de las decisiones a corto plazo que se vayan tomando. En cambio, si tuviésemos un Ministerio del Futuro… O si los ministerios del Medio Ambiente fuesen suficientemente poderosos como para hablar del futuro como lo hiciesen del medio ambiente… O para hablar de los agentes no humanos del sistema, que son de los más cruciales, en cierto modo más importantes que cualquier grupo de humanos o incluso que cualquier generación de humanos…

Se ven atisbos de una solución. Esto es muy importante para cualquier persona que quiera tener esperanza o para todos aquellos que se den cuenta de que habrá humanos después de nosotros, las futuras generaciones. Es extraño, porque esas generaciones no existen ahora, pero existirán, serán nuestros descendientes e incluso llevarán nuestro ADN. Habrá versiones de nosotros, pero, como no están aquí ahora, resulta muy fácil ignorar las cuestiones que les afectarán.

De hecho, la economía capitalista descuenta esas cuestiones, en el sentido técnico de lo que en la ciencia económica se denomina tasa de descuento. Así, una tasa de descuento elevada en los cálculos económicos del valor —como las amortizaciones o pedir prestado del futuro— equivale a decir: «Para nosotros el futuro no es importante, ellos ya cuidarán de sí mismos»; y una tasa de descuento baja es como decir: «Nosotros nos responsabilizaremos del futuro, creemos que el futuro importa, que la gente que vendrá importa». La elección de la tasa de descuento es una decisión puramente ética y política; no es técnica ni científica, exceptuando, quizás, la recomendación técnica de que, si queremos que nuestros hijos sobrevivan, más vale que elijamos una tasa de descuento baja. Pero este «si» es una aseveración de tipo moral, imaginativa, y menos práctica a largo plazo.

Así pues, la idea de un Ministerio del Futuro me parece genial, o un departamento de la ONU que diga: «Nosotros hablamos en nombre de las personas que vivirán dentro de cien años», igual que en la Constitución de Ecuador hay partes que vienen a decir que el bosque tiene voz en el Parlamento. Sería fantástico. No es utópico, en el sentido de algo sumamente teórico e improbable y un poco descabellado, porque en el contexto del Acuerdo de París encaja como una de las repercusiones, una de las derivadas automáticas o corolarios, de decir: «Bueno, tenemos el Acuerdo de París, ¿cómo lo llevamos a cabo?». Es una de las cosas que sería recomendable llevar a cabo, para que se vea como algo cada vez más práctico.

Me he pasado unos quince años hablando de estos temas, y, hace diez años, cuando decía que se firmaría el Acuerdo de París, la gente decía: «¡Qué va, eso no sucederá nunca!». Como escritor de ciencia ficción utópica, ha sido un momento muy bonito.

Consideramos que la cultura y las artes pueden desempeñar el papel de dar forma a escenarios sociales que demuestren que otros mundos son posibles, y que viviremos en ellos. A tu juicio, como autor de ciencia ficción, ¿qué peso pueden tener las artes, la literatura y la ficción literaria a la hora de contribuir a formular futuros posibles? Parece que imaginar otras formas de vivir es clave para llevarlas a la práctica, para hacerlas factibles.

«Las ciencias tal vez sean la voz cultural dominante para indagar lo que sucede en el mundo y cómo funcionan las cosas, pero para llegar a las sensaciones que nos causan las cosas, al impacto emocional, lo hacemos a través de las artes.»

A lo largo de toda mi vida mi proyecto ha consistido en pensar esa literatura en particular, pero todas las artes están ahí para ofrecernos puntos de vista que nos hablen del significado de la vida humana. En un mundo sin Dios y sin ningún otro tipo de comprensión inmediata de qué hacemos en este universo, eso lo hace el arte. Para mí, la literatura crea significado y nos habla de las sensaciones que nos causan las cosas.

Las ciencias tal vez sean la voz cultural dominante para indagar lo que sucede en el mundo y cómo funcionan las cosas, así como los detalles técnicos sobre cómo y por qué funcionan; pero para llegar a las sensaciones que nos causan las cosas, al impacto emocional, que es algo crucial para la mente y para la vida humana en general, lo hacemos a través de las artes. Podría ser una especie de gestalt, que es lo que buscan las artes, la gestalt que surge de los datos.

Hoy en día, en el mundo de las artes, quizás donde esto se dé de forma más relevante sea en el giro especulativo que han experimentado campos como la arquitectura y el diseño, con el surgimiento de ámbitos como el diseño ficción y el diseño crítico especulativo, o la combinación de la arquitectura y las ficciones sobre el futuro.

Está bien que hagas hincapié en el diseño, porque el diseño es una amalgama extraña, es como un cíborg de ciencia ficción entre el arte y la ingeniería, la planificación, la construcción y la realización de cosas en el mundo real.

Lo bueno del diseño, de la arquitectura y de la ingeniería es cuando tienen ese elemento especulativo y van más allá de lo económico. Esto es lo que me fastidia de la ciencia económica: su adhesión ciega al sistema capitalista, a pesar de su carácter tan destructivo. Se dedican cantidades ingentes de energía intelectual al análisis jurídico pseudocuantitativo de un sistema ya existente que es destructivo. Pues bien, este sistema ya no sirve, porque está echando a perder la infraestructura biofísica, como he mencionado antes.

Así pues, la crítica a la ciencia económica se hace desde sus propias ciencias sociales: la antropología, la sociología, etcétera; y en los ámbitos del diseño y la arquitectura, tenemos aplicaciones utópicas de la concepción que surge de las artes, la visión gestáltica: «¡Ay, ay, que nos vamos a estrellar! Tenemos que enderezar el rumbo, tenemos que inventar una nueva forma de vivir».

¿Cuál sería esa nueva forma de vivir? Los economistas no van a reflexionar sobre ello. A menudo, los artistas no son suficientemente específicos en los detalles técnicos y físicos, y eso hace que puedan ser más novelistas de fantasía que de ciencia ficción; en las artes hay demasiadas posibilidades —y lo sé por propia experiencia— de aportar una respuesta de fantasía, la realización de un deseo. En cambio, cuando uno hace arquitectura, piensa: «Bueno, necesito diez millones de dólares, necesito ese terreno, tengo que arrastrar las vidas de quinientas personas durante diez años de su carrera para poder hacer algo bueno que las futuras generaciones puedan utilizar».

Ahora mis circunstancias profesionales me llevan a conocer a personas así y me fascina la capacidad que tienen de arrastrar a otros hacia la realidad en sí, para hacer cosas en el mundo real. De verdad que creo que mi profesión, pese a algunas dificultades, es sumamente fácil comparado con organizar la realidad, conseguir financiación para ella, llevarla a cabo y cumplir con los códigos de edificación, con las leyes; hacer todo ese esfuerzo para sacar el trabajo adelante. Ahí es donde está el talento, en las carreras inspiradas de la gente que se dedica a cosas así. En general, sobre todo en este momento de mi vida, son los jóvenes los que tomarán el mando del mundo, en el sentido más literal; los que dirán: «Vale, ahora haremos todas estas cosas, porque son sostenibles, porque son justas, porque son necesarias para que la vida humana continúe en la Tierra». Me gusta ser una inspiración para esas personas con mis historias descabelladas.

Uno de los motivos para atribuir un rol a las artes en nuestro futuro es que parece que uno de los déficits que tenemos como sociedad es el déficit de imaginación. Por ejemplo, ¿por qué crees que con el neoliberalismo parece más fácil o tentador pensar en huir del planeta y fundar colonias en Marte que en trascender nuestro modelo económico y social e inventar una forma completamente nueva de vivir en la Tierra? Uno de los personajes de Marte rojo, Arkady Bogdanov, dice: «No solo hemos de terraformar Marte, tenemos que terraformarnos nosotros mismos». ¿Cómo podemos evitar esto?

Si resulta que tienes un problema que parece irresoluble y titánico y entonces alguien viene y te da una solución que es más bien como un juguete, en lugar de ocuparte de ese problema irresoluble y titánico, puedes construir una pequeña maqueta del problema en el suelo y hacer que se desarrolle como a ti te plazca. La tentación es ir a un territorio que sea más simple, más pequeño y más apto para la acción, y por eso pensamos: «Construiremos una pequeña ciudad en Marte». Pero el caso es que eso no funciona como solución a los problemas del mundo, si bien durante un tiempo tratamos de no pensar en eso, porque hay algo atractivo en poder lograr algo en un mundo que parece todo helado.

«La gente todavía tiene el poder en sus manos. Los individuos, si fuesen solidarios entre ellos y si siguiesen un plan político, podrían provocar que los mercados financieros mundiales quebrasen y perdiesen su dominio de la economía simplemente declarándose en huelga.»

Después de la quiebra de la economía mundial en 2008, el sistema neoliberal empezó a parecer un poco más frágil y brutal, menos sólido e inamovible. Veo las cosas de un modo muy diferente. Desde la quiebra de 2008 el mundo está reaccionando de un modo muy distinto a como lo hacía antes. Había una fe ciega en el funcionamiento del capitalismo, incluso aunque no funcionase no se podía cambiar, era demasiado grande para modificarlo. Lo que yo sugiero se inspira en los economistas radicales que provienen de la economía política, de la antropología y de la política de izquierdas, que dicen que simple y llanamente se ha potenciado demasiado el sector financiero mundial y eso hace que sea extremamente frágil y esté expuesto a ser derribado. Porque depende de que todo el mundo pague sus facturas y cumpla sus contratos.

En cuanto a la posibilidad de huir de todo esto, la gente todavía tiene el poder en sus manos. Los individuos, si fuesen solidarios entre ellos y si siguiesen un plan político, podrían provocar que los mercados financieros mundiales quebrasen y perdiesen su dominio de la economía simplemente declarándose en huelga. La huelga es un concepto que todo el mundo entiende, y a la gente no le desagradaría la idea de unirse a los demás y durante dos o tres meses seguidos dejar de pagar la hipoteca o los préstamos recibidos para los estudios, y llamarlo un movimiento político. Sería interesante intentarlo. Siempre y cuando no significase ir a la cárcel, puesto que demasiadas personas estarían haciendo lo mismo y sería imposible encerrarlas a todas, podemos imaginarnos probándolo y ver qué pasa. Del mismo modo que los norteamericanos dijeron: «Pues votemos a Donald Trump y que todo se vaya al traste, a ver qué pasa, tal vez la situación mejore cuando hayamos destruido cosas».

En el Antropoceno parece que podemos encontrar todo el espectro de posicionamientos morales, empezando por los extincionistas que proponen que deberíamos empezar a despedirnos, porque la humanidad ya está abocada a su propia extinción.

La extinción humana, ¡menuda gilipollez! Los humanos buscarán en todas partes y encontrarán dónde refugiarse. Podemos imaginar desastres horribles y que la población humana se reduzca drásticamente, pero la extinción no es planteable para los humanos, y en cambio sí para los demás. Todos nuestros parientes horizontales, los otros grandes mamíferos, se encuentran en graves problemas a causa de nuestra conducta.

De hecho, este enfoque sobre la humanidad a mí me indigna: «¡Uy, tendremos problemas!». ¿Y qué? Nos merecemos tener problemas, nosotros hemos provocado los problemas. Las extinciones de los otros grandes mamíferos… Los tigres, los rinocerontes, todos los grandes mamíferos que no son animales domésticos salidos de nuestras fábricas, se encuentran en graves problemas. Así pues, los esfuerzos humanos deberían centrarse en evitar la extinción de otras especies. No merece la pena preocuparnos por la humanidad, que, pase lo que pase, no se extinguirá. Dentro de diez siglos, la humanidad hará algo, y ese algo es probable que sea más sostenible e interesante que lo que estamos haciendo ahora. La cuestión para nosotros es: «¿Cómo llegaremos hasta allí?». Porque dentro de diez siglos puede que no haya más tigres.

Para mí, este es el peligro crucial de nuestro tiempo: las extinciones. Debemos evitar las extinciones en masa. Convirtiéndonos en un planeta mestizo, haciendo todo lo que se nos ocurra para poder sobrevivir los próximos dos siglos sin extinciones. Como en mi último libro —y esto es un poco simbólico—, trasladando a los osos polares a la Antártida y creando circunstancias singulares de mestizaje durante varios siglos para que puedan sobrevivir. Esa es mi forma simbólica de decir que debemos hacer todo lo posible a este respecto.

Tradicionalmente se te ha considerado un optimista, aun siendo muy fácil gravitar hacia posiciones muy oscuras cuando se escribe sobre los temas sobre los que tú escribes. Hay una frase de Antonio Gramsci que has utilizado para plasmar tu posicionamiento: «El pesimismo del intelecto, el optimismo de la voluntad». Tu optimismo es un posicionamiento moral y político, no consiste simplemente en esperar que ocurra lo mejor. ¿Por qué crees que es necesario defender el optimismo ante este gran problema tan aterrador?

Realmente creo que es importante. Es que tenemos que empezar a hacernos a la idea de que es un problema enorme, que habrá sufrimiento y desastres. Por otro lado, el optimismo en este caso es un optimismo muy enfadado. Slavoj Žižek y otros se han referido al optimismo cruel: «¡Bah, todo irá bien!». Y critican que se ignore a los pobres, los desastres… Arguyen que los que dicen que todo irá bien son personas prósperas. Obviamente, este optimismo simplista que ellos llaman optimismo cruel hace que me pregunte si yo participo de eso. Puede que mis historias de ciencia ficción positivas participen de un optimismo cruel y realmente nos estemos abocando a un desastre muy negro, horrible; puede que participe de una falsa consciencia, de un caminar zombi que se dirige al borde del precipicio.

«Mi historia, el optimismo que yo trato de expresar, defiende que no se producirá ningún apocalipsis, sino un desastre. Pero después del desastre vendrá el próximo mundo.»

He tenido que reflexionar sobre eso y creo que hay una diferencia entre el optimismo cruel y el optimismo enfadado, que entraña el principio gramsciano del pesimismo del intelecto pero también el optimismo de la voluntad. Hay que utilizar el optimismo como un bate, para dar caña a todos los que dicen que estamos sentenciados y que mejor que nos rindamos. Y ese «mejor que nos rindamos» puede ser muy elaborado académicamente. Uno puede decir: «Mira, yo estoy más a favor de la adaptación que de la paliación, no podemos hacer nada contra el cambio climático, lo único que podemos hacer es adaptarnos a él». En otras palabras: «Continuemos con el capitalismo, continuemos con el mercado y no perdamos los papeles. Adaptémonos y optemos a una plaza docente permanente». Porque los que defienden eso acostumbran a ser académicos, y no precisamente del ámbito del diseño o de la arquitectura; en realidad, ellos no son de los que hacen cosas, suelen trabajar en campos como la filosofía o la teoría. Han salido de mis departamentos y están contando una historia que a mí no me gusta. Mi historia, el optimismo que yo trato de expresar, defiende que no se producirá ningún apocalipsis, sino un desastre. Pero después del desastre vendrá el próximo mundo.

Pero en tu versión de Nueva York situada en el año 2140 la vida sigue, hay sentido del humor, la gente aún quiere irse a vivir a Nueva York, porque continúa siendo una ciudad emocionante y viva, a pesar de que haya quedado diezmada por una catástrofe.

Dentro de ciento veinte años, todos los vivos del presente estarán muertos. Los que actuarán serán una cosecha de humanos completamente nueva, otras generaciones. Para ellos, sean cuales sean las circunstancias, serán las circunstancias naturales. Por lo tanto, como escritor de ciencia ficción, tienes que decir: «¿Dentro de ciento cincuenta años? Habrá gente que se divertirá, jóvenes que tratarán de ligar con otros jóvenes para tener sexo, y también habrá complicaciones, y gente que tratará de ganarse la vida y que se divertirá». Esto va en contra del típico «me rindo». Porque el «me rindo» puede ser el optimismo cruel. Ahí hay pesimismo cruel, y no estoy diciendo que Žižek sea necesariamente uno de ellos, pero en el mundo de la academia y de la teoría observo un cierto pesimismo cruel: «Aunque yo sea una persona próspera, aunque probablemente podré hacer de mi hijo una persona próspera, el mundo está hecho polvo y por lo tanto no es necesario que me preocupe por él, porque llegará a su fin». Hay una especie de tesis findelmundista, apocalíptica, según la cual no hace falta que cambie mis comportamientos, no hace falta ni que lo intente, porque el mundo ya está sentenciado.

Algunas de las personas más prósperas del planeta están promoviendo esta visión, con la que evidentemente estoy en desacuerdo, y creo que rehúye el imperativo moral. Tal vez el optimismo sea un poco un imperativo moral, hay que mantener el optimismo, porque, si no, no eres más que un capullo que se ha instalado en su propio mundo diciendo: «Vaya, la cosa está fatal». Es muy fácil ser cínico; es muy fácil ser pesimista. Me gusta incordiar un poco a la gente con esto.

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Estuvimos en Barcelona desarrollando workshops en el 21º Forum de FEDAIA ¡Así lo pasamos!

Viajamos a Barcelona para desarrollar un par Workshops en el marco del 21º Forum de la Federación de Entidades de Atención a la Infancia y Adolescencia (FEDAIA) bajo el la convocatoria: Dibujar el itinerario de inclusión social a la infancia.  Bajo un gran ambiente y un espectacular marco de participantes (más de 150 personas) se desarrolló este jueves y viernes (26 y 27 de octubre) el